Relacion Acerca dce las Antiguedades de los Indios, Fray Ramon Pane

 

FRAY RAMON PANE

RELACION ACERCA DE LAS ANTIGÜEDADES DE LOS INDIOS (1493-1498)

nueva versión con notas, mapa y apéndices por jóse juan arrom

3 edición

SIGLO VEINTIUNO 3K1 NUESTRA


COLECCIÓN AMÉRICA NUESTRA ▲ américa antigua

AMÉRICA NUESTRA es una nueva colección que Siglo XXI proyecta como una expresión coherente del examen de la realidad que nuestros países viven desde siglos: tierra colonizada que no logra liberarse. Queremos difundir, con sistema, textos que exhiban tanto la grandeza de las culturas destruidas por la Conquista como los testimonios de la lucha por la liberación que llega hasta nuestros días y que tiene expresión en la obra y las ideas de los hombres que las orientan. 


Nada mejor para definir esa intención que las palabras que escribió José Martí: "... la historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra, nos es más necesaria... Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser de nuestras repúblicas..."


FRAY RAMON PANE:


"RELACION ACERCA DE LAS ANTIGÜEDADES DE LOS INDIOS":

el primer tratado escrito en américa nueva versión, con notas, mapa y apéndices

por  JOSÉ JUAN ARROM


SIGLO VEINTIUNO 


ÍNDICE

ESTUDIO PRELIMINAR              1

RELACIÓN DE FRAY RAMÓN ACERCA DE LAS ANTIGÜEDADES DE LOS INDIOS, LAS CUA­LES, CON DILIGENCIA, COMO HOMBRE QUE SABE LA LENGUA DE ELLOS, LAS HA RECO­GIDO POR MANDATO DEL ALMIRANTE    21

NOTAS AL TEXTO                                                                            57

APÉNDICES                                                                                    83

A.  Cristóbal Colón  85

B.  Pedro Mártir de Anglería            91

C.  Fray Bartolomé de las Casas        102

Registro de vpces tainas                                    118

Noticia bibliográfica                                         122


Estudio preliminar

La Relación acerca de las antigüedades de los indios, del fraile jerónimo Ramón Pané, marca un hito en la historia cultural de América. Compuesta en la isla Española en los primeros días de la conquista, es la única fuente directa que nos queda sobre los mitos y ceremonias de los primitivos moradores de las An­tillas. Si se tiene en cuenta que se terminó de redac­tar hacia 1498, su importancia trasciende los límites insulares: resulta, por su fecha de composición, el primer libro escrito en el Nuevo Mundo en un idio­ma europeo. Y como fray Ramón fue también el primer misionero en aprender la lengua e indagar las creencias de un pueblo indígena, su Relación cons­tituye la piedra angular de los estudios etnológicos en este hemisferio.[1]


1. La primacía de Pané en estas y otras disciplinas se está reconociendoen círculos cada vez más amplios. A fines del sigIo XIX el Conde de la Viñaza señalaba ya que "Román Pané (sie}••• fue el primer europeo de quien particularmente se sabe que hablo una lengua de América" (Bibliografia española de las lenguas indigenas de America, madrid, 1892, p 10 Madrid, 1892, p. 10). En 1906 Edwatd Gaylor Bourne, profesor de la Universidad de Yale, traduce el texto al inglés y declara que: "[Fray] Ramon's report of his observations and inquiries is not only the first tteatise ever written in the field of American antiquities, but to this day remains our most authentic record of the relision and folklore of the long since extinet tainos" (ColUMBUS, RAmon PANE AND the beginnings of American anlhropology, Worcesrer, 1906, publicado también en Proceedings of the Americann Antiquarian Society, New Series, Worcesrer, Mass., xvn, 1906, 310-384). En 1920 el misionero alemán Robert Streit declara que "el monje jer6nimo bien merece el título de honor de primer etnógrafo de América" ("Fr. Roman Panes O. S. Hier., der eme Ethnograph Amerikas", Zeilschr¡¡t für Missionwissenuha/t, Münster, x, 1920, 192-193). En 1945 Max Henríquez Ureña, perteneciente a una familia de insignes maestros, lo llama "el primer maestro de los indios" (PanorafTUI de la literatura dominicana, Río de janeiro, 1945, p. 11). En 1950 el padre Coastantino Bayle dice que a Pané "cabe la gloria de primer catequista conocido, primer misíonólogo y primer emólogo de América" (Bl clero secular y la evangelización de América, Madrid, 1950, p. 42). Rodolfa Barón Castro, quien ha contribuido considerablemente a difundir la importancia de fray Ram6n más allá de los reducidos círculos de los especialistas, 10 califica como "iniciador de la alfabetizaci6n en el Nuevo Mundo" (Oficina de Educaci6n Iberoamericana, Aspectos de la alfabetización en Iberoamérica, Madrid, 1966, pp. 201-206). Germán Arciniegas ha publicado recientemente un informativo artículo sobre Pané al que tirula "Nuestro primer antropólogo" (Américas, Washington, vol. 23, núms, 11 y 12, noviembre-diciembre de 1971, pp. 2-10).


El informe de Pané es, por consiguiente, una de las obras clásicas de la antropología americana. En sus páginas fray Ramón anotó los nombres, funcio­nes y atributos de los dioses tainos y relató lo que los aborígenes pensaban que les sucedía a las almas des­pués de la muerte. Describió las ceremonias de los sacerdotes o behiques y las curaciones que éstos rea­lizaban. Recogió los mitos que le contaron sobre el origen del sol y la luna, la creación del mar y los pe­ces, la aparición del hombre en las islas y la domes­ticación y aprovechamiento de la yuca. Narró algu­nos pormenores de la evangelización de la Española y explicó el significado de diversas voces tainas. Y hasta refirió la triste profecía, hecha por un antiguo cacique, de que habría de llegar una gente vestida que asolaría y mataría a sus infelices descendientes.


Es explicable, por supuesto, el interés que este do­cumento ha despertado a lo largo de los casi cinco siglos que lleva de haberse escrito. Y también que de él corran numerosas versiones en los principales idiomas europeos. Ahora bien, debido a las adversas circunstancias que luego se explicarán, por una razón u otra esas versiones han sido insatisfactorias y han dado lugar a las inexactitudes que vician los traba­jos que en ellas se fundan. Urge, por tanto, hacer un esfuerzo por esclarecer esas dificultades e intentar llevar a cabo una edición que ofrezca un texto fide­digno y fácilmente asequible a los investigadores que se interesan en las cuestiones históricas, lingüísticas y etnográficas que se desprenden de tan singular do­cumento.

Comencemos, a ese efecto, por precisar la crono­logía de la obra. Al iniciar el relato Pané declara que era "un pobre ermitaño de la Orden de San Jeróni­mo”, que por mandato de Colón fue a vivir entre los indígenas para informarle luego lo que hubiera po­dido "aprender y saber de las creencias e idolatrías de los indios”. Por otra parte, fray Bartolomé de Las Casas, que trató personalmente a nuestro fraile, afir­ma que éste "vino a esta isla al principio con el Al­mirante”.[2] Si vino con el Almirante, desde luego no pudo haber sido en el primer viaje: sabido es que los tripulantes que en 1492 quedaron en el fuerte de la Navidad fueron exterminados a los pocos meses por el cacique Caonabó y su gente. Y puesto que por la propia cuenta de Pané, según se verá más adelante, en 1496 hacía unos dos años que estaba dedicado a tareas evangelizadoras en la Española, es lógico asu­mir que llegaría en 1494, es decir, en el segundo via­je. De este viaje no se tiene la lista completa de los pasajeros.3 Pero consta que en él fueron de unas mil doscientas a mil quinientas personas, y que entre ellas iban algunos sacerdotes, la mayoría enrolados en Cataluña, de donde era natural Pané. Y como de ese viaje se conocen con exactitud las fechas, puede darse por sentado que fray Ramón salió de Cádiz el 25 de septiembre de 1493, llegó a la Navidad el 28 de noviembre del mismo año, continuó a bordo mien­tras se escogía sitio para fundar la nueva colonia, y desembarcó en la Isabela el 2 de enero de 1494.[3] Una vez en la Española, fray Ramón informa que fue "a la Magdalena, a una fortaleza que hizo cons­truir don Cristóbal Colón”, en cuya fortaleza quedó "en compañía de Artiaga, capitán de ella”. Y que, hallándose allí, "vino el dicho señor Almirante en socorro de Artiaga y de algunos cristianos asediados por los enemigos, súbditos de un cacique principal llamado Caonabó” (Relación, cap. xxv). La rebe­lión de los indígenas y la llegada de Colón a la Mag­dalena también pueden fecharse con bastante certe­za: el Almirante, en compañía de su hermano Bar­tolomé y de Alonso de Hojeda, salió de la Isabela al frente de una fuerte columna el 24 de marzo de

3 Samuel Eliot Morison, que ha estudiado detenidamente los viajes de Colón, respecto a este segundo viaje dice: "The payrolls and crew lists have never been found, and we know the ñames of very few of the men" (Admiral of the Ocean Sea, a Ufe of Cbristopher Columbas, Boston, 1944, p. 395).

Ibid., pp. 398-428.

1495; dos días después él y su gente dieron batalla al cacique Guatiguaná, cuyas huestes derrotaron en Puerto de los Hidalgos, y de allí siguieron en socorro de la Magdalena.5 La llegada de Colón a dicha for­taleza debió ser, por consiguiente, hacia fines de marzo de 1495. Y para ese tiempo fray Ramón ha­bía estado en la isla más de un año.


De la entrevista que tuvo con Colón en aquella ocasión, y del subsiguiente viaje que emprendió, fray Ramón relata lo siguiente:

Los Macoriges (también llamados de Macorís o Macorix) se establecen en el interior de la isla, en los afluentes del Rio Yuna, se asientan también en la costa sureste. Los Macorix era un pueblo pre-taino al igual que los Ciguayos, tenían un idioma propio pero debido a que los Tainos dominaban la isla, los Macoriges tenían el idioma taino como segundo idioma. Los Macoriges se dedicaban a la pesca, la caza y la recolección de frutas. Los Macoriges eran indígenas muy valientes y a la llegada de los Colonizadores enfrentaron al intruso con tal decisión que, dado su inferioridad bélica frente a los colonizadores, fueron las primeras tribus en ser exterminadas por los invasores y esto hizo que estos territorios quedaran despoblados por más de 100 años.


los caciques fueron;

  1. Cacique Caonabo, Cacicazgo Maguana, apresado y muerto en 1495. lo reemplaza su hermana la Cacique ANACAONA hermana del cacique Bohechio, cristianiza su cacicazgo y paga tribuos al rey de España al igual que su hermano, a la muerte de su hermanao en 1502 heredo tambien ese cacicazgo. 
  2. Cacique Guanacanagarix, Cacicazgo Marién. aliado de los españoles, cristianizo y mestizo a todo su cacicazgo. 
  3. Cacique Guarionex, Cacizazgo Magua, caso a su hermana Con un ayudante de Cristobal Colon y con ayuda del Padre Ramon Pané, cristianizo y mestizo a todo su cacicazgo. Contruyeron el Fuerte Concepcion. El español Roldan violo a su esposa y despues acabaron con el cacique en 1495
  4. Cacique Cayacoa, Cacicazgo de Higuey. murio en extrañas circunstancia por la muerte de un perro español.
  5. Cacique Bohechío, Cacicazgo Jaragua, el mas anciano de los cacique, y su territorio el mas avanzado culturalmente, Cristianizo su cacicazo, reconoce la soberania de los reyes catolicos, les paga tributo


El señor Almirante me dijo entonces que la provincia de la Magdalena o Macorix tenía lengua distinta de la otra, y que no se entendía el habla por todo el país. Pero que me fuera a vivir con otro cacique principal, llamado Guarionex, señor de mucha gente, pues la lengua de éste se entendía por toda la tierra. Así, por su mandato, fui a vivir con el dicho Guarionex. Y bien es verdad que le dije al señor Gobernador don Cristóbal Colón: "Señor, ¿cómo quiere Vuestra Señoría que yo vaya a vivir con Guarionex no sabiendo otra lengua que la de Macorix? Deme licencia Vuestra Señoría para que vaya conmigo al­guno de los de Nuhuirey, que después fueron cristianos, y sabían ambas lenguas”. Lo cual me concedió, y me dijo que llevase conmigo a quien más me agradase. Y Dios por su bondad me dio por compañía al mejor de los indios... Era Guaicabanú, que después fue cristiano y se llamó Juan...

Salimos yo y Guaicabanú y fuimos a la Isabela, y allí es­peramos al Señor Almirante hasta que volvió del socorro que dio a la Magdalena. Y tan pronto como llegó, nos marchamos adonde el señor Gobernador, nos había manda­do, en compañía de uno que se llamaba Juan de Ayala, que tuvo a su cargo la fortaleza que dicho gobernador don Cristóbal Colón hizo fabricar a media legua del lugar don­de nosotros habíamos de vivir ... la cual fortaleza se lla­maba La Concepción. Nosotros estuvimos, por consiguien­te, con aquel cacique Guarionex casi dos años [Relación, cap. xxv].

https://elprofeyovanny.blogspot.com/p/antecedentes-y-evolucion-de-la-division.html

5.Ibid., pp. 488-490; tambien lLas casa, Historia de las Indias., lib, I, cps. CIV y CV. 

Los datos que Pané acaba de consignar sobre las fortalezas y sus capitanes coinciden totalmente con los que recogió Las Casas.[4] Y en cuanto a la crono­logía, corroboran su validez los pormenores que a continuación se han de examinar. Si fray Ramón lle­gó al cacicazgo de Guarionex en la primavera de 1495, los "casi dos años” que allí pasó nos lleva­rían hasta fines de 1496. Y en efecto, fray Ramón apunta: "Viendo que Guarionex se apartaba y deja­ba lo que le habíamos enseñado, resolvimos marchar­nos e ir donde mejor fruto pudiéramos obtener... Y así fuimos a otro cacique principal, que nos mostra­ba buena voluntad diciendo que quería ser cristiano. 


El cual cacique se llamaba Mabiatué” (Relación, cap. xxv). La fecha aproximada de este viaje pue­de fijarse con motivo de un lamentable episodio. Al segundo día de haberse marchado fray Ramón, seis súbditos de Guarionex tomaron unas imágenes que el fraile había dejado y las enterraron en un conuco, como solían hacer con algunos de sus propios ído­los para que la tierra diese mejores frutos. Pero como los recién llegados no entendían de tales ritos propi­ciatorios, pensaron que habían querido escarnecerlas.


8 Las Casas, Historia de las Indias, lib. I, cap. CX; en la ed. de Mé­xico, 1951, vol. I, p. 429­



Y agrega Pané: "Se dio conocimiento a Bartolomé Colón, que tenía aquel gobierno por el Almirante su hermano, que se había ido a Castilla. Éste, como lu­garteniente del virrey y gobernador de las islas, for­mó proceso contra los malhechores y, sabida la ver­dad, los hizo quemar públicamente” (cap. XXVI). 


Limitando nuestro comentario a la cronología, se sabe que Colón partió para Castilla en marzo de 1496, dejando el gobierno en manos de su herma­no hasta que regresó en agosto de 1498.7 Coincide, pues, la fecha de salida del fraile de tierras de Guarionex, hacia fines de 1496, con la de la ausencia de Colón.


Surge ahora una duda difícil de resolver. Durante su residencia en el cacicazgo de Guarionex, o sea en­tre la primavera de 1495 y la de 1496, Pané debió de obtener los informes sobre las creencias de los tai­nos que consignó en los primeros veintiún capítulos de los veintiséis que constituyen la Relación. Aho­ra bien, ¿entregó esos veintiún capítulos a Colón antes de regresar éste en marzo de 1496? ¿O le co­municó verbalmente el resultado de sus pesquisas hasta ese momento, pero terminó la Relación años después? Por lo pronto es patente que el deplorable episodio que acaba de relatarse ocurrió con posterio­ridad a la partida del Almirante. Igualmente, en el capítulo XXVI fray Ramón puntualiza que "el pri­mero que recibió el santo bautismo en la isla Espa­ñola fue Juan Mateo, el cual se bautizó el día del

7 Morison, pp. 497 y 564.

evangelista San Mateo, año de 1496”. Como San Mateo cae el 21 de septiembre, también ese bautizo se hizo después de haber salido Colón. Además, los acontecimientos que sigue narrando el ermitaño tam­poco terminan en esta última fecha. Ese Juan Mateo es el mismo de quien anteriormente había dicho: “Dios por su bondad me dio por compañía al mejor de los indios ... Era Guaicabanú, que después fue cristiano y se llamó Juan”. Y explicando las circuns­tancias de su fallecimiento, comenta: "El primero que recibió la muerte, y el agua del bautismo, fue un indio llamado Guatícaba,8 que después tuvo el nombre de Juan ... Y así murió su hermano Antón, y con él otro ... Los que quedaron vivos, y aún vi­ven hoy, son cristianos ... y ahora hay muchos más cristianos por la gracia de Dios” (cap. xxvi). Si que­daron otros que "aún viven hoy” y hubo luego "mu­chos más cristianos”, es patente que los últimos ca­pítulos de la Relación se terminaron con posteriori­dad al bautizo efectuado el 21 de septiembre de 1496.


La confrontación entre ciertos datos externos y la anterior evidencia interna refuerza la hipótesis de que al emprender Colón su regreso conocía el resul­tado de las pesquisas de fray Ramón, pero todavía no había recibido el manuscrito de la Relación. Los datos externos consisten en que Pedro Mártir de An- glería, en epístolas fechadas entre el 13 de junio de 1497 y el 12 de mayo de 1499 da noticias de algu-

8 Gua-(t}i-ca ba-nu y Gua-ti-ca-ba-(nu) son, suplida en corchetes las letras omitidas, el mismo nombre.


nos de los mitos recogidos por Pané.9 Esas noticias, empero, son aisladas, breves, imprecisas. Y en nin­guna de las epístolas menciona una fuente escrita; al contrario, en la última advierte que informaba "lo que recientemente me han referido de ellos”.10 Todo lo cual hace pensar que en ellas Anglería simple­mente relataba a sus amigos italianos alguno que otro pormenor desgajado de las conversaciones que sostenía con el Almirante.


Una evidencia interna más. Al concluir Pané el relato, vuelve a mencionar al cacique Mabiatué —a quien ahora llama Mahubiatívire—11 "el cual hace ya tres años que continúa con buena voluntad, di­ciendo que quiere ser cristiano” (cap. xxvi). Te­niendo en cuenta que este cacique había expresado su deseo de ser cristiano entre 1495 y 1496, estos tres años adicionales nos llevarían, por consiguiente, hasta fines de 1498.


La constatación de los viajes de Pané en la Espa­ñola así como la fecha de composición de la obra permiten esclarecer dos cuestiones de no escasa im­portancia. Invalidan, en primer lugar, un grave re­paro. Fernando Ortiz ha objetado que nuestro fraile, "según Las Casas, sólo entendía una de las tres len­guas de los indios de Quisqueya, la de los macorixes, que no era la general de la isla”.[12] Y Pedro Henríquez Ureña, coincidiendo con Ortiz, declara que "la lengua que habló Pané no fue el taino, general de la isla, sino la del Macorix de abajo: véase Las Ca­sas, Apologética historia de las Indias, cap. 120”.[13] Ahora bien, lo que Las Casas dijo en el referido ca­pítulo es lo siguiente: "Este fray Ramón escudriñó lo que pudo, según lo que alcanzó de las lenguas, que fueron tres las que había en esta isla; pero no supo sino la una de una chica provincia que arriba dijimos llamarse Macorix de abajo, y aquélla no per­fectamente, y de la universal supo no mucho, como los demás, aunque más que otros, porque ninguno, clérigo, ni fraile, ni seglar, supo ninguna perfecta­mente de ellas si no fue un marinero de Palos o de Moguer, que se llamó Cristóbal Rodríguez”. Al tes­timonio de Las Casas, y en especial a lo que hemos subrayado, puede dársele ahora un sentido menos negativo. Como se ha visto, fray Ramón vivió va­rios años entre los tainos y tuvo tiempo, sobre todo con la adhesión y ayuda de Guaicabanú, para apren­der algo de la nueva lengua y obtener los informes que deseaba. E invalidan, en segundo lugar, que la Relación se terminara en 1496, como se ha venido afirmando hasta el presente.[14] De acuerdo con los datos que hemos aducido, se acabaría con posteriori­dad a dicho año, es decir, no antes de 1498.


La trayectoria del manuscrito después de esa fe­cha es más accidentada aún. Puesto que Colón había vuflto a la Española en agosto de 1498 y estuvo allí hasta agosto de 1.500,[15] es de suponer que fray Ra­món se apresurara a terminarlo para entregarlo en­tonces al Almirante, y que fuera el propio Almiran­te quien lo llevara a España al retorno del tercer viaje. Esa conjetura concuerda con el hecho de que, si Anglería no menciona la existencia del manuscri­to antes de 1499, hay constancia de que sí lo manejó entre 1500 y 1504. Es más, la lectura del extraño documento despertó de tal modo su interés que lo compendió —esta vez con declaración explícita de la fuente e inclusión de numerosos nombres tainos— en una extensa epístola en latín, dirigida al cardenal Ludovico de Aragón. La epístola pasó a formar parte de la Década primera (libro IX, capítulos 4 al 7). 


Como esa década se dio a la imprenta, en traducción italiana, en 1504,[9] su publicación confirma que An­glería lo había manejado en España antes de di­cho año.


En España también vio el manuscrito fray Barto­lomé de Las Casas. Impulsado por el noble empeño de acopiar cuanto dato sirviese para defender la hu­manidad del indio, de allí extractó las noticias que sobre las creencias de los tainos consigna en los ca­pítulos cxx, clxvi y clxvii de su Apologética his­toria de las Indias.


Fue además incluido, en su totalidad, en el capí­tulo lxi de la Historia del almirante don Cristóbal Colón por su hijo don Fernando. La obra de Fernan­do, escrita en español, quedó inédita al morir éste en 1539. De ella hizo una traducción al italiano Al­fonso de Ulloa, versión que se imprimió en Venecia en 1571.17 Pero después de esa fecha, nada ha vuelto a saberse ni del manuscrito de Fernando ni del de Pané.18 Por consiguiente, lo único que hasta el presente se conoce de la Relación es el resumen en latín de Anglería, el extracto en español de Las Casas y la traducción al italiano de Ulloa.


Si la traducción de Ulloa hubiese sido modelo de pulcritud tal vez se habrían evitado muchas de las dificultades que oscurecen la Relación. Pero no fue ése el caso. Como se verá al leerla, son numerosas las erratas e incongruencias que corrompen el texto. Y a más de esos descuidos, subsanables a veces me-



17                           Historie del S. D. Fernando Colombo; nelle quali s’ha particolare ir vera relatione della vita ir de’fatti dell'Ammiraglio D. Christoforo Colombo, suo padre. -. Nuouamente di lingtia spagnola tradotte nel- l’italiana dal S. Alfonso Vlloa. In Venetia, Apresso Francesco de'Fran- ceschi Sánese, MDI.XXI.

18                           La pérdida del manuscrito de Fernando dio lugar a que en el siglo XIX se pusiera en tela de juicio la autenticidad de la obra tra­ducida por Ulloa. Con tal motivo algunos creyeron que era una su­perchería de Ulloa, y otros que era obra de Pérez de Oliva o tal vez del propio Las Casas. El asunto se ha resuelto con el hallazgo y publi­cación de una copia del manuscrito de Oliva. Se titula Historia de la inwnción de las Yndias y se ha publicado en Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1965.



diante una atenta lectura, Ulloa creó una nueva fuen­te de errores al italianizar muchos de los términos que allí aparecen. A las fortalezas de Magdalena y Concepción las llama Maddalena y Concettione, lo cual, hasta cierto punto, es aceptable. Pero cuando al capitán de la segunda, Juan de Ayala, lo llama Giovanni di Agiada, la italianización del apellido puede prestarse, y de hecho se ha prestado, a mayo­res confusiones: en más de una versión aparece re­traducido como Juan de Aguado.


Algo por el estilo ha ocurrido con el nombre mis­mo del autor. El título de la versión italiana comien­za así: "Scrittura di fra Román delle antichitá de gl’indiani...” El primer párrafo del texto se inicia con estas palabras: "lo, frate Román, povero eremi­ta. ..” A lo largo del opúsculo Ulloa escribe igual-' mente "Reman”, con una excepción, en el capítulo xxv bis, en que lo llama "Romano”, para volver, a renglón seguido, a llamarle "Román”. En ese mismo capítulo, y luego en el colofón, aparece el nombre completo como "Román Pane”. Siguiendo a Ulloa, no han faltado quienes simplemente se han confor­mado con acentuar el nombre de pila y llamarle Ro­mán. Pero ¿era Román? Al consignar la fuente de sus informes Anglería escribe "fratis Ramoni”.19 Las Casas, al mencionarlo en la Apologética, apunta: "El Almirante ... había mandado a un catalán que había tomado el hábito de ermitaño, y le llamaban


19 Cito por la edición de Alcalá de Henares, 1516, fol. 21 sin nu­merar.



fray Ramón”. Y de nuevo: "También hubo en esta isla dos frailes de San Francisco, legos, aunque bue­nos, que yo también como a fray Ramón conocí”.[20] Si Anglería, a vista del documento, traduce "Ramoni”, y Las Casas, que lo conoció, le llama Ramón, Ramón debió de ser y no Román. Otro tanto ha pa­sado con el apellido. Muchos son los eruditos que siguiendo a Ulloa lo escriben como voz llana: Pane. Rinaldo Caddeo, pensando que el apellido hubiese sido "Pan”, comenta: "Ramón Pan e non Román Pane scrisse forse D. Fernando”.[11] Ahora bien, aten­diendo a la procedencia catalana de nuestro fraile, cabe pensar que en realidad haya sido voz aguda: Pané, como Barraqué, Bisbé, Farré, Marcané, Mareé, Mercadé o Parladé —apellidos todos de familias an­tillanas de ascendencia catalana.


Si tales deslices ocurren con nombres y apellidos españoles, podrá el lector imaginar lo que ha pasado con los términos tainos que aparecen en la Relación. Estos términos, polisilábicos y totalmente extraños para amanuenses e impresores europeos, se presta­ron a que en los sucesivos traslados fácilmente se confundieran unas letras y se saltaran otras. El do­ble proceso de descuidos y violentas italizaciones de un modo u otro los afecta a todos. Entre los nom- gres ya citados, el topónimo Macorix aparece como "Maroris”, el antropónimo Caonabó como "Caoua- bo”, y al pobre Juan Mateo unas veces se le llama "Guaicabanú” y otras "Guaticaba”. Por el mismo es­tilo, a los conucos se les llama, con un plural italia­nizado, "conichi”, a los jobos "iobi” y a la yuca unas veces "giuca” y otras "giutola”. Y nada se diga de los nombres de los dioses y héroes culturales: el de uno de ellos, Bayamanaco, aparece transcrito de cua­tro formas distintas: Bassamanaco, Aiamauaco, Baia- manicoel y Gamanacoel.


