Jagua la comunidad olvidad, Omar Alfonso Pacios, Cuba

Jagua La Comunidad Olvidada

de Jagua tiene la gracia de contar con leyendas de su cosmogonía; sumarle este encanto a su historia y la imaginería de la tradición creada por los primeros pobladores aquí es el objeto de esta breve narración que recorre distantes tiempos y argumentos para ofrecer notables referencias y personajes que en realidad y en ficción vivieron en estos contornos, casi olvidados durante tres siglos de colonización antes de fundarse Fernandina de Jagua, hoy Cienfuegos. Esperamos que sirva para recrear pasajes del conocimiento nacional y universal, para lectores jóvenes y otros que se interesen por tener entretenidas referencias de los orígenes de estos pobladores de la parte central de Cuba.

1.1508 ENCUENTRO EN EL CAYO...........................................

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II.ARAGUEIA.................................................................................

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III. YAREYY OCARINA..............................................................

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IV. PIRATAS Y BANDERABLANCA.........................................

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V. UNAAPUESTAMORTAL........................................................

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VI. ELCONSEJO DELFUTURO ESTABLE..............................

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VII. LOPE, INVASIÓNYTRAGEDIA.........................................

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VIII. PADRE LAS CASAS, CONFESIÓN Y TEOLOGÍA........

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IX. BATALLACONTRAPÁNFILO DE NARVÁEZ...................

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X. AZURINA, MARILOPE YLOS PIRATAS.............................

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XI. EL CASTILLO DE JAGUAY SU LEYENDA......................

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XII. EPÍLOGO.................................................................................

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LEYENDA........................................................................................

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LEYENDA........................................................................................

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I.     1508 ENCUENTRO EN EL CAYO


José Díaz está impaciente, se mueve de un extremo a otro en el velero capitaneado por Sebastián de Ocampo, no se siente a gusto; el barco atraviesa la bahía que Colón llamó de Misas; aquí ha descubierto que los nativos la nombran Jagua, que son amables y su naturaleza tropical seduce. Desde Galicia había soñado una juventud en tierras exóticas y una familia propia, independiente y próspera; el velero se aproxima a la boca para continuar el bojeo a Cuba. Una idea martilla su mente desde hace unos días: " El barco es prisión, la tierra libertad”. Por fin toma una decisión. Se acerca a su mejor amigo y le ruega muy bajo - Por favor, si alguien pregunta por mí, decidle que fui a dormir - Ahora sigilosamente se desplaza hacia la popa, de manera que ningún marino descubra su intención y pueda dar el consabido “Hombre al agua"

Desciende detrás del balcón final suavemente, para que no se escuche impacto alguno con el agua, se sumerge en el mar por el tiempo que le permiten sus pulmones...

Cuando asoma a la superficie, el velero se aleja, pero él no se mueve, todavía podrían advertir sus brazadas. Unos minutos después nada entusiasta hacia la orilla de Cayo Carenas, así bautizado por el propio Ocampo.

En el norte del islote dos pequeños grupos nativos se disputan el poder; Yarey que comanda a los locales, lucha cuerpo a cuerpo con el jefe opuesto. Este lugar es sagrado para los aborígenes de Jagua; el otro grupo es invasor y vienen huyendo de la región oriental, debido a la incipiente colonización española. Ambos líderes luchan en el centro, es un duelo a macanazos, uñas y dientes, el resto espera. Sudorosos y cansados chocan sus pechos y como acto ensayado, en un descuido del rival los brazos de Yarey bajaron doblando el dorso con rapidez para aprisionar los miembros inferiores y la macana de su rival; lo levanta y proyecta su cabeza contra la arena... El sonido del cuello quebrado paralizó a todos. Solo convulsionó unos segundos con los últimos estertores.

Los vencidos depusieron sus lanzas y se arrodillaron cabizbajos para que les permitieran llevarse el cadáver de su líder. Lo llevaron en andas a su canoa y remaron hasta perderse más allá de la boca, rumbo al este. Yarey notó entonces que de su cuello faltaba el colgante que marcaba su sagrada descendencia, se lamentaba como si hubiera perdido él más que su adversario. Dudaba si lo había arrancado una rama en la marcha contra el enemigo o aquel funesto cacique vencido. Convocó a todos para recorrer el trayecto hecho. Tenía la esperanza de recuperarlo...

José alcanzó muy agotado la costa, tuvo que nadar con doble esfuerzo para conservar su necesaria ropa y las imprescindibles botas de polainas altas, así se tendió exhausto en la arena para recuperar energías. Apenas unos segundos después escuchó rumores, movió ligeramente la cabeza y por una fina abertura de sus párpados pudo constatar que hacia él se dirigían aquellos curiosos nativos. Una duda lo estremeció: ¿Serán caníbales? - Prefirió quedarse acostado, sin hacer resistencia, no llevaba armas, su debilidad sería una causa para provocar compasión en lugar de violencia...

Yarey se adelantó a los demás, lo tocó con la punta de su lanza, lo sacudió con el pie. José solo exhaló una fingida queja de dolor, su plan de representar una lamentable condición surtía efecto en aquella noble y bondadosa gente. Por fin el líder ordenó llevarlo entre dos, pero como el alargado cuerpo arrastraba las botas, tuvieron que cargarlo seis. Todos querían saber qué hacía este hombre blanco ahí; José también se preguntaba cuál sería su destino. Lo cierto es que ya en el centro del cayo lo dejaron a unos metros de un pequeño promontorio; bajo la fresca sombra de árboles con grandes hojas, allí se distinguían ídolos, figuras que debían ser sagradas y adoradas por ellos. José se estremeció de nuevo, pensó en un sacrificio, no sabía si correr o esperar. Tenía muy pocas posibilidades de salvarse, pero como no lo habían maltratado optó por la resignación: Quizás vienen a orar por mí...


Yarey se arrodilló ante sus deidades, dio muchas gracias por su victoria sobre los invasores y lloró, se disculpaba una y otra vez por la pérdida de su sagrado colgante, recordaba con dolor que su padre el behíque se lo entregó con honor. Este representaba el poder, el origen de sus antepasados, la sagrada Guanaroca que les daba vida a los varones como él. Al tiempo que se lamentaba, humedecía sus dedos con lágrimas y tocaba una madera rectangular, tallada con dibujos que tenía en el centro un punto rodeado por dos círculos y en cada esquina unas figuras de peces o renacuajos, sin duda mucho tenía que ver con su colgante que debió conservar como un talismán.

Apesadumbrado Yarey ordenó continuar la marcha hasta sus canoas, mientras remaban entonaban una canción, era como un duelo o un himno; José solo distinguía una palabra muy repetida: tureiraaaa, tureiraaaa... quizás era la tierra que dejaban o la del destino: una alargada península en el centro norte de la bahía Jagua. Hacia ella apuntaba ligera la proa... Apenas fueron avistados desde el caserío costero, sonó el manguaré, un tambor que anuncia los arribos de toda gente. Los pobladores atraídos por la fama del joven guerrero y por la curiosidad que aumentó la presencia del hombre blanco, corrieron a recibirlos bien de cerca.

