Carta de Américo Vespucio a Pietro Soderini. Lisboa, 1504
Primera carta de Américo Vespucio, florentino, dirigida al
magnífico M. Pietro Soderini, gonfaloniero perpetuo de la magnífica y excelsa
señoría de Florencia, sobre los dos viaje hechos para el serenísimo rey de Portugal.
Del puerto
de Boseneghe; donde un joven de la armada que bajó a tierra fue muerto a
traición por las mujeres y asado; del lugar llamado Cabo San Agustín; de las
islas de las Azores.
Estaba en
Sevilla, descansando de mis muchas fatigas que en los dos viajes hechos para el
serenísimo rey don Fernando de Castilla a las Indias occidentales había vivido
y con voluntad de retornar otra vez a la tierra de las perlas, cuando la
fortuna, no contenta con mis pesares, hizo que viniera en mente a ese serenísimo
rey don Manuel de Portugal quererse servir de mí, y estando en Sevilla sin
ningún proyecto de venir a Portugal, llegó hasta mí un mensajero con cartas de
su real corona, que me ordenaba que viniera aquí a Lisboa a hablarle,
prometiendo hacerme muchas mercedes. Me aconsejaron que no partiera en ese
mismo momento, con lo que despedí al mensajero diciéndole que me sentía mal, y
que cuando me hubiese recuperado, y cuando su alteza quisiera servirse de mí,
haría cuanto se me ordenase. Por lo que, viendo su alteza que no me podía tener
consigo, decidió enviar por mí a Giuliano di Bartolomeo del Giocondo, que
estaba aquí en Lisboa, con la orden de que de cualquier modo me llevase
consigo. Vino el susodicho Giuliano a Sevilla, con cuyo arribo y con cuyos
ruegos fui obligado a seguirle, y fue mal vista mi partida por cuantos me
conocían, por haber salido de Castilla, donde me habían hecho honores y el rey
me tenía en buena reputación: por ello es que me fui sin dar aviso a nadie. Y
presentándome ante aquel rey, demostró gran placer por mi llegada, y me rogó
que yo acompañase a sus navíos, que estaban ya listos para zarpar hacia nuevas
tierras; y como el ruego de un rey es una orden, tuve que consentir a cuanto me
ordenaba.
Y partimos
de este puerto de Lisboa tres naves de carga a los X días de mayo de 1501, y
tomamos nuestra ruta derecho a la isla de la Gran Canaria, y pasamos sin llegar
a posar la vista sobre ella. Y desde allí seguimos siguiendo la costa de África
por su parte occidental, en la cual costa recogimos pesca de una suerte de
peces que se llaman pargos, por lo que estuvimos detenidos tres días. Y por
allí llegamos a la costa de Etiopía, a un puerto que se llama Beseneghe, que
está dentro de la zona tórrida, sobre la que se alza el polo del septentrión 14
grados y medio, situado en el primer clima: donde estuvimos 11 días recogiendo
agua y leña. Y como mi intención era navegar hacia el austro por el golfo
Atlántico, partimos de ese puerto de Etiopía y navegamos con el lebeche,
tomando un cuarto de mediodía, tanto que en 67 días llegamos a una tierra que
estaba del nombrado puerto a unas 700 leguas con el lebeche. Y en esos 67 días
tuvimos el peor tiempo que jamás tuvo hombre que navegase el mar por las muchas
lluvias, tempestades y fortunas que se dieron, porque tuvimos un tiempo muy
contrario, a causa de que el esfuerzo de nuestra navegación fue de continuo
conjunto a la línea del equinoccio del mes de junio, que es invierno, y nos
hallamos con que el día y la noche eran iguales, y nos hallamos con que teníamos
la sombra hacia el mediodía de continuo. Plugo a Dios mostrarnos tierra nueva,
que fue el 17 de agosto, cuando aparecimos a media legua de la costa y echamos
al agua nuestros botes; luego fuimos a ver la tierra, si estaba habitada por
gente y de qué suerte, y encontramos que estaba poblada de gentes que eran
peores que animales, como V.M. comprenderá. En un principio no vimos gente,
pero nos dimos clara cuenta de que estaba poblada, por las muchas señales que
de ello vimos. Tomamos posesión de la isla para este serenísimo rey, la cual
encontramos que era muy amena y verde y de buena apariencia: estaba más allá de