A las dificultades citadas cabe agregar que la Relación, aun antes de que la tradujera Ulloa, era ya de por sí desordenada y confusa. El propio fray Ramón advierte en el capítulo V: "Y puesto que ellos no tienen escritura ni letras, no pueden dar buena cuenta de cómo han sabido esto de sus ante­pasados, y por eso no concuerdan en lo que dicen, ni aun se puede escribir ordenadamente lo que ellos refieren”. En el capítulo siguiente incide en lo mis­mo y añade: "Por lo cual creo que pongo primero lo que debiera ser último, y lo último primero”. En el VIH, echando sobre sí parte de la culpa, apunta: "Puesto que escribí de prisa, y no tenía papel bas­tante, no pude poner en su lugar lo que por error trasladé a otro”. Y dándose cuenta de la insuficien­cia de la información que a veces recoge, en el capí­tulo XI abiertamente confiesa: "De esto no he sabi­do más, y poco ayuda lo que llevo escrito”. A lo que pudiera añadirse el siguiente comentario de Las Ca­sas al extractar el testimonio de Pané: "Todo esto refiere fray Ramón haber de los indios entendido. Algunas otras cosas dice confusas y de poca sustan­cia, como persona simple y que no hablaba del todo bien nuestra castellana lengua como fuese catalán de nación”.22


Ese es, pues, el estado del texto que nos propone­mos retraducir y editar. Puesto que la versión de Ulloa resulta, perdido el manuscrito original, lo que más cercano nos queda a lo que escribió Pané, segui­remos con la mayor fidelidad posible la edición prín­cipe de dicha traducción. A ese fin nos abstendremos de todo retoque estilístico, sea para evitar la repe­tición de palabras y de giros sintácticos, para supri­mir redundancias, o para mejorar la prosa con cuali­dades de que carecía la modesta pluma de Pané. Si el lector halla el estilo monótono y a menudo pe­destre, así es el de la versión de Ulloa y así, proba­blemente, sería también el del "pobre ermitaño”. Y lo que aquí interesa es la fidelidad al texto y no los embellecimientos literarios.


En cuanto a los términos tainos, si se tratara de la transcripción paleográfica del manuscrito, lo indi­cado sería, desde luego, reproducirlos tal como se en­contraran allí. Nuestro caso es distinto y admite, por consiguiente, otra solución. Ulloa, según se ha di­cho, trató de adaptar a las grafías italianas las voces que Pané había transcrito siguiendo normas españo­las. Pero no observó reglas fijas e incurrió en fre­cuentes vacilaciones y omisiones. Añádase que, com­-


23 las Casas, Apologética historia, cap. CLXVII; en la ed. cit., p. 447. 




 paradas sus transcripciones con las de Anglería y Las Casas, es patente que a menudo confunde la u y la n, la e y la o, la c y la r y que indistintamente repre­senta con la grafía italiana gi sonidos que en español hoy diferenciamos escribiéndolos con j o con y. En tales circunstancias hemos tenido que escoger entre reproducir los términos tal como los escribe Ulloa, a sabiendas de que son formas estragadas, o intentar una mejor lectura recastellanizando y a veces recons­truyendo la escritura de aquellas voces. Pese al pa­tente riesgo que esto implica, hemos optado por la segunda solución. Pero, eso sí, se consignan en notas las grafías exactas que aparecen en Ulloa. Y en esas notas, además, se registran las variantes que se hayan encontrado en Anglería, Las Casas u otras fuentes, se indican las razones —o las dudas— que hemos te­nido para escoger la forma que se da en el texto, y se sugiere, cuando nos ha sido posible, el signifi­cado que el término pudiera haber tenido en la len­gua taina. De ese modo, quienes se interesen en leer de corrido la Relación no tendrán que toparse con dudosas formas italianas del siglo xvi indebidamen­te incrustadas en una traducción española del si­glo xx, ni con caducas variantes de términos indí­genas hoy plenamente incorporados a nuestro idio­ma. Y quienes gusten examinar la cuestión, tanto en su aspecto textual como en el etnolingüístico, en­contrarán en dichas notas los datos que al respecto hayamos podido aportar. Advirtamos, empero, que algunas de las grafías sugeridas tendrán a veces un carácter inevitablemente hipotético. Cuando se tra­baja sobre un idioma desaparecido hace casi cinco siglos, y del cual sólo han quedado tenues vestigios, la labor de reconstrucción y esclarecimiento no siem­pre puede resultar en certidumbres. Téngase, por con­siguiente, como un esfuerzo por plantear problemas cuya solución apenas comenzamos a vislumbrar.



Siendo el principal propósito de esta edición ser­vir de base a futuras pesquisas de antropólogos, mitó­logos y lingüistas, hemos creído de utilidad añadir en sendos apéndices las versiones de quienes direc­tamente aprovecharon el manuscrito, es decir, las breves noticias de Colón, el resumen de Anglería y el extracto de Las Casas. Así les será más fácil a los investigadores confrontar los pasajes que les inte­resen y ver en su debido contexto las citas que se han usado en las notas. Para mantener la unidad idiomática de la edición, los párrafos de Colón y el re­sumen de Pedro Mártir también se dan nuevamente traducidos al español.


Por último, bien pudiera suceder que algún día reaparezca el manuscrito de Pané, buscado inútil­mente hasta ahora.23 Y que, cuando se logren méto­dos más precisos para estudiar determinados idiomas y mitos amerindios, tal vez se resuelvan algunas de las dudas que hoy sólo han quedado esbozadas. Lo importante, empero, es que esta traducción sirva desde ahora para que otros investigadores puedan basar sus pesquisas sobre un texto menos estra­gado.24

Reconocimientos. Agradezco a la Comisión Ful- bright Española que me otorgara en 1968 una beca para examinar impresos y manuscritos relacionados con el descubrimiento y conquista de las Antillas. Y deseo, ante todo, dar las gracias a don Ramón Bela y a doña Matilde Medina, director y directora asocia­da de dicha Comisión en Madrid, quienes gentilmen­te facilitaron mis labores y me brindaron su cordial amistad. Igualmente doy las gracias a Georges May, entonces decano de Yale College, quien eficazmente intervino para que se me concediera una beca itocke- feller que me permitió ausentarme de mis labores académicas durante ese año. Deseo asimismo consig­nar mi gratitud a los profesores Liliana y Eduard Gramberg y Ottavio di Camillo, excelentes conoce­dores tanto de la lengua italiana como de la espa­ñola, por la amabilidad con que atendieron mis con­sultas en cuanto a la fidelidad de la traducción.

24“ Basándome en este nuevo texto, y ampliando el alcance de las notas, preparo un estudio de los mitos y el arte iconográfico de los tainos. De esas investigaciones he dado a conocer, a modo de anti­cipo, el artículo "El mundo mítico de los tainos: Notas sobre el Ser Supremo", en Tesaurus, Boletín del Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, XXII, 1967, 378-393. Este artículo se ha reproducido en la Revista Dominicana de Arqueología y Antropología, Santo Domingo, I, núm. 1, enero-junio de 1971, 181-200.



Relación de Fray Ramón 1 acerca de las antigüeda­des de los indios, las cuales, con diligencia, como hombre que sabe la lengua de ellos, las ha recogido por mandato del AlmiranteYo, fray Ramón, pobre ermitaño de la Orden de San Jerónimo, por mandato del ilustre señor Almirante y virrey y gobernador de las Islas y de la Tierra Firme de las Indias, escribo lo que he podido apren­der y saber de las creencias e idolatrías de los indios, y de cómo veneran a sus dioses. De lo cual ahora trataré en la presente relación.      Cada uno, al adorar los ídolos que tienen en casa, llamados por ellos cemíes,2 observa un particular modo y superstición. Creen que está en el cielo y es inmortal, y que nadie puede verlo, y que tiene ma­dre, mas no tiene principio,3 y a éste llaman Yúcahu Bagua Maórocoti,4 y a su madre llaman Atabey, Yermao, Guacar, Apito y Zuimaco, que son cinco nom­bres.5 Éstos de los que escribo son de la isla Espa­ñola; porque de las otras islas no sé cosa alguna por no haberlas visto jamás.6 Saben asimismo de qué parte vinieron, y de dónde tuvieron origen el sol y la luna, y cómo se hizo el mar y adonde van los muertos. Y creen que los muertos se les aparecen por los caminos cuando alguno va solo; porque, cuando van muchos juntos, no se les aparecen. Todo esto les han hecho creer sus antepasados; porque ellos no saben leer, ni contar sino hasta diez.7

CAPÍTULO I


De qué parte han venido los indios y en qué modo

La Española tiene una provincia llamada Caonao,8 en la que está una montaña, que se llama Cauta 9, que tiene dos cuevas nombradas Cacibajagua10 una y Amayaúna11 la otra. De Cacibajagua salió la ma­yor parte de la gente que pobló la isla.12 Esta gente, estando en aquellas cuevas, hacía guardia de noche, y se había encomendado este cuidado a uno que se llamaba Mácocael;13 el cual, porque un día tardó en volver a la puerta, dicen que se lo llevó el Sol. Visto, pues, que el Sol se había llevado a éste por su mala guardia, le cerraron la puerta; y así fue trans­formado en piedra cerca de la puerta. Después dicen que otros, habiendo ido a pescar, fueron presos por el Sol, y se convirtieron en árboles que ellos llaman jobos,14 y de otro modo se llaman mirobálanos. El motivo por el cual Mácocael velaba y hacía la guar­dia era para ver a qué parte mandaría o repartiría la gente, y parece que se tardó para su mayor mal.


CAPÍTULO II

Cómo se separaron los hombres de las mujeres

Sucedió que uno, que tenía por nombre Guahayona,15 dijo a otro que se llamaba Yahubaba,16 que fuese a coger una hierba llamada digo,17 con la que se limpian el cuerpo cuando van a lavarse. Éste salió antes de amanecer, y le cogió el Sol por el camino, y se convirtió en pájaro que canta por la mañana, como el ruiseñor, y se llama yahubabayael.18 Guaha­yona, viendo que no volvía el que había enviado a coger el digo, resolvió salir de la dicha cueva Caci- bajagua.

CAPÍTULO III

Que Guahayona, indignado, resolvió marcharse, vien­do que no volvían aquellos que había mandado a coger el digo para lavarse

Y dijo a las mujeres: "Dejad a vuestros maridos, y vámonos a otras tierras y llevemos mucho güeyo.19 Dejad a vuestros hijos y llevemos solamente la hier­ba con nosotros, que después volveremos por ellos”.

CAPÍTULO IV

Guahayona partió con todas las mujeres, y se fue en

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busca de otros países, y llegó a Matininó,20 donde en seguida dejó a las mujeres, y se fue a otra región, lla­mada Guanín;21 y habían dejado a los niños peque­ños junto a un arroyo. Después, cuando el hambre comenzó a molestarles, dicen que lloraban y llama­ban a sus madres que se habían ¡do; y los padres no podían dar remedio a los hijos, que llamaban con hambre a las madres, diciendo "mama” para hablar, pero verdaderamente para pedir la teta. Y llorando así, y pidiendo teta, diciendo "toa, toa”,22 como quien pide una cosa con gran deseo y muy despacio,23 fue­ron transformados en pequeños animales, a manera de ranas,24 que se llaman tona,25 por la petición que hacían de la teta; y de esta manera quedaron todos los hombres sin mujeres.

CAPÍTULO v

Que después hubo mujeres otra vez en la dicha isla Española, que antes se llamaba Haití,ts y así la lla­man los habitantes de ella; y aquella y las otras islas las llamaban Bohío *7

Y puesto que ellos no tienen escritura ni letras, no pueden dar buena cuenta de cómo han oído esto de sus antepasados, y por eso no concuerdan en lo que dicen, ni aun se puede escribir ordenadamente lo que refieren. Cuando se marchó Guahayona,28 el que se llevó todas las mujeres, asimismo se llevó las muje­res de su cacique,28 que se llamaba Anacacuya,30 en­gañándolo como engañó a los otros. Y además un cuñado de Guahayona, Anacacuya, que se iba con él, entró en el mar; y dijo dicho Guahayona a su cuñado, estando en la canoa:31 "Mira qué hermoso cobo32 hay en el agua”, el cual cobo es el caracol de mar. Y cuando éste miraba al agua para ver el cobo, su cuñado Guahayona lo tomó por los pies y lo tiró al mar; y así tomó todas las mujeres para sí, y las dejó en Matininó,33 donde se dice que hoy día no hay más que mujeres. Y él se fue a otra isla, que se llama Guanín, y se llamó así por lo que se llevó de ella, cuando fue allá.

CAPÍTULO VI

Que Guahayona volvió a la dicha Cauta,3h de donde había sacado las mujeres

Dicen que estando Guahayona en la tierra adonde había ido, vio que había dejado en el mar una mu­jer, de lo cual tuvo gran placer, y al instante buscó muchos lavatorios para lavarse, por estar lleno de aquellas llagas que nosotros llamamos mal francés.35 Ella le puso entonces en una guanara, que quiere decir lugar apartado;88 y así, estando allí, sanó de sus llagas. Después le pidió licencia para seguir su ca­mino y él se la dio. Llamábase esta mujer Guaboni- to.37 Y Guahayona se cambió el nombre, llamándo­se de ahí en adelante Albeborael Guahayona.38 Y la mujer Guabonito le dio a Albeborael Guahayona muchos guanines y muchas cibas,39 para que las lle­vase atadas a los brazos, pues en aquellas tierras las cibas 40 son de piedras que se asemejan mucho al mármol, y las llevan atadas a los brazos y al cuello, y los guanines los llevan en las orejas, haciéndose agujeros cuando son pequeños, y son de metal casi como de florín.41 El origen de estos guanines dicen que fueron Guabonito, Albeborael42 Guahayona y el padre de Albeborael. Guahayona se quedó en la tierra con su padre, que se llamaba Hiauna. Su hijo por parte de padre se llamaba Híaguaili Guanín, que quiere decir hijo de Hiauna,43 y desde entonces se lla­mó Guanín, y así se llama hoy día. Y como no tie­nen letras ni escrituras, no saben contar bien tales fábulas, ni yo puedo escribirlas bien.44 Por lo cual creo que pongo primero lo que debiera ser último y lo último primero. Pero todo lo que escribo así lo narran ellos, como lo escribo, y así lo pongo como lo he entendido de los del país.

CAPÍTULO vil

Cómo hubo de nuevo mujeres en la dicha isla de Haití,*5 que ahora se llama la Española

Dicen que un día fueron a lavarse los hombres, y estando en el agua, llovía mucho, y que estaban muy deseosos de tener mujeres; y que muchas veces, cuando llovía, habían ido a buscar las huellas de sus mujeres; mas no pudieron encontrar alguna nueva de ellas. Pero aquel día, lavándose, dicen que vieron caer de algunos árboles, bajándose por entre las ramas, una cierta forma de personas, que no eran hombres ni mujeres, ni tenían sexo de varón ni de hembra, las cuales fueron a cogerlas; pero huyeron como si fuesen anguilas.46 Por lo cual llamaron a dos o tres hombres por mandato de su cacique, puesto que ellos no podían cogerlas, para que viesen cuán­tas eran, y buscasen para cada una un hombre que fuese caracaracol,47 porque tenían las manos ásperas, y que así estrechamente las sujetasen. Dijeron al ca­cique que eran cuatro;48 y así llevaron cuatro hom­bres, que eran caracaracoles. El cual caracaracol es una enfermedad como sarna, que hace al cuerpo muy áspero. Después que las hubieron cogido, tuvieron consejo sobre cómo podían hacer que fuesen muje­res, puesto que no tenían sexo de varón ni de hembra.

CAPÍTULO VIII

Cómo hallaron remedio para que fuesen mujeres

Buscaron un pájaro que se llama inriri,49 antigua­mente llamado inriri cahubabayael,50 el cual aguje­rea los árboles, y en nuestra lengua llámase pico. E igualmente tomaron a aquellas mujeres sin sexo de varón ni de hembra, y les ataron los pies y las ma­nos, y trajeron el pájaro mencionado, y se lo ataron al cuerpo. Y éste, creyendo que eran maderos, co­menzó la obra que acostumbra, picando y aguje­reando en el lugar donde ordinariamente suele estar el sexo de las mujeres. Y de este modo dicen los in­dios que tuvieron mujeres, según cuentan los más viejos. Puesto que escribí de prisa, y no tenía papel bastante, no pude poner en su lugar lo que por error trasladé a otro; pero con todo y eso, no he errado, porque ellos lo creen todo tal como lo he escrito. Volvamos ahora a lo que debíamos haber puesto pri­mero, esto es, a la opinión que tienen sobre el ori­gen y principio del mar.

CAPÍTULO IX

Cómo dicen que fue hecho el mar

Hubo un hombre llamado Yaya, del que no saben el nombre;61 y su hijo se llamaba Yayael, que quiere decir hijo de Yaya.62 El cual Yayael, queriendo ma­tar a su padre, éste lo desterró, y así estuvo desterra­do cuatro meses; y después su padre lo mató, y puso los huesos en una calabaza,63 y la colgó del techo de su casa, donde estuvo colgada algún tiempo.54 Suce­dió que un día, con deseo de ver a su hijo, Yaya dijo a su mujer: "Quiero ver a nuestro hijo Yayael”. Y ella se alegró, y bajando la calabaza, la volcó para ver los huesos de su hijo. De la cual salieron muchos peces grandes y chicos. De donde, viendo que aque­llos huesos se habían transformado en peces, resol­vieron comerlos.

Dicen, pues, que un día, habiendo ido Yaya a sus conucos,66 que quiere decir posesiones, que eran de su herencia, llegaron cuatro hijos de una mujer, que se llamaba Itiba Cahubaba,66 todos de un vientre y gemelos; la cual mujer, habiendo muerto de parto, la abrieron y sacaron fuera los cuatro dichos hijos,67 y el primero que sacaron era caracaracol, que quiere decir sarnoso,58 el cual caracaracol tuvo por nombre [Deminán];59 los otros no tenían nombre.

CAPÍTULO X

Cómo los cuatro hijos gemelos de Itiba Cahubaba, que murió de parto, fueron juntos a coger la cala­baza de Yaya, donde estaba su hijo Y ayael,s0 que se había transformado en peces, y ninguno se atrevió a cogerla, excepto DeminánS1 Caracaracol, que la descolgó, y todos se hartaron de peces

Y mientras comían, sintieron que venía Yaya de sus posesiones, y queriendo en aquel apuro colgar la ca­labaza, no la colgaron bien, de modo que cayó en tierra y se rompió. Dicen que fue tanta el agua que salió de aquella calabaza, que llenó toda la tierra, y con ella salieron muchos peces; y de aquí dicen que haya tenido origen el mar. Partieron después éstos de allí, y encontraron un hombre, llamado Conel,62 el cual era mudo.

CAPÍTULO XI

De las cosas que pasaron los cuatro hermanos cuando iban huyendo de Yaya

Éstos, tan pronto como llegaron a la puerta de Ba- yamanaco,63 y notaron que llevaba cazabe,64 dijeron: "Ahiacabo guárocoel”,65 que quiere decir: "Conozca­mos a este nuestro abuelo”.66 Del mismo modo De- minán Caracaracol,67 viendo delante de sí a sus her­manos, entró para ver si podía conseguir algún caza­be, el cual cazabe es el pan que se come en el país. Caracaracol, entrado en casa de Bayamanaco,68 le pi­dió cazabe, que es el pan susodicho. Y éste se puso la mano en la nariz, y le tiró un guanguayo69 a la espalda; el cual guanguayo estaba lleno de cohoba,70 que había hecho hacer aquel día; la cual cohoba es un cierto polvo, que ellos toman a veces para pur­garse y para otros efectos que después se dirán. Ésta la toman con una caña de medio brazo de largo, y ponen un extremo en la nariz y el otro en el polvo; así lo aspiran por la nariz y esto les hace purgar grandemente. Y así les dio por pan aquel guangua­yo, en vez del pan que hacía; y se fue muy indig­nado porque se lo pedían.. .71 Caracaracol, después de esto, volvió junto a sus hermanos, y les contó lo que le había sucedido con Bayamanacoel,72 y del golpe que le había dado con el guanguayo en la es­palda, y que le dolía fuertemente. Entonces sus her­manos le miraron la espalda, y vieron que la tenía muy hinchada; y creció tanto aquella hinchazón, que estuvo a punto de morir. Entonces procuraron cortar­la, y no pudieron; y tomando un hacha de piedra se la abrieron, y salió una tortuga viva, hembra; y así se fabricaron su casa y criaron la tortuga.73 De esto no he sabido más; y poco ayuda lo que llevo escrito.

Y también dicen que el Sol y la Luna salieron de una cueva, que está en el país de un cacique llamado Mautiatihuel,74 la cual cueva se llama Iguanaboína,75 y ellos la tienen en mucha estimación, y la tienen toda pintada a su modo, sin figura alguna, con mu­chos follajes y otras cosas semejantes. Y en dicha cueva había dos cemíes, hechos de piedra, pequeños, del tamaño de medio brazo, con las manos atadas, y parecía que sudaban. Los cuales cemíes estimaban mucho; y cuando no llovía, dicen que entraban allí a visitarlos y en seguida llovía. Y de dichos cemíes, al uno le llamaban Boínayel 16 y al otro Márohu.77


CAPÍTULO XII

De lo que piensan acerca de andar vagando los muer­tos, y de qué manera son, y qué cosa hacen

Creen que hay un lugar al que van los muertos, que se llama Coaybay,78 y se encuentra a un lado de la isla, que se llama Soraya.79 El primero que estuvo en Coaybay dicen que fue uno que se llamaba Maque- taurie Guayaba,80 que era señor del dicho Coaybay, casa y habitación de los muertos.

CAPÍTULO XIII

De la forma que dicen tener los muertos

Dicen que durante el día están recluidos, y por la noche salen a pasearse, y que comen de un cierto fruto, que se llama guayaba,81 que tiene sabor de [membrillo},82 que de día son .. ,83 y por la noche se convertían en fruta, y que hacen fiesta, y van jun­tos con los vivos. Y para conocerlos observan esta regla: que con la mano les tocan el vientre, y si no les encuentran el ombligo, dicen que es operito,84 que quiere decir muerto: por esto dicen que los muer­tos no tienen ombligo. Y así quedan engañados algu­nas veces, que no reparan en esto, y yacen con algu­na mujer de las de Coaybay,85 y cuando piensan te­nerlas en los brazos, no tienen nada, porque desapa­recen en un instante. Esto lo creen hasta hoy. Estan­do viva la persona, llaman al espíritu goeíza,88 y después de muerta, le llaman opía;8T la cual goeíza dicen que se les aparece muchas veces tanto en forma de hombre como de mujer, y dicen que ha habido hombre que ha querido combatir con ella, y que, viniendo a las manos, desaparecía, y que el hombre metía los brazos en otra parte sobre algunos árbo­les, de los cuales quedaba colgado. Y esto lo creen todos en general, tanto chicos como grandes; y que se les aparece en forma de padre, madre, hermanos o parientes, y en otras formas. El fruto del cual dicen que comen los muertos es del tamaño de un membri­llo. Y los sobredichos muertos no se les aparecen de día, sino siempre de noche; y por eso con gran mie­do se atreve alguno a andar solo de noche.

CAPÍTULO XIV

De dónde sacan esto y quiénes les hacen estar en tal creencia

Hay algunos hombres, que practican entre ellos, y se les dice behiques,88 los cuales hacen muchos enga­ños, como más adelante diremos, para hacerles creer que hablan con ésos [los muertos], y que saben to­dos sus hechos y secretos; y que, cuando están enfer­mos, les quitan el mal, y así los engañan. Porque yo lo he visto en parte con mis ojos, bien que de las otras cosas conté solamente lo que había oído a mu­chos, en especial a los principales, con quienes he tratado más que con otros; pues éstos creen en estas fábulas con mayor certidumbre que los otros. Pues, lo mismo que los moros, tienen su ley compendiada en canciones antiguas,89 por las cuales se rigen, como los moros por la escritura. Y, cuando quieren cantar sus canciones, tocan cierto instrumento, que se llama mayohabao,90 que es de madera, hueco, fuerte y muy delgado, de un brazo de largo y medio de ancho. La parte donde se toca está hecha en forma de tenazas de herrador y la otra parte semeja una maza, de ma­nera que parece una calabaza con el cuello largo. Y este instrumento tocan, el cual tiene tanta voz que se oye a legua y media de distancia. A su son can­tan las canciones, que aprenden de memoria; y lo tocan los hombres principales, que aprenden a tañer­lo desde niños y a cantar con él, según su costumbre. Pasemos ahora a tratar de otras muchas cosas acerca de otras ceremonias y costumbres de estos gentiles.

CAPÍTULO XV

De las observaciones de estos indios behiques,91 y cómo profesan la medicina, y enseñan a las gentes, y en sus curas medicinales muchas veces se engañan 9!

Todos, o la mayor parte de los de la isla Española, tienen muchos cemíes93 de diversas suertes. Unos contienen los huesos de su padre, y de su madre, y parientes, y de sus antepasados; los cuales están he­chos de piedra o de madera. Y de ambas clases tienen muchos; algunos que hablan, y otros que hacen na­cer las cosas que comen, y otros que hacen llover, y otros que hacen soplar los vientos. Las cuales cosas creen aquellos simples ignorantes que hacen aquellos ídolos, o por hablar más propiamente, aquellos de­monios, no teniendo conocimiento de nuestra santa fe. Cuando alguno está enfermo, le llevan el behique, que es el médico sobredicho. El médico está obligado a guardar dieta, lo mismo que el paciente, y a poner cara de enfermo. Lo cual se hace de este modo que ahora sabréis. Es preciso que también se purgue como el enfermo; y para purgarse toman cierto polvo, llamado cohoba 94 aspirándolo por la nariz, el cual les embriaga de tal modo que no saben lo que se hacen; y así dicen muchas cosas fuera de juicio, en las cuales afirman que hablan con los cemíes, y que éstos les dicen que de ellos les ha venido la enfermedad.

CAPÍTULO XVI

De lo que hacen dichos behiques

Cuando van a visitar a algún enfermo, antes de sa­lir de casa toman hollín de las ollas o carbón moli­do, y se ponen la cara toda negra, para hacer creer al enfermo lo que les parece acerca de su enfermedad;

y luego cogen algunos huesecillos y un poco de car­ne. Y envolviendo todo esto en alguna cosa para que no se caigan, se lo meten en la boca, estando ya el enfermo purgado con el polvo que hemos dicho. En­trado el médico en casa del enfermo, se sienta, y ca­llan todos; y si hay niños los mandan fuera, para que no impidan su oficio al behique, ni queda en la casa sino uno o dos de los más principales. Y estan­do así solos, toman algunas hierbas del güeyo95 ... anchas, y otra hierba, envuelta en una hoja de cebo­lla, media cuarta de larga; y una de los dichos güe- yos 98 es la que toman todos comúnmente, y tritura­das con las manos las amasan; y luego se la ponen en la boca para vomitar lo que han comido, a fin de que no les haga daño. Entonces comienzan a entonar el canto susodicho; y encendiendo una antorcha toman aquel jugo. Hecho esto primero, después de estar algún tiempo quieto, se levanta el behique, y va ha­cia el enfermo que está sentado solo en medio de la casa, como se ha dicho, y da dos vueltas alrededor de él, como le parece; y luego se le pone delante, y lo toma por las piernas, palpándolo por los muslos y siguiendo hasta los pies; después tira de él fuerte­mente, como si quisiera arrancar alguna cosa. De ahí va a la salida de la casa y cierra la puerta, y le ha­bla diciendo: "Vete a la montaña, o al mar, o adon­de quieras”. Y con un soplo, como quien sopla una paja, se vuelve una vez más, junta las manos y cierra la boca; y le tiemblan las manos, como cuando se tie­ne mucho frío, y se sopla las manos, y aspira el alien­to, como cuando se sorbe el tuétano de un hueso, y chupa al enfermo por el cuello, o por el estóma­go, o por la espalda, o por las mejillas, o por el pe­cho, o por el vientre o por muchas partes del cuerpo. Hecho esto, comienza a toser y a hacer feos visajes, como si hubiese comido alguna cosa amarga, y es­cupe en la mano y saca lo que ya hemos dicho que en su casa, o por el camino, se había metido en la boca, sea piedra, o hueso, o carne, como ya se ha dicho. Y si es cosa de comer, le dice al enfermo: "Has de saber que has comido una cosa que te ha producido el mal que padeces; mira cómo te lo he sacado del cuerpo, que tu cerní te lo había puesto en el cuerpo porque no le hiciste oración, o no le fabricaste algún templo, o no le diste alguna here­dad”. Y si es piedra, le dice: "Guárdala muy bien”. Y algunas veces tienen por cierto que aquellas pie­dras son buenas, y ayudan a hacer parir a las muje­res, y las guardan con mucho cuidado, envueltas en algodón, metiéndolas en pequeñas cestas, y les dan de comer de lo que ellos comen; y lo mismo hacen con los cemíes 97 que tienen en casa. Algún día so­lemne, en que llevan mucho de comer, pescado, car­ne, o pan, o cualquier otra cosa, ponen de todo en la casa del cerní,98 para que coma de aquello el dicho ídolo. Al día siguiente llevan todas estas viandas a sus casas, después que ha comido el cemí. Y así les ayuda Dios como el cemí come de aquello, ni de otra cosa, siendo el cemí cosa muerta, formada de piedra o hecha de madera.

