BREVISIMA RELACION DE LA DESTRUCCION DE LAS INDIAS

Bartolomé de las Casas Brevísima relación de la destrucción de las Indias

Edición y notas José Miguel Martínez Torrejón,Prólogo y cronología Gustavo Adolfo Zuluaga Hoyos,Editorial Universidad de Antioquia®,Editorial Universidad de Antioquia®

"Compárense, si no se comparte esta afir­mación, las descripciones de Las Casas sobre las masacres de Cholula y México (contenidas en el capítulo titulado “De la Nueva España”) con las versiones nahuas de estos mismos episodios re­cogidas por Miguel León-Portilla en la Visión de los vencidos: se notará que hay una sorprenden­te coincidencia, tanto en los detalles como en el desarrollo general de las acciones, que no pue­de provenir sino de una circunstancia precisa: la objetividad de los hechos relatados".

Biblioteca Clásica para Jóvenes Lectores Editora: Doris Elena Aguirre Grisales © 2006 Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y Universidad de Alicante. www.cervantesvirtual.com. Edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes de Brevísima relación de la destruición de las Indias / Bartolomé de las Casas (1484-1566); edición de José Miguel Martínez Torrejón © Del prólogo y la cronología, Editorial Universidad de Antioquia®

ISBN: 978-958-714-466-6

Primera edición en la Editorial Universidad de Antioquia: mayo de 2011 Prólogo, cronología y bibliografía: Gustavo Adolfo Zuluaga Hoyos Diseño y diagramación: Carolina Velásquez Valencia, Imprenta Universidad de Antioquia Corrección de prueba: Stella Caicedo Villa, Imprenta Universidad de Antioquia

Impreso y hecho en Colombia / Printed and made in Colombia Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de los propietarios de los derechos Las imágenes incluidas en esta obra se reproducen con fines educativos y académicos, de conformidad con lo dispuesto en los artículos 31-43 del Capítulo III de la Ley 23 de 1982 sobre derechos de autor Editorial Universidad de Antioquia Teléfonos: (574) 219 50 10. Telefax: (574) 219 50 12 Correo electrónico: editorial@quimbaya.udea.edu.co Sitio web: http://editorial.udea.edu.co Apartado 1226. Medellín. Colombia

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Contenido
  • Bartolomé de las Casas, xi
  • Prólogo. Bartolomé de las Casas: una voz contra el olvido, xv
    Criterios de la edición, 1
    Brevísima relación de la destruición de las Indias, 5
    Argumento del presente epítome, 7
    Prólogo del obispo don fray Bartolomé de las Casas o Casaus para el muy alto y muy poderoso señor el prín­cipe de las Españas don Felipe, nuestro señor, 8
    Brevísima relación de la destruición de las Indias , 12
    De la isla Española, 18
    Los reinos que había en la isla Española, 22
    De las dos islas de San Juan y Jamaica, 35
    De la isla de Cuba, 35
    De la Tierra Firme, 41
    De la provincia de Nicaragua, 48
    De la Nueva España, 53
    De la Nueva España, 56
    De la provincia y reino de Guatimala, 71
    De la Nueva España y Pánuco y Jalisco, 80
    Del reino de Yucatán, 88
    De la provincia de Santa Marta, 98
    De la provincia de Cartagena, 103
    De la Costa de las Perlas y de Paria y de la isla de la Trinidad, 104
    Del río Yuyapari, 115
    Del reino de Venezuela, 116
    De las provincias de la tierra firme por la parte que se llama la Florida, 124
    Del Río de la Plata, 128
    De los grandes reinos y grandes provincias del Perú, 130
    Del Nuevo Reino de Granada, 139 Notas, 160
    Algunos textos sobre Bartolomé de las Casas, 174
    Fuentes de las imágenes, 177

  • Bartolomé de las Casas
    1484. Nace en Sevilla, hijo del mercader Pedro de las Casas y de Isabel de Sosa.

    1493. Siendo todavía un niño, Las Casas contempla un grupo de indígenas americanos traídos por Colón de su primer viaje. Esta imagen quedará grabada en su memoria.

    1499. Recibe de su padre, quien se había enrolado en la tercera expedición de Cristóbal Colón, un esclavo indígena para su servicio.

    1500. Por orden de Isabel la Católica, se ve obligado a restituir su esclavo indígena para que sea de­vuelto a su lugar de origen.

    1502. Se embarca por primera vez hacia el Nuevo Mundo, en compañía de su padre, en la expedi­ción de Nicolás de Ovando.

    1503-1505. Participa en diversas expediciones de con­quista en La Española. Recibe una encomienda de indios como pago por sus servicios.

    1506-1507. Regresa a España. Es ordenado sacerdote en Roma.

    1508. Viaja por segunda vez a América. Es nombrado capellán de la isla de Cuba y vuelve a recibir indígenas en encomienda.

    1510. Canta su primera misa en América y conoce a los dominicos recién llegados a La Española, quienes lo incitan a sumarse a su lucha en de­fensa de los indios.

    1514. Renuncia públicamente a la encomienda que posee en Cuba y empieza sus actividades en el bando de los indigenistas.

    1515. Redacta, con los dominicos de La Española, un memorial de denuncias dirigido a Fernando el Católico; viaja a España con la intención de entregárselo.

    1516. El cardenal Jiménez de Cisneros le confiere el título de “protector de indios”.

    1517. Vuelve a La Española. Se enfrenta con los mon­jes jerónimos enviados por el cardenal Cisneros como gobernadores.

    1520-1521. Carlos V le concede una porción de costa venezolana para que emprenda experimentos de colonización pacífica, sin intervención de solda­dos, pero el experimento fracasa porque los in­dígenas de la región estaban en guerra con los españoles. Regresa a La Española.