Apenas atracaron, José, más confiado en la actitud sosegada de sus captores, se incorporó para demostrar recuperación y no ser una carga pesada para ellos. Yarey lo miró muy serio, aquel sobresalía en estatura y ahora no se mostraba débil. Avergonzado el europeo bajó la mirada que no levantó mientras caminaba y escuchaba entre la multitud supuestos comentarios y tímidas risas. Así fue conducido, sin ataduras ni empujones, sin ningún tipo de humillación hasta que llegó al interior de un caney. Yarey fue a informar a los ancianos lo ocurrido. Su padre lo felicitó por sus buenas acciones y lamentó mucho la pérdida de aquella reliquia sagrada, tallada en concha por un difunto artesano. No quiso comentar un mal presagio que cruzó por su cabeza: " Perdió su amuleto sagrado y encontró a este extraño hombre blanco. ¡Oh!, dios, ¡Qué extraña coincidencia! Los dioses me iluminarán en esta prueba para bien o para mal”. Lo consoló culpando del incidente al destino: allí lo recibiste, allí se quedó como ofrenda. Para animarlo le mostró curiosidad por ver de cerca al extraño blanco y le hizo ver que fue muy certero traerlo lejos de aquel cayo sagrado.

Desde el fondo José pudo ver entrar al anciano behíque, de pelo encanecido y bien peinado hasta el moño, con un colgante tallado y otros collares; vestía solo un taparrabo de algodón. Se acercó para escudriñarlo directo a los ojos, impresionando con su firme mirada. Se puso una mano en el pecho y al fin habló:

Marey... El gallego entendió el gesto como una presentación y lo imitó: José...

Hubo sonrisas de los tres porque Yarey estaba observando también, así se inició una serie de gestos identificatorios de objetos y José recibió su primera lección de lengua arahuaca. Por largo rato fue muy entretenido para los nativos ver lo bien que el blanco imitaba sus voces, hasta que, exhausto, con ojos suplicantes, el europeo se llevó una mano al estómago y la otra apuntando repetidamente hacia la boca abierta. Este último gesto provocó un estruendo de carcajadas que se escuchó en todo el batey.

Atardecía; por una rendija de la pared se podía apreciar el tinte dorado que deja el sol sobre la bahía al ocultarse en el oeste. Alguien levantó la cortina que cubría la puerta...

II.     ARAGUEIA

Una joven y hermosa india entró, traía una bandeja de barro con varias frutas, un pozuelo con una torta y otra vasija con agua; la colocó sobre un ancho tronco vertical que servía de mesa. Sin mirar al extraño, hizo un gesto de saludo y se retiró aprisa. José corrió a calmar su sed y se comió ansioso algunos anones; cuando se disponía a probar la torta, reapareció la joven con una hamaca e inició las ataduras de los extremos. José sintió curiosidad, quería verla de frente, había notado su belleza física, pero nada de sus ojos. Para llamar su atención, señaló la torta - ¡Hey! ¿Pan?... - Con una delicada timidez lo miró un segundo de sus grandes ojos negros para responder muy bajo - Casabe - El europeo recordó un refrán español: "Cuando hay hambre no hay pan duro" y poco tiempo después se conformó: "A falta de pan, casabe".

No pudo disfrutar de tan especial compañía porque apenas ella anudó el otro extremo de la hamaca, apuró sus pasos hacia la puerta...

José volvió a la soledad, pero su espíritu inquieto estaba sosegado, lo trataban muy bien, aún así quiso ver si lo tenían como huésped o prisionero, entonces asomó la cabeza fuera y comprobó que había un nativo con una lanza. - También puede ser para impedir que me molesten - Pensó. Así con muchas dudas en su cabeza se tumbó en la hamaca hasta que rendido concilió el sueño...

Un concierto de agradables y diversos trinos de aves, la entrada de luz por varias rendijas del caney despertaron a José, el sol estaba alto. Un rato después se repetía la bella presencia de la joven con la bandeja. El extranjero se alegró de que la hubieran puesto como una especie de asistente para él. Esta vez se atrevió a cortarle el paso y poniéndose una mano en el pecho pronunció su nombre, ella lo esquivó asustada y salió corriendo. Él se lamentó de su torpeza dando una patada en el suelo - ¡Recórcholis! Continuó con sus dudas - Algún plan tienen para mí. Por lo visto son nativos pacíficos y bondadosos, pero algo quieren y qué será... Una hora después la muchacha entró a recoger la bandeja; sorprendentemente balbuceó unas palabras. Él no entendió bien- ¿Qué...? Ella se puso la mano en el pecho y muy despacio repitió- Aragueia. José entendió y enseñó una amplia sonrisa de complacencia. Ella continuaba seria y con la vista baja como si ahora tuviera permiso para pronunciar su nombre y esperar para responder más preguntas. José estaba anonadado, era mucha su suerte y su alegría, solo la observaba sin pronunciar palabra, ¿Qué diría? ¿Cómo? Entonces con más emoción pronunció- ¡José! Así se presentaron y comenzó él una segunda lección de lengua arahuaca, pero esta vez con mucho interés y agrado; no sería la única, los días de encierro ahora pasaban volando. Poco a poco había logrado ver la tímida y blanquísima sonrisa deAragueia.

Ya el europeo no se preocupaba si habría un plan para él, pero realmente sí existía. El viejo sabio Marey había visto la tristeza y el desconsuelo de Aragueia quien había perdido a su joven prometido en un reciente combate. Para más desgracia no había concebido ningún hijo suyo. Al principio ella no quería servir al extranjero, sentía algo extraño en aquella orden del anciano, pero tuvo que aceptar aquel destino con el que siempre Marey concluía- No es mi voluntad, es la de los dioses. El experimento del anciano contemplaba que José se enamorara de ella y, sintiéndose de los suyos no escaparía; había visto en el europeo bondad y astucia. Sería muy provechoso también que fundaran una familia con hijos que hasta ahora ninguno de la tribu conocía; podrían intercambiar los conocimientos de estos lejanos hombres blancos que hace algunos años vienen avistando en sus costas y que algunos creen como hijos de otros dioses.

El juicioso ardid de Marey funcionó: en el nervioso y cotidiano intercambio de risas José se atrevió a tocar con delicadeza el redondo cutis de Aragueia quien reaccionó bajando la vista muy despacio con una sonrisa de aprobación y una sonrojada piel ardiente. Suavemente, con el índice levantándole su mentón, José la obligó a mantener aquellos grandes ojos negros fijos en los suyos: era el inicio de una mutua devoción. La dicha contenida durante tantos días se explayó frenética en largos besos y caricias...