CAPÍTULO XVII

Cómo algunas veces los sobredichos médicos se han engañado

Cuando, después de haber hecho las cosas mencio­nadas, de todos modos el enfermo se muere, si el muerto tiene muchos parientes, o es señor de un pueblo, y puede enfrentarse con dicho behique, que quiere decir médico" —pues los que poco pueden no se atreven a contender con estos médicos—; el que le quiere hacer daño hace lo siguiente: querien­do saber si el enfermo ha muerto por culpa del mé­dico, o porque no guardó la dieta como éste lo orde­nó, toman una hierba que se llama güeyo,100 que tiene las hojas semejantes a la albahaca, gruesa y larga, y por otro nombre llámase zacón.101 Sacan, pues, el jugo de la hoja, y le cortan al muerto las uñas y los cabellos que tiene encima de la frente, y lo reducen a polvo entre dos piedras, lo cual mez­clan con el jugo de dicha hierba y lo dan a beber al muerto por la boca o por la nariz y, haciendo esto, preguntan al muerto si el médico fue ocasión de su muerte y si guardó la dieta. Y esto se lo preguntan muchas veces, hasta que al fin habla tan claramente como si estuviese vivo; de modo que viene a respon­der a todo aquello que le preguntan, diciendo que el behique no guardó la dieta, o fue causante de su muerte aquella vez. Y dicen que le pregunta el mé­dico si está vivo, y cómo habla tan claramente; y él responde que está muerto. Y, después que han sabido lo que querían, lo vuelven a la sepultura de donde lo sacaron para saber de él lo que hemos dicho. Hacen también de otro modo los mencionados hechizos pa­ra saber lo que quieren: toman al muerto, y hacen un gran fuego, semejante a aquel con que el carbo­nero hace el carbón, y cuando los leños se han con­vertido en brasas, echan al muerto en aquella gran hoguera, y después lo cubren de tierra, como el car­bonero cubre el carbón, y allí lo dejan estar cuanto les parece. Y estando así, lo interrogan como ya se ha dicho antes: el cual responde que no sabe nada. Y esto se lo preguntan diez veces y de allí en ade­lante ya no habla más. Le preguntan si está muerto; pero él no habla más que estas diez veces.

CAPÍTULO XVIII

Cómo se vengan los parientes del muerto cuando han tenido respuesta por el hechizo de las bebidas

Se reúnen un día los parientes del muerto, y esperan al susodicho behique, y le dan tantos palos que le rompen las piernas y los brazos y la cabeza, molién­dolo todo, y lo dejan así creyendo haberlo matado. Y por la noche dicen que vienen muchas culebras de diversas clases, blancas, negras y verdes, y de otros muchos colores, las cuales lamen la cara y todo el cuerpo del dicho médico que dejaron por muerto, como hemos dicho.102 El cual se está así dos o tres días, y mientras está así, dicen que los huesos de las 'piernas y de los brazos vuelven a unirse y se sueldan, y que se levanta, y camina poco y se vuelve a su casa. Y los que lo ven le preguntan diciendo: "¿Tú no estabas muerto?” Pero él responde que los ce- míes103 fueron en su ayuda en forma de culebras. Y los parientes del muerto, muy irritados porque creían haber vengado la muerte de su pariente, vién­dolo vivo, se desesperan y procuran echarle mano pa­ra darle muerte; y si lo pueden coger otra vez, le sacan los ojos y le rompen los testículos; porque di­cen que ninguno de estos médicos puede morir por muchos palos y golpes que se le den si no le sacan los testículos.

[CAPÍTULO XVIII BIS)

Cómo saben lo que quieren de aquel que han que­mado, y cómo se vengan

Cuando descubren el fuego, el humo que se levanta sube hacia arriba hasta que lo pierden de vista, y da un chirrido al salir del horno. Vuelve luego abajo y entra en casa del behique médico, y éste se enferma en ese mismo instante si no guardó la dieta, y se llena de llagas y se le pela todo el cuerpo. Y esto tienen por señal de que no la ha guardado, y que por eso murió el enfermo. Por lo cual procuran matarlo, como ya se ha dicho. Éstas son pues las hechicerías que suelen hacer.

CAPÍTULO XIX

Cómo hacen y guardan los cemíes de madera o de piedra

Los de madera104 se hacen de este modo: cuando al­guno va de camino dice que ve un árbol, el cual mueve la raíz; y el hombre con gran miedo se detie­ne y le pregunta quién es. Y él le responde: "Llá­mame 105 a un behique106 y él te dirá quién soy”. Y aquel hombre, ido al susodicho médico, le dice lo que ha visto. Y el hechicero o brujo corre en se­guida a ver el árbol de que el otro le ha hablado, se sienta junto a él, y le hace la cohoba,107 como antes hemos dicho en la historia de los cuatro hermanos. Hecha la cohoba, se pone de pie, y le dice todos sus títulos, como si fueran de un gran señor, y le pre­gunta: "Dime quién eres, y qué haces aquí, y qué quieres de mí y por qué me has hecho llamar. Dime si quieres que te corte, o si quieres venir conmigo, y cómo quieres que te lleve, que yo te construiré una casa con una heredad”. Entonces aquel árbol o cerní, hecho ídolo o diablo, le responde diciéndole la for­ma en que quiere que lo haga. Y él lo corta y lo hace del modo que le ha ordenado; le fabrica su casa con heredad, y muchas veces al año le hace la cohoba.

La cual cohoba es para hacerle oración, y para com­placerlo y para preguntar y saber del dicho cerní las cosas malas y buenas y también para pedirle rique­zas. Y, cuando quieren saber si alcanzarán victoria contra sus enemigos, entran en una casa en la que no entra nadie más que los hombres principales. Y el señor de ellos es el primero que comienza a hacer la cohoba y toca un instrumento; y mientras hace la cohoba, ninguno de los que están en su compañía habla hasta que el señor ha concluido. Después que ha terminado su oración, está un rato con la cabeza baja y los brazos sobre las rodillas; luego alza la ca­beza, mirando al cielo, y habla. Entonces todos le responden a un tiempo en alta voz; y habiendo ha­blado todos, dan gracias, y él narra la visión que ha tenido, ebrio con la cohoba que ha sorbido por la nariz y se le subió a la cabeza. Y dice haber habla­do con el cerní, y que conseguirán la victoria, o que sus enemigos huirán, o que habrá gran mortandad, o guerras, o hambre u otra cosa tal, según que él, que está borracho, dice lo que recuerda. Juzguen có­mo estará su cerebro, pues dicen que les parece ver que las casas se voltean con los cimientos para arri­ba, y que los hombres caminan con los pies hacia el cielo. Y esta cohoba se la hacen no sólo a los cemíes de piedra y de madera, sino también a los cuerpos de los muertos, según arriba hemos dicho.

Los cemíes de piedra son de diversas hechuras. Hay algunos que dicen que los médicos sacan103 del cuerpo, y los enfermos tienen que aquellos son los mejores para hacer parir a las mujeres preñadas. Hay otros que hablan, los cuales tienen forma de un nabo grueso, con las hojas extendidas por tierra y lar­gas como las de las alcaparras; las cuales hojas, por lo general, se parecen a las del olmo; otros tienen tres puntas, y creen que hacen nacer la yuca.109 Tie­nen la raíz semejante al rábano. La hoja de la yuca110 tiene cuando más seis o siete puntas; no sé a qué cosa pueda compararla, porque no he visto ninguna que se le parezca en España ni en otro país. El tallo de la yuca es de la altura de un hombre. Digamos ahora de la creencia que tienen en lo que toca a sus ídolos y cemíes, y de los grandes engaños que de éstos reciben.

CAPÍTULO XX

Del cerní Buya y Aiba,111 del que dicen que, cuando hubo guerra, lo quemaron, y después, lavándolo con el jugo de la yuca, le crecieron los brazos, y le na­cieron de nuevo los ojos y le creció el cuerpo

La yuca era pequeña, y con el agua y el jugo mencio­nado la lavaban para que fuese grande; y afirman que causaba enfermedades a los que habían hecho di­cho cemí, por no haberle llevado yuca que comer. Este cemí se llamaba Baibrama.112 Y cuando alguno se enfermaba, llamaban al behique, y le pregunta­ban de qué procedería su enfermedad, y él respondía que Baibrama se la había enviado, porque no le ha­bía mandado de comer por conducto de los que te­nían cuidado de su casa. Y esto decía el behique que le había dicho el cemí Baibrama.

CAPÍTULO XXI

Del cerní de Guamorete 113

Dicen que cuando hicieron la casa de Guamorete, el cual era un hombre principal, pusieron allí un cemí, que él tenía en lo alto de su casa, el cual cemí se llamaba Corocote.114 Y una vez que tuvieron gue­rra entre ellos, los enemigos de Guamorete quema­ron la casa en que estaba dicho cemí Corocote. Di­cen que entonces éste se levantó y se marchó de aquel lugar a distancia de un tiro de ballesta, junto a unas aguas. Y dicen que estando encima de la casa, de noche bajaba y yacía con las mujeres; y que después Guamorete murió, y que dicho cemí vino a parar a manos de otro cacique, y que seguía yaciendo con las mujeres. Y dicen además que en la cabeza le na­cieron dos coronas, por lo que solían decir: "Puesto que tiene dos coronas, ciertamente es hijo de Coro- cote”. Y esto lo tenían por ciertísimo. Este cemí lo tuvo luego otro cacique, llamado Guatabanex,115 y su lugar se llamaba Jacagua.110

CAPÍTULO XXII

De otro cerní, que se llamaba Opiyelguobirán,tl7 y lo tenía un hombre principal, que se llamaba Saba- naniobabo,118 que tenía muchos vasallos bajo su mando

El cual cerní Opiyelguobirán dicen que tiene cuatro pies, como de perro, y es de madera, y que muchas veces por la noche salía de casa y se iba a las selvas. Allí iban a buscarlo, y vuelto a casa lo ataban con cuerdas; pero él se volvía a las selvas. Y cuando los cristianos llegaron a la dicha isla Española, cuentan que éste se escapó y se fue a una laguna; y que aqué­llos lo siguieron hasta allí por sus huellas, pero que nunca más lo vieron, ni saben nada de él.119 Como lo compré, así también lo vendo.

CAPÍTULO XXIII

De otro cerní que se llamaba Guabancex tso

Este cemí Guabancex estaba en un país de un gran cacique de los principales, llamado Aumatex.121 El cual cemí es mujer, y dicen que hay otros dos en su compañía; el uno es pregonero y el otro recogedor y gobernador de las aguas. Y dicen que cuando Gua­bancex se encoleriza hace mover el viento y el agua y echa por tierra las casas y arranca los árboles. Este cerní dicen que es mujer, y está hecho de piedras de aquel país; y los otros dos cemíes que están en su compañía se llaman el uno Guataúba,122 y es prego­nero o heraldo, que por mandato de Guabancex or­dena que todos los otros cemíes de aquella provincia ayuden a hacer mucho viento y lluvia. El otro se lla­ma Coatrisquie,123 el cual dicen que recoge las aguas en los valles entre las montañas, y después las deja correr para que destruyan el país. Y esto lo tienen ellos por cierto.

CAPÍTULO XXIV

De lo que creen de otro cerní, que se llama Bara- guabael m

Este cemí es de un cacique principal de la isla Es­pañola, y es un ídolo, y le atribuyen diversos nom­bres, y fue hallado del modo que ahora oiréis. Di­cen que un día, antes de que la isla fuese descubier­ta, en el tiempo pasado, no saben cuánto tiempo hace, andando de caza, hallaron un cierto animal, tras del cual corrieron, y él huyó a un hoyo; y miran­do por él, vieron un leño que parecía cosa viva. De donde el cazador, al ver esto, corrió a su señor, que era cacique y padre de Guaraionel,125 y le dijo lo que había visto. Luego fueron allá y encontraron la cosa como el cazador decía; y cogido aquel tronco, le edi­ficaron una casa. Dicen que de aquella casa salió varias veces, y se iba al lugar de donde lo habían traído, pero no ya al mismo lugar, sino cerca. Por lo cual el señor sobredicho, o su hijo Guaraionel, lo mandó a buscar y lo hallaron escondido; y lo ataron de nuevo y lo metieron en un saco. Y con todo esto, así atado, se iba como antes. Y esto tiene por eos? ciertísima aquella gente ignorante.

CAPÍTULO XXV

De las cosas que afirman haber dicho dos caciques principales de la isla Española, uno llamado Caá- baquel,12B padre del mencionado Guarionexy el otro Guamanucoel128

Y                   a aquel gran señor, que dicen está en el cielo, se­gún está escrito en el principio de este libro, hizo Cáicihu129 un ayuno, el cual hacen comúnmente to­dos ellos. Para lo que están recluidos seis o siete días sin comer cosa alguna, excepto jugo de las hierbas con que también se lavan.130 Acabado este tiempo, comienzan a comer alguna cosa que les da sustento.

Y                   en el tiempo que han estado sin comer, por la de­bilidad que sienten en el cuerpo y en la cabeza, di­cen haber visto alguna cosa quizá deseada por ellos. Por lo cual todos hacen aquel ayuno en honor de los cemíes que tienen, para saber si alcanzarán victoria de sus enemigos, para adquirir riquezas o por cual­quier otra cosa que desean.

Y dicen que este cacique afirmó haber hablado con Yucahuguamá,131 quien le había dicho que cuan­tos después de su muerte quedasen vivos, gozarían poco tiempo de su dominio, porque vendría a su país una gente vestida, que los habría de dominar y ma­tar, y que se morirían de hambre. Pero ellos pensa­ron primero que éstos habrían de ser los caníba­les;132 mas luego, considerando que éstos no hacían sino robar y huir, creyeron que otra gente habría de ser aquella que decía el cemí. De donde ahora creen que se trata del Almirante y de la gente que lleva consigo.

Ahora quiero contar lo que he visto y pasado, cuan­do yo y otros hermanos íbamos a ir a Castilla. Y yo, fray Ramón, pobre ermitaño, me quedé, y fui a la Magdalena,133 a una fortaleza que hizo construir don Cristóbal Colón, almirante, virrey y gobernador de las Islas y de la Tierra Firme de las Indias, por man­dato del rey don Fernando y de la reina doña Isabel, nuestros señores. Estando yo, pues, en aquella for­taleza en compañía de Artiaga,134 capitán de ella, por mandato del susodicho gobernador don Cristó­bal Colón, plugo a Dios iluminar con la luz de la santa fe católica toda una casa de la gente principal de la sobredicha provincia de la Magdalena, cuya provincia se llamaba ya Macorís,135 y el señor de ella se llama Guanáoboconel,130 que quiere decir hi­jo de Guanáobocon.137 En dicha casa estaban sus ser­vidores y favoritos, que son llamados naborías;138 y eran en total dieciséis personas, todos parientes, en­tre los cuales había cinco hermanos varones. De éstos murió uno, y los otros cuatro recibieron el agua del santo bautismo; y creo que murieron mártires, por lo que en su muerte y constancia se vio. El primero que recibió la muerte, y el agua del santo bautismo, fue un indio llamado Guatícaba,139 que después tuvo el nombre de Juan. Éste fue el primer cristiano que pa­deció muerte cruel, y tengo cierto que tuvo muerte de mártir.140 Porque he sabido por algunos que estu­vieron presentes a su muerte, que decía: "Dios na­boría daca, Dios naboría daca”,141 que quiere decir "yo soy siervo de Dios”. Y así murió su hermano Antón,142 y con él otro, diciendo lo mismo que él. Los de esta casa y gente todos estuvieron en mi com­pañía para hacer cuanto me agradaba. Los que que­daron vivos y todavía viven hoy, son cristianos por obra del susodicho don Cristóbal Colón, virrey y gobernador de las Indias; y ahora hay muchos más cristianos por la gracia de Dios.

Digamos ahora lo que nos sucedió en la provincia de la Magdalena.143 Hallándome en la mencionada Magdalena, vino el dicho señor Almirante en socorro de Artiaga 144 y de algunos cristianos asediados por los enemigos, súbditos de un cacique principal lla­mado Caonabó.145 El señor Almirante me dijo en­tonces que la provincia de la Magdalena [o] Maco- rís 146 tenía lengua distinta de la otra, y que no se entendía su habla por todo el país.147 Pero que yo me fuese a vivir con otro cacique principal, llamado Guarionex,148 señor de mucha gente, pues la lengua de éste se entendía por toda la tierra. Así, por su mandato, me fui a vivir con el dicho Guarionex. Y bien es verdad que le dije al señor gobernador don Cristóbal Colón: "Señor, ¿cómo quiere Vuestra Se­ñoría que yo vaya a vivir con Guarionex, no sabien­do más lengua que la de Macorís? Déme licencia Vuestra Señoría para que venga conmigo alguno de los de Nuhuirey,149 que después fueron cristianos, y sabían ambas lenguas”. Lo cual me concedió, y me dijo que llevase conmigo a quien más me agradase.

Y                    Dios por su bondad me dio por compañía al me­jor de los indios, y el más entendido en la santa fe católica; y después me lo quitó. Alabado sea Dios que me lo dio y luego me lo quitó. Verdaderamente yo lo tenía por buen hijo y hermano; era Guatíca- banu,150 que después fue cristiano y se llamó Juan.

De las cosas que allí nos pasaron, yo, pobre ermi­taño, diré alguna, y de cómo saliiíios yo y Guatíca- banu y fuimos a la Isabela, y allí esperamos al señor Almirante hasta que volvió del socorro que dio a la Magdalena. Y tan pronto como llegó, nos fuimos adonde el señor gobernador nos había mandado, en compañía de uno que se llamaba Juan de Ayala,151 que tuvo a su cargo una fortaleza que dicho gober­nador don Cristóbal Colón hizo fabricar a media le­gua del lugar donde nosotros habíamos de residir.

Y                    el señor Almirante mandó a dicho Juan de Ayala que nos diese de comer de todo lo que había en la fortaleza, la cual fortaleza se llamaba la Concepción. Nosotros estuvimos por consiguiente con aquel ca­cique Guarionex casi dos años, enseñándole siempre nuestra santa fe y las costumbres de los cristianos. Al principio mostró buena voluntad y dio esperan­za de hacer cuanto nosotros quisiésemos y de querer ser cristiano, diciendo que le enseñásemos el Padre Nuestro, el Ave María y el Credo y todas las otras oraciones y cosas que son propias de un cristiano. Y así aprendió el Padre Nuestro y el Ave María y el Credo, y lo mismo aprendieron muchos de su casa; y todas las mañanas decía sus oraciones y hacía que las dijesen dos veces al día los de su casa. Pero des­pués se enojó y abandonó su buen propósito, por cul­pa de otros principales de aquella tierra, los cuales le reprendían porque deseaba obedecer la ley de los cristianos, siendo así que los cristianos eran malva­dos y se habían apoderado de sus tierras por la fuer­za. Por eso le aconsejaban que no se ocupara más de las cosas de los cristianos, sino que se concertasen y conjurasen para matarlos, puesto que no podían satisfacerlos y habían resuelto no hacer en modo al­guno lo que ellos quieren. Debido a que se apartó de su buen propósito, nosotros, viendo que se apar­taba y dejaba lo que le habíamos enseñado, resolvi­mos marcharnos e ir donde mejor fruto pudiéramos obtener, enseñando a los indios y adoctrinándolos en las cosas de la santa fe. Y así nos fuimos a otro caci­que principal, que nos mostraba buena voluntad di­ciendo que quería ser cristiano. El cual cacique se lla­maba Mabiatué.152 [CAPÍTULO XXV BIS]

Cómo partimos para ir al país de dicho Mabiatué, esto es, yo, fray Ramón Vané, pobre ermitaño, fray Juan de Borgoña, de la orden de San Francisco, y Juan Mateo, el primero que recibió el agua del santo bautismo en la isla Española

Al segundo día que partimos del pueblo y residencia de Guarionex153 para ir a otro cacique llamado Ma- biatué, la gente de Guarionex edificaba una casa junto al adoratorio, en el cual dejamos algunas imá­genes ante las cuales se arrodillasen y orasen y se consolasen los catecúmenos, que eran la madre, los hermanos y los parientes del mencionado Juan Ma­teo, el primer cristiano, a los que se juntaron otros siete; y después todos los de su casa se hicieron cris­tianos, y perseveraron en su buen propósito según nuestra fe. De modo que toda la referida familia quedaba para guardar dicho adoratorio y algunas he­redades que yo había labrado o hecho labrar. Y, ha­biendo quedado aquellos en custodia de dicho ado­ratorio, al segundo día después de que hubimos partido para ir al sobredicho Mabiatué, fueron seis hombres al adoratorio, que dichos catecúmenos, en número de siete, tenían bajo su custodia, y por man­dato de Guarionex les dijeron que tomasen aquellas imágenes que fray Ramón154 había dejado al cui­dado de los sobredichos catecúmenos, las destrozasen y rompiesen, pues fray Ramón y sus compañeros se habían marchado, y no sabrían quién lo había hecho. Porque los seis criados de Guarionex que fueron allí, encontraron a los seis muchachos que custodiaban el oratorio, temiendo lo que después sucedió. Y los muchachos, así adoctrinados, dijeron que no querían que entrasen; mas ellos entraron a la fuerza, y to­maron las imágenes y se las llevaron.

CAPÍTULO XXVI

De lo que sucedió con las imágenes, y del milagro que hizo Dios para mostrar su poder

Salidos aquéllos del adoratorio, tiraron las imáge­nes al suelo y las cubrieron de tierra y después ori­naron encima, diciendo: "Ahora serán buenos y grandes tus frutos”. Y esto porque las enterraron en un campo de labranza, diciendo que sería bueno el fruto que allí se había plantado; y todo esto por vituperio.155 Lo cual visto por los muchachos que guardaban el adoratorio, por orden de los susodichos catecúmenos, corrieron a sus mayores, que estaban en sus heredades, y les dijeron que la gente de Gua­rionex había destrozado y escarnecido las imágenes. Lo cual sabido de ellos, dejaron lo que hacían y corrieron gritando a darle conocimiento a don Bar­tolomé Colón, que tenía aquel gobierno por el Al­mirante su hermano, que se había ido a Castilla.156 Éste, como lugarteniente del virrey y gobernador de las islas, formó proceso contra los malhechores y, sa­bida la verdad, los hizo quemar públicamente. Pero con todo esto, Gaurionex y sus vasallos no se apar­taron del mal propósito que tenían de matar a los cristianos en el día designado para llevarles el tributo de oro que pagaban. Pero su conjuración fue descu­bierta, y así fueron presos aquel mismo día que que­rían llevarla a efecto. Y no obstante todo esto, per­severaron en su perverso propósito, y poniéndolo por obra mataron a cuatro hombres, y a Juan Mateo, principal cristiano,167 y a su hermano Antón,158 que había recibido el santo bautismo. Y corrieron adon­de habían escondido las imágenes y las hicieron pe­dazos. Pasados algunos días, el señor de aquel campo fue a sacar los ajes,159 los cuales ajes son ciertas raí­ces semejantes a nabos, y otras parecidas a rábanos; y en el lugar donde habían estado enterradas las imá­genes, habían nacido dos o tres ajes, como si hubie­sen puesto el uno por medio del otro, en forma de cruz. No era posible que nadie encontrase tal cruz, y sin embargo la halló la madre de Guarionex, que es la peor mujer que he conocido en aquellas partes, la cual tuvo esto por gran milagro, y dijo al alcaide de la fortaleza de la Concepción: "Este milagro ha sido mostrado por Dios donde fueron halladas las imá­genes. Dios sabe por qué”.

Digamos ahora cómo se hicieron cristianos los primeros que recibieron el santo bautismo y lo que es necesario hacer para que se hagan todos cristia­nos. Y verdaderamente que la isla tiene gran necesi­dad de gente para castigar a los señores cuando son merecedores de ello [y] dar a conocer a aquellos pueblos las cosas de la santa fe católica y adoctrinar­los en ella; porque no pueden y no saben oponerse. Y yo puedo decirlo con verdad, pues me he fatigado para saber todo esto, y estoy cierto de que se habrá comprendido por lo que hasta ahora hemos dicho; y a buen entendedor, bastan pocas palabras.

Los primeros cristianos en la isla Española fue­ron, pues, los que arriba hemos dicho, a saber, Na­boría,160 en cuya casa había diecisiete personas, que todas se hicieron cristianas, con darles sólo a conocer que hay un Dios, que ha hecho todas las cosas, y creó el cielo y la tierra, sin que otra cosa se discutiese ni se les diese a entender, porque eran propensos a creer fácilmente. Pero con los otros hay necesidad de fuerza y de ingenio, porque no todos somos de una misma naturaleza. Como aquéllos tuvieron buen prin­cipio y mejor fin, habrá otros que comenzarán bien y se reirán después de lo que se les ha enseñado; con los cuales hay necesidad de fuerza y castigo.

El primero que recibió el santo bautismo en la isla Española fue Juan Mateo, el cual se bautizó el día del evangelista San Mateo el año 1496,161 y des­pués toda su casa, en la que hubo muchos cristia­nos. Y más adelante se iría, si hubiese quien los adoctrinase y les enseñase la santa fe católica, y gen­te que los refrenase. Y si alguien me preguntase por qué yo creo tan fácil este negocio, diré que lo he visto por experiencia, y especialmente en un cacique principal llamado Mahubiatíbire,’82 el cual hace ya tres años que continúa con buena voluntad, diciendo que quiere ser cristiano, y que no quiere tener más que una mujer, aunque suelen tener dos o tres, y los principales diez, quince y veinte.

Esto es lo que yo he podido saber y entender acer­ca de las costumbres y los ritos de los indios de la Española, por la diligencia que en ello he puesto. En lo cual no pretendo ninguna utilidad espiritual ni temporal. Plegue a Nuestro Señor, si esto redunda en beneficio y servicio suyo, darme gracia para poder perseverar; y si ha de ser de otra manera, que me quite el entendimiento.

Fin de la obra del pobre ermitaño Ramón Pane us


Notas al texto

N. B. Las citas de Anglería y de Las Casas que aparecen en las notas se hallan, cuando no se indique la procedencia, en las secciones que respectivamente se reproducen en los apéndices B y C.

1                             Ulloa: fra Román. Por las razones expuestas en el Es­tudio preliminar cambiaremos Romm a Ramón en toda la traducción.

2                             Ulloa: cemini, plural italianizado de cemi. En subsi­guientes notas se verá que Ulloa vacila entre las formas singular, cemi, cimt, cimiche, plural, cemmi, cimini. Angle­ría escribe zeme, zemes. Las Casas, más familiarizado con la lengua taina, explica: "Tenía algunos ídolos o estatuas de las dichas, y éstas generalmente llamaban gemí, la últi­ma sílaba luenga y aguda”. La castellanización de Las Ca­sas es la que se ha impuesto en el español actual: cemí.