    1523. Ingresa a la orden dominica, al claustro de La Española. Empieza la escritura de la Historia de las Indias. Inicia estudios de filosofía y teología, de acuerdo con las constituciones de la orden.

    1529. Sale de su retiro monástico y empieza una fase de intensa actividad política.

    1536. Logra colonizar pacíficamente la región de Tezulutlán, en Guatemala, por medio de la per­suasión y el diálogo. Escribe el tratado De cómo atraer a los indios a la verdadera religión.

    1542. Presenta ante el rey Carlos V y el Consejo de Indias un manuscrito de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias.

    1544. Es nombrado Obispo de Chiapas. Publica un polémico Confesionario donde prohíbe a los sa­cerdotes de su diócesis absolver a quienes tuvie­sen encomiendas de indios.

    1547. Renuncia al obispado. Regresa a España e impide la publicación del Tratado de las justas causas de la guerra contra los indios, del abogado de los encomenderos Juan Ginés de Sepúlveda.

    1548. Escribe el Tratado de los indios que se han hecho esclavos.

    1550. Se enfrenta en Vklladolid, ante una junta de ca­torce teólogos, con Juan Ginés de Sepúlveda, de­fensor del sistema de encomiendas. Lee durante cinco días su Apología de los indios.

    1552. Empieza la escritura de la Apologética historia sumaria, el primer tratado europeo de antro­pología comparada, y publica un conjunto de



    tratados sobre diversos temas, entre los cuales figura la Brevísima relación de la destrucción de las Indias.

    1564. Redacta su testamento.

    1566. Muere el 18 de julio en Madrid, en el convento de Nuestra Señora de Atocha.



Prólogo

Bartolomé de las Casas:

Una voz contra el olvido

Bartolomé de las Casas, o Casaus, como él mis­mo gustaba escribir, nació en Sevilla, España, en 1484 (el mismo año en que Cristóbal Colón robara de la corte portuguesa un mapa dibujado por el cosmógrafo

Paolo Toscanelli, que informaba de una ruta hacia las Indias Orientales, navegando por el occidente), y murió en Madrid el 18 de julio de 1566 en el convento de Nuestra Señora de Atocha, donde pasó los últimos cinco años de su vida. Algunos dicen que promovió la intro­ducción de esclavos negros a América y que él mismo fue esclavista. Otros, en cambio, sostienen que se opuso a toda forma de servidumbre y de menosprecio de la condición humana, ya se tra­tara de los indios o de los negros. Es más, aunque sus enemigos lo inculpan de haber cuestionado la actitud imperialista de la corona de Castilla, al di­fundir por toda Europa una leyenda nefasta acer­ca de las crueldades de los españoles (conocida popularmente como leyenda negra), la mayoría de quienes están familiarizados con sus doctrinas consideran en la actualidad que él, por el contra­rio, defendió la presencia de los peninsulares en América como un medio para alcanzar la expan­sión del cristianismo.

Es evidente que las opiniones sobre el padre Las Casas no podrían ser más controversiales. De ahí que no sea raro encontrar en la literatu­ra representaciones ambiguas, cuando no falsea­das, de su verdadero perfil histórico. Por ejem­plo, mientras que escritores hispanoamericanos como Fray Servando Teresa de Mier, Antonio Llorente, José Martí o Enrique Buenaventura, retratan a Las Casas como un hombre caritativo y piadoso, y lo pintan con todos los colores de la justicia y de la humanidad; otros, en tono más cáustico —como Cornelius de Pauw o Jorge Luis Borges—, lo acusan de haber promovido el co­mercio de negros en América, en su afán por preservar a los indígenas del exterminio. Pero tal vez una de las versiones biográficas más extrava­gantes de Las Casas sea la del erudito Menén- dez Pidal que, empeñado en la defensa de los valores eternos e inmutables de la hispanidad, mancillados según él por las exageraciones del misionero, sostuvo que este había sufrido en vida de una paranoia tan extrema, que lo inclinaba a la hipérbole cuando se refería en sus escritos a las acciones de los conquistadores. Por fortuna, recientemente el escritor catalán Juan Goytisolo, en su ensayo “Menéndez Pidal y el Padre Las Ca­sas”, se ha encargado de desmentir esta opinión peregrina del erudito hispanista, pues para él no se encuentra arraigada en la objetividad ni en el deseo de conocimiento, sino en el chauvinismo y en el apego dogmático a los valores nacionales.

Conviene, pues, deslindar lo que pensaba real­mente Las Casas de unas circunstancias históri­cas ineludibles. Es cierto que, en el principio de su estancia en América, Las Casas recibió indíge­nas como esclavos; es cierto que llegó a sugerir que se importaran negros para aliviar la mise­rable suerte de los indios; es cierto que defen­dió la imposición del colonialismo en territorio americano, pero esto no mina un ápice la altura indiscutible del pensamiento que se infiere de todos sus escritos y memoriales; la verdad es que la esclavización y el colonialismo eran prácticas habituales en su época, y poco hubiera podido hacer un individuo aislado contra la rigidez de las estructuras sociales.

Se dice que Bartolomé, aún niño, pudo con­templar el desfile de Colón por las calles de Sevi­lla, cuando regresaba del primer viaje, cargado de papagayos, artesanías, ricos plumajes, oro y esclavos indígenas; que vino por primera vez al Nuevo Mundo en la expedición de Nicolás de Ovando, en 1502, pero que retornó pronto a la península; y que, para regocijo de sus críticos y contradictores, tuvo su propia encomienda de indios más o menos desde 1508 —año en que se estableció en la isla de Cuba como funcionario estatal merced a sus estudios en humanidades— hasta que en 1514 renunció a ella y se convirtió a la causa de los indios.