Cuando Aragueia avergonzada, con mucho temor, le informó a Marey en un acto de confesión fiel lo ocurrido con el extraño hombre blanco, quedó muy asombrada con el sonriente semblante del sabio anciano quien le ordenó - Ya puedes sacarlo a conocer nuestra gente y nuestro bosque. Aragueia viendo tanta aprobación, mudó su semblante algo contrariada y preguntó molesta - ¿Cómo... ? - Marey se limitó a responder con cierta picardía - Es la voluntad de los dioses...

Realmente la astucia del anciano había acertado en todo con el devenir de los acontecimientos posteriores para la poco común pareja que iniciaba una relación ante los ojos de los moradores del batey. En los tres años siguientes nacieron cuatro vástagos, el segundo parto de dos niñas.

Ya José podía entenderse bastante bien con la familia y los vecinos. Podía contar de su tierra lejana: Se había enrolado en la tripulación de un barco como consuelo porque, producto de una epidemia, había perdido muy joven a sus padres y su único hermano había muerto en un combate naval en el Mediterráneo. Su sueño de fundar una familia propia se hacía una realidad feliz para él y su adorada Aragueia. Sus habilidades en las nuevas prácticas agrícolas que enseñaba a los demás le ganaron prestigio y reconocimiento entre los taínos que significa buenos. Muchos querían trabajar junto a él por sus relatos y enseñanzas.

Aragueia lo esperaba cariñosa en su caney con más bandejas que antes, lo observaba con admiración y cuando la nostalgia le traía el recuerdo de aquel primer amor difunto, miraba a toda su prole, ponía a mamar al menor y con más placer que angustia parafraseaba al sabio anciano Marey-" Así lo quisieron los dioses

... Cada mañana al salir, besaba una Jagua que significa en su lengua local: génesis, manantial, inicio, origen, fuente; un árbol de grandes hojas. En los próximos años parió tres mestizos más y la inusual fecundidad llenaba de orgullo y admiración a los padres y a la comunidad. El anciano Marey se regocijaba de su experimento: Aragueia se pasea feliz y el extranjero ha demostrado utilidad para los hijos de esta tierra.

III.    YAREY Y OCARINA

Con un palo que termina en una bolsa a modo de red, Yarey disfrutaba atrapando los rápidos peces que abundan en aquella parte de la península. Tenía algunos dentro de un catauro en la orilla. Se acercaba paso a paso para alcanzar uno grande, ya casi en la boca del jamo... escuchó: ¡Detente, Yarey...! Marey desde el extremo más alto de un pequeño acantilado le advertía: ¡Hay una levisa justo delante de tu próximo paso! - La rápida intervención del sabio anciano le evitó un posible aguijonazo que le provocaría fiebre y el dolor insoportable producto del tóxico apéndice de tal pez. Molesto el joven por la sigilosa presencia del venenoso intruso, volteó el palo por el extremo opuesto que terminaba en punta y fue él quien aguijoneó repetidamente la carnosa sombra redondeada del pez.

Lo hizo contal furia que nunca antes había visto el anciano - ¡Basta! - le ordenó - ¿Por qué actúas con tanta rabia?... Él no es tu enemigo, solo se defiende - Marey inmediatamente reaccionó avergonzado. Se retiró a la orilla arrepentido del acto. Recordó entonces los consejos de sus venerables ancianos: " No te dejes dominar por la ira”.

Con voz suave y pausada, el anciano le preguntó:

-                      ¿Qué te pasa, hijo?... Muy compungido y jadeante Yarey confesó:

-                      Padre, cuánto hago por todos..., me esfuerzo para que todo salga bien y mire ahora..., casi caigo en la trampa de ese bicho... ¿Acaso los dioses están en mi contra y me castigan?..-. Conciliador Marey lo corrigió

-                      No, hijo, no digas eso, aquí ellos me pusieron para impedirlo a tiempo. Y creo que hay algo más que te atormenta y no me has dicho... - Marey quedó atónito: ¿Cómo el sabio behíque sugería dolor por otro sentimiento que realmente lo afligía? Asimiló sus palabras y más calmado declaró:

-                      Ocarina, padre, es bella y dulce como una flor, pero imprudente y rebelde como la inquieta brisa del mar. Se empeña en desafiarme delante de todos y me molesta, me molesta mucho porque la quiero, pero a veces me alejo de ella para no desatar mi ira, para no despedazar su obstinado orgullo de mujer superior...

-                      Pero dijiste que la quieres - interrumpió el anciano - y que es como una flor. Sabes que es tierna con los niños y los ancianos, pero se empeña en trabajar con el afán de las más adultas, que está pendiente de los que enferman y sobre todo... - hizo una pausa - No acepta órdenes de los de su edad...

-                      Pero, Padre... - Intentó el joven - Yo soy mayor que ella, lo hago por su bien...

-                      ¡Alto ahí, jovencito, las ideas de dos sumadas valen más que las de uno; es importante tener paciencia y escuchar a los otros! Cuando se trata de ayudar todas las razones de muchachos y... muchachas valen...

A pesar del cariño y la confianza que el viejo sabio le inspiraba a Yarey, el respeto a sus argumentos era una práctica sagrada. El joven optó por callar y aceptar. Una réplica más sería considerada una ofensa y Yarey era impulsivo, pero educado para no contradecir la palabra de la experiencia de sus dioses, representada en su behíque.

Al rato, con una fresca sonrisa llegó Ocarina.

-                      ¡Yarey, te busqué por todo el batey! Ya tengo un buen número de plantas curativas para el abuelo Marey - El viejo asintió el gesto con una sonrisa, pero no dijo nada; quería escuchar la respuesta del joven.

Ante la observancia del anciano Yarey acumuló calma y pausado le observó.

-Alabo tu esfuerzo, pero como te dije, las plantas se toman cuando hay un enfermo que curar.

-                      Lo sé, lo sé, pero cuando te iba a responder, saliste como una estrella fulgurante y no te vi. más.

-                      ¿Hay algo que responder a ese hecho? ¿No es suficiente razón?...

-Sí, hay una buena. Aragueiay José hablan de algo que se llama jardín, cerca de nuestros caneyes, allí podemos plantar todas esas yerbas curativas y no tenemos que ir muy lejos a buscarlas. También podemos sembrar bonitas flores.

Yarey quedó mudo con los argumentos de Ocarina. Miró al anciano apenado, reconociendo que la imprudencia había sido suya precisamente por no escuchar. El behíque comprendió que el joven había recibido una lección y se marchó lentamente para darles espacio a la comprensión mutua. Yarey molesto consigo mismo confesó emotivo:

-                      Ocarina, no sé qué me pasa contigo, ya no te veo como aquella niña que me esperaba cuando subía a la mata de guayabas, que me acompañaba cuando sumergía a buscar camarones. Ahora tú sigues siendo mi linda flor, pero tomas tus propias decisiones.