la línea equinoccial 5 grados hacia el austro. Luego regresamos a las naves, y
como teníamos gran necesidad de agua y de leña, acordamos regresar al otro día
a tierra para proveernos de las cosas necesarias. Y estando en tierra, vimos
una gente en lo alto de un monte, que estaba mirando y que no osaba descender a
lo bajo: estaban desnudos, y eran del mismo color y facciones que tenían los
otros descubiertos por mí que yo había llevado al rey de Castilla. Y estando en
tratativas con ellos para que viniesen a hablar con nosotros, no los pudimos
convencer, pues no querían confiar en nosotros; y vista su obstinación, y ya
siendo tarde, volvimos a las naves dejándoles a ellos en tierra muchos
cascabeles y espejos y otras cosas a su vista, y no bien nos internamos en el
mar, descendieron del monte y vinieron por las cosas que les dejamos, las que
les produjeron gran maravilla. Y durantes ese día no nos proveímos sino de
agua; la otra mañana vimos desde los navíos que la gente de tierra hacía muchas
humaredas, y nosotros, pensando que nos llamasen, fuimos a tierra, donde
encontramos que habían venido muchos pueblos; y sin embargo permanecían lejos
de nosotros y nos indicaban que fuésemos con ellos hacia adentro, hacia la
tierra firme, por lo que se movieron dos cristianos nuestros a pedir al capitán
que diese el permiso, que querían correr el riesgo de entrar con ellos en la
tierra, para ver qué gentes eran y si tenían alguna riqueza, o especias, o
droguería. Y tanto lo rogaron, que el capitán quedó contento, y, poniéndose en
orden con muchas cosas de rescate, partieron de nuestro lado con orden de no
permanecer lejos más de cinco días, porque los esperábamos mucho, y tomaron su
camino por la tierra, y nosotros en las naves esperándolos. Y casi cada día
venía gente a la playa, pero en ningún momento quisieron hablar con nosotros.
Y el
séptimo día volvimos a tierra y hallamos que habían traído con ellos a sus mujeres;
y cuando saltamos a tierra, los hombres de la tierra enviaron muchas de sus
mujeres a hablar con nosotros, por lo que, viendo que estaban seguros,
decidimos enviarle un hombre de los nuestros, que fue un joven que se hacía
mucho el gallardo. Y nosotros, para que estén seguros, entramos en los barcos,
y él se fue con las mujeres; y no bien llego a ellas, le hicieron un gran
círculo alrededor; tocándolo y mirándolo se maravillaban. Y estando en esto,
vimos venir una mujer desde el monte que traía consigo un gran palo en su mano,
y cuando llego donde estaba nuestro cristiano, se le puso por detrás y, alzando
el bastón, le dio un gran golpe que lo dejó muerto en el suelo; y enseguida las
otras mujeres lo tomaron por los pies y lo arrastraron hacia el monte, y los
hombres saltaron hacia la playa, y con sus arcos empezaron a arrojar flechas; y
provocaron tal pavor en nuestra gente, que había aparecido en los bancos de
arena que había en la costa, que a causa de las muchas flechas que caían sobre
los barcos nadie se afanaba en tomar las armas. También les disparamos cuatro
tiros de bombarda, que no acertaron, pero que, a causa del estruendo,
provocaron la huida de todos hacia el monte, donde ya estaban las mujeres
destrozando al cristiano; y en un gran fuego que habían preparado lo estaban
asando a nuestra vista, mostrándonos muchos trozos y comiéndoselos, mientras
los hombres hacían señas, y con sus gestos daban a entender que habían matado a
los otros dos cristianos y se los habían comido. Lo que nos produjo un gran
pesar, viendo con nuestros ojos lo cruelmente que se comportaban con el muerto;
para todos nosotros fue una injuria intolerable, y teniendo el propósito más de
cuarenta de nosotros de saltar a tierra y vengar tan cruda muerte y acto
bestial e inhumano, el capitán mayor no lo quiso consentir. Y así quedaron
satisfechos de tamaña injuria y nosotros zarpamos con mala voluntad y con gran
vergüenza por causa de nuestra capitán.