3                             Ulloa confusamente traduce: "Tengono che sia come in cielo immortale, e che alcun non possa vederlo, & che ha madre, & ch’ei non habbia principio”. Las Casas para­frasea así lo escrito por Pané: "La gente de esta isla Espa­ñola tenía cierta fe y conocimiento de un verdadero y solo Dios, el cual era inmortal e invisible que ninguno lo puede ver, el cual no tuvo principio, cuya morada y habitación es el cielo”.

4                             Ulloa: locabuuague Maorocon; Anglería: locauna Gua- maonocon; Las Casas: Yocahu Vagua Maorocoti. Se escoge la forma registrada por Las Casas, modernizada y acentua­da debidamente, porque de las tres fue la única trasladada directamente al español. Estos términos probablemente sig­nifican 'Ser-de-la-Yuca, Mar, Sin-Antecesor-Masculino’.

Recuérdese que por los años en que Pané escribía la h representaba un sonido aspirado semejante al de la h inglesa o a nuestra j actual. Así, las palabras que se escri­bían higuera, hobo, hutía hoy se pronuncian jigüera, jobo, jutía. Por consiguiente, en este y los demás casos en que aparece una h antes de vocal se deberá pronunciar como j: Yúcaju, Gmjayona, ltiba Cajubaba, Mdroju, etc.

5                             Ulloa: Atabei, lermaoguacar, Apito & Zuknaco, che son cmque no mi. Nótese que así escritos son sólo cuatro. Anglería da cinco, pero algunos totalmente distintos: Atta- beira, Mamona, Gaacarapita, liella, Guimazoa. Las Casas es de poca ayuda en esta ocasión pues dice únicamente: "Dios tenía madre, cuyo nombre era Atabex, y un hermano suyo Guaca, y otros de esta manera”. De estos nombres, es posi­ble que Attabeka (de atté, vocativo de 'madre’, y el sufijo ligado beka 'agua’) equivalga a Madre-de-las-Aguas; Gua- car pudiera haber sido Wa-katti ~ Wa-katri (de wa- 'nuestra’ y katti ~ kaki 'luna’, voz relacionada también con 'marea’ y 'menstruación’).

6                             Las Casas amplía el marco geográfico de las observa­ciones de Pané cuando comenta: "Es de saber que las gen­tes de esta Española, y la de Cuba, y la que llamamos de San Juan, y la de Jamaica, todas las islas de los Lucayos, y comúnmente en todas las demás que están en casi renglera, desde cerca de la Tierra Firme, que se dice la Florida, hasta la punta de Paria... y también por la costa de la mar las gentes de Tierra Firme por aquella ribera de Paria ... casi toda era una manera de religión”.

7                             Los tainos, igual que otros pueblos amerindios —y en parte los franceses—, contaban por una sistema vigesimal. Por cinco decían mano’, por diez 'dos manos’, por veinte 'hombre’, por ochenta "cuatro hombres’. Véase, entre otros, Raymond Bretón, Dictionnaire carttibe-franfais, reim­preso por Jules Platzmann, Leipzig, 1892, p. 78; Daniel G. Brinton, "The Arawack language Guiana in its lin- guistic and ethnological relations”, en Transactions of the American Philosophical Society, New Series, XIV, 1871, 430 y 431; Cari F. von Martius, Beitrage zur Ethnographie und Sprachenkunde Amerikas zmndl Brasiliens, II. Zur Sprachenkunde, Leipzig, 1867, p. 310, y José Gumilla, El Orinoco ilustrado, Madrid, 1741, p. 506.

8                             Ulloa: Caanau; Anglería: Caunana. Otros cronistas es­criben Caunao o Caonao. Ambas formas han quedado como topónimos e hidrónimos en las Antillas. Significa 'lugar donde hay mucho oro’.

9                             Ulloa: cantas Anglería: Cauta. Nótese que Ulloa con frecuencia lee mal la u: arriba, según se acaba de ver, la confundió con a; ahora la confunde con ». En apoyo de la lectura de Pedro Mártir puede agregarse que el río ma­yor de Cuba se llama, con voz probablemente taina, Cauto. Además, en arahuaco se registra el término kauta para de­signar un árbol cuyas cenizas se emplean, mezcladas con el barro, en la fabricación de ollas. Véase J. Crevaux, P. Sagot, L. Adam, Grammmre et vocabulaires roucouyenne, arrou- ague, piapoco et d’autres langues de la región des Guyanes, París, 1882, p. 134.

10                         Ulloa: Cacibagiagua; Anglería: Cazibaxagua, y de ahí que optemos por escribir Cacibajagua. Caciba parece ser la misma voz que escrita casimba o cacimba —con m epentética generada por nasalización de la vocal ante con­sonante nasal—• se ha conservado desde las Antillas hasta el Río de la Plata para designar una oquedad en el terreno. Jagua es el nombre de un árbol común en las Antillas (Genipa americana) y ha quedado por nombre de numero­sos lugares. Cacibajagua equivaldría, por consiguiente, a Ca­cimba o Cueva de Jagua. (Véase además cap. xxv, n. 126.)

11                         Ulloa: Ammauua; Anglería: Amaiauna. Se escoge de nuevo la lectura de Pedro Mártir. El semantema iauna, iouna tiene en arahuaco el sentido de precio, valor, recom­pensa’. Ama- pudiera ser el prefijo privativo ma- 'sin, ca­rente de’. Amayauna sería, pues, el nombre de la cueva de donde salieron los sin mérito, valor o importancia, es de­cir los no tainos.

12                         Los tainos pertenecían a la familia arahuaca y en rea­lidad llegaron a las Antillas procedentes de la zona septen­trional de Suramérica. Por otra parte muchos pueblos del universo tienen mitos que le suponen al hombre un ori­gen autóctono o terrígeno en contraposición a su origen bisexual o biológico.

18 Ulloa: Marocael; Anglería: Mackochael. Si Ulloa leyó el topónimo Macorís como Maroris, es de pensar que tam­bién aquí, confundiendo la c y la r, haya leído Marocael donde decía Macocael. Elegimos, por consiguiente, la lec­tura de Pedro Mártir, recastellanizando la grafía. La voz parece relacionarse con ákoke párpado’, así es que Máco- cael vendría a ser 'El de los ojos sin párpados’.

14 Ulloa: iobi, es decir 'jobos”. El jobo (Spondias lútea) es un árbol muy común en la América tropical, que da un fruto amarillo parecido a la ciruela. De ahí que Pané, y Mártir siguiendo a Pané, creyeran que se trataba de mi- robálanos.

16 Aquí y tres veces más en éste y los dos siguientes ca­pítulos el texto lee: Guagugiona. Pedro Mártir, siguiendo esta primera grafía, escribe Vagoniona. Pero, a partir del capítulo V (nota 28), aparecerá once veces como Guaba- pona. ¿Sería que Pané, oyendo mejor, enmendó la grafía sobre la marcha? Apoyándonos en esa posibilidad, y para evitar confusión, modernizaremos en todos los casos a Guahayona. Véase además nota 38.

16                         Ulloa: Giadruuaua. El grupo dr acaso sea lectura erra­da por h. Como h aparece, renglones más abajo, al mencio­nar el pájaro cuyo nombre se basa en el de este personaje (nota 18). Y como h reaparece en Cabuba{ba}yael (cap. VIH, nota 50), y en Itiba Tabubaba o Cahubaba (cap. IX, nota 56). A lo mejor Yabubaba, Tabubaba y Cahubaba son variantes de una misma voz.

17                         Así el texto. La identificación de esta planta crea un confuso problema al que se aludirá más adelante. Véase nota 19.

18                         Ulloa: Giabuba Bagiael. Ligadas ambas palabras pa­recen corresponder al mismo Cabubaba(ya}el del capítu­lo VIH, nota 50.

19                         El texto trae gioie que en italiano significa 'joyas’. En los capítulos xvi (nota 95) y xvii (nota 100) se verá que gioie es lectura errada del nombre de la hierba que en el último de los citados capítulos se da como güeyo. Obsérvese además que en la oración siguiente se reitera que llevasen "solamente la hierba”. Por otra parte, ¿serán el güeyo y el digo la misma planta o dos plantas distintas? Sobre lo que pudiera haber sido el güeyo véase nota 100, y sobre el digo la nota 130.

20                         Ulloa: Matinino; Anglería: Mathininó. En cuanto a la acentuación, Pedro Mártir declara (Década 3a., lib. Vil, cap. 1): "La isla de Matininó ... con acento en la última sílaba”. Según Morison esta isla es la Martinica. Ahora bien, el nombre indígena de la Martinica, según el padre Bretón, no era Matinino sino Ioüanacaéra, es decir Iguana- cairi 'Isla de Iguanas’ (Op cit., p. 412). A lo mejor Mati­ninó es un paraje mítico y no un lugar geográfico.

21                         Así el texto. Andrés Bernáldez, amigo y confidente de Colón, consigna: "El cacique traía al pescuezo una joya de alambre de una isla que es en aquella comarca, que se llama Guaní, que es muy fino” (Memorias del reinado de los Reyes Católicos que escribía el bachiller Andrés Bernál­dez, Cura de los Palacios, Madrid, 1962, p. 331). Véanse notas 39, 41 y 43.

22                         Ulloa: too, too; Anglería: toa, toa. Toa ha quedado por nombre de varios ríos de Cuba, el más importante de ellos cerca de Baracoa. Es posible que toa en realidad sig­nificara 'agua’. (Véase nota 25.)

23                         El texto: molto adagio 'muy despacio’. Bourne tra­duce esta frase por 'very urgently’ (op. cit., p. 13). Otros traductores la interpretan en forma igualmente imaginati­va. Olvidan que despacio equivale a 'en voz baja’. Joan Co­raminas documenta este uso, tanto en diversos países de América como en Asturias y otras regiones de España, en su "Indianorrománica: occidentalismos americanos”, Revis­ta de Filología Hispánica, VI, 1944, 231.

24                         El texto: nane enanos’, errata por rane 'ranas’. An­glería no deja dudas en cuanto a la lectura: 'in rane con- versi”.

25                         Ulloa: tona. Tona, toona, tuna en caribe, taruma, trío, rucuyén, carijona y otras lenguas amerindias es 'agua’.

26                         Ulloa: Aiti. Anglería en otra parte explica (Década 3a., lib. vil, cap. 1): "Los nombres que los primeros habi­tantes pusieron a la Española fueron, primero, Quizquella, después, Haití ... Mas Haití significa aspereza en su len­gua antigua, y así llamaron a toda la isla... por el aspecto áspero de sus montañas”. Pedro Henríquez Ureña apunta en cuanto al significado de Haití: "Nombre del pico más alto en la antigua región montañosa del Cibao, según Las Casas (Apologética, caps. 6 y 197), del cual 'se denominó y llamó toda esta isla’; todavía los campesinos llaman hai- tises a las montañas” (El español en Santo Domingo, Bue­nos Aires, 1940, p. 209).

27                        Ulloa: Boubi. Si bien existen numerosas variantes de este término (véase n. 85), bohío es la forma hoy aceptada.

28                        Ulloa: Guahagiona. Recuérdese que en los tres capí­tulos anteriores el nombre aparece escrito como Guagugio- na y que aquí, y en los capítulos siguientes, se escribe Guahagiona. Véase además nota 38.

29                        Admitiendo la voz taina, Ulloa la transcribe así: caci­que. Los españoles la traducían por rey, gobernador, régu­lo’. En taino tal vez fuera ka-siqua 'con-casa’, es decir, jefe de casa o de las casas.

30                        Ulloa: Anacacuia. Annaka en arahuaco es centro, me­dio’; cuya pudiera ser o bien kuya 'espíritu’ (como en el sintagma konpko-kuya registrado como 'bush-spirit’) o bien kuyuha ~ koeia 'estrella, constelación’. Es decir, 'Es­píritu Central’ o quizá 'Lucero del Centro’.

31                        Ulloa transcribe el tainismo tal como aquí se da: canoa. Sobre el posible origen del término véase Douglas Taylor, "Spanish canoa and its congeners”, International Journal of American Linguistics, vol. 23, núm. 3, July, 1957, 242-244.

32                        Cobo. Así en el texto. Anglería comenta en Déc. 7a. lib. i, cap. 2: "Debajo del agua encuentran cierto género de joyas que estiman mucho, de conchas rojas, que llevan colgado a las orejas. Pero sacan otro más precioso de gran­des conchas de caracol ... A la concha esa le llaman cohobo y a su piedrecita cohibid”. Puesto que 'piedra’ es ciba, es de suponer que Anglería haya traspuesto la b y la c en lo que debió leer cohicibi, Ulloa escribe colecibi (ver n. 40),

33                         El texto lee: las ció qaeUe di Matanino, es decir, 'dejó las de Matininó’. Ya que Guahayona pasó a la otra isla sin llevar ninguna de esas mujeres, infiero que la lectura de­bió de haber sido "las dejó en Matininó”. Esta enmienda con­cuerda con la narración tal como continúa en el siguiente capítulo. Enmiendo también Matanino a Matininó. La leyenda de que en Matininó sólo hubiese mujeres dio ori­gen a que los españoles imaginaran amazonas por todas partes. La leyenda se relaciona con el nombre de la isla, analizable como Ma-iti-ni-no 'sin-padre-s’.

34                         Ulloa: Canta. Se corrige a Cauta, igual que en cap. i, nota 9.

35                         Mal francés. Es el también llamado bubas o sífilis, que evidentemente existía en América antes de 1492. So­bre la debatida cuestión del origen americano o europeo de dicha enfermedad véase Samuel E. Morison, Admiral of the Ocean Sea, Boston, 1942, II, 193-218.

36                         Guanara se ha conservado en partes de Cuba como nombre de una paloma que vive en montes retirados (Es­teban Rodríguez Herrera, Léxico mayor de Cuba, II, La Habana, 1959). En guajiro, otra lengua de la familia ara- huaca, guanoru es 'enfermedad’ (Rafael Celedón, Gramá­tica, catecismo i vocabulario de la lengua goajira, París, 1878, p. 96).

37                         El texto aquí Guabonito, pero renglones más abajo Gualonito.

38                         Ulloa: Biberoci Guahagiona, pero renglones más aba­jo lo llama Albeborael Guahagiona (nota 42). La discre­pancia en cuanto al primer nombre pudiera deberse a que en Biberoci leyó c donde a lo mejor era una e: Biberoei. Correspondería así a una terminación, frecuente en nom­bres propios, que aparece indistintamente como -ey -ex -el (Guarió ney ~ Guarionex ~ Guarionel). Confrontando am­bos términos resultaría que {Aljbiberoei y Al-beborael son, en realidad, variantes del mismo nombre, y de ahí que en todos los casos se dé la más completa de las dos. (Sobre otra probable confusión entre c ye véase nota 149.)

Con respecto al segundo nombre, se explicaría que cambiara la grafía de Guagugiona a Guahagiona debido a que wahajia i—1 wahaddia equivale en arahuaco a 'luego, de ahí en adelante’. Es costumbre muy generalizada entre los pueblos arahuacos cambiar de nombre después de haber rebasado una grave enfermedad. Véase Walter E. Roth, An inquvry into the anbnism and folk-lore of the Guiana lndians, Washington, 1915, p. 345.

39                         Ulloa: guanini ... cibe. Las Casas y otros cronistas españoles escriben guanines y cibas.

40                         Ulloa: colecibi. Deben ser las cibas, hechas de la con­cha del cobo (Strombus gigas), a las que Pedro Mártir llamaba cohibid. Véase nota 32.

41                         El guanín es una aleación de oro, plata y cobre. Véa­se Paul Rivet, "L’orfévrerie précolombienne des Antilles, des Guyanes et du Vénézuela, dans ses rapports avec l’orfé- vrerie et la métallurgie des autres régions américaines”, en Journal de la Société des Américanistes de Parts, Nouvelle série, xv, 1923, 183-213.

42                         Ulloa: Albeborael Guahagiona. Cf. nota 38.

43                         Ulloa: Hia Gumli Guanin ... Hiauna. Esta lectura es muy confusa. Si Hia Guaili "quiere decir hijo de Hiau­na”, la transcripción debiera haber sido Hiaunael, ya que el sufijo -el, según informa el propio Pané (cap. IX), signi­fica 'hijo de’. Pero también pudiera haber sido que las sílabas estuviesen mal separadas: unidas leerían Híaguaili, transcripción muy semejante a Híali, que es la forma que registra Bretón. Véase nota 44.

44                         La extrema confusión de todo el párrafo pudiera de­berse a que Pané no entendiera bien lo que le decían. Por suerte he dado con versiones análogas del mismo mito en­tre los caribes insulares (Raymond Bretón, Dictionnaire ca- raibe-frangais, ed. facsimilar, Leipzig, 1892, p. 293), los arahuacos y los guaraos (Walter E. Roth, of. cit., p. 256), los indígenas del río Jamundá (Paul Ehrenreich, Die My- then und Legenden der Südamerikanischen Urvblker, Ber­lín, 1905, p. 37), los waiwai (Niels Fock, Waiwai: religión and society of an Amazonian tribe, Copenhagen, 1963, pp. 54-56), y hasta en una tribu de esquimales (Knud Rasmus- sen, The Netsilik Eskimos: social Ufe and spiritual cul­ture. Report of the fifth Thule expedition, vol. 8, 1-2, Co- penhagen, 1931, pp. 235-36). Según esas versiones Híali es hijo de las incestuosas relaciones de un hombre con su propia hermana, y descubierta su acción, huyó de la tribu y fue transformado en el astro lunar. Douglas Taylor, que también ha recogido el relato entre los caribes de Domi­nica, informa que Híali significa 'El-que-se-ha-hecho-bri- liante’ ("Tales and legends of the Dominica Caribs”, Journal of American Folklore, LXV, 1952, 269).

45                         Ulloa: Aiti.

46                         El texto: aquile 'águilas’, errata por anguille 'angui­las’. Anglería confirma esta lectura: Veluti anguillae de manibus eorum labuntur: 'como anguilas se les deslizaron de las manos’.

47                         Así el texto. Pané explica a continuación el signifi­cado.

48                         No es fortuito que estos seres asexuados fueran cua­tro. Cuatro es el número sagrado de las cosmogonías amer­indias. Y cuatro suelen ser los hermanos, o hermanas, crea­dos por los dioses. Véase nota 57.

49                         Aquí el texto: inriri, pero a continuación inr'vre.

50                         Ulloa: imite cahuuaial. El segundo término quizá fuese Cahuua{uaíia(e}l 'hijo o descendiente de Cahubaba’ (véanse notas 16, 18 y 56).

51                         Ulloa: Giaia. La aparente contradicción de que no sepan el nombre inmediatamente después de haber decla­rado que se llamaba Yaya se explica si se tiene en cuenta que en arahuaco la significa 'espíritu, esencia, causa pri­mera de la vida’ (C. H. de Goeje, The Arawak language of Guiana, Amsterdam, 1928, pp. 45, 142 y 204). Forman­do un superlativo por duplicación, Yaya equivale a 'Sumo Espíritu’.

52                         Se trata, pues, de un sufijo ligado -el, cuyo significa­do a continuación aclara Pané. En otras ocasiones -el tam­bién aparece escrito como -ex: Guarionel o Guarionex (véa­se nota 125).

63 El texto: zucca calabaza’. En realidad se trataría de una güira (Crescentia cujete) a cuya corteza, usada como recipiente, todavía se le llama en las Antillas, con voz taina, higuera o jigüera.

54                         La costumbre de colgar los huesos en un cestillo (jaba) o de guardarlos en una urna funeraria, la notó Co­lón en su primer viaje (Diario, jueves 29 de noviembre) y la confirmó Pané en el capítulo xv.

55                         Ulloa: conichi, italianización de la forma castellana conucos. En arahuaco kunuku es 'bosque, selva’.

56                         Ulloa: Itiba, Tahuuaua. La voz Itiba acaso contenga la raíz registrada en arahuaco como ite ~ üttü ~ üthe 'sangre’. Y de existir algún parentesco entre el taino y el tupí, estaría relacionado con el adjetivo t'uíuara 'sanguino­so, ensangrentado’ (Conde Ermano Stradelli, Vocabularios da lingua geral portuguez-nheéngatú e nheéngatú-portu- guez, Río de Janeiro, 1929, p. 682). En cuanto a Tahubaba, partiendo de que la t a menudo se permuta con la k en las lenguas arahuacas, también pudiera haber sido Cahu­baba (véase nota 16). A este respecto cabría señalar que varios lugares de Cuba llevan el nombre Cajobabo (Ju­lián Vivanco, El lenguaje de los indios de Cuba, La Haba­na, 1946, p. 47). Por otra parte, en la orilla occidental del río Mamoré, afluente del Amazonas, habita una tribu llama­da Kayubaba (G. de Créqui-Monfort y P. Rivet, "La lan- gue Kayuvava”, International Journal of American Linguis- tics, I, 1917-1918, 245-263, y Harold Key, "Phonotactics of Kuyavava”, Ibid., xxvii, 1961, 143-150). De haber exis­tido dicha relación con el tupí-guaraní, kayu, en tupí, es 'vieja, cargada de años’ (P. C. Tatevin, La langue tap'ih'iya dite tupi ou ñeengatu, Viena, 1910, p. 102). En tal caso esta Ensangrentada Madre Vieja correspondería, dentro de las mitologías americanas, a Pachamama, la Madre Tierra de los incas, y a Coatlicue, la Madre Tierra, la Gran Pari­dora de los aztecas.

57                         En este mito los Cuatro Gemelos parecen representar a los cuatro puntos cardinales. Esta interpretación concuer­da con el siguiente comentario de Brinton: "The number four, sacred in all American religions, and the key to their symbolism, [is] derived from the cardinal points ... The cardinal points identified with the Four Winds, who in the myths are the four ancestors of the human race” (The myths of the New World, New York, 1876, p. 68). Equivaldrían a los cuatro Tezcatlipocas de la cosmogonía azteca y los cuatro Bacabs de la maya. Véase además nota 48.

68 Douglas Taylor sugiere que la voz taina caracaracol tal vez sea la misma del caribe insular kara karacoti, en la cual el prefijo atributivo ka- se antepone primero a ura 'piel' y luego a uraku ‘sarna’. ("A note on the Arawa- kan affiliation of Taino”, International Journal of American linguistics, xx, 1954, 153).

59                         Laguna señalada en el texto por puntos suspensivos. A continuación se verá que el nombre que aquí falta debió ser Deminán. Cf. notas 61 y 67.

60                         Estos nombres aparecen como se ha indicado ante­riormente, con excepción de Yayael que ahora se da, omi­tiendo el fonema inicial, como Agiael.

61                         El texto aquí: Dimiuan; en el capítulo siguiente: Deminán. En ambos casos usaremos la segunda grafía.

62                         Así el texto. {A}conel pudiera estar relacionado con el verbo akonmabo oír’.

63                         Ulloa: Bassammaco. El nombre reaparecerá en este mismo capítulo escrito Aiamamco (nota 68) y Baiamani- coel (nota 72); en el capítulo xxv se menciona un cacique llamado G<manacoe\ (nota 128). Situando las cuatro gra­fías en columnas tendremos:

Bassamanaco [B]a i a m a u a c o Ba i amanicoel G[u]a - - manacoel

Cabe inferir que la u en (B)aiamauaco haya sido lectura errada por n, lo cual ocurre con frecuencia en Ulloa, y que la i en la antepenúltima sílaba de Baiamanicoel correspon­da a una a. Por consiguiente, Bayamanaco y Bayamanacoel serán las formas que usaremos en este capítulo, y Guama- nacoel en el xxv. Tal vez sea pertinente agregar en apoyo de estas grafías que los indios de una tribu del Orinoco se llaman tamanacos.

4                             Ulloa: cazzabi; Anglería: cazabi; Las Casas vacila en­tre "cazabi, la penúltima luenga” (Apologética historia, cap. 10), y cagabe (Ibid., cap. 59). La palabra, por consi­guiente, era y sigue siendo llana, y no aguda como la acentúan algunos transcriptores.

5                             Ulloa: Ahiacauo guarocoel.

66                         Ahiacabo corresponde al arahuaco ajiaka r-1 adiaka 'hablar, decir’, y guarocoel a wa-óroco-ti 'nuestro abuelo’. Véase la nota 4 y también Douglas Taylor, "Some remarks on the spelling and formation of Taino words”, Internatio­nal Journal of American Linguistics, XXVI (1960), 347. Literalmente sería, pues: "Hablemos con nuestro abuelo”.

67                         Ulloa: Deminan Caracaracol.

68                         Ulloa: Aiamauaco. Sobre la razón del cambio a la forma que hemos escogido véase la nota 63.

69                         Ulloa: guanguaio. Este término se ha prestado a di­versas interpretaciones. Anglería lo traduce por 'esputo’: "ut illi ex ictu sputi exortum”. Una versión española del libro de Fernando (ed. Madrid, 1892, I, 292) da: "le tiró una calabaza en las espaldas que estaba llena de cohoba”. Edward G. Bourne lo traduce por "tobacco pouch”, es de­cir, la pequeña bolsa para guardar tabaco picado (Colum- bus, Pane and the beginnings of American anthropology, Worcester, 1906, p. 17). La conjetura de Pedro Mártir pa­rece, en el presente contexto, la más acertada.

70                         Ulloa: cogioba; Anglería: chohoba; Las Casas: "Estos polvos y estos actos se llamaban cohoba, la media sílaba luenga”. Dicho polvo, según la mayor parte de los comenta­ristas, se hacía triturando hojas secas de tabaco. El tabaco, empero, no produce tales efectos alucinatorios. La planta, por consiguiente, es otra, y así lo atestigua Oviedo. En el libro IX de la Historia general y natural titula el capítulo xiii: "Del árbol que en estas partes se tiene por tharay, porque le paresge mucho en la hoja, pero llámanle en esta isla Española cohobd’. Y agrega en el texto: "E aqueste cohoba lleva unas arvejas que las vaynas son de un palmo e más e menos luengas, con unas lentejuelas por fructo que no son de comer, e la madera es muy buena e regia”. Wil- liam E. Safford ha identificado dicho árbol como la Pip- tadenia peregrina ("Identity of the cohoba, the narcotic snuff of ancient Haiti”, Journal of the Washington Aca- demy of Science, vi, 1916, 547-562). Cari O. Sauer corro­bora la filiación de la planta al informar: "Cohoba (Pipta- denia peregrina), used as a narcotic snuff, mixed with to­báceo, was probably introduced from South America” (The early Spmish mdn, Berkeley & Los Angeles, 1966, p. 56). Marcio Veloz Maggiolo me informa que a dicho árbol se le conoce hoy en Santo Domingo por el nombre de "tamarin­do de teta”.

En cuanto a la etimología, James Williams sugiere que cohoba sea voz de origen guaraní, compuesta de cog 'soste­ner, fortalecer, alimentar’ y hob 'hoja’ ("Christopher Co- lumbus and aboriginal Indian words”, Proceedings of the Twenty-Thhd International Congress of Americanists, New York, 1930, p. 833).

71                           Laguna señalada en el texto por puntos suspensivos.

72                           Ulloa: Batamanicoel. Sobre la razón del cambio a la forma que hemos escogido, véase la nota 63.

73                           Anglería altera la versión original cuando escribe: "De la ulcera cuentan que nació una mujer, de la cual todos los hermanos usaron mutuamente, y de ella engendraron hijos e hijas”. Puede rechazarse esta deformación gracias a la evidencia de una pieza arqueológica que localicé en el Museum of the American Indian, Nueva York, en la cual es patente que se trata de una tortuga. Puede verse una reproducción fotográfica de dicha pieza en mi edición de la Historia de la invención de las Indias, de Hernán Pérez de Oliva, Bogotá, 1965, lám. Vin.