-                      Ahora que se fue el abuelo soy linda flor. Antes hablabas de razones. Acaba de reconocer que quieres hacerte mi dueño y yo soy libre como la jutía del monte. No tengo dueño. ¡Ja! Sí, tomo mis propias decisiones - Con una risa loca tomó el catauro de peces y salió corriendo en una clara provocación. Yarey, fingiendo molestia y de buena gana, la persiguió hasta alcanzarla fácilmente.

-                      ¿Te crees superior a mí? ¿No ves que soy un hombre? - La sostenía por los hombros y trataba de mantener su cabeza quieta, pero era imposible, ella rehuía su mirada.

-                      Ja, Ja, Ja - ironizaba - ¿No ves que soy una mujer? Ja... Ja... Ja - Empezó a disminuir la intensidad de la risa y entonces lo miró seria y tierna - ¿Es verdad que soy tu linda flor...? - Él se quedó mudo, nunca la había oído preguntar algo así. Estaba bien cerca y más hermosa que otras veces. Aflojó sus músculos, sintió que ella temblaba, hervía su piel; enarcó las cejas en un gesto de amor que ella disfrutó con un incomprensible y temeroso placer. Al notar su fuerza debilitada, Ocarina se soltó de nuevo en una loca carrera de risas.

Los juegos de niños se convertían de manera espontánea en actos de atractivo sensual. Olvidaron todo a su alrededor; corrieron durante algunos minutos. Al fin ella cayó rendida en la hierba bajo una frondosa arboleda, él se tumbó a su lado.

Ambos miraban al cielo y lo veían más azul, las hojas más verdes, el sudor de sus hombros unidos era un manantial que inundaba sus poros con frescura. Ella rompió el hielo casi susurrando:

-                      ¿Ves esa flor allí? ¿Es linda verdad?... Esa soy yo... ¿Dónde estás tú?

-Yo...?Yo soy aquel lagarto que se acerca atraído por tu perfume...

-                      ¡Aaah! ¡Qué bonito! - Entonces añadió picara - No sabía que teníamos lagartos poetas en la tribu, ja, ja, ja...

-                      ¿Por qué te empeñas en provocarme?

-                      Porque eres muy serio y... todo es más lindo cuando te veo reír. Antes te reías más.

-                      Antes éramos niños... - Ella lo interrumpió con voz atronadora para decir:

-                      ¡¡¡Ah, ya habló el hombre, el cacique!!! - Se levantó enfadada, se sacudió la escasa ropa e inició la marcha de regreso. Yarey se quedó tumbado pensando una vez más:

¿Por qué no puedo controlarla? ¿Por qué me cuesta tanto trabajo entenderla? - De lejos la escuchó decir: No te confundas, yo soy una mujer, pero a tu lado quiero seguir siendo una niña - Esas palabras tan confusas se repitieron muchas veces en su cabeza, casi no durmió y cuando lo consiguió tuvo un sueño erótico...

En los últimos años Yarey había sufrido la pérdida de su amuleto sagrado como una maldición de los dioses, su carácter y su responsabilidad se curtían y olvidaba la necesaria alegría que proporcionaba su felicidad para los demás. El behíque, como consuelo, siempre le señalaba la feliz coincidencia de aquel encuentro en el cayo porque los dioses de los blancos y los suyos habían fecundado una pareja fértil.

Ahora él se había resignado a tal voluntad, pero estaba obsesionado con hacer feliz a Ocarina y lo martirizaba la idea de tenerla tan cerca y tan lejos, tan rebelde y tan flexible - ¡Que me ayude la bondadosa Maroya a encontrar la mitad alegre de mi vida! - Se lamentaba inconsolable.

IV.    PIRATAS Y BANDERA BLANCA

El prestigio de José Díaz aumenta con sus acciones. Se siente como uno más porque con frecuencia declara que aquí tiene la familia que perdió allá en la tierra de su origen; allá donde gobiernan un Rey y una Reina quienes se casaron y mandan en muchos lugares. Todo lo que ha podido trasmitir en cuanto a la forma de sembrar, de usar los rudimentarios aperos de labranza, de orientar las plantaciones en surcos y no en montículos como encontró aquí, han influido como intercambios provechosos que se notan en una comunidad más próspera. Con el uso del fuego ha visto ahuecar grandes troncos y hacer veloces canoas. Entonces él ha creado un atracadero flotante atravesando una serie de gruesos troncos y fijándoles por arriba hileras de tablas perpendiculares que se adentran más allá de la orilla, de manera que cuando abordan las canoas, el atracadero mantiene el mismo nivel que la embarcación, queda como una balsa fijada a la orilla; así las cargas y los niños son fáciles de manipular en el abordaje. Como no tiene instrumentos de metal, aprendió a usar el fuego para crear ruedas de madera que sirven de poleas y masas de molinos, muy útiles para ahorrar energía humana. Ha encauzado las aguas de los ríos a través de ligeros canales de bambú para regar los sembradíos en caso de sequías.

La caza de jutía es un arte que aprendió aquí. El cazador sube a los árboles habitados por el roedor y en las ramas más jugosas, atractivas para el animalito, amarra una cuerda de algodón con una gasa que permanece abierta, gracias a la consistencia que le da el almidón de yuca o la cera de abeja. Solo es cuestión de esperar; cuando pasan a través del anillo la cabeza o las patas, se enredan y quedan colgando por alguna parte del cuerpo.

Una tarde José fue a revisar las trampas con el objetivo de llevar carne a la mesa de su familia. En lo alto de un árbol vio tres jutías colgando y comenzó a escalar. Escuchó la percusión del manguaré avisando la llegada de gente por la bahía. De momento no le dio mucha importancia, pero en lo alto pudo divisar un gran velero y lo más impactante fue ver que abría las escotillas de cuatro cañones. Había muchos moradores con lanzas y niños mirando ingenuamente la llegada de tan majestuoso barco sin percatarse del peligro. Rasgándose las manos y la piel, descendió lo más rápido que pudo e inició una desenfrenada carrera hacia el batey. "Tengo que           llegar a tiempo" - Se decía una y otra vez, golpeado frecuentemente por las inoportunas ramas a cada lado

del camino.    Corría el sudor por todo su      cuerpo y se agitaba el corazón con una idea martirizante: ¡Nooooo, los niños

están allí, noooooo! Por fin llegó al batey...