Este último hecho, sin embargo, ha sido lle­vado hasta el extremo por muchos de sus bió­grafos. Para los que se empeñan en desprestigiar a Las Casas, tal afirmación les cae como anillo al dedo: les ofrece un excelente argumento para cuestionar sus intenciones humanitarias. Por su parte, los que se forjan un concepto elevado de su persona, o bien guardan silencio frente a la dificultad, o bien la esquivan fácilmente siguiendo el esquema paulino; es decir, interpretando la conversión del misionero al indigenismo como un salto súbito de las tinieblas del error a las luces de la piedad y de la fe. Pero la cuestión, creo, es un poco más compleja: se trata de saber cuál es el punto intermedio entre estas posiciones extremas. Por eso, no se puede ignorar —como se ha hecho bastante a menudo— el hilo de la historia.

Fueron los portugueses quienes, como fruto de sus exploraciones por los litorales de África, introdujeron la trata de negros en Europa desde mediados del siglo xv, y quienes suministraron las primeras cuadrillas de africanos que llegaron a tierras del Nuevo Mundo, aproximadamente en 1503, varios años antes de que Bartolomé hu­biera obtenido su encomienda en Cuba o de que tuviera alguna influencia sobre las políticas de la corona (en efecto, para el momento de la Con­quista, la esclavitud negra ya se había regulado con amplitud mediante leyes y decretos reales, e incluso constituía un negocio bastante lucrativo en puertos como Cádiz o Sevilla).

En cuanto a la institución de la esclavitud indí­gena, las miradas deberían dirigirse, no hacia el piadoso Bartolomé, sino hacia el Visorrey y Al­mirante de la Mar Océana, don Cristóbal Colón, quien, desilusionado por no hallar las codiciadas minas de Cipango que tanto lo perturbaban en sus largas noches de insomnio, ordenó durante su segundo viaje a las Indias que se dispusiera una carabela con quinientos indígenas para que fueran vendidos en el mercado de Sevilla. Con­sideraba el Almirante que, aunque no se habían encontrado ni las calles ni los nacimientos de oro mencionados por Marco Polo que tanto habían calentado durante años su imaginación febril, mucha era la riqueza que podría conseguirse a costa del sudor y los trabajos de los nativos.

De manera que fue Colón, y no Las Casas, el principal impulsor de las prácticas de esclaviza­ción de los indígenas —que mucho le pesaron a la católica Isabel—, porque, como escribió en su diario de a bordo, le parecía que eran “buenos para les mandar”. Vale decir que este régimen de explotación recibió como nombre un eufemis­mo: encomienda. Vocablo que quería decir, en rigor, esclavitud bajo ciertas condiciones, pues acordaba el aprovechamiento de la mano de obra indígena por parte de los colonizadores a cambio de la evangelización y la enseñanza de las costumbres europeas.

Contra este sistema de producción de riqueza se alzó la voz de protesta de Bartolomé de las Casas cuando, en 1514, liberó a los indios de su encomienda porque se dolía —dice él— de verlos padecer tantos agravios y sufrimientos sin que los merecieran (Historia de las Indias, vol. III, p. 589). Y aunque —justo es reconocerlo— Las Casas no fue el primero en criticar la conducta inhuma­na de los conquistadores, ya que un grupo de misioneros dominicos había hecho lo mismo en La Española, a través de un sermón dominical pronunciado en la Navidad de 1510 por Antonio de Montesinos, sí sería él quien diera el impulso decisivo a esta corriente de religiosos defenso­res de los indios, conocidos por la tradición como indigenistas. Gracias a su actitud enérgica, a me­nudo intransigente, Las Casas logró articular las demandas de los indigenistas en un programa co­herente de acción política y proponer el tema de la humanización de la conquista como uno de los asuntos principales de la agenda legislativa sobre las Indias. Enterado en Cuba de las críticas del sermón de Montesinos —que hablaban de diver­sos abusos y maltratos contra la población abori­gen—, Bartolomé las compartió plenamente y, de ahí en adelante, se lanzó a una lucha sin tregua por el reconocimiento de las culturas aborígenes.

En este sentido, su primera acción, en 1515, fue embarcarse para España, adonde pretendía llevar sus denuncias a oídos del mismo rey Fer­nando el Católico. Pero la muerte de este al año siguiente lo obligó a cambiar de planes. Enton­ces se dirigió al cardenal Jiménez de Cisneros (regente interino del gobierno español), a quien le habló de la necesidad de enseñar a los indios las costumbres europeas por medio de la persua­sión pacífica y de imponer con prontitud regu­laciones a la trata de negros en América, a fin de estimular su comercio. Pensaba Las Casas que esta última medida era adecuada en cuanto per­mitiría aliviar un poco el destino de los indios, que morían a montones en las improvisadas minas. Con los años, empero, luego de oír en Portugal re­latos detallados sobre la forma en que los esclavos eran capturados en las costas africanas, se arrepin­tió de esta propuesta arguyendo que tanto indios como negros debían gozar de la misma libertad.

Las Casas regresó al Nuevo Mundo en 1517, provisto de un nombramiento como protector de indios, y se aplicó con energía a su labor huma­nitaria. Pronto encontraría una férrea oposición de parte de los encomenderos de La Española y de Cuba, quienes veían este celo del clérigo por los derechos de los indios como una amenaza para el sistema productivo que intentaban consolidar. La encomienda era, en verdad, un híbrido abomi­nable entre una estructura económica medieval, el feudo y una noción típicamente moderna del trabajo como elemento generador de riqueza, de modo que una iniciativa proteccionista como la de Las Casas iría, más bien, en detrimento de los intereses de sus coterráneos. Sería ingenuo creer que los conquistadores renunciarían a sem­brar las tierras y a sacar oro de las minas (oficios siempre realizados por sus vasallos indios) solo porque un monje filántropo, solitario y desarma­do, se obstinaba en pedir respeto por la integri­dad y la libertad de los nativos.