Partimos
de este lugar y empezamos nuestra navegación entre levante y siroco, que así
corre la tierra, e hicimos muchas escalas, y no encontramos en ningún caso
gente con quien quisiéramos conversar. Y navegamos así tanto, que encontramos
que la tierra giraba hacia el sudoeste, y cuando giramos un cabo, al que
llamamos Cabo de San Agustín, comenzamos a navegar hacia sudoeste; y este cabo
está lejos de la anterior tierra que vimos, donde mataron a los cristianos, 150
leguas hacia levante, y está este cabo 8 grados fuera de la línea equinoccial
hacia el austro. Y así navegando, cierto día tuvimos visión de mucha gente, que
estaba en la playa para ver la maravilla de nuestras naves; y cesando de
navegar, fuimos hacia ellos y aparecimos en un buen lugar, y fuimos con los
botes a tierra, y encontramos que la gente era de mejor condición que la
pasada, y aunque fuese necesario mucho esfuerzo para domesticarlos, nos
hicimos, con todo, amigos y entablamos relaciones con ellos. Estuvimos en este
lugar durante cinco días, y encontramos casias con fístulas muy grandes y
verdes y secas en las cima de los árboles . . Acordamos en ese lugar levantar
un par de hombres para que aprendieran la lengua, y subieron así tres de ellos
a voluntad para venir a Portugal; y partimos luego de ese puerto, siempre
navegando a vista de la tierra con el lebeche, haciendo muchas escalas y
hablamos con infinita gente. Y tanto anduvimos hacia el austro que incluso
fuimos más allá del trópico de Capricornio, donde el polo antártico se alzaba
sobre el horizonte 32 grados, y ya habíamos perdido de vista completamente la Osa
menor, y la mayor estaba tan abajo que apenas se dejaba ver al final del
horizonte, y nos regíamos por las estrellas del otro polo del antártico, que
son muchas y mucho más grandes y lucientes que las de nuestro polo; y
reconstruí la figura de la mayor parte de ellas, y máxime de aquellas de
primera magnitud, con las aclaraciones de los círculos que describían en torno
al polo del austro; con las aclaraciones de sus diámetros y semidiámetros, como
se podrá ver en el sumario de mis navegaciones. Corrimos de esta nuestra costa
más o menos 750 leguas; las 150 desde San Agustín hacia el poniente y las 600
hacia el lebeche. Si deseara referir las cosas que en esta costa vi y lo que
pasamos, no me bastarían otros tantos folios: y en esta costa no vimos cosas que
aprovechar, excepto infinitos árboles de brasil y casia, y otras maravillas de
la naturaleza que sería largo contar. Y estando ya en viaje nuestro buenos
nueve meses, y teniendo en cuenta que en esa tierra no encontramos cosa alguna
relacionada con la minería, acordamos alejarnos de ella e irnos a afrontar el
mar por otra parte, y pronunciado este consejo se decidió seguir la navegación
que considerara bien, y se puso en mis manos todo el mando de la armada. Y
ordené entonces que toda la gente y armada se proveyesen de agua y de leña como
para seis meses, que tanto juzgaron los oficiales que podíamos navegar con
ellas. Hecha nuestra provisión en esa tierra, comenzamos nuestra navegación con
el viento siroco, y eso fue el 15 de febrero, cuando ya el sol se estaba
alzando del equinoccio y volvía hacia nuestro hemisferio septentrional. Y
navegamos tanto con este viento, que llegamos tan lejos que el polo antártico
estaba alto, fuera de nuestro horizonte, sus buenos 52 grados, y ya estábamos
unas 500 leguas lejos del puerto desde donde partimos con el siroco; y esto fue
el 3 de abril. Y ese día comenzó un movimiento en el mar con tanta fuerza que
nos hizo amainar completamente nuestras velas, y corríamos con el árbol seco,
con mucho viento, que era el lebeche, con grandísimos mares y el aire muy
cambiante; y era tal la rabia del mar, que toda la armada estaba en gran temor.
Las noches eran muy largas, que noche tuvimos el 7 de abril que fue de 15
horas, porque el sol estaba en el final de Aries y en esta región era de
invierno, como bien puede considerar V.S. Y andando con esta suerte, al día 7
de abril vimos nueva tierra, que recorrimos cerca de 20 leguas, y la hallamos
toda ella costa brava, y no vimos en ella puerto alguno ni gente, creo que
porque era tanto el frío que nadie de la armada lo podía remediar y soportarlo.