74                           Ulloa: Maucia Tiuuel; Anglería: Machinnech. A lo mejor era una sola palabra, Mautia-ti-hu-el, cuyos compo­nentes maucia o mautia 'alba, amanecer’, -ti, partícula no- minalizadora, -hu, signo de respeto o veneración, y -el 'hijo de’, vendrían a significar 'Hijo-del-Amanecer’ o, como si dijésemos, el Cacique o Señor de la Región del Alba. Una coincidencia: también los aztecas rendían culto al dios que llamaban Tlahuizcalpan-tecuhtli, 'Señor de la Casa del Alba’ (Alfonso Caso, El pueblo del Sol, México, 1953, p. 53).

75                         Ulloa: Giououaua; Anglería: louanaboina. Ambas grafías convergen hacia la misma forma si se admite la posibilidad de que Ulloa confundiera una vez más la n y la u y se saltara una sílaba. La lectura entonces sería (G)Io- ua-na-[boi]-na, es decir la misma de Pedro Mártir, louana es el término que hoy escribimos iguana. Y boina parece ser la misma voz boiúna que se ha registrado en idiomas amazónicos con el significado de 'serpiente parda’. Véase Luis Cámara Cascudo, Diccionário de folclore brasileiro, 2a. ed., Río de Janeiro, 1962, pp. 123-124.

76                         Ulloa: Boinaiel; Anglería: Binthaitel. De acuerdo con la nota anterior este Boína-y-el es el hijo de Boina, la Ser­piente Parda, metaforización de las nubes cargadas de lluvia.

77                         Ulloa: Mar pió; Anglería: Marobu. La lectura de Pe­dro Mártir claramente registra tres semantemas: el prefijo privativo ma-; la raíz -aro- que aparece en las voces arahua- cas or-aro, ur-aro, id-aro 'nube’, y el sufijo nominalizador -hu, que hemos hallado anteriormente como signo dé reve­rencia. Significaría, pues, 'Sin-Nubes’, o sea Tiempo-Des­pejado.

78                         Ulloa: Coaibai, y así en el resto del capítulo; pero Comboi en el capítulo siguiente. Pané declara, al finalizar este párrafo, que significa "casa y habitación de los muer­tos”. Corresponde, por consiguiente, al Cupay de los in­cas, Mictlan de los aztecas y Xibalbá de los mayas. Véase además nota 85.

79                         Ulloa: Soraia. Cari F. von Martius registra esta voz en un glosario latín-arahuaco y, procurando adivinar su sentido, ofrece la traducción 'occasus solis’ (Beitrage zur Ethnographie und Sprachenkunde Amerikas zumal Brasi- liens, 11. Zur Sprachenkunde, Leipzig, 1867, p. 316). Tal vez tenga una relación más directa con la base -ra- 'lugar, generalmente distante del que habla’, que entra en la com­posición de -raia 'apariencia’, y de la cual parten ka-raia 'lo que aparece’, ti-raia 'apariencia de las cosas’ y ü-raia 'aspecto externo, visión’ (Goeje, p. 143, fí 104a). En tal caso So-raia se relacionaría con la idea de un lugar apar­tado, inaccesible, irreal, es decir, mítico.

80                         Ulloa: Machetaurie Guaiaba. Maquetaurie acaso esté relacionado con el arahuaco kokke, kakü 'vivir, vida’, que precedido del privativo Ma- equivaldría a 'sin-vida’. Den­tro de las mitologías americanas, corresponde al dios az­teca Mictlantecuhtli 'Señor de Mictlan, la morada de los desaparecidos’. En cuanto a la relación del segundo térmi­no con la fruta del mismo nombre véase la nota siguiente.

81                         Ulloa: guabazza; Anglería: guannaba, y a continua­ción agrega: "fructu nobis incognito cotono simili”: fruta desconocida de nosotros semejante al membrillo. Antonio Bachiller y Morales pensó que dicha fruta fuese la guaná­bana (Cuba primitiva, La Habana, 1883, pp. 279-280). La hipótesis de Bachiller se ha venido aceptando sin reparo, inclusive por Joan Corominas en su Diccionario crítico eti­mológico de la lengua castellana (Madrid, 1954, bajo Gua­nábana). Ahora bien, la guanábana (Annona muricata, Lin.) no tiene parecido alguno con el membrillo. Pudiera ser que la grafía gua-nna-ba representase más bien una latiniza­ción de guanaba, guanyaba o guaiaba, que a todas luces co­rresponde a la voz actual guayaba. La guayaba (Psidium guayaba, Lin.) sí tiene un gran parecido con el membri­llo: en forma, textura y sabor. Refuerza esta interpreta­ción el hecho de que el Señor de la Morada de los Muer­tos se llamase, precisamente, Maquetaurie Guayaba.

82                         Laguna señalada en el texto por puntos suspensivos. El nombre omitido se suple de la cita de Anglería consig­nada en la nota 81.

83                         Laguna señalada en el texto por puntos suspensivos.

84                         Ulloa: operito. Este término, que Pané a continuación traduce por ■ "muerto”, está evidentemente relacionado con opta. Véase renglones más abajo, y notas 87 y 117.

85                         Ulloa: Comboi. En las variantes Coaibai r-1 Comboi, el semantema baí ~ bol parece corresponder a las formas bahaí,—1 bahii r-1 bawhu registradas en arahuaco con el sen­tido de 'casa’, y a boa ~ bouhí ~ bohío registradas en taino con el mismo significado. En cuanto a coai parece relacionarse con kowa 'estar ausente’, y en ese caso* Coay- bay vendría a ser, como bien decía Pané, "casa y habita­ción” de los ausentes, de los fallecidos.

86                         Ulloa: goeiz. Brinton piensa que goeiz probablemen­te sea corrupción de guaíza ("The Arawack Language..

p. 438). Las Casas describe las guaízas como "carátulas muy bien hechas” (Hist. de las Ind., lib. I, caps. 58, 62, 78 y 85) y comenta en cuanto a la pronunciación: "estas caras o figuras, que llamaban guaygas, la letra y luenga” (Apol. hist., cap. 59). Puesto que ísiba es 'cara, rostro’, wa-ísiba sería nuestra faz, nuestro rostro’.

87                         Ulloa: opta; Las Casas: hupia. Ambas variantes pare­cen corresponder al caribe insular oupoye-m opoye-m ’esprit’ (Bretón, op. cit., p. 424).

88                         Ulloa: bohuti, pero en los capítulos siguientes trans­cribe buhuitihu con una excepción, en el capítulo XIX, que lee bihuitibu; Anglería: bohitiios; Las Casas vacila entre bohiqae, behique y behico; Bretón: boyé y bayáico; en guaraní payé. Los escritores antillanos de la escuela cibo- neísta impusieron la forma behique, y es ésta la que ha incorporado la Real Academia a su Diccionario (Boletín de la Real Academia Española, tomo XI-III, cuaderno CLXXX, enero-abril de 1967, p. 82). Emplearemos, pues, la forma autorizada y consignaremos las variantes a pie de página.

89                         canciones. Eran los areítos. Oviedo los describe deta­lladamente en la Historia general y natural de las Indias, lib. V, cap. 1; Las Casas también los describe en la Apolo­gética historia, cap. 204. La voz afeito pudiera estar rela­cionada con el verbo arita-ga que según Bretón significa 'se rappeler’ (op. cit., p. 53); esto es, 'recordar, memorar’.

Aunque a menudo se escribe areito, debe ser areíto, con acento en la í. Las Casas no deja dudas en cuanto a la pronunciación: "Areíto, la i luenga” (Hist. de las Ind., lib. II, cap. 60).

90                         Ulloa: maiohauau. Oviedo los describe sin dar el nom­bre: "Algunas veces junto con el canto mezclan un atam- bor, que es hecho en un madero redondo, hueco, concava­do, y tan grueso como un hombre y más, o menos, como le quieren hacer; y suena como los atambores sordos que hacen los negros; pero no le ponen cuero, sino unos aguje­ros y rayos que trascienden a lo hueco, por do rebomba de mala gracia” (op. cit., lib. V, cap. 1). Y lo mismo hace Las Casas: "Eran muy amigos de sus bailes, al son de los can­tos que cantaban y algunos atabales roncos de madera, hechos todos sin cuero ni otra cosa pegada” (Apologética historia, cap. cciv). Escogemos mayohabao por analogía con Arimao, Caonao, Cibao, sao y otros de igual terminación.

91                         Ulloa: buhuitihu, y así en los demás casos con la excepción arriba señalada.

92                         Por la descripción que Pané hace a continuación de las curaciones y las ceremonias de los behiques se verá que éstos eran en realidad chamanes. Sobre la existencia de iguales o parecidas ceremonias y creencias entre los ara- huacos, caribes y otras tribus de las Guayanas, véanse Wal- ter E. Roth, op. cit., pp. 326-353, y C. H de Goeje, "Philo- sophy, initiation, and myths of the Indians of Guiana and adjacent countries”, lnternationales Archiv für Ethnogra- phie, Leiden, vol. xliv, 1943, pp. 60-94; sobre la relación de las prácticas de los behiques y eí chamanismo, véanse Mircea Eliade, Shamanism, archaic techniques of ecstasy, New York, 1964; Alfred Métraux, "Le shamanisme chez les Indiens de l’Amérique du Sud tropicale”, Acta Ameri­cana, México, ii, 1964, 197-219 y 320-341, y en especial los artículos de Claude Lévi-Straus "The sorcerer and his magic” y "The effectivenes of symbols”, incluidos en su Stmctural Anthropology, New York, 1967, pp. 161-201.

93                         Ulloa: cimini.

94                         El texto da ahora cohoba (véase nota 70).

95                         Ulloa: gioia 'joya’, seguido de una laguna señalada por puntos suspensivos. El término italiano gioia es lectu­ra errada de la voz taina que en el capítulo siguiente se transcribe gueio (véase nota 100).

96                        Ulloa: gioie "joyas”.

97                        Ulloa: cimini.

9S Aquí cimiche y así en los dos casos siguientes:

99                        médico. Las Casas amplía el concepto al escribir: "Es­tos, pues, sacerdotes, que en la lengua de estas islas se llaman behiques, que eran sus teólogos, profetas y adivinos, hacían a estas gentes algunos engaños, mayormente cuando se hacían médicos”.

100                    Ulloa: gueio. En relación al güeyo Fernando Ortiz es­cribe: "Entre los indios de las Guayanas el tabaco suele ser mascado, para lo cual se mezcla con ciertas cenizas de gusto salado que se obtienen de una especie de alga (Mou- rera fluvialis, Aubl.) que recogen junto a las cascadas de los ríos, llamada por los indios weyd' (Contrapunteo del tabaco y el azúcar, 2da. ed., La Habana, 1963, p. 176). Véase también Walter E. Roth, An introductory study of the arts, crafts and customs of the Guiana Indians, Wash­ington, 1924, p. 242.

101                    Ulloa: zachon.

102                    Para el recto entendimiento de este párrafo cabe traer a colación una coincidencia con la religión azteca. En el esotérico lenguaje de los antiguos sacerdotes mexica­nos “los dolores se llaman 'serpientes’ y son de cuatro colores, para relacionarlos con los puntos cardinales. Existe la serpiente azul, la serpiente amarilla, la roja y la blanca” (Alfonso Caso, op. cit., p. 111). Bien pudiera haber sido que Pané entendiera literalmente lo que el indio le con­taba en metáforas. Y que fueran hipérboles —como lo son en español— que al behique lo "molieran a palos” hasta "dejarlo por muerto”. Obsérvese, renglones más abajo, que el behique no moría de la paliza: "si lo pueden coger otra vez, le sacan los ojos y le rompen los testículos, porque di­cen que ninguno de estos médicos puede morir por muchos palos y golpes que se le den”.

103                    Aquí el texto cimini. Señaladas ya las variantes de este término, no se indicarán en lo sucesivo.

104                    El texto: di sassó ‘de piedra’. Al seguir leyendo es evidente que debió haber sido di legno 'de madera’.

105                     El texto: lo mi chiamo 'yo me llamo’. Traducción errada de lo que en español debió leer: "Llámame”. Esta rectificación se ve corroborada por Las Casas, quien escribe en la correspondiente sección: "Llámame aquí a un behi- que y él te dirá quien soy”.

106                     El texto, cambiando la grafía usual: bihuitihu.

107                     El texto: cogioba, y así en el resto del capítulo. So­bre otras variantes, identificación de la planta y posible etimología del nombre, véase nota 70.

108                     El texto: seccano; errata por saccano.

109                     Aquí el texto: giuca.

110                     El texto: giutola. En las menciones subsiguientes es­cribe de nuevo giuca.

111                     Ulloa: Bugia et Aiba. La falta de concordancia con el resto de la oración pudiera deberse a que buya y aiba parecen epítetos más bien que el nombre del cemí: signi­fican, en tupí, 'feo’ y malo’. (Véase Brinton, The Aranvack language..., p. 444, y también Conde Ermano Stradelli, Vocabularios da lingua geral portuguez-nheéngatú e nheén- gatú-portuguez, Río de Janeiro, 1929, bajo ayua y puxi, pp. 385 y 625 respectivamente.) Este mito tal vez se rela­cione con la domesticación de la yuca y el descubrimiento del proceso para eliminar el veneno del jugo de la yuca amarga. Como es sabido, al hervirse éste, se evapora la sustancia tóxica —ácido prúsico— y queda un caldo espe­so que sirve de condimento para las viandas y el cazabe.

112                     Ulloa: Baidrama; Las Casas: "Vaybrama, la penúlti­ma sílaba luenga”. Obsérvese que ahora se da el nombre del cemí, en singular, en lugar de los epítetos antes men­cionados. Sobre este cemí escribe Las Casas: "En una gue­rra que tuvieron decían haber sido quemado, y que laván­dolo con zumo de las raíces que arriba dijimos llamarse yuca, de que hacían el pan cazabi, le crecieron los brazos y le nacieron otra vez los ojos y le creció el cuerpo; y por­que la yuca o raíces dichas era en aquel tiempo chiquita, después que con el agua de ella lo lavaron, fue dende ade­lante, como ahora lo es, gorda y muy crecida. Este cemí causaba, según ellos creían, enfermedades a los hombres...”

Si baivay es el arahuaco bahai ~ bahü 'casa’ (véase nota 85), Baibrama tal vez pudiera haber sido un dios tute­lar relacionado con el hogar y la domesticación y aprove­chamiento de la yuca.

113                     Ulloa: Guamorete; Anglería: Guamaretus. Parece corresponder al arahuaco Wa-murreti 'Creador Nuestro’.

114                     Ulloa: Corocote; Anglería: Corochotus. Pudiera ser el mismo término arahuaco korrokori 'oro, metal rojizo’, guaraúno comcuri 'bronce’.

115                     Ulloa: Guatabanex. Aquí la b parece haber repre­sentado, igual que en el caso de la nota 116, el valor vocá­lico de nuestra actual u: hoy leeríamos Guatauanex o Gua- taguanex. Las Casas menciona a un cacique de la Magda­lena llamado Guatiguaná (Hist. de las Ind., lib. X, cap. civ). Tal vez sean diferentes grafías de un mismo nombre.

116                     Ulloa: Giacaba. En la transcripción de este topóni­mo la b tiene el valor vocálico de la u: Jacaua, o sea Ja- cagua. En Santo Domingo existe un lugar llamado Jacagua, precisamente cerca de Santiago de los Caballeros, zona donde Pané recogió estos datos (Emiliano Tejera, Palabras indíjenas de la isla de Santo Domingo, Santo Domingo, 1951, p. 314). También hay en Cuba un sitio nombrado Jacagua (Julián Vivanco, op. cit., p. 123), y en Puerto Rico existe el río Jacagua, cerca de Ponce. Escribimos el término, por tanto, de acuerdo con la tradición oral

117                                                                                                                                                   Ulloa: Opigielguouiran; Anglería:          Epileguanita.

Parece relacionarse con el taino opta ~ hupía, caribe insu­lar opoye-m. (Véanse nota 84 y 87.)

118                     Ulloa: Cauauaniouaua. Al transcribir Ulloa la pri­mera letra parece haber olvidado la cedilla de lo que debió leer ¡abana; ésa es la grafía con que suele hallarse en do­cumentos de la época la voz que luego se ha escrito zabana y hoy sabana, louaua daría iobaba y mejor jobabo. Jobabo es el nombre de un río y ciudad de Cuba y también de otros lugares de las Antillas. Sabana-n-iobabo equivale a Sabana del Jobabal o de los Jobos.

119                     Paul Barker y Gerard Goyot identifican este dios con una pieza arqueológica que en nada se relaciona con la imagen de un perro. ("Le chien de pierre de Chansolme, 'Opigielgourian, dieu des Tainos”, Bulletin du Bureau d’Ethnologie, Port-au-Prince, 30 juillet 1964, 56 pp.). Por otra parte, he hallado una imagen, en madera, tal como la describe Pané, en la Smithsonian Institution, Washington. La he reproducido en la citada edición de la Historia de la invención de las Indias, lám. V.

120                    Así el texto.

121                    Así el texto. Este "gran cacique” tal vez fuese un ser mítico y no un personaje histórico. Por otra parte, hay noticias de que existió un cacique, de escasa importancia, cuyo nombre aparece transcrito como Amanex ("Repar­timiento de la isla Española”, en Colección de documentos inéditos relativos a ... América y Oceania, I, 67).

122                    Ulloa: Guatauua. Gua- pudiera ser el prefijo prono­minal wa 'nuestro, -a’. Tauba, puesto que la b en taino corresponde a una p en otras lenguas relacionadas con la taina, pudiera ser el mismo Tupa o Tupan, dios del trueno entre los tupí-guaraníes y entre algunas tribus de las Gua- yanas (véase C. H. de Goeje, "Philosophy, initiation and myths of the Indians of Guiana and adjacent countries”, Internationales Archiv für Etbnographie, Leiden, XLIV, 1943, pp. 41 y 71).

123                    Ulloa: Coatrisckie. Aunque hay una semejanza entre el nombre de Coatrisquie y el de la diosa azteca Coatlicue, las funciones de Coatrisquie corresponden más bien a las de Chalchiuhtlicue, hermana de Tláloc y diosa de las aguas. Sospecho que acaso se trate de una mera paronimia.

124                    Ulloa: Faraguuaol. Como el sonido representado aquí por / también suele representarse por b o p (Goeje, The Arawak language of Guiana, pp. 110 ss.), acaso sea me­jor Baraguabael. Así escrito, se relacionaría con Baraguá (lugar de Cuba entre Santiago y Holguín), y con Baracoa, Barajagua y otros topónimos en que bara significa mar’. Esta restauración, no obstante su carácter conjetural, al me­nos estaría en consonancia con lo que ha sobrevivido de la lengua taina.

125                    Ulloa: Guaraionel, y así otra vez en el mismo capí­tulo. En el siguiente al principio se da Guarionel, luego Guarionex y en una ocasión Guarionés. Las Casas y demás cronistas escriben siempre Guarionex. La primera varian­te suscita la posibilidad de que el nombre fuera original­mente Waraüno-el 'de la estirpe de los guaraúnos’.

126                     Ulloa: Cazzvuaquel. Cazziba puede ser la misma raíz que se vio en Cacibajagua con el sentido de 'cueva’ o 'ca­verna’ (nota 10); -quel tal vez esté compuesto del infijo (e)-que, signo del diminutivo y -el, 'descendiente de’.

127                     El texto aquí: Guarionel. Véase notas 148 y 153.

128                     El texto: Gamanacoel. El nombre de este cacique pa­rece relacionarse con el Bayamanacoel que aparece en el capítulo XI. Véanse notas 63, 68 y 72.

129                     Ulloa: Caizzihu. Anglería, basándose en los datos del cartógrafo Andrés de Morales, describe una región de la Española llamada Caizcimú. Y explica Pedro Mártir: "El principio de la isla por el oriente lo coge la provincia de Caizcimú, así dicha porque en su lengua cimú significa 'frente o principio’ ” (Década 3a., lib. vil, cap. 3). En Cuba hay también varios lugares que llevan el nombre Ccñsimú (Vivanco, p. 46). En dicho topónimo es probable que cai corresponda al arahuaco cay ~ cairi 'isla’, hoy es­pañolizado en cayo.

130                     La antes llamada digo (véase cap. n, nota 17). No se sabe a ciencia cierta qué planta habrá sido este digo. Las Casas, aunque no menciona la yerba por este nombre, dice en el capítulo 167: "Ayunaban cuatro meses, y más, continuos, sin comer cosa alguna, sino sólo cierto zumo de yerba o yerbas... Y ésta es la misma coca que en las pro­vincias del Perú es tan preciada, como parece por el testi­monio de religiosos y de indios que han venido del Perú, que la vieron y conocieron en la dicha isla de Cuba, y en mucha abundancia’’. De no haber sido la coca, poi lo me­nos sería una planta cuyos efectos eran similares a los de la coca.

131                     Ulloa: Giocauuaghama; Las Casas: Yocahuguama. La transcripción de Las Casas, escrita directamente en español, es la más autorizada. Corresponde a las voces Yúcahu 'Ser- de-la-yuca’ y guamá (en arahuaco wama 'señor’). Este Señor de la Yuca debe ser el mismo Yúcahu Bagua Maóro- coti mencionado en la nota 4.

132                     Ulloa: canibali. Anglería: canibalibus. Caníbal y cari­be son correlatos de una misma voz indígena. En el Diario del primer viaje Colón transcribe caníbales (23 de noviem­bre), caniba (26 de noviembre) y caribes (26 de diciem­bre). Las Casas, comentando lo dicho por Pané, escribe: "Aquella gente debía ser lo que llamamos caribes, y enton­ces los llamaban y llamábamos caníbales”. De este comen­tario infiero que Pané escribió caníbales; respeto, pues, su grafía, pero aclarando que realmente eran los caribes.

133                     Ulloa: Maddalena. Explica Las Casas: "El Almiran­te ya había mandado hacer dos fortalezas, una que llamó la Magdalena ... tres o cuatro leguas o pocas más de donde está al presente asentada la villa de Santiago” (Hist. de las Ind., lib. I, cap. CX; en la ed. de México, 1951, vol. I, p. 429).

134                     Luis de Artiaga (Las Casas, loe. cit.).

135                     Ulloa: Maroris. Las Casas: Macorix. Modernamente se escribe Macorís. Sobre el significado véase la nota 147.

136                     Ulloa: Guauaouoconel. Las Casas: Guanaoconel. Gua- nabo ha quedado en numerosos topónimos antillanos: el de una playa cerca de La Habana, por ejemplo. Y si se recuerda, hemos hallado ya un personaje mítico "llamado Conel, el cual era mudo” (cap. 10, nota 62).

137                     Ulloa: Guauaenechin. Cambio la’ lectura a Guanáo- bocon para que corresponda a la grafía del nombre ante­rior. Debe señalarse, empero, que la lectura Guanáenequen pudiera ser igualmente válida.

138                     Ulloa: giahuuauariü; al reaparecer el que acaso sea el mismo término (cap. 26, nota 160) se escribe Gianauua- riit. Tanto en yahu-nab{ujariu como en Ya(hu}-nabuariü el semantema nab{u}ariü nabuariú 'sirviente' debe ser el mismo {n}aboría que se da renglones más abajo (nota 141). Como la forma naboría es la que se generalizó en los documentos de Indias, y la que ha sido admitida por la Real Academia, escogemos aquí dicha grafía.

139                     Ulloa: Guaticaua. Lo mencionará nuevamente en este capítulo como Guácaumü (véase nota 150). Suplidas en­tre corchetes las letras omitidas, Gua-tí-ca-ba{nu} y Gua- {t}í-ca-ba-nu son el mismo nombre.

140                     Las Casas da una versión bien distinta de la causa de la muerte de este sujeto. Véase el apéndice, cap. 167, pe­núltimo párrafo.

141                     Ulloa: Dio aboriadacha, Dio aboriadacha. Las Casas corrige así: "Dios naboría daca, Dios naboría daca, que quiere decir, en la lengua más común y más universal de esta isla, 'yo soy sirviente y criado de Dios ... Naboría quería decir 'sirviente o criado’ y daca quiere decir 'yo’ Daca, en efecto, corresponde a dA-, prefijo pronominal, de primera persona singular, en lokono y otros idiomas ara- huacos. En cuanto a naboría, Douglas Taylor dice lo si­guiente: "One would also like to find a meaning for Taino naboría, said to desígnate the lowest caste or class; and if Lokono budia, glossed by Goeje as ’small remnant’ may be translated 'remainder, rest’, it seems not unlikely that this Taino word shóuld contain a cognate of the Lokono stem together with Lokono and Guajiro nA- 'they, their, them’ ” ("Some remarks on the spelling and formation of Taino words”, International Journal of American Linguis- tics, vol. xxvi, 1960, 348).

142                     Ulloa: Antonio. Las Casas, escribiendo en español, consigna: "Otro llamado Antón, que era su hermano”. Damos, por consiguiente, la forma apocopada que autoriza Las Casas.

143                     Ulloa: ísola della Maddalena. Evidente confusión; no era isla sino provincia. Véase renglones más abajo y nota 146.

144                     Ulloa: Ariaga. Errata por Artiaga.

145                     Ulloa: Caouabo. Es, desde luego, Caonabó.

146                     Ulloa: Maddalena Maroris.

147                     Explica Las Casas: "Decíase Macorix en la lengua de los indios más universal de esta isla, cuasi como len­gua extraña y bárbara, porque la universal era más pulida y regular o clara, según que dijimos en la descripción' de esta isla, puesta arriba en los capítulos 90 y 91” (Hist. de las Ind., lib. I, cap. 110).

148                     Aquí el texto: Guarionex.

149                     Ulloa: Nuhukci. Esta voz, así escrita, no suena an­tillana: en la última sílaba probablemente leyó c donde acaso haya sido e. El nombre entonces sería Nuhuitei o Nuhuirey, con terminación en ey, frecuente en taino en muchos sustantivos comunes (batey, caney, carey, mamey, yarey), y en numerosos topónimos (Camagüey, Higüey). Véase además nota 38 sobre otro caso en que leyó c donde debió haber sido e.

100 Aquí Guaicamnü y lo mismo en renglones más abajo. Sobre la enmienda véase nota 139.

151                     Ulloa: Giouanni di Agiada. Las Casas (loe. cit.) explica: "La otra fortaleza se edificó en la provincia y rei­no de Guarionex, 15 leguas o algunas más en la misma Vega, más al oriente de la otra, donde se pobló después la ciudad que se dijo y dice de la Concepción... En ésta puso por alcaide a un hidalgo que se llamó Juan de Ayala”. A la ciudad se le llamó luego Concepción de la Vega Real; hoy es La Vega.

152                     Ulloa: Mauiatué y así dos veces más, una al princi­pio del próximo capítulo y otra renglones más abajo. Aho­ra bien, al mencionarlo en el penúltimo párrafo del relato lo llama Mahuuiatiuire. Suplidas en corchetes las letras omitidas, Ma-{ha}-bia-t{i)-ue-{re} y Ma-hu-bia-ti-ui-re son el mismo nombre. En la composición de este antropónimo Mabia ~ máhubia pudiera ser la voz arahuaca mabia miel’. El semantema -tíbere se ha conservado, en el habla popu­lar cubana, en guatíbere 'campesino tímido’ (Rodríguez Herrera, i, 70), y en la expresión "un chévere macontí- biri”.

163 Aquí el texto Guariones.

154                     El texto, excepcionalmente: frate Romano.

155                     No por vituperio, sino como parte de un rito agrí­cola en el cual solían enterrar en sus labranzas una repre­sentación lítica de Yúcahu Bagua Maórocoti para que fecundase las siembras.

1S® Colón estuvo ausente de la Española desde marzo de 1496 hasta agosto de 1498.