En la carabela con bandera portuguesa, el Capitán pirata desde el puente de mando daba órdenes para hacer una descarga artillera. Ellos interpretaban que las lanzas en las manos de los curiosos e ingenuos primitivos era un recibimiento bélico, entonces usarían su ventajoso y brutal poder para reducirlos. Casi todos los de la orilla serían barridos con la primera andanada y el estruendo haría correr al resto espantados por el terror. "Son pan comido" - Se jactaba el obeso capitán y se agarró de la baranda para levantar la mano... José cruzó los caneyes mirando aun lado y a otro sin detenerse. Logró ver un tejido de blanco algodón secándose en un techo y lo agarró al paso, llegó ala orilla y le arrancó la lanza a uno de los curiosos, pinchó el tejido en un extremó, lo anudó como pudo y recorrió el atracadero flotante. En el extremo comenzó a agitar la improvisada bandera a un lado     y a otro... El capitán al ver

aquel caballero blanco moviendo   como un loco aquel palo con

una bandera blanca, ordenó detener la maniobra... ¡Hum! - dijo- ¡Qué extraña colonia! Son pan comido... - Las pilleras de los cañones se cerraron y José respiró hondo, se arrodilló en las tablas jadeante, derrumbado por la fatiga, pero satisfecho de salvar a su gente. Hasta él se acercaron algunos ancianos encabezados por Marey.

Ahora comenzaba una nueva etapa de su vida, debía ser intérprete, diplomático y representar ser el amo de la comunidad. Mientras la carabela bajaba los botes de desembarco José le explicó al sabio behíque la situación peligrosa que tuvieron y la que sobrevenía. Le pidió, con mucho respeto, representar el papel de jefe para manejar aquel inusual evento. El viejo lo consultó con el resto del concejo y como todos conocían la astucia del europeo, asintieron de acuerdo.        José recomendó      que las                                              mujeres   no       se expusieran, que debían estar bien resguardadas en las casas.

Brevemente les   explicó que muchos     de estos hombres blancos son malos y con tanto         tiempo en el mar tienen un

lujurioso y malsano deseo de sus mujeres.

Poco apoco se difundió la advertencia de José y fueron quedando en la orilla solo hombres, jóvenes y viejos.

En el original atraque balsa comenzaron a descender los piratas liderados por un capitán portugués, cuyo caminar lucía todo arrogante y triunfador; con tanto peso de hombres y armas el puentecillo se hundía casi hasta las suelas. José estaba nervioso, pero firme. Hacía tiempo que no hablaba con blanco alguno. Debería manejar con mucha cautela la relación con esta gente, pensaba negociar para amortiguar sus anhelos depredadores. El idioma no fue óbice para la comunicación de estos dos representantes.

¡José! - inició el gallego la presentación extendiendo la mano.

-                     ¡Joao! - la estrechó el portugués con una leve sonrisa algo sarcástica. Era al menos un principio diplomático.

-                     Os agradezco aceptar mi bandera de paz - continuó José llevando la iniciativa - No hay ninguna necesidad de sangre; yo también fui marino y sé la causa de vuestro atraque...

-                     ¿La sabe? - Preguntó irónico el portugués.

-                     Sí y os voy a facilitar con mi gente vuestras necesidades con lo que tenemos a nuestro alcance...

-                     ¡Por ejemplo! - Interrumpió irónico el pirata...

-                     Leña, frutas, aguapotable, pescados, carne ahumaday salada...

-                     ¡Mujeres!...- Volvió a interrumpir con similar arrogante sonrisa...

-                     ¡No están en venta! - Aseguró con firmeza José.

-                     ¿Quién habló de comprar? - Y apeló a su supuesta superioridad - Pude verlo en el puente intimidado por mis cañones, señor José, vocé habla de paz y yo de rendición total...

-                     Os repito que no hay necesidad de sangre. He contado que trae vos unos cuarenta hombres.

-                     La dotación es de sesenta- corrigió alardoso.



 


 

-                      Si supone que destruyendo el caserío y matando algunos hombres con vuestros cañones puede lograr lo que yo pacíficamente le ofrezco, va a fracasar...

-                      ¿Por qué? - alardeaba dando por seguro superioridad en poder de armas y fuerzas.

-                      En primer lugar os superamos en cientos de hombres con lanzas y flechas, ocultos en el bosque, dispuestos a pelear encarnizadamente por esposas e hijos. Vosotros moriríais en la costa antes de conseguir lo que necesitan. Vuestros hombres se arriesgan por oro, plata y piedras preciosas que no hay aquí.. - Entonces mintió - Hay nativos que sumergen largas distancias; en estos casos están entrenados para horadar el fondo de vuestra nave hasta hundirla. Nunca saldríais de aquí, ni por mar, ni por tierra... - Hizo una pausa y sentenció - No os parece más inteligente que seamos amigos, señor Joao,ustedyyo comerciamos, sereabastece, salvaasus hombres y yo a los míos...

La sonrisa arrogante del pirata se había transformado en una mueca. Los argumentos del europeo habían disminuido su creída supremacía. Miraba a José y a los pacíficos nativos de la orilla con duda, después de unos segundos, disimulando la derrota de su orgullo, dejó salir una hipócrita y conforme carcajada indicando su aceptación al pacto.

José retomó la iniciativa estrechándole otra vez la mano y abriéndole el camino con un gesto. Se sentía mucho mejor, estaba satisfecho de su gestión diplomática, sin saber que era el inicio de otras muchas.

Con mucho tacto comenzó a explicarle las características de vida de esta comunidad indígena, la cual compartía la vida familiar de manera tradicional, como en Europa y la violación o el adulterio eran condenadas con la muerte a pedradas. Lo invitó a pernoctar en su caney, quería brindarle hospitalidad y al mismo tiempo tomarlo como rehén en caso de una traición. El menor contacto con su gente era garantía de no organizar una rebelión. El portugués, bandido al fin, tenía sus dudas de tal amabilidad. Para saber sus posibilidades de adquirir información dentro de los ingenuos aborígenes, José le preguntó:

-                      ¿Tenéis entre los vuestros alguien que hable arahuaco?

-No. ¿Porqué?

-                      Podríais usarlo como traductor e intercambiar con estos indígenas - La pregunta del gallego tenía una segunda intención. Necesitaba hablar con los nativos para organizar una defensa preventiva y lo haría enfrente del enemigo sin que pudieran entender lo que hablaban. Entonces le advirtió:

-                      Voy a organizar a mis capataces para que puedan acoger a los vuestros en casas y seáis bien servidos; mientras otros buscarán leña, agua y alimentos para abastecer sus naves - Era la justificación perfecta para usar la lengua arahuaca. El portugués estuvo muy atento a cada gesto del español; debía advertir cualquier intento de traición. José inició diciendo lo mismo que explicó a Joao, pero alertó precaución en todo:

-                      Hermanos, vamos a necesitar a un grupo de los más jóvenes y fuertes en el batey para proteger a las mujeres y niños en caso de que una agresión de estos hombres desencadene una matanza colectiva; debemos evitarla. El resto irá a buscar mucha leña seca. Las mujeres adultas y las que puedan, traerán alimentos, pero serán escoltadas por el cacique Yarey y algunos hombres. Las más jóvenes y vírgenes quedarán en el batey, bien ocultas en las cocinas, se encargarán de hacer el casabe y asar pescados y carnes. Eviten provocar a estos hombres. Les he hecho creer que somos muchos aquí, si descubren que formamos un pequeño grupo, pueden envalentonarse e intentar masacrarnos. Cuatro muchachos de los más hábiles cazando jutías conseguirán las que tenemos en las trampas, pero después deben quedarse ocultos todo el tiempo posible en árboles donde puedan divisar desde distintas áreas del batey los movimientos de los piratas fuera de los caneyes y avisar a los ancianos cualquier acción abusiva o malvada.