De modo tal que, encontrándonos en tanto peligro y en tanta fortuna, que apenas
podríamos ver una nave desde la otra, por las grandes maromas que se formaban y
por la gran oscuridad del tiempo, acordamos con el capitán mayor hacer señal a
al armada de que llegase, y dejamos la tierra y regresáramos por el camino de
Portugal; y fue un consejo muy bueno, que es verdad que, si hubiésemos demorado
más aquella noche, nos perdíamos todos. Por lo que tomamos viento en popa, y la
noche y el día siguientes creció tanto el movimiento que temimos perdernos, y
tuvimos que hacer peregrinos y otras ceremonias, como es usanza entre los
marineros en tales ocasiones. Y avanzamos durante 5 días con el viento en popa con
el trinquete solo, y bien bajo, y en estos días navegamos 250 leguas, y sin
embargo nos acercamos a la línea equinoccial y a aires y mares más templados. Y
quiso Dios librarnos de tanto peligro. Y nuestra navegación era con un viento
más bajo que la tramontana y el griego, porque nuestra intención era ir a
reconocer la costa de Etiopía, que estábamos lejos de ella 1300 leguas por el
golfo del mar Atlántico; y con la gracia de Dios a los 10 días de mayo
estuvimos en ella, en una tierra hacia el austro que llámase la Sierra Leona,
donde estuvimos 15 días recogiendo provisiones. Y desde aquí partimos,
navegando hacia las islas Azores, que están lejos de ese lugar de Sierra cerca
de 750 leguas, y llegamos a esas islas a fines de julio, y estuvimos allí otros
15 días tomando algún descanso. Luego partimos de allí hacia Lisboa, porque
estábamos más hacia occidente 300 leguas y entramos en este puerto de Lisboa el
7 de septiembre de 1502 en buena salvación, sea loado Dios, con sólo dos naves,
porque la otro la quemamos en Sierra Leona, porque ya no podía navegar.
Estuvimos en este viaje alrededor de 15 meses y once días, y navegamos sin ver
la estrella tramontana o la Osa mayor y menor, que se llama el Corno, y nos
regimos por las estrellas del otro polo. Esto es todo lo que vi en este viaje,
hecho para el serenísimo rey de Portugal.
Carta de Américo Vespucio sobre los
dos viajes hechos para el serenísimo rey de Portugal
Ésta es una nueva traducción de una de las célebres cartas
enviadas por Américo Vespucio a su conciudadano Pietro Soderini. La carta,
fechada en la ciudad de Lisboa en 1504, narra el primero de los viajes de
Vespucio a las órdenes del rey de Portugal, Manuel I.
El viaje se extendió
entre mayo de 1501 y septiembre de 1502. Como era habitual en la época, la
expedición hizo escalas en las costas de Äfrica (llamada en la carta, por
sinécdoque, «Etiopia»). Más tarde, las naves portuguesas llegaron a las costas
del actual Brasil y, continuando hacia el sur, se cree que divisaron el
estuario del Río de la Plata ( Questo rio della Plata cioè fiume d’Argento
fu scoperto da Amerigo Vespuccio fiorentino l’anno 1501, se
lee en una mapamundi antiguo conservado en la ciudad de Palermo) y las costas
patagónicas.
Uno de los aspectos
más inquietante de la carta es que en ella se registra una doble experiencia
del desastre y del peligro. En primer lugar, el viaje a las regiones tropicales
del continente es, en la carta de Vespucio, el viaje a un mundus novus que
enseguida se revelará como una realidad monstruosa. No es el viaje tan sólo a
una tierra pródiga de riquezas y de bellezas naturales, sino también el viaje
al canibalismo. En segundo lugar, el viaje a las regiones más meridionales del
mundo -el viaje en el que Vespucio registra por primera vez la existencia de un
alucinado firmamento meridional que interpreta en clave dantesca- es, también,
la amenaza constante del naufragio y de la desolación y el peligro de las cambiantes
fortunas del clima y del océano.
La carta fue incluida
por Giovanni Battista Ramusio en el primer volumen de Delle naviagationi e
viaggi, Venecia, 1550. Se han mantenido algunos rasgos
idiosincráticos del estilo de Vespucio, en particular la referencia a los
puntos cardinales mediante el nombre de los vientos asociados, en la cultura
mediterránea en la que se formó el explorador florentino, con ellos: el
«austro» (ostro, en el original toscano) es el viento del sur; el
«lebeche» (libeccio), del suroeste; el «siroco» (sirocco), del sudeste.
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