Tres monjes jerónimos enviados a La Española por el cardenal Cisneros, en calidad de goberna­dores provisionales, se adhirieron con prontitud al partido de los colonos. Aparte de sus funcio­nes administrativas, los jerónimos tenían una misión todavía más importante para los intereses de la corona: debían informarse, por medio de un cuestionario realizado entre los colonos, acerca de las aptitudes sicológicas de los indígenas y colegir si serían capaces de vivir con arreglo a las cos­tumbres castellanas, como si fueran labradores de Sevilla. Sobra decir que el resultado de tales indagaciones fue negativo: casi en coro, los co­lonos de la isla afirmaron que los indios estaban impedidos para aprender cualquier cosa, siquie­ra a contar hasta diez, y que eran irracionales y próximos al estado animal. Esto irritó tanto a Bartolomé que, luego de discutir infructuosamen­te con los monjes, se embarcó otra vez para Es­paña. Allí se entrevistó con el recién coronado Carlos I y le pidió que le concediera una zona en tierra firme para emprender por su cuenta un experimento de colonización pacífica, sin inter­vención de soldados. Las Casas prometía ocupar la región sólo con la ayuda de unos cuantos frai­les y campesinos españoles, primero construyen­do algunas pequeñas fortalezas, después estable­ciendo relaciones de intercambio sólidas con las tribus vecinas, en la creencia de que los indios podrían aprender qué era una vida civilizada a partir del ejemplo de los europeos.

El rey le concedió doscientas leguas de costa venezolana para que llevara a cabo este expe­rimento, y Las Casas se preparó lo mejor que pudo: reclutó grupos de campesinos en Castilla, se aprovisionó de víveres y pertrechos, eligió al grupo de frailes que lo acompañarían vestidos de togas blancas pintadas con el signo de la cruz; pero su experimento utópico estaba destinado al fracaso. Apenas desembarcó en la zona, hacia 1521, se dio cuenta de que los asuntos andaban bastante mal: los colonos explotadores de perlas le habían declarado la guerra a las tribus de la región con el fin de suministrarse esclavos para sus labores (pues se suponía que todo aquél que fuera capturado en guerra justa podía ser redu­cido a esclavitud), de modo que el misionero y sus seguidores, ante la hostilidad de los indios, no tuvieron más remedio que abortar el proyecto y regresar a La Española para salvar sus vidas.

Desilusionado por este fracaso, y como prue­ba de gratitud con los hombres que habían sido durante años sus compañeros de batalla, Las Casas decidió tomar el hábito de los dominicos e internarse en el monasterio de la orden en La Es­pañola, en 1523. Allí se dedicó al estudio de la historia, la filosofía y la teoría política y adqui­rió una sorprendente erudición que se revelará en muchos de sus escritos y memoriales, pero, especialmente, en una de sus obras más madu­ras, su monumental Apologética historia sumaria, el primer gran tratado de antropología cultural del que se tenga noticia.

Las Casas abandonó su retiro monástico en 1529 para apaciguar los ánimos del cacique Enriquillo, que se había rebelado contra las autori­dades de la isla. Más tarde, habiéndosele negado la autorización para predicar en el Perú, recorrió los territorios de Nicaragua y Guatemala, donde, en 1536, obtuvo uno de los triunfos más sonados de su carrera misional: aplicando su teoría sobre la persuasión pacífica como el medio más adecua­do para adelantar el proceso de evangelización, logró que todo un territorio indígena alzado en armas desde hacía varios años (la región de Tuzulutlan, llamada por los colonos tierra de gue­rra) aceptara someterse ante las autoridades espa­ñolas solo con la ayuda de algunos clérigos que conocían las lenguas nativas. Cuentan que el te­rritorio fue llamado luego, en honor a la eficaz in­tervención del misionero, la región de la Verapaz.

Pero no cabe duda de que el momento cumbre en la carrera de Las Casas coincide con la época de aparición de su obra más divulgada, la Brevísi­ma relación de la destrucción de las Indias. Cansado ya de ir y venir por el Nuevo Mundo sin encon­trar respuestas efectivas a sus peticiones por par­te de las autoridades coloniales, Fray Bartolomé decidió instalarse muy cerca de la corte española y radicalizar su postura política. No se trataba ahora de hacer experimentos utópicos para de­mostrar la validez de sus métodos pacíficos de colonización, sino de exigir medidas concretas para poner fin a la crisis humanitaria en la que había derivado el proceso de conquista. Por este motivo emprendió, hacia 1542, la redacción de un pequeño sumario cuyo tema principal eran las modalidades de violencia empleadas por los colonizadores durante casi medio siglo de ocupa­ción del Nuevo Mundo. Este sumario —verdade­ro catálogo de atrocidades y de barbaries— fue leído por el autor en Valencia ese mismo año, ante el rey Carlos V y el Consejo de Indias, y dado a la imprenta solo diez años más tarde bajo el título que lo hizo famoso: Brevísima relación de la destrucción de las Indias. El libro es una minuciosa descripción de los episodios de crueldad protagonizados por los conquistadores y da cuenta, en forma tan cru­da y realista que recuerda el tono de la moderna crónica de sucesos, de los secuestros, mutilaciones, torturas, intimidaciones y violaciones perpetradas contra los nativos de todos los rincones de Améri­ca. De igual modo, la obra describe las prácticas sistemáticas de exterminio llevadas a cabo por los peninsulares —masacres, quemas públicas, empalamientos, cacerías con perros, asesinatos selectivos, etc.—, que fueron causa del mayor ge­nocidio de la historia humana.