El perverso capitán notó mucha seriedad en los rostros ante tal discurso y eso no le gustó nada. Iba a preguntar sobre el hecho a José, pero este no le dio tiempo:

-                      Debéis tener hambre y sed, vayamos a mi casa. Mis hombres se encargarán de darle techo y hamacas a los vuestros.

El caney de José era de los más grandes. Al entrar el desagradable invitado pudo ver los siete hijos del gallego y la bella silueta de Aragueia que a pesar de sus seis partos, todavía conservaba frescura. Enseguida profirió un comentario venenoso:

-                      ¡Ahhh! Nosotros sin mujeres y tú has hecho todo una tribu con una diosa india.

-                      No las tenéis por que no queréis - Respondió inteligentemente.

-                      ¿Cómo? Si dices que aquí no hay lujuria ni bigamia...

-                      Debéis hacer como yo, ¿Estáis dispuestos a perder vuestra libertad y abandonar el barco? Hay varias viudas listas para casarse. El concejo de ancianos os da derecho de tierras y mujeres, pero nada de vírgenes. Tenemos en la comunidad varios indígenas casados, provenientes de otras tribus derrotadas, son considerados forasteros como vosotros. Ellos entraron aquí sin armas. Vosotros conserváis las vuestras porque quise que os sintierais más seguros y así no os ofenderíais. ¿Queréis quedaros? - Insistió jocoso.

-                      ¡ Vaya, qué colonia! - se limitó a comentar negando con la cabeza.

Se sentaron frente a frente en sendas hamacas y José amablemente le respondió con astucia sus pícaras preguntas indagatorias hasta que Aragueia lo invitó con un gesto a la mesa que José había hecho larga para sentar a toda la familia. Después de comida el europeo lo condujo al cuarto de los niños para que viera los bastidores de las camas que había tejido con ramas de palmas y otros muebles de su propia carpintería. Hablaron durante muchas horas hasta que se rindieron en sus hamacas, bien entrada la madrugada que transcurrió tranquila por el cansancio de moradores y piratas.

V.    UNAAPUESTA MORTAL

La mañana soleada y azul se animaba poco apoco de nuevas voces; el olor a casabe y el sonido metálico de las armas piratas que ocupaban otra vez sus poses bandoleras. Los peligrosos inquilinos salían repuestos por el descanso y se estiraban en los portales de los bohíos donde pasaron la noche. Llamaba su atención el reducido número de mujeres que se encaminaba a buscar alimentos lideradas por Yarey. Comentaban burlones el espectáculo deprimente de aquellas indias maduras, escasas de ropas, quienes mostraban las carnes de prominentes barrigas y enormes senos caídos. Ya estaban abandonando el batey cuando Sebastiao y Medeiros, dos hombres de Joao, vieron cómo se escurría sigilosa hacia el final del grupo una joven indígena de figura esbelta y carnes firmes.

-                      ¡Mira, mira, mira! - insistió el primero - acaba de unirse una princesa india al grupo.

-                      La vi, la vi; apuesto a que es una virgen y se escabulle oculta de alguien.

-Y yo apuesto a que la tengo en el barco antes del anochecer.

-No sé cómo lo harás, pero acepto la apuesta... ¿Qué te juegas?

-                      Mis armas y mi valija del botín.

-                      ¿Yyo perdería lo mismo en caso de que ganes tú?

-                      No sería todo, podrías compartirla conmigo aunque pierdas, ja, ja, ja... - rió malévolo.

-                      O sea, si pierdo todo, ¿también podría consolarme con tu india? - El otro con una malvada sonrisa asintió con la cabeza - De acuerdo, de acuerdo, Ja, Ja, Ja...

El taimado pirata se fue moviendo con mucha dificultad a través de la espesura del bosque para espiar los movimientos de la última indita en la fila. Aquella llevaba pulsos y amuletos, además su porte juvenil la distinguía del resto. Unos minutos después de la marcha se escuchó un sonido que pretende imitar el trino de un ave; es la contraseña convenida con Yarey para que los muchachos apostados en árboles avisen de cualquier peligro pirata. El joven cacique se detuvo alerta y todas las mujeres con él. El pirata se detuvo también... Ordenó continuar la marcha para colocarse a la retaguardia y la indita intentó cubrirse caminando oculta al otro lado de la fila. Era muy evidente para pasar inadvertida. Al distinguirla, el joven gritó como un trueno:

-                      ¡Ocarina! - Las mujeres quedaron pasmadas de temor y lo expresaron con ligeros gemidos. Comenzó entonces una más de las discusiones entre ambos:

-                      ¿Cómo te atreves a desobedecer el mandato del concejo?...

-                      ¡Perdón, perdón, perdón, Yarey! Me aburro mucho en la cocina y sabes cuánto me gusta trabajar con las adultas en el campo... - No le manifestó por orgullo el placer de su compañía.

-                      No se trata de lo que a ti te gusta, se trata del respeto, de tu peligrosa provocación. Sabes muy bien cómo se castiga a las imprudentes...

-                      Pero yo puedo ser muy útil porque soy joven y fuerte...

-                      No te doy una razón más... Regresa inmediatamente porque voy a tomar una de tus orejas y te arrastraré delante de todas hasta que llores y supliques ante Marey - Esta última advertencia era bien convincente, ella conocía la rudeza de Yarey y temía un pasaje vergonzoso por la reprimenda juiciosa del viejo y venerable sabio. Se detuvo con la cabeza gacha y volteó lenta y triste para retornar...

El pirata acechaba la presa. Había observado cada gesto de la discusión y adivinaba lo que ocurría. Solo no sabía que a él lo vigilaban desde un árbol. Comenzó a seguir a la virgen esperando que estuviera más lejos del grupo y cuando lo consideró apropiado se lanzó a la cacería. Se apareció en su camino lento y con astucia, risueño; le enseñó un pulso metálico, brillante, se lo ofreció para atraer su ingenua curiosidad. Ella no esquivó su presencia, no huyó miedosa. El malvado interpretó su débil sonrisa como una coquetería y se abalanzó con toda su garra sobre la inocente virgen;         allí comenzó  un combate            de uñas,      mordidas, patadas        y codazos

entre depredador      y  presa. El supuesto      trino comenzó a      sonar sin

interrupción. Aquel aviso parecía tormentoso lamento y esta vez Yarey solo sospechaba lo obvio - ¡Ocarina! - Sus pies volaban el rutinario sendero y su ruego a los dioses era uno - ¡Protéjanla! - Unos cien metros al frente ya podía divisar la odiosa escena: la sabandija inclemente ante las súplicas de la joven se sentó sobre aquel virgen pecho y sostuvo sus brazos con las rodillas para desabrocharse el cinturón y lanzar a un lado la espada y el pistolete. Trató con sus manos de contener los gritos desesperados de Ocarina que resistía con las demás extremidades, golpeando la espalda con sus rodillas libres.