167                     Ulloa: principal scriuano, y de ahí que se haya tra­ducido por "escribano mayor” en la ed. de Madrid, 1932, II, 87, y por "chief clerk” en la citada versión de Bourne, p. 30. El tenor de todo el capítulo, de exaltado carácter misional, hace pensar que se trata de otra lectura errada: escribano por fc» que acaso haya sido la abreviatura de cristiano. En el contexto de este capítulo parece lógico su­poner que Pané subrayase que Juan Mateo era el "princi­pal cristiano” y carece de sentido que fuese "escribano mayor”.

168                     Ulloa: Antonio. Véase nota 142.

159                     Ulloa: agi y así dos veces más en este mismo párra­fo. En algunas versiones (la de México, 1947, por ejem­plo) se ha traducido por ajíes. Pero no es ajíes, sino ajes. Los ajíes son variedades de pimientos. Los ajes eran una variedad de los tubérculos llamados también batatas, bonia­tos o camotes. Véase Pedro Henríquez Ureña, "El enigma del aje”, en su Para la historia de los indigenismos, Bue­nos Aires, 1938, pp. 59-86.

160                     Ulloa: Gianautiaríü. Cf. notas 138 y 141. Obsérvese que en el capítulo xxv (notas 136 y 138) Pané llama al señor de la casa Guanáoboconel, y en ella había un total de dieciséis personas. Aquí lo llama Naboría, y el total ascien­de a diecisiete personas. Las incongruencias acaso se deban a descuidos de la traducción.

101 El día del evangelista San Mateo cae el 21 de sep­tiembre.

162                     Aquí el texto lee: Mahmíatíutre. Véase nota 152.

163                     Este colofón lee así: ”11 fine dell’opera del pouero eremita Román Pane”. De aquí, otra vez, los referidos errores del nombre y la acentuación del apellido como voz llana.


Apéndices


A.    CRISTÓBAL COLÓN

Las primeras noticias sobre las creencias de los tainos las debemos al propio descubridor de América. Influido acaso por las corrientes renacentistas que desde su nativa Italia se extendían por toda Europa, y deseoso de informar a los reyes de España sobre la naturaleza de sus nuevos súbditos, Colón mostró desde su llegada una viva curiosidad por, co­nocer los ritos y costumbres de los habita/raes de las islas que acababa de descubrir. Producto de esa curiosidad son los breves apuntes que consignó en su Diario del primer viaje (1492-1493), el resumen que de esos apuntes hizo en un párrafo de la carta que envió a Luis de Santángel anun­ciándole el descubrimiento del Nuevo Mundo (1493), y un pasaje en que relata lo que logró captar durante la tem­porada que residió en la Española en su segundo viaje (1493-1496).

Los informes de Colón son escasos y a veces producen una imagen algo borrosa, como si la falta de perspectiva la desenfocara un poco. Pero esos atisbos, pese a sus defi­ciencias, suministran algunos detalles no mencionados en las otras fuentes que han quedado sobre los mitos y cere­monias de los tainos. Su valor como testimonio directo es, pues, innegable. Y de ahí que convenga reunir lo apro­vechable de los tres documentos en un solo lugar.

En cuanto a la procedencia de los textos, el original del Diario del primer viaje se ha perdido; queda únicamente el extracto que hizo el padre Las Casas. Lo que aquí se cita de dicho documento se ha entresacado de la edición facsímil del manuscrito de Las Casas, preparada por Car­los Sanz (Madrid, 1962). El segundo trozo se toma ele la Carta de Colón anunciando el descubrimiento del Nuevo Mundo, 15 de febrero-14 de marzo. Reproducción del tex­to original español, impreso en Barcelona, Pedro Posa, 1493 (Madrid, 1956). Y el pasaje consignado por feman­do aparece en el capitulo LXII de la biografía que éste es­cribió de su padre. Esa obra, como ya se dijo, se conoce únicamente por la traducción al italiano hecha por Alfon­so de Ulloa y publicada en Venecia en 1571. Hemos he­cho una nueva traducción de dicho pasaje, ateniéndonos más a la exactitud del contenido que a la forma literaria.

DIARIO DEL PRIMER VIAJB

[Frente a la costa noreste de Cuba]

Lunes 29 de octubre Hallaron muchas estatuas en figuras de mujeres y muchas cabezas en manera de caratona, muy bien labradas. No sé si esto tienen por hermosura o adoran en ellas.

Jueves 1 de noviembre Esta gente, dice el Almirante, es de la misma calidad y costumbre de los otros hallados, sin ninguna secta que yo conozca, que hasta hoy aquestos que traigo no he visto hacer ninguna oración, antes dicen la Salve y el Ave Ma­ría, con las manos al cielo como le amuestran, y hacen la señal de la cruz.

Lunes 12 de noviembre Porque yo vi y conozco —dice el Almirante— que esta gente no tiene secta ninguna ni son idólatras, salvo muy mansos ... y crédulos y conocedores que hay Dios en el cielo, y firmes que nosotros habernos venido del cielo, y muy prestos a cualquier oración que nos les digamos que digan y hacen la señal de la cruz.

Jueves 29 de noviembre Hallaron también los marineros en una casa una cabeza de hombre dentro de un cestillo y colgado de un poste de

la casa, y de la misma manera hallaron otra en otra pobla­ción. Creyó el Almirante que debía ser de algunos prin­cipales del linaje, porque aquellas casas eran de manera que se acogen en ellas mucha gente en una sola, y deben ser parientes descendientes de uno solo.

[Frente a la costa noroeste de la Española]

Sobado 22 de diciembre El señor de aquella tierra, que tenía un lugar cerca de allí, le envió una grande canoa llena de gente, y en ella un principal criado suyo a rogar al Almirante que fuese con los navios a su tierra y que le daría cuanto tuviese. Envióle con aquél un cinto que, en lugar de bolsa, traía una carátula que tenía dos orejas grandes de oro de martillo y la lengua y la nariz.

Miércoles 26 de diciembre Trajeron al Almirante una gran carátula, que tenía grandes pedazos de oro en las orejas y en los ojos y en otras partes, la cual le dio con otras joyas de oro.

CARTA DE OOLÓN ANUNCIANDO EL DESCUBRIMIENTO DEL NUEVO MUNDO

[15 de febrero-14 de marzo de 1493]

Y allende de esto se harán cristianos, que se indinan al amor y servicio de Sus Altezas y de toda la nación caste­llana, y procuran de ayudar y nos dar de las cosas que tienen en abundancia, que nos son necesarias. Y no cono­cían ninguna secta ni idolatría, salvo que todos creen que las fuerzas y el bien es en el cielo. Y creían muy firme que yo, con estos navios y gente, venía del cielo, y en tal acatamiento me reciben en todo cabo, después de haber per­dido el miedo. Y esto no procede porque sean ignorantes, salvo de muy sutil ingenio, y hombres que navegan todas aquellas mares, que es maravilla la buena cuenta que ellos dan de todo, salvo porque nunca vieron gente vestida ni semejantes navios. Y luego que llegué a las Indias, en la primera isla que hallé, tomé por fuerza algunos de ellos para que deprendiesen y me diesen noticia de lo que ha­bía en aquellas partes. Y así fue que luego entendieron, y nos a ellos, cuando por lenguas o señas, y éstos han aprovechado mucho. Hoy en día los traigo que siempre están de propósito que vengo del cielo, por mucha con­versación que haya habido conmigo. Y éstos eran los pri­meros a pronunciarlo adonde yo llegaba, y los otros an­daban corriendo de casa en casa y a las villas cercanas con voces altas: "Venid a ver la gente del cielo”. Y así todos, hombres como mujeres, después de haber el corazón se­guro de nos, vinieron, que no quedaba grande ni pequeño, que todos traían algo de comer y de beber, que daban con un amor maravilloso.

PALABRAS DEL ALMIRANTE

[ca. 1496]

Idolatría u otra secta no he 'podido conocerles, aunque todos sus reyes, que son muchos, tanto en la Española como en todas las demás islas y en Tierra Firme, tienen una casa para cada uno de ellos, separada de la población, en la cual no hay otra cosa sino imágenes de madera, labradas en relieve, que ellos llaman cemíes, ni en esa casa se tra­baja para otro efecto o servicio sino para estos cemíes, con cierta ceremonia y oración, que van a hacer allí, como nosotros a la iglesia. En esta casa tienen una mesa bien labrada, de forma redonda, como un tajador, en la cual hay unos polvos, que ponen en la cabeza de dichos cemíes, haciendo cierta ceremonia; después con una caña de dos ramos, que se meten en la nariz, aspiran este polvo. Las palabras que dicen no las entiende ninguno de los nues­tros. Con el dicho polvo se ponen fuera de tino, volvién­dose como borrachos. Le ponen un nombre a la. dicha esta­tua, que creo que será el del padre, del abuelo o de los dos, porque tienen más de una, y otros más de diez, todas en memoria como he dicho ya de algunos de sus anteceso­res. Bien los he oído que alaban a una más que a otra y los he visto tener más devoción y hacer más reverencia a una que otra, como nosotros en las procesiones cuando es menester. Y se precian los caciques y su gente de tener mejores cemíes unos que los otros. Y cuando van a estos sus cemíes y entran en la casa donde están, se guardan de los cristianos, y no les dejan entrar en ella: al contrario, si tienen sospechas de su venida, se llevan el cemí o los cemíes, y los esconden en los bosques, por miedo de que se los quiten. Y, lo que es más de reír, tienen entre ellos la costumbre de robarse unos a otros los cemíes. Y suce­dió que en una ocasión, teniendo sospechas de nosotros, entraron los cristianos con ellos en dicha casa, y de pronto el cemí gritó fuerte y habló en la lengua de ellos. De lo que se descubrió que era fabricado artificiosamente, porque, siendo hueco, tenían acomodada a la parte inferior una trompa o cerbatana, la cual salía a un lado obscuro de la casa, cubierta de hojas y de ramas, donde estaba una per­sona que hablaba lo que el cacique quería que dijese, cuan­to se puede hablar por una cerbatana. De donde los nues­tros, sospechando lo que podía ser aquello, dieron con el pie al cemí y encontraron ser lo que he narrado. El caci­que, viendo que los nuestros habían descubierto la cosa, con gran instancia les rogó no dijesen nada a los indios sus vasallos ni a otros, porque con aquella astucia a todos los tenía en obediencia. De esto podemos decir que haya algún color de idolatría, al menos en aquellos que no saben el secreto y el engaño de sus caciques, pues creen que el que habla es el cemí, y todos en general son enga­ñados, y sólo el cacique es sabedor y encubridor de la falsa credulidad por medio de la cual extrae de su gente todos los tributos que le parece. Igualmente la mayor parte de los caciques tienen tres piedras a las cuales ellos y su gente tienen gran devoción. La una dicen que es buena para los cereales y las legumbres que han sembrado; la otra para parir las mujeres sin dolor, y la tercera para el agua y el sol cuando los han menester. Mandé a Vuestra Alteza tres de estas piedras con Antonio de Torres, y otras tres las lleva­ré conmigo. Asimismo, cuando estos indios mueren, les ha­cen sus exequias de diversos modos. Y el modo de sepul­tar a los caciques es éste: abren al cacique y lo secan al fuego, para que así se conserve entero. De otros toman solamente la cabeza. A otros los entierran en una cueva y les ponen encima de la cabeza pan y una calabaza de agua. Otros los queman en la casa donde mueren, y cuando los ven en el último extremo, no los dejan terminar la vida sino que los estrangulan, y esto se hace con los caci­ques. A otros los echan fuera de la casa, y a otros los me­ten en una hamaca, que es su lecho de red, y les ponen agua y pan al lado de la cabeza, y los dejan solos, no volviendo a verlos más. Algunos también, que están gravemente en­fermos, los llevan al cacique, y éste les dice si deben es­trangularlos o no, y hacen lo que él ordena. He trabajado mucho por saber lo que creen y si saben adonde van des­pués de muertos, especialmente de Caonabó, que era el principal rey de la Española, y hombre de edad, y de gran saber y de agudísimo ingenio. Y éste y los otros respon­dían que van a cierto valle, que cada cacique principal cree que se halla en su país, afirmando que allí encuentran a sus padres y a todos sus antecesores, y que comen, y tie­nen mujeres, y se dan a placeres y solaces, como más co­piosamente se contiene en el siguiente escrito, que yo en­cargué a cierto fray Ramón, que sabía la lengua de ellos, que recogiera sus ritos y antigüedades. Aunque son tantas las fábulas que no se puede sacar otro fruto sino que cada uno de ellos tiene cierto natural respeto al futuro y cree en la inmortalidad de nuestras almas.

B.     PEDRO MÁRTIR DE ANGLERÍA

Aunque jamás puso los pies en el Nuevo Mundo, pocas personas acumularon tan abundante acopio de noticias so­bre las Indias como Pedro Mártir de Anglería. De pluma fácil y curiosidad insaciable, no desperdició ocasión de sa­ber las últimas nuevas que llegaban de América y comuni­carlas en seguida, en cartas escritas en un latín ágil y ex­presivo, a algunos de sus complacidos corresponsales. Su epistolario sobre esta materia, creciendo en volumen y tras­cendencia, sirvió de base a una obra de inestimable valor para el estudio de esta época: su bien conocida De Orbe Novo Decades.

Gracias a su amistad con Colón, tuvo Anglería oportu­nidad de manejar el manuscrito de Pané. Y movido por la novedad de los informes de la Relación, resumió los que le parecieron de mayor interés en una carta dirigida d cardenal Ludovico de Aragón. De esa carta, que pasó luego a formar parte de la Década primera, capítulo nove­no, damos a continuación, en nueva versión española, lo que concierne al asunto que nos ocupa.

La traducción se basa en la edición de 1587, cuidadosa­mente editada por el erudito inglés Richard Hakluyt: De Orbe Novo Petri Martyris Anglerii ... Parisiis, apud Gvllelhnvm Avvray, MDLXXXVli. Para mayor seguridad, el texto fijado por Hakluyt ha sido cotejado, especialmente en cuanto a las voces tainas, con el de las Decas Occeanea, Alcalá de Henares, 1516, impreso bajo la dirección y cui­dado de Antonio de Nebrija. Se han tenido en cuenta, además, dos traducciones al español anteriores a la nues­tra: la de Joaquín Torres Asensio {en sus Fuentes históri­cas sobre Colón y América, Madrid, Imprenta de la S. E. de San Francisco de Sales, 1892; 2da. ed.: Décadas del Nue­vo Mundo, vertidas del latín a lengua castellana ... Buenos Aires, Editorial Bajel, 1944), y la de Agustín Millares Cario (México, José Porrúa e hijos, 1964-1965). Dado el propó­sito testimonial de nuestra versión, se ha evitado introdu­cir antillanismos que no fueran usados por Anglería (por ejemplo, "régulos” y no "caciques”), y se ha procurado reproducir los términos tainos tales como aparecen en el texto, pero ajustándolos a las normas ortográficas españo­las (por ejemplo, "Macocael” y no "Machochael”). Debi­do a la larga extensión del pasaje, también se ha dividido en párrafos.

De los escritos de cierto hermano Ramón, dedicado ermi­taño, que por mandato de Colón vivió mucho tiempo en­tre los régulos isleños para que los adoctrinara cristiana­mente, y que escribió en español un librito acerca de los ritos de los insulares, me he propuesto recoger estas pocas cosas omitiendo otras más leves. Hélas aquí:

Se sabe claramente que a los insulares se les aparecen fantasmas nocturnos para inducirles a vanos errores, y esto se sabe por los simulacros que en público veneran. Pues forman imágenes sedentes de algodón tejido y re­lleno por dentro, las cuales se asemejan a los espectros nocturnos que nuestros pintores pintan en las paredes. Habiendo visto tú mismo cuatro de esos simulacros, que se te enviaron por indicación mía, podrás mostrar perso­nalmente al serenísimo rey, tu tío, mejor que pueda yo describirlos, cómo son semejantes a los espectros pintados.

A estos simulacros los indígenas los llaman zemes, de los cuales los más pequeños, que representan a los diablos chicos, cuando van a pelear con los enemigos se los atan a la frente; por eso están atados con los cordeles que viste. Piensan que obtienen de éstos la lluvia cuando hace falta y sol si lo necesitan; pues creen que los zemes son mensa­jeros de Él que confiesan que es único, infinito, omnipo­tente e invisible. Cada régulo tiene su zeme, a quien venera. Sus antepasados pusieron al Dios Eterno del cielo estos dos nombres: Iocaúna, Guamaónocon. Dicen que el mismo dios tiene madre, llamada con estos cinco nombres, a saber: Attabeira, Mamona, Guacarapita, Iiella, Guimazoa.

Nota lo que puerilmente dicen acerca del origen del hombre en la tierra: hay en la isla una región llamada Caunaná, donde se dice que salió el género humano de dos cuevas en cierto monte: la mayor parte de los hombres salió de la boca más ancha de la caverna; la menor parte, de la más estrecha. La roca en que se abren las cuevas se llama Cauta; la cueva mayor, Cazibaxagua; la menor, Amaiauna.

Dicen ingenuamente que antes de que se les permitiera salir de allí a los hombres, las bocas de la caverna solían estar todas las noches custodiadas por un hombre llamado Mácocael. Este Mácocael, habiéndose alejado demasiado de la cueva, deseoso de observar, fue sorprendido por el sol, cuya presencia no se le había concedido soportar en lo más mínimo, y dicen que fue convertido en piedra. Hablan además de otros muchos, que habiéndose alejado de la cueva de noche, con ánimo de pescar, se habían ale­jado tanto que no pudieron regresar antes de la salida del sol, al cual no les era lícito mirar, y fueron transfor­mados en árboles mirobálanos, que aquella tierra espontá­neamente produce en abundancia.

Dicen además que Vaguoniona, hombre principal, ha­bía mandado a un tal que saliera de la cueva a pescar, a escondidas de sus familiares, el cual fue convertido en ruiseñor por el mismo motivo de haber salido el sol antes de que regresara. Afirman que todos los años, al tiempo que se volvió avecilla, de noche, con su canto, lamenta su suerte e implora la ayuda de su señor Vaguoniona. Por este motivo piensan que canta de noche el ruiseñor.

Vaguoniona, en verdad, echando de menos a su familiar, a quien amaba apasionadamente, abandonó a los hombres en la cueva y sacó únicamente a las mujeres con las cria­turas que amamantaban, y dicen que en su viaje dejó a las mujeres en una de las islas, que llaman Matininó, y que en cambio a los niños se los llevó consigo, y que estos pobrecitos, acosados del hambre en la orilla de cierto río, gritando toa, toa, esto es, 'mama, mama’, dicen que fueron convertidos en ranas, y que desde entonces se les quedó a las ranas aquella voz en tiempo de primavera. Así obscu­ramente refieren que en aquellas cavernas, de las cuales se esparcieron los hombres por la Española, quedaron única­mente varones sin hembras.

Cuentan además que el mismo Vaguoniona, que iba errante por diversos lugares, y sin embargo nunca fue trans­formado, por gracia especial, como los otros, descendió hacia una mujer hermosa que vio en el fondo del mar, y que de ella obtuvo unas piedrecitas de mármol a las que llaman cibas, y ciertas laminitas doradas de latón, que lla­man guanines. Estos collares los tienen por sagrados los reyes hasta el día de hoy.

De aquellos hombres que según hemos dicho habían quedado sin mujeres en las cuevas, cuentan que al salir de noche para lavarse en los charcos de agua llovediza, vie­ron desde lejos ciertos animales semejantes a mujeres que trepaban por los mirobálanos, como escuadrones de hor­migas: acudieron corriendo hacia aquellos animales de apariencia femenina, los cogieron y como anguilas se les deslizaron de las manos.

Entonces tomaron una resolución. Por consejo de los an­cianos buscaron a los sarnosos y leprosos que hubiese entre ellos y que tuviesen las manos ásperas y callosas con las cuales pudieran más fácilmente retenerlas presas. A estos hombres los llaman caracaracoles. Salieron a cazarlas, y de muchas que cogieron retuvieron sólo a cuatro: procuraron usar de ellas como mujeres, pero descubrieron que carecían de sexo femenino.

Habiendo reunido otra vez a los ancianos, les consultaron sobre lo que habían de hacer. Y resolvieron que se man­dara a buscar al pájaro carpintero, que con su agudo pico

Ies hiciera un agujero entre las ingles, mientras los mis­mos hombres caracaracoles calludos sostenían a las muje­res con las piernas abiertas. Tan pronto como trajeron al pájaro carpintero, éste abrió el sexo a las mujeres; de esta bellísima manera tuvo la isla las mujeres que deseaba: así se procreó descendencia. Ea, deja ya de admirar lo que la veraz Grecia narró en tantos volúmenes acerca de los mirmidones, como el haber sido procreados de hormigas. Estas y otras muchas cosas semejantes los más sabios leen, en voz alta, como cosa sagrada desde sus tribunas y estra­dos y convencen a la turba sencilla y maravillada.

Lo del origen del mar es más serio. En cuanto a esto, dicen que hubo antiguamente en la isla un varón podero­so llamado Iaia, que al morírsele su hijo único, lo metió, en vez de en un sepulcro, dentro de una calabaza. Pocos meses después, impaciente Iaia por la muerte del hijo, fue de nuevo a ver la calabaza; y habiéndola abierto, salieron enormes ballenas y grandes cetáceos, por lo cual informó a ciertos vecinos que en aquella calabaza estaba encerrado el mar. Llevados por aquel rumor, cuatro hermanos jóve­nes, nacidos de un mismo parto, pero parto en el que mu­rió la madre, fueron a la calabaza con esperanza de obtener peces, y la tomaron en la mano. Llegando entonces Iaia, que con frecuencia volvía a ver los huesos del hijo allí encerrados, se asustaron los jóvenes. Sorprendidos en sacri­legio y en sospecha de hurto, puesto que respetaban a Iaia, por huir más rápidamente dejaron caer la calabaza, y ésta, por el demasiado peso, se quebró. Por sus grietas se derramó el mar, llenáronse los valles; aquella vasta planicie que ocupaba todo aquel mundo seco de la isla quedó su­mergida, y sólo se libraron por su altura de aquella inunda­ción las montañas que forman las islas que ahora pode­mos ver.

He ahí, príncipe ilustrísimo, el origen del mar, digno de la mayor celebridad: y no creas que ellos estiman en poco al que haya aprendido a recitar estas cosas. Dicen asimismo que estos hermanos, de miedo de Iaia, anduvie­ron errantes por diversos lugares tanto tiempo que ya casi se morían de hambre, porque no se atrevían a parar en ninguna parte. Y porque ya el hambre les apretaba cruel­mente, comenzaron a tocar en la casa de un panadero pi­diendo cazabe, es decir pan; pero cuentan que el panadero escupió tan violentamente al primero que entró, que del golpe del esputo le salió un tumor, hinchadísimo, que casi murió; pero por consejo de sus hermanos, tomando una piedra aguda, lo abrieron, y de la úlcera cuentan que nació una mujer, de la cual todos los hermanos usaron mutua­mente, y de ella engendraron hijos e hijas.

Escucha otra cosa más agradable, príncipe ilustrísimo. Existe una caverna llamada Iouanaboina en el territorio de cierto reyezuelo llamado Maquinnec, a la cual reve­rencian y veneran más religiosamente que antiguamente los griegos a Corinto o a Cirra y a Nisa, y la tienen ador­nada con mil formas de pinturas, y a la entrada de esta ca­verna tienen dos zemes esculpidos, a uno de los cuales llaman Bintaitel y al otro Marohu. Preguntándoles por qué tenían en tan piadosa veneración a la caverna, grave y sensatamente respondieron que porque de allí salieron el sol y la luna que habían de dar luz al mundo. Visitan las cavernas en peregrinaciones como nosotros a Roma y al Vaticano, cabeza de nuestra religión, o a Compostela y Jerusalén, sepulcro del Señor.

También están sumidos en otro género de supersticio­nes. Piensan que los muertos vagan de noche y comen la fruta guannaba, desconocida de nosotros y semejante al membrillo, y que se meten en las camas entre los vivos, y engañan a las mujeres; pues tomando forma de hombre parece que quieren cohabitar, mas cuando llegan al acto desaparecen. Y si alguien, advirtiendo algo extraño en el lecho, sospecha que tal vez yace consigo un muerto, refie­ren que sale de dudas tocándole el vientre; pues dicen que los muertos pueden adquirir todos los miembros humanos menos el ombligo; si por el ombligo, pues, reconoce que es un muerto, tocándolo se desvanece al punto. Creen que de noche los muertos con mucha frecuencia salen al en­cuentro de los vivos, principalmente en los caminos y vías públicas, y que si el caminante se planta intrépidamente frente a ellos, el fantasma se disuelve; pero si en efecto tiene miedo, lo aterroriza tanto, yéndose a él, que frecuen­temente por ese miedo muchos se enferman y quedan atontados.

Habiendo preguntado los nuestros a los insulares de dónde han sacado esos ritos tan vanos como dañosos, res­ponden que los han heredado de sus antepasados; dicen que esas cosas han sido trasmitidas de esa manera en cantos desde tiempos inmemoriales, y que no es lícito enseñárselos a nadie más que a los hijos de los señores. Los aprenden de memoria, pues letras no han tenido jamás, y cantán­doselos al pueblo en los días festivos, los recitan como solemnidades sagradas. Tienen un solo instrumento de ma­dera, cóncavo, resonante, que se percute a modo de un tambor.

En estas supersticiones los imbuyen sus augures a quie­nes llaman boítios, los cuales son también médicos, que cometen mil engaños con la pobre gente ignorante. Estos agoreros hacen creer a la gente, pues gozan de gran autori­dad entre ella, que los zemes mismos les hablan y les predi­cen las cosas futuras. Y si algún enfermo llega a sanar, lo persuaden de que lo ha conseguido por merced del zeme.

Los boítios se obligan a ayunar y purgarse cuando se en­cargan del cuidado de algún principal, y comen una hier­ba que embriaga, la cual, cuando la sorben en polvo, po­niéndose furiosos como ménades, se les oye decir que han oído de los zemes muchas cosas. Cuando visitan a un en­fermo, en la boca llevan un hueso, una piedrecita o un pe- dacito de carne, y echan de la habitación a todos, excepto uno o dos, que el mismo enfermo ha escogido.

El boítio da tres o cuatro vueltas alrededor del per­sonaje, torciendo la cara, los labios y la nariz; con feos ges­tos le sopla en la frente, las sienes y el cuello, aspirando el aliento del enfermo; después de haber hecho esto dice que ha extraído la enfermedad de las venas del paciente. Frotando luego al enfermo por los hombros, muslos y pier­nas, retira de los pies las manos entrelazadas, y con ellas así juntas sale corriendo hacia la puerta, que está abierta, y abriendo las manos, las sacude como si echara fuera el mal y le persuade de que le ha quitado la enfermedad y que pronto quedará el enfermo restablecido. Luego, acer­cándosele por la espalda, se saca de la boca como un presti­digitador el pedacito de carne, y le grita al enfermo dicien­do: "Mira lo que habías comido en exceso: ahora sanarás porque te lo he quitado”. Pero si quiere engañar al enfer­mo más gravemente aún, le persuade de que su zeme está enojado o porque no le construyó una casa, o no le rindió el debido culto religioso, o no le consagró un predio. Si sucede que muere el enfermo, sus parientes se reúnen y con hechizos hacen que el muerto declare si murió por obra del hado o por descuido del boítio, porque no ayunó enteramente, o porque no dio al enfermo la medicina que correspondía. Si murió por culpa del médico boítio, to­man venganza de éste.

Si las mujeres consiguen alguna de las piedrecitas o huesos que se cree llevó en la boca algún boítio, los guar­dan religiosísimamente envueltos en pañitos, pues creen que pueden servir mucho en los partos, y las mujeres tie­nen esas piedrecitas en vez de zemes.