Tal y como ha llegado hasta nosotros, la Breví­sima relación está dividida en tres partes: prime­ro, se hallan dos textos redactados en 1552: una nota preliminar que explica las circunstancias que rodearon la génesis y publicación de la obra y un “Prólogo” dedicado al príncipe Felipe —fu­turo rey Felipe II— en el que Las Casas le pide que ponga freno a los desmanes de sus vasallos en América y que se ocupe también del bienes­tar de los indígenas; luego, viene una corta pero significativa introducción al memorial (titulada “La destrucción de las Indias”), en la cual se in­sinúan algunas claves fundamentales para com­prender la caracterización de los indígenas y de los españoles en el contexto del libro. Aquí Las Casas traza las líneas generales de su conocido discurso sobre los indígenas (denominado por los historiadores como imaginario del buen sal­vaje). Y acumula un verdadero arsenal de topos retóricos, extraídos de la filosofía moral cristiana (pares de oposiciones como ángel-demonio, ove­ja-lobo, bueno-malo, inocente-malvado, por sólo citar algunos ejemplos sobresalientes), que es­tructuran su caracterización de los nativos como “mansas ovejas” y de los españoles como “lobos feroces”; finalmente, encontramos una veintena de relaciones (más un pedazo de carta enviado a Las Casas para su divulgación por un obispo de Cartagena, incluido como epilogo del libro), es­critas al mejor estilo del relato breve tradicional, que narran en un lenguaje directo, detallado y no pocas veces amargamente sarcástico, algunas de las múltiples acciones violentas perpetradas por los europeos durante la exploración de los territorios de Las Antillas, la Tierra Firme, la Nueva Granada, el Río de la Plata y los reinos de México y del Perú. Estas relaciones, concebidas como secuencias narrativas independientes (a su vez constituidas por pequeñas series de micro- rrelatos en las cuales predominan los periodos largos, las frases yuxtapuestas y las construccio­nes oracionales latinizantes), ofrecen un cuadro aterrador de las masacres consumadas por famo­sos conquistadores como Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, Francisco Pizarro o Gonzalo Jimé­nez de Quesada (si bien Las Casas nunca se refie­re a ellos por sus nombres propios, sino que los denomina con la categoría genérica de tiranos), y reproducen, de manera más bien esquemática, los modelos de representación esbozados en la introducción general a la obra (“La destrucción de las Indias”), pues los indígenas son descritos invariablemente como seres buenos y pacíficos, y los españoles como perversos y crueles.

Las denuncias de la Brevísima tuvieron tal im­pacto en el rey y en su grupo de asesores que, alertados por la magnitud de la tragedia, ordena­ron una reforma completa de la legislación sobre Indias. Fruto de la inquietud por estas denuncias fue la promulgación de las Leyes Nuevas, publica­das en Barcelona en 1543, uno de cuyos princi­pales fines era la abolición de la esclavitud de los indios y del régimen de encomiendas, que había dado lugar a tantos excesos e injusticias. Aunque las Leyes Nuevas tuvieron que derogarse tres años más tarde, a causa de las violentas reacciones de los conquistadores de México y del Perú, la Bre­vísima en cambio adquirió una fama perdurable, hasta el punto de opacar muchas otras facetas de Las Casas (por ejemplo la de historiador, la de antropólogo, o incluso la de filósofo o jurista). De ahí que el nombre del misionero dominico permanezca, aun hoy, indisolublemente ligado a la creación de la leyenda negra y que la Brevísima haya sido considerada, por los detractores de Es­paña en Europa y América, como el testimonio más desgarrador del fanatismo y de la intoleran­cia de los hombres.

La actualidad y trascendencia histórica de la Brevísima radica en dos circunstancias precisas: en primer lugar, en el hecho de que es una de las más antiguas críticas al proceso de colonización de América y a sus formas de ejecución: el ejerci­cio de la violencia sistemática y de la política del terror; en segundo lugar, en la amplia recepción que logró desde la época misma de su publi­cación: primero en Europa, principalmente en Inglaterra, Alemania y Holanda, naciones en­frentadas con España durante los siglos xvi y xvii por razones políticas y religiosas, y después en América, durante las campañas de independen­cia del siglo xix, cuando fue evocada por muchos criollos (entre ellos Miranda, Bolívar o Servando Teresa de Mier) para legitimar políticamente sus luchas contra el régimen español.

No obstante que muchos sigan cuestionando, tantos siglos después, la realidad histórica de los relatos de la Brevísima y los consideren hipérbo­les o exageraciones por su eficaz explotación de los recursos de la retórica tradicional, la verdad es que, en ocasiones, esta obra parece ofrecer una imagen de los acontecimientos bastante ve­rosímil. Compárense, si no se comparte esta afir­mación, las descripciones de Las Casas sobre las masacres de Cholula y México (contenidas en el capítulo titulado “De la Nueva España”) con las versiones nahuas de estos mismos episodios re­cogidas por Miguel León-Portilla en la Visión de los vencidos: se notará que hay una sorprenden­te coincidencia, tanto en los detalles como en el desarrollo general de las acciones, que no pue­de provenir sino de una circunstancia precisa: la objetividad de los hechos relatados. Después de todo, Las Casas no busca desprestigiar a España, solo exige respeto y tolerancia para los indígenas (respeto y tolerancia que encontraremos, como una impronta del espíritu del dominico, en el ensayo Sobre los caníbales de Michel de Montaigne).

Él es apenas una voz, una voz contra el olvido. Y aunque la muerte lo hallará muy anciano en un convento madrileño, a la edad de ochenta y dos años, se dice que hasta los últimos días no cesó de escribir cartas y memoriales en defensa de su causa, como si quisiera fijarse en el retrato que lo inmortalizaría siglos después: ligeramente incli­nado sobre el papel, con la mirada detenida y la pluma en la mano, el ceño un poco fruncido, de rabia y de dolor, por los sufrimientos de sus hermanos indígenas.