Esto le dio tiempo a Yarey para soltar la lanza y sorprender al violador por la espalda. Le clavó sus ásperos dedos en los hombros y con toda la angustia acumulada lo lanzó lejos para enfrentarlo. Cuando aquel se volteó y vio que era un simple indio quien lo había sacudido, su rabia racial y arrogancia herida lo dispararon contra su enemigo que en un acto de defensa recogía la lanza para amenazarlo, con         tanta precisión   en        la

coincidencia de    dos caracteres   impulsivos que Sebastiao     se encontró

directamente con la lanza empuñada por Yarey. La punta entró rasgando una herida profunda en el vientre. El hecho sorprendió a los dos. El destino o los dioses fueron jueces del accidente. El europeo cayó sobre sus rodillas. Ahora era él quien suplicaba ayuda con una mano en el aire y la otra conteniendo el borbotón de sangre que se escapaba entre sus dedos. Con la muerte en los ojos atinó a decir - ¡Medeiros!, avisen a Medeiros - El muchacho que avistó el inicio de todo desde el árbol había llegado justo para ayudar. Yarey le ordenó que buscara ayuda en el batey con mucha discreción. Ningún portugués debía saber lo que ocurría. Yarey acomodó al pirata en una posición reposada. No entendía lo que hablaba, pero en este momento trataba de salvarlo de la muerte porque sentía responsabilidad con su pueblo. Él debía evitar a toda costa un enfrentamiento. Era la orden del concejo de ancianos. Ocarina ahora miraba al agresor con lástima y emitía gemidos y lágrimas de culpa...

El muchacho en el camino decidió encontrar a José porque lógicamente podría comunicarse con el herido y era quien

lideraba este fatal encuentro con extraños.  En frente de su caney pudo verlo conversando con su huésped, entonces

rodeó al susodicho para poder hacerle una discreta señal y encontrarlo aparte. José buscó una excusa para verlo y tuvo que contenerse mucho para no demostrar preocupación ante tal episodio. Le pidió al muchacho que se quedara en su caney y no dejara nunca sola a su mujer y sus niños. Con una tranquilidad fingida le dijo al capitán pirata que ya era hora de controlar el trabajo de su gente y lo dejó con la consabida frase - Quedas en tu casa. El malvado visitante no sospechó de su salida porque había notado su carácter diligente...

Unos minutos después pudo ver con vida al frustrado violador. Yarey era quien taponaba la herida. El sujeto pedía ansioso la presencia de Medeiros, José indeciso sobre la difícil situación le aconsejaba - ¡Calma! Te vamos a salvar - Intentó incorporarlo, pero era imposible, el moribundo casi sollozando se quejó - No me siento las piernas - Fue suficiente para que Díaz entendiera que le quedaban segundos de agonía y lo mejor sería que el incidente finalizara en secreto - Descansa - Le dijo acomodando su cabeza hasta escuchar un último suspiro. Sacaron el cuerpo del camino para buscar una solución. El entierro sin incluir las armas fue el inicio de un nuevo ardid que planeaba José: La cautela debía evitar el enfrentamiento contra estos despiadados visitantes...

Al llegar a su caney José indagó con el muchacho acerca de su familia y de la disposición de aquel para continuar la necesaria vigilia en el árbol. Supo que el capitán enemigo había merodeado con mucha curiosidad por el batey. El gallego repasó una vez más en su mente la manera de encarar el asunto con el portugués. Por fin asumió un semblante de alegría, debía evitar sospechas a toda costa:

-                     Señor Joao, tengo una mala noticia para vocé y buena para mí - Avanzó hacia él mostrándole la espada colgando del cinturón y el pistolete del occiso.

-                     ¿Y esto qué significa? - Preguntó incómodo.

-                     Significa que usted ha perdido un hombre y yo he ganado otro.

-                     ¿De qué habla vocé? Hable más claro...

-                     El dueño de estas armas me las entregó porque, como os dije antes, para entrar en nuestra familia debéis renunciar a vuestras armas.

-                     ¿Quién es el desdichado?... - Preguntó sarcástico.

-                     No dijo su nombre. Cayó ante el encanto de una princesa india. Me rogó que le evitara la vergüenza de reconocerlo ante vuestras burlas - El inquieto bandido se acercó para mirar el pistolete. En su cacha pudo ver el dibujo de un cañón y unaS...

-                     ¡Sebastiao! - Dijo irritado - No se lo puedo permitir. Es mi mejor artillero...

-                     Es tarde. Ya lleva tiempo de ventaja camino a las montañas de Guamuhaya. Ningún blanco que entra allí con armas regresa vivo. Lo único que dejó dicho es que su amigo Medeiros entendería...


 

Con este último argumento Joao salió disparado sin despedirse ni agradecer hospitalidad. Ordenó al primero que vio la inmediata presencia de Medeiros. Con él estuvo hablando sobre la apuesta hasta que el subordinado abordó un bote para comprobar si Sebastiao tendría la indita en el velero.Al poco rato volvió para suponer con su jefe que sería un ardid del taimado artillero para de alguna manera apropiarse de la pequeña salvaje y llevarla en secreto con su gente. El capitán regresó hasta encontrarse con el gallego de nuevo:

-                     ¡Ya volverá, ya volverá! - Decía muy seguro de su hombre - Es cuestión de tiempo...

-                     No cantes victoria. Vuestros anfitriones dicen que cuando un hombre toma agua del coco que le brinda una india, se queda aquí hechizado para siempre. Miradme a mí que llevo varios años en este paraíso. ¿No lo creéis?

-                     Ja, Ja, Ja. Es muy bueno tu chiste, pero apuesto a que mi hombre probará el agua como dulce y después le repugnarája, ja, ja...

Cinco días de sobresaltos y zozobra estuvo la desagradable expedición en Jagua para aprovisionarse de lo acordado. Mantener aquel peligro a raya requería de paciencia y sobrada hospitalidad. Como aquel desdichado artillero no llegó, sus compañeros de aventura, acostumbrados al poco valor humano, se conformaron; uno se adjudicó un botín por ganar una apuesta y el jefe no hizo pública su decepción: " Un pirata más, uno menos, qué más da " Llegó a admirar la solicitud y diligencia del gallego en innumerables atenciones que recibió durante su estancia. Consideró oportuno hablar de negocios en un tono menos agresivo que cuando había arribado:

-                      Estimado amigo José, ¿qué queréis a cambio de vuestras bondades? He notado que siempre andáis desarmado.