Son distintos los zemes que diferentes insulares veneran. Algunos, advertidos por sombras nocturnas entre los árboles, los hacen de madera. Otros, si obtuvieron respuestas en­tre las rocas, los hacen de mármol. En las raíces de los ajes se veneran los que son hallados entre los ajes, es decir, la clase de alimento de que antes hablamos. Dicen que estos zemes se ocupan de que se forme aquel pan. Como los an­tiguos pensaban que las dríadas, hamadríadas, sátiros, fau­nos y nereidas guardaban las fuentes, las selvas y el mar, y asignaron a cada cosa un dios para que cada género estu­viera protegido por su deidad, así estos insulares piensan que sus zemes, invocados, escuchan sus deseos. Y así, cuan­do los régulos consultan a los zemes sobre eventos de gue­rra, sobre las cosechas, sobre la salud, entran en la casa dedicada al zeme, y allí, absorbiendo por las narices la cohoba, que así llaman a la hierba que embriaga, con la cual también los boítios súbitamente empiezan a delirar, y al punto dicen que comienzan a ver que la casa se mue­ve, poniéndose lo de arriba abajo, y que los hombres andan al revés; tanta es la eficacia de aquel polvo triturado de la cohoba, que al que lo toma luego le quita el sentido.

Apenas se le pasa la locura se pone cabizbajo, cogiéndose las piernas con los brazos, y permaneciendo atónito un rato en ese estado, levanta la cabeza como soñoliento, y alzando los ojos al cielo primero balbuce ciertas cosas con­fusas, y entonces los nobles de su corte que le rodean (pues a estos actos sagrados no es admitido ningún plebe­yo) le dan gracias en voz alta por haber vuelto a ellos después del coloquio con los zemes, y le preguntan qué es lo que ha visto. Y él, abriendo la boca, delira que el zeme le ha aconsejado durante aquel tiempo, y como poseí­do de frenesí, les explica que el zeme le ha predicho o la victoria o la ruina si vinieran a las manos con los enemi­gos; hambre o abundancia, peste o salud, y cuanto se le viene a la boca. Ea, príncipe ilustrísimo, después de esto, ¿cómo te has de admirar del espíritu de Apolo que agita sus sibilas con inmensa furia? ¡Y pensabas que aquella antigüedad supersticiosa había terminado!

Puesto que hemos referido tantas cosas geoerales de los zemes, me parece que no debo pasar en silencio lo que se cuenta en particular de algunos de ellos. Dicen que cierto cacique Guamareto tuvo un zeme llamado Corocoto. Re­fieren de él que de lo más alto de la casa donde Guama- reto lo guardaba atado, rompiendo las ataduras se bajó muchas veces, ya con deseo de cohabitar, ya de comer, ya de esconderse, y que a veces estuvo escondido algunos días, enojado de que el cacique Guamareto había faltado en su culto y ceremonias.

Cuentan que en la corte de Guamareto han nacido al­gunas veces niños que tienen dos coronas, y opinan que son hijos del zeme Corocoto. Cuentan asimismo que Gua­mareto fue vencido en batalla por sus enemigos, y que su corte y casa real fueron completamente devastadas a san­gre y fuego; pero que Corocoto, cuando incendiaron la casa, librándose de sus ataduras saltó la distancia de un estadio, donde después lo hallaron.

Hay otro zeme, llamado Epileguanita, de madera y cua­drúpedo, que se escapó muchas veces, según dicen, a los bosques, del lugar en que era venerado. Cuantas veces no­taban que éste se había escapado, solícitamente lo busca­ban en procesión, con piadosas plegarias, y al hallarlo, lo traían en hombros religiosamente al sagrario que le tenían dedicado. Mas se quejaban de que al ir los cristia­nos a la isla, huyó y en ninguna parte han vuelto a encon­trarlo; y tomándolo por mal agüero lloran la ruina de su patria. Estas cosas se han sabido de boca de los ancianos.

Veneraban otro zeme de mármol, de sexo femenino, al cual asistían como ministros dos masculinos. Uno de éstos, por mandato de la hembra, desempeñaba el oficio de pre­gonero para con los demás zemes que, por mandato de ella, prestan su ayuda para conjurar los vientos, las llu­vias y las nubes; el otro dicen que por orden de la misma congregaba en los valles las aguas que corrían de las al­tas montañas, para que desde allí, derramándose con el ímpetu de un torrente, devastasen los campos si los indí­genas no habían dado a su imagen los debidos honores prometidos.

Oye, por último, príncipe ilustrísimo, otra cosa digna de recuerdo con que termine ya la obra. Los nuestros ha­llaron entre los insulares la noticia tristísima de que hubo en otro tiempo dos régulos, uno de los cuales fue progeni­tor de Guarionex, a quien ya hemos mencionado muchas veces, los cuales se abstuvieron de comer y beber por espa­cio de cinco días seguidos para que los zemes les revela­ran algo de las cosas futuras. Habiéndose hecho agradables a los zemes con aquel ayuno, contaron que éstos les ha­bían respondido que no pasarían muchos años antes de que llegaran a aquella isla gente cubierta de vestidos que acabaría con todos los ritos y ceremonias de la isla, y a todos sus hijos los mataría o los privaría de libertad. Los jóvenes, conjeturando que fuesen los caníbales, cuando los veían acercarse, tenían resuelto salvarse por la fuga, y nunca más entraron en combate con ellos; pero cuando de veras vieron a los españoles que habían invadido su isla, consultando entre sí acerca de este asunto, resolvieron que ésta era aquella gente profetizada. Y no se equivoca­ron; ya están todos sometidos a los cristianos, y muertos todos los que se opusieron: ni queda ya memoria de los zemes, que han sido transportados a España para que co­nociéramos el ludibrio de ellos y los engaños de los demo­nios: de aquéllos has visto tú muchos, príncipe ilustrísi- mo, por diligencia mía.

Paso por alto muchas cosas, porque me has advertido que mañana sin falta regresarás a la patria para volver con la reina, tu tía mayor, a quien acompañaste acá por orden de tu tío el rey Federico. Tú dispuesto a viajar, y yo can­sado; conque pásalo bien y acuérdate de tu Mártir, a quien, en nombre de tu tío Federico, has obligado a entresacar estas pocas noticias de entre muchas de su acervo.


C.    FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS

El mejor enterado de todos los cronistas en cuanto a los primitivos moradores de las Antillas fue, sin duda algu­na, fray Bartolomé de Las Casas. Su larga residencia en las islas y su fervoroso empeño en conseguir que se tratara humanitariamente a los naturales, le llevaron a familiari­zarse con los hábitos y costumbres de sus protegidos. In­fatigable escritor a la vez, ha dejado una obra copiosísima. De sus principales libros, la Breve historia de la destruc­ción de las Indias es sólo el recuento de los argumentos que esgrimió como curado acusador de los desmanes que veía; la extensa Historia de las Indias, terminada en el so­siego de su fecunda ancianidad, constituye la versión más amplia y autorizada de los sucesos ocurridos en América en vida del autor, y la Apologética historia de las Indias, acaso la más compleja y documentada de las tres, es en realidad la "Suma Teológica?’ en defensa de la dignidad del indio. De ahí que, en la búsqueda de fuentes docu­mentales para ésta, manejara el manuscrito de Pané y compendiara partes de él en los capítulos 120, 166 y 167. Se trata, empero, de algo más que un simple resumen: a veces rectifica el testimonio de Pané y a veces lo amplia con informes sacados de su propia experiencia.

El texto que damos a continuación se basa directamente en el manuscrito ológrafo que se conserva en la Real Academia de la Historia {Colección Muñoz A-73). Confor­me a las normas seguidas en la transcripción de los otros documentos que aquí aparecen, hemos modernizado la gra­fía, acentuación y uso de mayúsculas y hemos dividido en párrafos. Además hemos confrontado nuestra lectura con la de Manuel Serrano y Sanz (Apologética historia de las Indias, Madrid, 1909) y la de Juan Pérez de Tudela y Bue- so (edición de Madrid, 1958).

CAPÍTULO CXX

De los ídolos que veneraban los indios de la isla Española

Referidos ya bien prolijamente los dioses de los gentiles antiguos y de tantos siglos pasados, en lo cual su grosí­sima ceguedad y engaño se ha bien mostrado, tiempo es de aquí adelánte dar noticia de los dioses que aquestas nuestras indianas gentes, o que de aquellos antiguos idó­latras recibieron y heredaron, según es verisímil, al menos en mucha parte, o ellos añadieron e inventaron, para des­pués en esto, como se hará en lo demás, cotejarlos. De los primeros, pues primero que otros se descubrieron, con­viene hablar de los habitadores de esta isla Española y de las demás, por la orden que al principio comenzamos.

Para principio de lo cual es de saber que las gentes de esta Española, y la de Cuba, y la que llamamos de San Juan, y la de Jamaica, y todas las islas de los lucayos, y comúnmente en todas las demás que están en casi renglera desde cerca de la Tierra Firme, que se dice la Florida, hasta la punta de Paria, que es en la Tierra Firme, comen­zando del Poniente al Oriente, bien por más de quinien­tas leguas de mar, y también por la costa de la mar, las gentes de la Tierra Firme por aquella ribera de Paria, y todo lo de allí abajo hasta Veragua, casi toda era una ma­nera de religión, y poca o casi ninguna, aunque alguna especie tenían de idolatría. No tenían templos en muchas partes, y los que tenían eran de poca estimación, porque no eran sino una casa de paja como las otras comunes, algo apartada; no tenían ídolos, sino raros, y éstos no para los adorar por dioses, sino por imaginación que les ponían ciertos sacerdotes, y a aquellos el diablo, que les podían hacer algún bien, como darles hijos, y enviarles agua, y otras cosas útiles semejantes. No hacían ceremonias exte­riores, ni sensibles, sino muy pocas, y éstas se ejercitaban por aquellos sacerdotes que ponía por sus ministros el de­monio, con ciertos colores que fingían, engañados. Princi­palmente su religión parece que residía en la mente o esti­mación de un dios, y allí obraban su culto, puesto que con los embarazos y persuasiones que el demonio y sus minis­tros les ponían y hacían, careciendo de doctrina y de gra­cia, se les mezclasen algunos errores.

La gente de esta isla Española tenían cierta fe y cono­cimiento de un verdadero y solo Dios, el cual era inmor­tal e invisible que ninguno lo puede ver, el cual no tuvo principio, cuya morada y habitación es el cielo, y nom­bráronlo Yócahu Vagua Maórocoti; no sé lo que por este nombre quisieron significar, porque cuando lo pudiera bien saber, no lo advertí. A este verdadero y católico co­nocimiento de Dios verdadero se les mezclaron estos erro­res, conviene a saber: que Dios tenía madre, cuyo nombre era Atabex, y un hermano suyo Guaca, y otros de esta manera. Debían de ser como gente sin guía en el camino de la verdad, antes había quien de ella los desviase, ofus­cándoles la lumbre de la razón natural que pudiera guiarlos.

Tenían ciertas estatuas de madera, según escribió en una carta el almirante don Cristóbal Colón a los Reyes, donde metían los huesos de sus padres (y debían ser los de los reyes y señores), y éstas llamaban del nombre de la per­sona cuyos huesos allí encerraban. Cuentan que, como fue­sen huecas, metíase un hombre dentro de ellas y allí habla­ba lo que el rey o señor le decían que hablase a los popu­lares. Y acaeció que entrando dos españoles en la casa donde una estatua de aquellas estaba, dio un grito, según parecía, la estatua, y habló ciertas palabras; pero como los españoles no se asombran fácilmente de gritos de palos, ni son tan simples que no cayesen presto en el engaño, llegóse uno y dio del pie a la estatua, y da con ella de lado, y así descubrió el secreto de lo que dentro estaba. El secreto era que a un rincón de la casa debía estar algún hoyo o cierto espacio en el rincón, cubierto de rama, don­de estaba encubierta la persona que hablaba, y ésta tenía una trompa o cerbatana que metía por el hueco de la esta­tua, y allí hablando parecía que hablaba la estatua. Dice más el Almirante: que había trabajado de saber si tenían las gentes de esta isla secta alguna que oliese a clara ido­latría, y que no lo había podido comprender, y que por esta causa había mandado a un catalán que había tomado hábito de ermitaño, y le llamaban fray Ramón, hombre simple y de buena intención, que sabía algo de la lengua de los indios, que inquiriese todo lo que más pudiese saber de los ritos y religión y antigüedades de las gentes de esta isla y las pusiese por escrito.

Este fray Ramón escudriñó lo que pudo, según lo que alcanzó de las lenguas, que fueron tres las que había en esta isla; pero no supo sino la una de una chica provincia que arriba dijimos llamarse Macorix de abajo, y aquélla no perfectamente, y de la universal supo no mucho, como los demás, aunque más que otros, porque ninguno, clérigo, ni fraile, ni seglar, supo ninguna perfectamente de ellas si no fue un marinero de Palos o de Moguer, que se llamó Cristóbal Rodríguez, la lengua, y éste no creo que penetró del todo la que supo, que fue la común, puesto que ningu­no la supo sino él. Y esto de no saber alguno las lenguas de esta isla, no fue porque ellas fuesen muy difíciles de aprender, sino porque ninguna persona eclesiástica ni se­glar tuvo en aquel tiempo cuidado, chico ni grande, de dar doctrina ni conocimiento de Dios a estas gentes, sino sólo de servirse todos de ellas, para lo cual no se apren­dían más vocablos de las lenguas de "daca pan”, "ve a las minas”, "saca oro”, y los que para el servicio y cumpli­miento de la voluntad de los españoles eran necesarios. Sólo este fray Ramón, que vino a esta isla al principio con el Almirante, parece que tuvo algún celo y deseo bueno, y lo puso por obra, de dar conocimiento de Dios a estos indios, puesto que como hombre simple no lo supo hacer, sino todo era decir a los indios el Ave María y Paternóster con algunas palabras de que había en el cielo Dios y era criador de las cosas, según que él podía, con harto defecto y confusamente, darles a entender. También hubo en esta isla dos frailes de San Francisco, legos, aunque buenos, que yo también como a fray Ramón conocí, que tenían buen celo, pero faltóles también saber las lenguas bien; éstos eran extranjeros, o picardos o borgofieses; el uno se 11a­maba fray Juan el Bermejo o Borgoñón, y el otro fray Juan de Tisim.

A este fray Ramón mandó el Almirante que saliese de aquella provincia de Macorix de abajo, cuya lengua él sabía por ser lengua que se extendía por poca tierra, y que se fuese a la Vega y tierra donde señoreaba el rey Guario­nex, donde podía hacer más fruto por ser la gente mucha más, y la lengua universal por toda la isla, y así lo hizo, donde estuvo dos años no más e hizo lo que allí pudo, según su poca facultad; con él fue uno de los dos religio­sos dichos de San Francisco.

Tornando al propósito de la religión de la gente de esta isla, lo que pudo este fray Ramón colegir fue que te­nían algunos ídolos o estatuas de las dichas, y éstas gene­ralmente llamaban cerní, la última sílaba luenga y aguda. Éstas creían que les daban el agua, y el viento, y el sol, cuando lo habían menester, y lo mismo los hijos y las otras- cosas que deseaban tener. De éstos eran algunos de madera y otros de piedra. Los de madera cuenta fray Ramón que fabricaban de esta manera: cuando algún indio iba camino y veía algún árbol que con el viento más que otro se movía, de lo cual el indio tenía mie­do, llegábase a él y preguntábale: "¿Tú quién eres?”, y respondía el árbol: "Llámame aquí a un bohique y él te dirá quién yo soy”. Éste era sacerdote, o profeta, o hechi­cero, del que luego se dirá. Venido aquél, llegábase al árbol, y asentado junto a él, y hecha cierta ceremonia, le­vantábase y referíale las dignidades y títulos de los mayo­res señores que había en la isla, preguntándole: "¿Qué haces aquí? ¿Qué me quieres? ¿Para qué me mandaste llamar? Dime si quieres que te corte, si quieres ir con­migo y de qué manera quieres que te lleve, porque yo te haré una casa y una labranza”. El árbol entonces le respon­día lo que quería, y que lo cortase, y daba la manera cómo le había de hacer la casa y la labranza y las ceremonias que por el año le había de hacer. Cortaba el árbol y hacía de él una estatua o ídolo, de mala figura, porque comúnmente hacían las caras de gesto de monas viejas regañadas; ha­cíale la casa y labranza, y Cada año le hacía ciertas ceremo­nias, al cual tenía recurso como a oráculo, preguntando y sabiendo de él las cosas futuras de mal o de bien, las cuales él después a la gente común predicaba.

Todo lo dicho, de hablar el árbol, y pedirles las cdsas que les pedían, y mandarles que lo cortasen e hiciesen de él la dicha estatua o imagen, es posible con permisión de Dios, al diablo, y puede haber sido todo verdad, que haya tenido tales cautelas y mañas para inducir aquestas gentes simples a su culto e idolatría, como parece por muchas cosas que arriba quedan bien declaradas. Y lo primero que el demo­nio para conseguir su fin trata, es constituir ministros, en­gañando personas que más para ello dispuestas e inclina­das, resabidas y maliciosas halla. Éstos fueron siempre, y son, entre los gentiles y naciones que ignoraron y viven sin conocimiento del verdadero Dios, los sacerdotes, a quien primero se muestra y hace algunos particulares re­galos, y descubre o avisa de algunas necesarias verdades, para que les den crédito, porque con éstos engañan todos los demás. Así hacía en esta isla y en estas otras con esta simplísima gente, donde no había del todo ni muy abierta y desaforada idolatría, y quizá pocos años había que a engañarlos había comenzado; porque no súbitamente co­rrompió con ceguedad de las cosas divinas todo el linaje humano, sino poco a poco, escureciendo la lumbre natural que muestra e inclina a buscar el verdadero Dios; y Dios, justo y bueno, no luego desmampara los hombres de su gracia; primero espera que lo desmerezcan por sus peca­dos, según arriba fue a la larga declarado. Así que, pri­mero el demonio gana sus ministros y los debe constituir en oficio y ministerio de sus sacerdotes, y suficiente indus­tria suya pudo ser, para engañar al principio a algunos que él conocía que podían en sus maldades ayudarlo, me­terse dentro de un árbol y hablarle las susodichas y otras a su propósito palabras, y tener otras mil cautelas y mañas.

Éstos, pues, sacerdotes, que en la lengua de estas islas se llamaban behiques, que eran sus teólogos, profetas y adi­vinos, hacían a estas gentes algunos engaños, mayormente cuando se hacían médicos, según que el demonio y le era permitido a él, lo que habían de decir o hacer les dictaba. Dábanles a entender que hablaban con aquellas estatuas y ellas les descubrían los secretos, y saben de ellos cuanto quieren saber. Y así debía ello de ser, porque el demonio debía hablar en aquellas estatuas. No eran, empero, mu­chos ni muy graves, como se verá, sacando afuera todo aquello que el demonio rodeaba para inducir a la gente, poco que mucho, a las supersticiones, ramos y circunstan­cias de la idolatría, que es tras lo que siempre anda, lo cual, por poco que sea, es mal y engaño grande.

Otros ídolos o imágenes tenían de piedra, las cuales hacían entender al pueblo aquellos sacerdotes y médicos que las sacaban de los cuerpos de los enfermos, y estas piedras eran de tres maneras; la forma de ellas nunca la vi, pero cada una estimaban tener su virtud: la de la una era que favorecía sus sementeras; la de la segunda, para que las mujeres tuviesen buena dicha en parir; la virtud de la tercera, para que tuviesen agua y buenos temporales cuando les habían menester; por manera que debían ser como los dioses que los antiguos tenían, cuyo cargo era cada uno en su cosa presidir, aunque aquestas gentes más ruda y simplemente sentían de esto que los antiguos. Cer­ca de estos cemíes o dioses, los reyes y señores, y así debía en esto la otra gente seguirles, se jactaban y tenían por más gloriosos, diciendo que tenían mejores cemíes que los otros pueblos y señores, y unos a otros se los trabajaban de hurtar; y puesto que tenían gran recaudo en guardar estas estatuas o ídolos, o lo que eran de otros indios, de otros rei­nos y señoríos, pero mucho más sin comparación los guar­daban y celaban de los españoles, y cuando sospechaban su venida, los llevaban y escondían por los montes. Las cere­monias o sacrificios que los bohiques o sacerdotes hacían a estas estatuas, primero que les preguntasen lo que preten­dían saber, se notificarán abajo.*

* El manuscrito tiene a continuación la siguiente testadura:

"Iban por esta manera... [En el ms. está cortado el folio 397. Al margen dice: Aquí ha de en entrar y seguirse el siguiente capitulo, que comienza: "Referido lo que, etc.”.] todo hueco como flautá, de los

CAPÍTULO CLXVI

De la religión que profesaban los indios de la isla Española

Bendito sea Dios que me ha librado de tan profundo pié­lago de sacrificios como aquellos gentiles, que ignoraron

dos tercios de la cual en adelante se abría por dos cañutos de la ma­nera que abrimos los dos dedos primeros después del dedo pulgar. Aquellos dos cañutos puestos en ambas a dos ventanas de las narices, y el principio de la flauta, digamos, en los polvos que tenía el plato, sorbían con el huelgo hacia dentro, y sorbiendo recibían por las na­rices la cantidad de los polvos que recibir determinaban. Los cuales recibidos salían luego de seso, y como si bebieran muy fuerte y mucho vino quedaban borrachos. Esos polvos y estos actos se llamaban coho­ba, la media sílaba luenga en su lenguaje. Allí hablaban como en al­garabía, confusamente, no se qué cosas, y ya eran dignos del colo­quio de las estatuas, o por' mejor decir, del enemigo de la naturaleza humana que en ellas moraba, y por esta manera se les descubrían los secretos y ellos profetaban. De allí oían y sabían si les estaba por ve­nir algún bien, adversidad o daño. Esto era cuando el sacerdote sólo se disponía para hablar y que le hablase la estatua. Pero cuando todos los principales del pueblo a hacer cohoba, por persuasión de los behi- ques o por mandado de los señores se juntaban, entonces verlos era el gasajo. Tenían de costumbre, para hacer sus cabildos y para determi­nar cosas arduas, como si debían de dar guerra o hacer cosas de im­portancia, hacer su cohoba y de aquella manera emborracharse; esta manera de consultar, bien llenos de vino y embriagos, no fue la pri­mera en éstos; porque según era. .. [cortado el manuscrito] yo soy siervo de Dios. Y éste se llamó Juan y de esta manera y con estas palabras murió otro llamado Antón, que era su hermano. Y así dice de éstos fray Ramón haber sido mártires, de lo cual ninguna duda puede quedar a algún cristiano si por la fe o por no dejar la fe, o por otra virtud alguna los mataron. Pero no los mataban por aque­llo, porque nunca indios algunos tal hicieron, sino porque vivían con los españoles, o los loaban, o defendían a quien todos tanto desama­ban, o porque quizá les hacían aquellos indios por mandado de los es­pañoles algún daño, como habernos visto de esto harto. Y en estos casos harta merced les hizo Dios si por confesar ser sus siervos se sal­varon. La misma manera de religión de la de esta isla Española estimé y entendí siempre que tenían las gentes de las islas comarcanas, sin tener ídolos muy estimados, ni ofrecerles sacrificios, más de aquellos ayunos, y de las mieses que cogían, cierta parte, como abajo parecerá cuando de los sacrificios mención hiciéramos, y no ceremonias otras sino aquellas cohobas con que se embriagaban. Y los más limpios en este caso de todos, fueron, según entendí siempre, la simplicísima gen­te de los lucayos, los cuales muchas veces a los seres, nación feliz, arri­ba he comparado. De éstos ninguna señal de idolatría, ni creencia mala, ni figura o imagen exterior, sentimos que tuviese'’; antes cree­mos que con sólo el conocimiento universal y confuso de una primera causa, que es Dios, y que moraba en los cielos, pasaban." tantos tiempos el verdadero sacrificio, navegaron sin tien­to, de los cuales, aunque mucho he dicho, mucho más decir pudiera; de aquí adelante, según la orden que traemos, será bien referir los sacrificios de estas nuevas naciones nuestras, que vulgarmente llamamos Indias.

Y comenzando, como en lo demás, de esta isla Espa­ñola, grande isla, digo así: como según las noticias que los hombres y naciones alcanzaron y hoy alcanzan de Dios, así le sirven, honran y veneran, constituyéndole templos, sacerdotes, ceremonias y sacrificios, que todo esto se funda, procede y se deriva de lo primero, que es el conocimiento, como por todas, y casi sin número, las razones y ejemplos que con tan gran discurso habernos traído, se ha visto, y las gentes de aquesta isla y todas las de su circuito tenían delgado, débil y confuso conocimiento de Dios, aunque más limpio o menos sucio de las horruras de idolatría que otras muchas, de allí les provino que no tuvieron ídolos o muchos dioses, sino pocos o casi ningunos, ni templos, ni sacerdotes, sino muy pocos o casi ningunos, sólo aque­llos que arriba llamamos hechiceros y médicos, y, por con­siguiente, fueron muy pocos los sacrificios, puesto que tu­vieron algunos. De éstos diré lo que sé y lo que vi, y lo que otros experimentaron.

Hallamos que en el tiempo de coger las mieses de las la­branzas que labraban y sembraban, las cuales eran del pan que se hacía de raíces, y de los ajes y batatas y del maíz, daban cierta parte, como primicias, casi haciendo gracias de los beneficios recibidos; esta parte o primicias de los frutos, como no tenían señalados templos, ni casas de reli­gión, como arriba se ha dicho, poníanla en la casa grande de los señores y caciques, que llamaban caney, ofrecién­dola y dedicándola al cemí. Aquél decían ellos que enviaba el agua, y daba el sol, y criaba todos aquellos frutos, y les daba los hijos, y los otros bienes de que abundaban. Todo aquello que de esta manera ofrecían se estaba allí, o hasta que se pudría, o los niños lo tomaban, o jugaban, o des­perdiciaban, y de esta manera se consumía.

Antes que se descubriese la Nueva España y las provin­cias de Naco, Honduras y el Perú, por ver el cuidado que los indios de aquestas islas, en especial de esta Española y de Cuba, tenían de dar esta parte de los frutos que co­gían, como primicias, y gastarlo en ofrenda de aquella manera, comencé a advertir ser de ley natural la obliga­ción de hacer a Dios sacrificio, que antes había leído y no visto, como Santo Tomás prueba en la Secunda secúndete, cuestión 85, artículo P, diciendo así: Oblatio sacrificiorum pertinent ad jus naturale, etcétera; y arriba se dijo, por sen­tencia de Porfirio, que todos los antiguos ofrecían las pri­micias; y lo que todos los hombres hacen sin ser enseña­dos, y de sí mismos se inclinan a obrar, es argumento claro ser aquello de ley natural, como también arriba de estas inclinaciones naturales se declaró en el capítulo ... algo. Preguntando yo a los indios algunas veces: “¿Quién es aqueste cemí que nombráis?”, respondíanme: "El que hace llover y hace que haya sol, y nos da los hijos, y los otros bienes que deseamos”; añadía yo: "Ese cemí que hace eso, me lleve a mí el alma”. De aquí tomaba ocasión de predicarles de Dios algo, aunque por aquellos tiempos (para mi confusión lo digo) no me había hecho Dios la gran merced que después me hizo, dándome conocimiento de las necesidades que aquestas gentes de su salud temporal y espiritual padecían, habiendo en ellas disposición para ser traídas a Jesucristo prontísima y admirable, y también de la estrecha obligación que los cristianos que a estas tierras venimos tenemos de socorrer a prójimos tan nece­sitados. De lo dicho parece seguirse tener las gentes de estas islas conocimiento, aunque confuso, de un Dios, como arriba dejamos tratado.