Gustavo Adolfo Zuluaga Hoyos es filósofo del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia, estudiante de la Maestría en Literatura Colombiana de la misma Universidad, docente y estudioso de la obra lascasiana.



Criterios de la edición

El texto aquí ofrecido se basa en mi edición pu­blicada por la Universidad de Alicante, de donde se han eliminado la casi totalidad de las notas y el aparato crítico. Se trata de la primera edición crítica de la obra lascasiana, que parte del tex­to de la princeps (Sevilla, 1552), al tiempo que concede la atención debida al único manuscri­to conocido de la versión primitiva (1542) y a la adaptación realizada en 1548 (Historia sumaria y re­lación brevísima... de Fr. Bartolomé de la Peña), que representa un estadio intermedio en la elaboración de la obra; también he tenido en cuenta la edición barcelonesa de 1646. Con ayuda de estos testimo­nios se pueden identificar y enmendar las erratas de la princeps, a las cuales tradicionalmente se han sumado otras erratas y enmiendas erróneas transmitidas de edición en edición, de modo que el presente texto difiere de los corrientes en varias docenas de puntos.

Para acercar el texto al lector actual, modernizo la ortografía en s/ss (así/ brevíssima), z/g (dezir/Qara- goga), g/x (Magestad/dixo), i/j, u/v. Simplifico los gru­pos consonánticos latinos pt, bd, ct, gn, (escripto, cobdicia, fructo, cognoscer) excepto en los latinismos que no han arraigado en lengua moderna (jactu- ras) y en aquellos que han arraigado exclusivamen­te en su forma culta (docto, secta, benigno).

En contrapartida, respeto los casos de reduc­ción del grupo consonántico: destruición, arismética, otubre. Mantengo las metátesis (alderredores, vernía) y arcaísmos del tipo concebición, resgatar, gómitos, dende. Respeto la alternancia en el tim­bre y la elisión de las vocales átonas: hobiera, nen­guna, debujar, añidieron, invincible, escrebía, cudiciosos, complidamente, debría, vían.

La puntuación procura seguir también criterios modernos, a pesar de que los numerosos anacolu­tos y frases latinizantes obligan a soluciones de compromiso. En este sentido, la complejidad de algunos pasajes, así como algunas dificultades léxicas, me ha obligado a la inclusión de algunas notas que pretenden ayudar a la lectura. Aunque aquí y allá he incluido algunas identificaciones geográficas e históricas, es en la edición de la Universidad de Alicante donde atiendo al do­ble propósito de documentar hasta donde me ha sido posible las afirmaciones de Las Casas y proporcionar al lector un marco de referencia histórico e ideológico en que situar la obra, per­mitiendo una lectura al margen de los prejuicios de origen político que normalmente la aquejan.

José Miguel Martínez Torrejón



BREVÍSIMA RELACION DE LA DESTRUICIÓN DE LAS INDIAS

Colegida por el obispo don fray Bartolomé de las Casas o Casaus, de la orden de Santo Domingo, año 1552

Argumento del presente epítome

Todas las cosas que han acaecido en las Indias, des­de su maravilloso descubrimiento y del principio que a ellas fueron españoles para estar tiempo al­guno, y después en el proceso adelante hasta los días de agora, han sido tan admirables y tan no creíbles en todo género a quien no las vido que pa­recen haber añublado y puesto silencio, y bastantes a1 poner olvido, a todas cuantas, por hazañosas que fuesen, en los siglos pasados se vieron y oyeron en el mundo. Entre éstas, son las matanzas y estragos de gentes inocentes y despoblaciones de pueblos, provincias y reinos que en ellas se han perpetrado, y que todas las otras no de menor espanto2. Las unas y las otras refiriendo a diversas personas que no las sabían el obispo don fray Bartolomé de las Casas o Casaus, la vez que vino a la corte después de fraile a informar al Emperador, nuestro señor, como quien todas bien visto había3, y causando a los oyentes con la relación dellas una manera de éxtasis y suspensión de ánimos, fue rogado e im­portunado que destas postreras pusiese algunas con brevedad por escrito4. Él lo hizo, y viendo al­gunos años después muchos insensibles hombres (que la codicia y ambición ha hecho degenerar del ser hombres, y sus facinorosas obras traído en re­probado sentido)5 que, no contentos con las trai­ciones y maldades que han cometido, despoblan­do con exquisitas6 especies de crueldad aquel orbe, importunaban al Rey por licencia y autoridad para tornarlas a cometer, y otras peores (si peores pu­diesen ser), acordó presentar esta suma de lo que cerca desto escribió al Príncipe nuestro señor, para que Su Alteza fuese en que se les denegase7, y pare­cióle cosa conveniente ponella en molde por que8 Su Alteza la leyese con más facilidad. Y esta es la razón del siguiente epítome o brevísima relación.

Fin del argumento

Prólogo del obispo don fray Bartolomé de las Casas o Casaus para el muy alto y muy poderoso señor el príncipe de las Españas don Felipe, nuestro señor

Muy alto y muy poderoso señor:

Como la providencia divina tenga ordenado en su mundo que para dirección y común uti­lidad del linaje humano se constituyesen en los reinos y pueblos reyes como padres y pastores (según los nombra Homero) y, por consiguiente, sean los más nobles y generosos9 miembros de las repúblicas, ninguna duda de la rectitud de sus ánimos reales se tiene o con recta razón se debe tener. Que si algunos defectos, nocumentos10 y males se padecen en ellas, no ser11 otra la causa sino carecer los reyes de la noticia dellos, los cua­les si les constasen12, con sumo estudio y vigilan­te solercia13 extirparían. Esto parece haber dado a entender la Divina Escritura en los Proverbios de Salomón: Rex qui sedet in solio iudicii, dissipat omne malum intuitu suo14, porque de la innata y natural virtud del Rey así se supone, conviene a saber: que la noticia sola del mal de su reino es bastantísima para que lo disipe, y que ni por un momento solo en cuanto en sí fuere lo pueda sufrir.

Considerando, pues, yo, muy poderoso señor, los males y daños, perdición y jacturas15 (de los cuales nunca otros iguales ni semejantes se imaginaron poderse por hombres hacer) de aquellos tantos y tan grandes y tales reinos y, por mejor decir, de aquel vastísimo y nuevo mundo de las Indias, con­cedidos y encomendados por Dios y por su Iglesia a los reyes de Castilla para que se los rigiesen y gobernasen, convertiesen y prosperasen temporal y espiritualmente, como hombre que por cincuen­ta años y más de experiencia siendo en aquellas tierras presente los he visto cometer, que constán­dole a Vuestra Alteza algunas particulares hazañas dellos, no podría contenerse de suplicar a Su Ma­jestad con instancia importuna que no conceda ni permita las que los tiranos inventaron, prosiguie­ron y han cometido, que llaman conquistas; en las cuales, si se permitiesen, han de tornarse a hacer, pues de sí mismas16, hechas contra aquellas india­nas gentes, pacíficas, humildes y mansas que a na­die ofenden, son inicuas, tiránicas, y por toda ley natural, divina y humana condenadas, detestadas y malditas; deliberé17, por no ser reo callando de las perdiciones de ánimas y cuerpos infinitas que los tales perpetrarán, poner en molde algunas y muy pocas que los días pasados colegí de innumerables que con verdad podría referir, para que con más facilidad Vuestra Alteza las pueda leer.

Y puesto que18 el arzobispo de Toledo, maestro de Vuestra Alteza, siendo obispo de Cartagena19, me las pidió y presentó a Vuestra Alteza, pero por los largos caminos de mar y de tierra que Vuestra Alteza ha emprendido y ocupaciones frecuentes reales que ha tenido, puede haber sido que o Vuestra Alteza no las leyó o que ya olvidadas las tiene; y el ansia temeraria e irracional de los que tienen por nada indebidamente derramar tan inmensa copia de humana sangre y despoblar de sus naturales moradores y poseedores (matando mil cuentos de gentes)20 aquellas tierras grandí­simas y robar incomparables tesoros, crece cada día, importunando por diversas vías y varios fin­gidos colores21 que se les concedan o permitan las dichas conquistas (las cuales no se les podrían conceder sin violación de la ley natural y divina, y por consiguiente gravísimos pecados mortales, dignos de terribles y eternos suplicios), tuve por conviniente servir a Vuestra Alteza con este su­mario brevísimo de muy difusa22 historia que de los estragos y perdiciones acaecidas se podría y debría componer.

Suplico a Vuestra Alteza lo reciba y lea con la clemencia y real benignidad que suele las obras de sus criados y servidores que puramente23, por sólo el bien público y prosperidad del estado real servir desean. Lo cual visto y entendida la deformidad24 de la injusticia que a aquellas gen­tes inocentes se hace, destruyéndolas y despe­dazándolas sin haber causa ni razón justa para ello, sino por sola la cudicia y ambición de los que hacer tan nefarias25 obras pretenden, Vues­tra Alteza tenga por bien de con eficacia supli­car y persuadir a Su Majestad que deniegue a quien las pidiere tan nocivas y detestables em­presas; antes ponga en esta demanda infernal perpetuo silencio, con tanto terror que ninguno sea osado dende adelante ni aun solamente se las nombrar.

Cosa es ésta, muy alto señor, convenientísima y necesaria para que todo el estado de la corona real de Castilla, espiritual y temporalmente Dios lo prospere y conserve y haga bienaventurado. Amén.

Brevísima relación de la destruición de las Indias26

Descubriéronse las Indias en el año de mil y cua­trocientos y noventa y dos. Fuéronse a poblar el año siguiente de cristianos españoles, por mane­ra que ha cuarenta y nueve años que fueron a ellas cantidad de españoles. Y la primera tierra don­de entraron para hecho de poblar fue la grande y felicísima isla Española, que tiene seiscientas leguas en torno. Hay otras muy grandes e infi­nitas islas alrededor, por todas las partes della, que todas estaban y las vimos las más pobladas y llenas de naturales gentes, indios dellas, que puede ser tierra poblada en el mundo. La tierra firme, que está de esta isla por lo más cercano docientas y cincuenta leguas, pocas más, tiene de costa de mar más de diez mil leguas descubiertas y cada día se descubren más, todas llenas como una colmena de gentes en lo que hasta el año de cuarenta y uno se ha descubierto, que parece que puso Dios en aquellas tierras todo el golpe27 o la mayor cantidad de todo el linaje humano.