Ya dijimos arriba en el capítulo... cómo en esta isla tenían ciertas estatuas, aunque raras; en éstas se cree que a los sacerdotes, que llamaban behicos, hablaba el diablo, y también los señores o reyes cuando para ello se dispo­nían, de manera que aquéllas eran sus oráculos. De aquí procedía otro sacrificio y ceremonias que ejercitaban para agradarlo, que él debía dé haberles mostrado. Éste se ha­cía por esta manera:; tenían hechos ciertos polvos de cier­tas yerbas muy secas y bien molidas, de color de canela o de alheña molida; en fin, eran de color leonada. Éstos po­nían en un plato redondo, no llano, sino un poco algo com­bado u hondo, hecho de madera tan hermoso, liso y lindo, que no fuera muy más hermoso de oro o de plata; era casi negro y lucio como de azabache. Tenían un instrumen­to de la misma madera y materia, y con la misma pulidez y hermosura; la hechura de aquel instrumento era del ta­maño de una pequeña flauta, todo hueco como lo es la flauta, de los dos tercios de la cual en adelante se abría por dos cañutos huecos, de la manera que abrimos los dos dedos del medio, sacado el pulgar, cuando extendemos la mano. Aquellos dos cañutos puestos en ambas a dos ven­tanas de las narices, y el principio de la flauta, digamos, en los polvos que estaban en el plato, sorbían con el huel­go hacia dentro, y sorbiendo recibían por las narices la can­tidad de los polvos que tomar determinaban; los cuales reci­bidos, salían luego de seso o casi como si bebieran vino fuerte, de donde quedaban borrachos o casi borrachos. Estos polvos y estas ceremonias o actos se llamaban cohoba, la media sílaba luenga, en su lenguaje; allí hablaban como en algarabía, o como alemanes, confusamente, no sé qué cosas y palabras. Con esto eran dignos del coloquio de las estatuas y oráculos, o por mejor decir, del enemigo de la natura­leza humana; por esta manera se les descubrían los secre­tos, y ellos profetaban o adivinaban; de allí oían o sabían sí les estaba por venir algún bien, adversidad o daño.

Esto era cuando el sacerdote solo se disponía para ha­blar y que le hablase la estatua; pero cuando todos los principales del pueblo para hacer aquel sacrificio, o que era (que llamaron cohoba) por persuasión de los behiques o sacerdotes, o de los señores, se juntaban, entonces verlos era el gasajo. Tenían de costumbre para hacer sus cabildos y para determinar cosas arduas, como si debían de mover alguna de sus guerrillas, o hacer otras cosas que les pare­ciesen de importancia, hacer su cohoba, y de aquella ma­nera embriagarse o casi.

Esta manera de consultar, bien llenos de vino y embria­gados o casi, no fue la primera en éstos, porque según Hero- doto en el libro 1®, y Estrabón en el fin del libro 15, los persas, cuando habían de consultar de cosas grandes y de grande importancia, lo usaron, porque nunca lo hacían sino mientras comían y bebían y estaban de vino bien car­gados, y aquel consejo y las determinaciones que de él sacaban decían ellos ser más firmes que las que con la sobriedad y templanza eran deliberadas.

Yo los vi algunas veces celebrar su cohoba, y era cosa de ver cómo la tomaban y lo que parlaban. El primero que la comenzaba era el señor, y en tanto que él la hacía todos callaban; tomada su cohoba (que es sorber por las narices aquellos polvos, como está dicho), y tomábase asentados en unos banquetes bajos, pero muy bien labrados, que lla­maban duohos (la primera sílaba luenga), estaba un rato la cabeza a un lado vuelta y los brazos puestos encima de las rodillas, y después alzaba la cara hacia el cielo hablan­do sus ciertas palabras, que debían ser su oración li Dios verdadero, o al que tenía por dios; respondían todos en­tonces casi como cuando nosotros respondemos Amén, y esto hacían con grande apellido de voces o sonidos, y luego dábanle gracias, y debían decirle algunas lisonjas, captán­dole la benevolencia y rogándole que dijese lo que había visto. Él les daba cuenta de su visión, diciendo que el cemí le había hablado y certificado de buenos tiempos o adversos, o que habían de haber hijos, o que se les habían de morir, o que habían de tener alguna contención o gue­rra con sus vecinos, y otros disparates que a la imagina­ción, estando turbados de aquella borrachera, le venían, o por ventura, y sin ella, el demonio, para los engañar e in­troducir en ellos su culto, les había traído.

Tenían mil patrañas y como fábulas según parece las que fingían entre los antiguos griegos y latinos los poe­tas, puesto que los poetas pretendían en muchas de sus ficciones, aunque no en todas, alguna moralidad y alego­rías para inducir los hombres a buenas costumbres; éstos no sabemos lo que por aquellas sus fantasías entender o que se entendiese querían. Como lo que contaban del cemí de

Buyayba (que creo que era un pueblo), y el cerní nombra­ban Vaybrama, la penúltima sílaba luenga, el cual, en una guerra que tuvieron decían haber sido quemado, y que la­vándolo con zumo de las raíces que arriba dijimos llamar­se yuca, de que hacían el pan cazabi, le crecieron los brazos y le nacieron otra vez los ojos, y le creció el cuerpo; y por­que la yuca o raíces dichas era en aquel tiempo chiquita, después que con el agua de ella lo lavaron, fue desde ade­lante, como ahora lo es, gorda y muy crecida. Este cerní cau­saba, según ellos creían, enfermedades a los hombres, por las cuales acudían a los sacerdotes o behiques, que eran sus profetas y teólogos como está dicho; éstos respondían que aquello les venía porque habían sido negligentes u olvida­dizos en traer pan cazabi y ajes, y otras cosas de comer para los ministros que barrían y limpiaban la casa o ermita de Vaybrama, buen cemí, y que él se lo había dicho.

Otras ficciones muchas y patrañas les hacían entender aquellos behiques, que si no pretendían significar alguna alegoría o moralidad, como los antiguos poetas, eran in­venciones del demonio o grandes desvarios.

CAPÍTULO CLXVII

De los ayunos que en honor de sus ídolos guardaban los indios de la isla Española y de Cuba

Otro sacrificio, rito o devoción también tenían, y éste era grande ayuno, y comenzó en ellos de esta manera: refiere fray Ramón el ermitaño, que arriba dijimos cuando habla­mos de los dioses de esta isla, que vino a ella cinco años antes que yo, que había fama y credulidad en esta isla, que cierto cacique y rey de ellos hizo cierta abstinencia al Señor Grande que vive en el cielo, del cual se debía el conocimiento u opinión de un Dios del cielo en los demás derivarse. La abstinencia fue que seis o siete días estaban encerrados sin comer cosa alguna, sino cierto zumo de yerbas, para no del todo desfallecer, con el cual rumo también el cuerpo se lavaban, y debían tener virtud aquellas yerbas, como la yerba del Perú que llaman coca y las otras de que trata Plinio, y en el capítulo ... hici­mos de ellas mención. Durante aquel ayuno, con la flaqueza de la cabeza les venían o les aparecían ciertas formas o imaginaciones de lo que deseaban saber, o, a lo que es de creer, que el demonio se las ponía y pintaba por los engañar, porque dado que el primer cacique o señor o se­ñores que aquel ayuno y abstinencia inventó o principió, la hiciese por devoción del Señor que está en el cielo, y a él quisiese o entendiese pedir que le dijese o respondiese a lo que deseaba, empero, los que después la prosiguieron debíanla de hacer en honor de los cemíes, o ídolos o esta­tuas, o de aquel que con ellas del conocimiento del ver­dadero Dios desviarlos trabajaba, el cual, poco a poco, algo en este caso siempre con ellos ganaba, como les falta­se, según muchas veces se ha dicho, gracia y doctrina.

Esto se puede argüir por lo que los que fuimos primero en la isla de Cuba, de los vecinos de ella y de la ceremonia que usaron, alcanzamos. En aquella isla era extraño el ayuno que algunos hacían, principalmente los behiques o sacerdotes o hechiceros, y espantable. Ayunaban cuatro meses, y más, continuos, sin comer cosa alguna, sino sólo cierto zumo de yerba o yerbas, que solamente para susten­tarlos que no muriesen, bastaba; de donde se colige que debían ser de grandísima virtud aquella yerba o yerbas, mucho más que de las que Plinio, libro 25, capítulo 89, y arriba referimos, habla. Y ésta es la misma coca que en las provincias del Perú es tan preciada, como parece por tes­timonio de religiosos y de indios que han venido del Perú, que la vieron y conocieron en la dicha isla de Cuba, y en mucha abundancia. Macerados, pues, y ator­mentados de aquel cruel y aspérrimo y prolijo ayuno, que no les faltaba sino expirar, decíase que entonces esta­ban dispuestos y dignos que les apareciese y de ver la cara del cemí, que no podía ser otro sino el demonio. Allí les respondía e informaba de lo que preguntaban, y lo que más él para engañarlos les añadía, todo lo cual des­pués a la otra gente los behíques denunciaban y persuadían. Solamente aqueste indicio y engaño de idolatría, y no otro que alcanzásemos, había en la isla de Cuba, porque ni ído­los, ni estatua, ni otra cosa que a idolatría oliese hallamos.

Y ésta parece cosa maravillosa, que de tanta virtud sea el ayuno y abstinencia, que aun a los demonios es agrada­ble, y que pidiesen a sus servidores tan diuturna macera- ción de la carne, que no fuesen hábiles para ver su infer­nal presencia sino los que tenían mortificados y casi muer­tos los sentidos, como se recreen más en la embriaguez y glotonería de los suyos, como sea la fuente y la madre de donde se originan todos los vicios, según San Cri- sóstomo, capítulo 27, homilía 58 sobre San Mateo, y siendo aquella virtud una de las armas con que han de ser derrocados, como el Salvador nos dejó avisados: Hoc genus daemoniorum non ejicitur nisi in oratione et jejunio (Mataei, capítulo 17). Pero este ayuno y abstinencia no la persuadían o mandaban hacer sino por su antiquísima y profunda soberbia, por la cual querían usurpar, como el honor y culto de Dios, la virtud, no en cuanto virtud, sino en cuanto por pedirla querían dar a entender que amaban las virtudes, por cobrar más crédito con los hombres y para vejar y atormentar con aquella áspera e infructuosa mace- ración en esta vida los cuerpos, como en la otra las ánimas, por el odio que tienen a los hombres, y así siempre se huelgan de sus tormentos y trabajos, usando con ellos de su entrañable crueldad.

Tornando al propósito del cacique o señor que había comenzado aquel ayuno, decían, y era pública voz y fama, que habiendo hablado con cierto cemí, que tenía por nom­bre Yocahuguamá, le había dicho que los que después que él fuese muerto fuesen vivos, poco gozarían de sus tierras y casas, porque vendría una gente vestida que los señorea­ría y mataría y que se morirían de hambre. De allí ade­lante creyeron ellos que aquella gente debía ser los que llamamos caribes, y entonces los llamaban y llamábamos caníbales. Todo esto refiere fray Ramón haber de los indios entendido. Algunas otras cosas dice confusas y de poca sustancia, como persona simple y que no hablaba del todo bien nuestra castellana lengua, como fuese catalán de nación, y por tanto es bien no referirlas. Sólo quiero decir lo que afirma de un indio o indios que él tornó cris­tianos, que matándolos otros indios, por el aborrecimiento que tenían a los españoles, decían a grandes voces: "Dios naboría daca, Dios naboría daca”, que quiere decir, en la lengua más común y más universal de esta isla, "Yo soy sirviente y criado de Dios”, y éste se llamaba Juan; y de esta manera y con estas palabras murió otro llamado An­tón, que era su hermano. Naboría quería decir 'sirviente o criado’ y daca quiere decir 'yo’. Y así dijo de éstos fray Ramón haber sido mártires; de lo cual ninguna duda puede quedar a algún cristiano si por la fe o por no dejar la fe, o por otra virtud alguna los mataran; pero no los mataban por esto, porque nunca indios algunos jamás tal hicieron, sino porque vivían con los españoles, o les loaban o defendían a quien todos tanto desamaban, o por­que quizá les hacían aquellos indios, por mandado de los españoles, algún daño, como habernos visto de esto asaz harto, y en estos casos harta merced les hizo Dios si por confesar ser sus sirvientes y criados se salvaron, pero no por ser mártires.

La misma manera de religión de la de esta isla Españo­la estimé y entendí siempre que tenían las gentes de las islas comarcanas, sin tener ídolos muy estimados (en la isla de Cuba ninguno hallamos) ni ofrecerles sacrificios, más de aquellos ayunos y de las mieses que cogían cierta parte, y no ceremonia, sino aquellas cohobas con que se casi embriagaban. Los más limpios de estas heces, en ese caso, de todos, fueron, según entendí siempre, la simplicísi- ma gente de los lucayos, los cuales muchas veces a los seres, nación feliz, arriba he comparado; de éstos ninguna señal de idolatría ni creencia mala, ni figura o imagen o estatua exterior sentimos que tuviesen, antes creemos que con sólo él conocimiento universal y confuso de una primera causa, que es Dios, y que moraba en los cielos, pasaban, y así, en contar sus sacrificios no hay por qué detenernos.


Los términos aquí registrados se dan tal como aparecen en el texto de la presente versión. Las variantes halladas en Ulloa, Pedro Mártir, Las Casas u otras fuentes se consignan en las notas al texto. Cuando una varíente difiere a tal punto que es difícil encontrarla en esta lista, se cita en paréntesis, a continuación de la grafía que se ha escogido, o se incluye, en orden alfabético, remitiéndola a la forma que se estima más apropiada.

Aiba, 43 Ahiacabo, 30 Aje, 54 Albeborael, 26 Amayaúna, 22 Anacacuya, 25 Apito, 21

Atabey (Atabeira, Atabex), 21 Aumatex, 45

Ayamanaco, vid. Bayamanaco

Bagua, 21 Baibrama, 43-4 Baraguabael, 46 Bayamanaco, 30 Bayamanacoel, 31 Behique, 33-6, 38-41, 43-4 Biberoey, vid. Albeborael Bohío, 24 Boínayel, 31 Buhuitihu, vid. behique Buya, 43


Cabananiobaba, vid. Sabananiobabo Cacibajagua, 22-3 Cacibaquel, 47

Cacique, 25, 27, 31, 44, 46-52, 55

Cahubaba, 29

Cahubabayael, 27

Cáicihu, 47

Caníbal (caribe), 48

Canoa, 25

Caonabó, 49

Caonao, 22

Caracaracol, 27, 29-31 Cauta, 22, 25 Cazabe, 30

Cerní, 21,31, 34-5, 37, 40-8

Ciba, 26

Coatrisquie, 46

Coaybay, 32

Cobo, 25

Cohoba, 30, 35, 41-2 Conel, 30 Conuco, 29 Corocote, 44

Daca, 49 Deminán, 29-30 Digo, 23

Faragubaol, vid. Baraguabael

Goeíza (goeiz, guaíza), 33 Guabancex, 45-6 Guabonito, 25-6 Guacar, 21

Guahayona (Guaguyona), 23-6 Guamá, vid. Yucahuguamá Guamanacoel, 47 Guamorete, 4

Guanaobocon (Guanáenequen), 48 Guanáoboconel, 48 Guanara, 25 Guañguayo, 30-1 inín, 24-6 Guaraionel, vid. Guarionex Guarionex, 46-7, 49-54 Guárocoel, 30

Guatabanex (Guataguanex), 44 Guataúba, 46

Guatícaba (Guatícabanu), 49-50 Guayaba, 32 Giieyo, 23, 36, 38

Haití, 24, 26 Hiaguaili, 26 Hiauna, 26

Iguanaboína, 31 Inriri, 27 Itiba, 29

Jacagua, 44 Jobo, 22

Mabiatué, vid. Mahubiatíbere Mácocael, 22 Macoris, 48-50 Mahubiatíbere, 51-2, 56 Maórocoti (Maórocon), 21 Maquetaurie, 32 Márohu, 31 Matininó, 24-5 Mautiatihuel, 31 Mayohabao, 34

Naboría, 48-9, 55 Nuhuirey (Nuhuirci), 50


Operito, 32 Opía (hupía), 33 Opiyelguobirán, 45

Sabananiobabo, 45 Soraya, 32

Tahubaba, vid. Cahubaba Toa, 24 Tona, 24

Yahubaba, 23 Yahubabael, 23 Yaya, 28-30 Yayael, 28-9 Yarmao, 21 Yuca, 43 Yúcahu, 21 Yucahuguamá, 48

Zacón, 38 Zuimaco, 21


NOTICIA BIBLIOGRÁFICA

La Historia de Fernando, y por ende la Relación de Pané, han tenido amplia circulación traducidas al inglés, fran­cés y otros idiomas. Ahora bien, ateniéndome al propósito del presente traslado, limitaré esta noticia bibliográfica a la edición príncipe de la versión italiana hecha por Ulloa (pues de ella parten, directa o indirectamente, las demás ediciones y traducciones) y a las principales retraduccio­nes al español del opúsculo de Pané.

El ejemplar que he manejado de la edición príncipe se conserva en la Sección de Raros de la Biblioteca de la Uni­versidad de Yale. Su título lee:

Historie Del S. D. Fernando Colo[mbo:] Nelle quali s’ha particolare, & vera relatiofne] della vita, & de’fatti dell’Ammiraglio D. Christoforo Colombo, suo padre: Et dello scoprimento, ch’egli feci dell’In- die Occidentali, dette Mondo Nvovo, hora possedute dal Sereniss. Re Catolico: Nuouamente di lingua Spagnuola tradotte nell’Italiana dal S. Alfonso Vlloa. In Venetia, mdlxxi. Apresso Francesco de’Frances- chi Sánese.

El ejemplar consta de 19 hojas preliminares, 247 folios numerados, y mide 15 X 10 cm. La Relación ocupa los folios 126v a 145v y lleva el siguiente título:

Scrittvra di fra Román delle antichitá de gl’India- ni, le quali egli con diligenza, come huomo che sá la lor lingua, ha raccolte per commandamento dello Ammiraglio.

Debido a que se han suscitado algunas dudas sobre si 122 ésta es o no la edición príncipe, conviene hacer una breve digresión para dejar definitivamente resuelto el asunto. En Italia, dado el constante interés por las cuestiones colom­binas, se han publicado numerosas reediciones del traslado de Ulloa: conozco por lo menos cuatro del siglo XVii (In Milano, Apresso Girolamo Bordoni [1614]; In Venetia, Apresso Gio. Pietro Brigonci, 1676; In Venetia, Apresso Iseppo Prodocimo, 1678; In Venetia, Apresso Giuseppe Tramontin, 1685), dos del siglo xvm (In Venetia, Per il Prodocimo, 1709; In Venetia, Per il Lovisa, 1728), y va­rias más de los siglos xix y XX. De esas reimpresiones, exi­ge comentario especial la publicada en Venecia por Prodo­cimo en 1709. He visto dos ejemplares de esa edición: uno en Yale y otro en Princeton. En el ejemplar de la Bi­blioteca de Princeton el año de impresión ha sido raspado, tanto en el título como en la dedicatoria, y sobre lo raspa­do se ha impreso la fecha 1569. Esas alteraciones, acaso en más de un ejemplar, han dado lugar a que algunos eruditos hayan creído que la edición príncipe data de 1569. En rea­lidad se trata de una burda superchería. Comparados ambos ejemplares, concuerdan exactamente en el diseño del títu­lo, el tamaño de la caja, la numeración de las páginas, los tipos de letra y hasta en las omisiones y frecuentes erra­tas que hacen de esta edición una de las más estragadas de todas.

Pasando a las traducciones al español, las principales son tres. La primera apareció en el tomo i de Historiadores pri­mitivos de las Indias Occidentales, que juntó, traduxo en parte, y sacó a luz, ilustrados con eruditas notas, y copiosos índices, el ilustrísimo señor D. Andrés González Barcia, Madrid, Año mdccxlix. El título de la obra de Fernando lee así:

La historia de D. Fernando Colón en la cual se da particular, y verdadera relación de la vida, y hechos de el almirante D. Christóval Colón, su padre, y del descubrimiento de las Indias Occidentales, llamadas Nuevo'Mundo, que pertenece al Serenísimo Reí de


España, que tradujo de español en italiano Alonso de Ulloa; y aora, por no parecer el original español, sacada del traslado italiano.

El opúsculo de Pané ocupa las páginas 62 a 71, y su título quedó traducido de la manera siguiente:

Escritura de Fr. Román, del Orden de San Geró­nimo. De la Antigüedad de los Indios, la qual, como sugeto, que sabe su lengua, recogió con diligencia, de orden del Almirante.

Tengo noticia de que esta versión fue reimpresa en Bue­nos Aires en 1844, pero no he visto ejemplares de esta edición. También la reimprimió José María Asensio en el segundo tomo de su Cristóbal Colón, su vida... Barcelona [1891], páginas 123-138. Y apareció, además, en la Co­lección de libros raros o curiosos que tratan de América, tomos 5 y 6, Madrid, 1892.

La segunda retraducción importante se debe a Manuel Serrano y Sanz. Esta versión apareció con el título de His­toria del almirante don Cristóbal Colón, por su hijo Her­nando: traducida nuevamente del italiano ... Madrid, Li­brería General de Victoriano Suárez, 1932. Consta de dos tomos. El opúsculo de Pané ocupa las páginas [35] a 90 del tomo II, y su título queda traducido así:

Relación de fray Ramón acerca de las antigüeda­des de los indios, las cuales, con diligencia, como hombre que sabe el idioma de éstos, recogió por man­dato del Almirante.

En la más reciente de las retraducciones al español se ha optado por un título diferente, aligerado de enfadosos pormenores. Esta edición, acaso la más ceñida y asequible de las tres, es la siguiente: Vida' del almirante don Cristó­bal Colón escrita por su hijo Hernando Colón, México, Fondo de Cultura Económica, 1947. El relato de Pané apa­rece en las páginas 186 a 206, y su encabezamiento lee así:

Relación de Fray Ramón acerca de las antigüeda­des de los indios, las cuales, con diligencia, como hombre que sabe su idioma, recogió por mandato del Almirante.

De solo el relato de Pané se han hecho también traduc­ciones y ediciones independientes. De éstas he visto cua­tro: tres hechas en las Antillas y una en Buenos Aires. La más antigua es la que Antonio Bachiller y Morales inser­tó en su obra Cuba primitiva. Origen, lenguas, tradiciones e historia de los indios de las. Antillas Mayores y las Lu- cayas, segunda edición corregida y aumentada, La Habana, 1883, pp. 165-183. Cabe a Bachiller la distinción de haber sido el primero en reconocer la necesidad de corregir las deformaciones que sufrieron las voces tainas. No habiendo hallado la edición príncipe, y careciendo de algunos instru­mentos de trabajo que han aparecido después, su esfuerzo no logró el éxito que debiera haber tenido. Dejó, empero, claramente planteado el problema.

Ya en el siglo XX, el auge que ha cobrado el estudio de las mitologías americanas ha influido en que se hayan pu­blicado otras versiones del relato de Pané. La primera de éstas apareció, por indicación de Fernando Ortiz, en la revista Archivos del Folklore Cubano, i, 1924, núm. 2. Luis Florén Lozano dio a la imprenta, con una breve introduc­ción, "La Relación de la Antigüedad de los Indios de la Española de Fray Román Pane”, en los Anales de la Uni­versidad de Santo Domingo, xii, 1947, 109-138. Y ha cir­culado también en un tomito independiente, bajo un nuevo título, aunque éste es doblemente desacertado, pues oscu­rece el contenido de la obra y categóricamente afirma una fecha equivocada: Relación de Indias 1496; prólogo y no­tas por Alberto Wildner-Fox, Buenos Aires, Ene Editorial, 1954. Estas publicaciones se insertan, pues, en una larga tradición. A ellas se une la presente, con la esperanza de que contribuya a resolver algunas de las dificultades seña­ladas por Bachiller y Morales.

La Relación acerca de las antigüedades de los

indios, del fraile ¡erónimo Ramón Pané, marca un hito en la historia cultural de América. Compuesta en la isla Española en los primeros días de la conquista, es la única fuente directa que nos queda sobre los mitos y ceremonias de los primitivos moradores de las Antillas. Y como fray Ramón fue también el primer misionero en aprender la lengua e indagar las creencias de un pueblo indígena, su Relación constituye la piedra angular de los estudios etnológicos en este hemisferio.

Su inclusión en la colección América Nuestra, serie que habrá de reunir los textos fundamentales a la comprensión de los problemas americanos, responde a la necesidad de que tales documentos logren una difusión mayor.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


COLECCION

AMERICA

NUESTRA

america antigua america colonizada caminos de liberación los hombres y las ideas


* Pedro Mártir de Anglería, Epistolario, estudio y traducción por José López de Toro, 3 vols., Madrid, 1953-1955. Las referidas epís­tolas llevan los números 177, 180, 189, 190 y 206 y aparecen en el tomo I, pp. 335-36, 340-41, 356-58, 361-62 y 390 respectivamente.

Ibid., p. 390.

11 Ma-bu-bia-ti-ui-re y Ma-{bu}-bút-l(i}-ue-(re) son, suplidas otra vez las letras omitidas, el mismo nombre.

19 Si bien la edición latina de la Década primera se publicó en Se­

villa en 1511, salió antes una traducción al italiano, con el título de

** Tengo noticias de que la UNESCO estudia el proyecto de catalogar todos los archivos españoles. De llevarse a cabo dicho proyecto, tal ve¡t se dé con el manuscrito si es que todavía se halla en España.



[1] La primacía de Pané en estas y otras disciplinas se está recono­ciendo en círculos cada vez más amplios. A fines del siglo XIX el Conde de la Vinaza señalaba ya que "Román Pané {sic}... fue el primer europeo de quien particularmente se sabe que hablé una len­gua de América" (Bibliografía española de las lenguas indígenas de América, Madrid, 1892, p. 10). En 1906 Edward Gaylor Bourne, pro­fesor de la Universidad de Yale, traduce el texto al inglés y declara que: "[Fray] Ramon's report of his observations and inquines is not only the first treatise erer written in the field of American antiquities, but to this day remains our most authentic record of the religión and folklore of the long since extinct tainos” (Columbas, Ramón Pane and the beginnimgs of American anthropology, Worcester, 1906, publicado también en Proceedings of the American Antiguarían Society, New Series, Worcester, Mass., XVII, 1906, 310-384). En 1920 el misione­ro alemán Robert Streit declara que "el monje jerónimo bien mere-

[2] Fray Bartolomé de Las Casas, Apologética historia de las Indias, cap. CXX; por la edición de Madrid, 1909, p. 322.

[3] Ibid., pp. 488-490; también Las Casas, Historia de Us Indias, lib. I, caps, av y cv.

[4]

[5] Fernando Ortiz, en el prólogo a Lewis Hanke, Bartolomé de Las Casas, pensador político, historiador, antropólogo, La Habana, 1949, p. xix.

[6] Pedro Henríquez Ureña, "La cultura y las letras coloniales en Santo Domingo’’, en Obra crítica, México, 1960, p. 384.

[7] Sirva de ejemplo la edición titulada Relación de Indias 1496, con prólogo y notas por Albetto Wildner-Fox, Buenos Aires, 1954.

[8] Morison, p. 571.

Libretto di tutta la navegazione dei rei di Spagna delle isole e terreni nuovamente trovad, Venezia, 1504.

[10] Las Casas, Apologética historia de las Indias, cap. CXX; en la citada ed., pp. 321 y 322.

[11] Rinaldo Caddeo, ed., Le historie della vita e dei fatti di Cristojoro Colombo per D. Fernando Colombo sao figlio, 2 vols., Milano, 1930, vol. II, p. 33, nota 8.

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