Todas estas universas e infinitas gentes, a toto genere28, crio Dios los29 más simples, sin malda­des ni dobleces, obedientísimas, fidelísimas a sus señores naturales y a los cristianos a quien sir­ven; más humildes, más pacientes, más pacíficas y quietas, sin rencillas ni bollicios, no rijosos, no querulosos30, sin rancores, sin odios, sin desear venganzas, que hay en el mundo. Son así mesmo las gentes más delicadas, flacas y tiernas en complisión y que menos pueden sufrir trabajos, y que más fácilmente mueren de cualquiera en­fermedad; que ni hijos de príncipes y señores entre nosotros, criados en regalos y delicada vida no son más delicados que ellos, aunque sean de los que entre ellos son de linaje de labradores. Son también gentes paupérrimas y que menos poseen ni quieren poseer de bienes temporales, y por esto no soberbias, no ambiciosas, no cudiciosas. Su comida es tal que la de los Santos Padres en el desierto no parece haber sido más estrecha ni menos deleitosa ni pobre. Sus ves­tidos comúnmente son en cueros, cubiertas sus vergüenzas, y cuando mucho cúbrense con una manta de algodón que será como vara y media o dos varas de lienzo en cuadra. Sus camas son encima de una estera y cuando mucho duermen en unas como redes colgadas que en lengua de la isla Española llamaban hamacas. Son eso mesmo de limpios y desocupados y vivos entendimentos; muy capaces y dóciles para toda buena doctrina, aptísimos para recebir nuestra santa fe católica y ser dotados de virtuosas costumbres, y las31 que menos impedimentos tienen para esto que Dios crio en el mundo. Y son tan importu­nas desque una vez comienzan a tener noticia de las cosas de la fe, para saberlas, y en ejercitar los sacramentos de la Iglesia y el culto divino, que digo verdad que han menester los religiosos para sufrillos ser dotados por Dios de don muy señalado de paciencia, y, finalmente, yo he oído decir a muchos seglares españoles de muchos años acá y muchas veces, no pudiendo negar la bondad que en ellos ven: “Cierto, estas gentes eran las más bienaventuradas del mundo si sola­mente conocieran a Dios”.

En estas ovejas mansas y de las calidades su­sodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles desde luego que las co­nocieron como lobos y tigres y leones crudelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte hasta hoy, y hoy en este día lo hacen, sino despedazallas, matallas, angustiallas, afligillas, atormentallas y destruillas por las extrañas y nuevas y varias y nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas mane­ras de crueldad, de las cuales algunas pocas abajo se dirán, en tanto grado que habiendo en la isla Española sobre tres cuentos de ánimas32 que vi­mos, no hay hoy de los naturales della docientas personas.

La isla de Cuba es cuasi tan luenga como desde Valladolid a Roma: está hoy cuasi toda despobla­da. La isla de San Juan y la de Jamaica, islas muy grandes y muy felices y graciosas, ambas están asoladas. Las islas de los Lucayos, que están co­marcanas a la Española y a Cuba por la parte del norte, que son más de sesenta, con las que llama­ban de Gigantes33 y otras islas grandes y chicas y que la peor dellas es más fértil y graciosa que la Huerta del Rey de Sevilla y la más sana tierra del mundo, en las cuales había más de quinien­tas mil ánimas, no hay una sola criatura: todas las mataron trayéndolas y por traellas34 a la isla Española, después que vían que se les acababan los naturales della. Andando un navío tres años a rebuscar por ellas la gente que había después de haber sido vendimiadas, porque un buen cris­tiano se movió por piedad para los que se halla­sen convertillos y ganallos a Cristo, no se hallaron sino once personas, las cuales yo vide. Otras más de treinta islas que están en la comarca de la isla de San Juan, por la mesma causa están despobladas y perdidas. Serán todas estas islas de tierra más de dos mil leguas35, que todas están despobladas y desiertas de gente.

De la gran tierra firme36 somos ciertos que nues­tros españoles, por sus crueldades y nefandas obras, han despoblado y asolado, y que están hoy desiertas, estando llenas de hombres racionales37, más de diez reinos mayores que toda España, aun­que entre Aragón y Portugal en ellos, y más tie­rra que hay de Sevilla a Jerusalén dos veces, que son más de dos mil leguas. Daremos por cuenta muy cierta y verdadera que son muertas en los dichos cuarenta años por las dichas tiranías y in­fernales obras de los cristianos injusta y tiránica­mente más de doce cuentos de ánimas, hombres y mujeres y niños, y en verdad que creo, sin pen­sar engañarme, que son más de quince cuentos.

Dos maneras generales y principales han te­nido los que allá han pasado que se llaman cris­tianos en extirpar y raer de la haz de la tierra a aquellas miserandas naciones. La una, por in­justas, crueles, sangrientas y tiránicas guerras; la otra, después que han muerto todos los que po­drían anhelar o sospirar o pensar en libertad o en salir de los tormentos que padecen, como son todos los señores naturales y los hombres varones (porque comúnmente no dejan en las guerras a vida sino los mozos y mujeres), oprimiéndolos con la más dura, horrible y áspera servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas. A estas dos maneras de tiranía infernal se reducen y se resuelven o subalternan como a géneros38 todas las otras diversas y varias de aso­lar aquellas gentes, que son infinitas.

La causa porque han muerto y destruido tan­tas y tales y tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días y subir a estados muy altos y sin pro­porción de sus personas, conviene a saber: por la insaciable cudicia y ambición que han tenido, que ha sido la mayor que en el mundo ser pudo, por ser aquellas tierras tan felices y tan ricas, y las gentes tan humildes, tan pacientes y tan fá­ciles a sujetarlas, a las cuales no han tenido más respecto ni dellas han hecho más cuenta ni es­tima (hablo con verdad, por lo que sé y he visto todo el dicho tiempo) no digo que de bestias, porque pluguiera a Dios que como a bestias las hubieran tratado y estimado, pero como y me­nos que estiércol de las plazas. Y así han curado de sus vidas y de sus ánimas, y por esto todos los números y cuentos dichos han muerto sin fe y sin sacramentos. Y ésta es una muy notoria y averi­guada verdad que todos, aunque sean los tiranos y matadores, la saben y la confiesan: que nunca los indios de todas las Indias hicieron mal alguno a cristianos, antes los tuvieron por venidos del cie­lo, hasta que primero muchas veces hobieron re- cebido ellos o sus vecinos muchos males, robos, muertes, violencias y vejaciones dellos mesmos.


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