-                      Os equivocáis, amigo, mis armas son la astucia y la iniciativa - Le decía la mayor verdad de todas - No quiero ofenderos con pedidos, prefiero que vos demostréis vuestro carácter magnánimo y ofrezcáis voluntariamente - Con esta respuesta lo retaba a un alarde de desprendimiento y ocultaba su inexperiencia en esta actividad....

-                      Ja, Ja, Ja, amigo José, siempre hábil en la respuesta, te voy a compensar bien. Me gusta tu estilo, Ja, Ja, Ja...

Esa mañana los moradores de Tureira vieron asombrados por primera vez cerdos y flacas cabras. Desfilaron también ante su vista cofres con ropas, zapatos y algunos instrumentos que llenaron de placer los calculados esfuerzos que el gallego tuvo que sufrir con su gente todo este agotador tiempo. Un rato después el capitán personalmente descendía de un bote cargando una bolsa y un tonelito de vino del que compartió unas copas de cristal con José. Era una despedida amistosa. Antes de abordar el bote, le estrechó la mano al gallego y le recordó:

-                      Sobre Sebastiao... - Hizo una pausa de consternación para José - Decidle que si decide volver, está perdonado - Era este pirata ahora muy distinto al arrogante Joao.

Cuando el velero desapareció más allá de Cayo Carenas sonó el manguaré para           celebrar  el pacífico  triunfo                                                                                                                                    de tan

inusual batalla. El gallego quería descansar y al mismo tiempo celebrar, enseñar         lo nuevo, besar a su   familia; en                                                                                                                                su

incertidumbre decidió al fin compartir con Marey y el concejo aquel tonelito con cuyas copas apaciguó tanta ansiedad...

VI.    EL CONCEJO DEL FUTURO ESTABLE

Los días siguientes a la experiencia con piratas estuvieron dedicados al aprendizaje sobre la crianza de los nuevos y extraños mamíferos, la enseñanza de cómo usar los picos, guatacas, hachas y serrotes que habían ganado en el voluntario trueque. José pudo renovar sus agujereadas botas de polainas altas y su camisa blanca. Las mujeres quedaron muy entusiasmadas con los espejos, ropas extrañas y collares de cuentas más brillosos que los conocidos. Habían salido ilesos. Ocarina regresó de un batey vecino y Marey castigó su imprudencia: treinta soles cumplió sin salir de su caney, penitencia que fue indirecta también para Yarey a quien entristeció su ausencia.

Un repaso de todo lo acontecido hizo pensar a José que aquella situación se podría repetir. Joao le había dicho que los viajes de Colón por estas tierras eran rutas conocidas por muchos marinos en Europa;

Veía inminente prepararse bien para contrarrestar estas visitas. Con mucho respeto le sugirió a Marey convocar al concejo con ese fin. El anciano lo apreciaba ya como un hijo y líder natural de su pueblo; su astucia era famosa en todo el litoral de Jagua. Con mucho gusto convocó al concejo para escuchar sus iniciativas. Explicó las razones de la reunión y le dio la palabra. El europeo inició su discurso con detalles para provocar alarma. Supieron por él que pronto vendrían otra vez piratas como estos y expuso su plan para evitar sorpresas: Los árboles más altos en cuatro sitios que dominen el batey y sus alrededores serán acondicionados en el tope para poner un centinela mientras personas extrañas nos visiten. El que queda frente a la bahía será permanente a partir de hoy con guardias de relevo y con un tambor que indique diferentes toques. Tres continuos con un breve intervalo nos dirá la presencia de piratas. Inmediatamente alguien tiene que salir con la bandera blanca y el concejo pactará comercio y beneficio mutuo con los extraños. Las mujeres más jóvenes deberán marcharse a un batey retirado y acondicionado, con senderos disimulados, aquí se quedarán solo las ancianas y las enfermas, permanecerán dentro de los bohíos, evitarán la vista de los extraños. Construiremos grandes bohíos para mantener leña seca y conservar alimentos y frutas con miel de abejas, carnes saladas y ahumadas. Las lanzas, arcos y otras armas estarán guardadas también, las usaremos solo cuando la guerra sea inevitable. Estos irritables marinos deben ver, como el capitán Joao, un entorno de paz...

Aprovechando el ejemplo y en tono jocoso Marey preguntó: ¿Usaremos también a los entrenados para sumergir y hacerles huecos a las canoas piratas? - Ante el recuerdo de la falsa imagen intimidatoria creada por José, todos rieron, pero él agregó - No es mala idea, debemos practicarla con los mejores nadadores, quizás algún día puede ser útil...

Esos primeros años posteriores al bojeo fueron de paz, de respeto a la diversidad cultural, de un intercambio insospechado hoy. Todavía no existían leyes coloniales ni control de la Corona que impidieran el comercio. Con frecuencia aparecían en la bahía Jagua grandes veleros con banderas inglesas, francesas o negras que anclaban frente a la punta Tureira por una única razón: la necesidad. Siempre fueron recibidos aquí por un blanco, vestido con botas de altas polainas, rodeado de indios y mestizos que los trataban amablemente y por experiencia sabía la forma de guiarlos hacia fuentes de agua potable y otros recursos que les permitieran continuar al oeste o regresar al viejo continente. Todo estaba previsto: los guías, los senderos hacia la leña, apilada y protegida de la lluvia; los mejores parajes hacia las frutas, el maíz, el casabe, los frijoles, la carne de carey salada. El poco ganado menor que había podido criar en tales intercambios y condiciones era para invitar a los capitanes en armoniosos banquetes: era el ambiente apropiado para que los aventureros mostraran su espontáneo agradecimiento dejando algunos sacos de café o de trigo, trituradores, guayos, aperos y otros objetos útiles así como baratijas; mediante las cuales Díaz se regocijaba después trasmitiendo sus ventajas en la práctica laboral.

Cuando un extranjero bajel había desaparecido el color de su bandera más allá de la boca de Jagua, también regresaban a ver el trueque las mujeres y madres jóvenes con su prole; habían estado escondidas en un batey lejano, de senderos camuflados, protegidas del apetito carnal marinero de días y meses de abstinencia.

Era esta fiesta mejor que la primera y también descorchaban algún tonel de añejado vino europeo. A veces coincidía con las celebraciones y areítos de solsticios; allí sonaba el mayohuacán y la flauta. Díaz muy feliz compartía con su familia las enseñanzas de los más viejos aborígenes y, a pesar de los inconvenientes de la lengua nativa, pudo entender que el origen antepasado de ellos también había venido de isla en isla por mar, de una tierra interminable con ríos inmensos, que aquí                                                                       también   tienen nombres                ancestrales, pero son pequeños, como el que parte de la        laguna Guanaroca, muy

parecido   el sonido     de otro grande conocido allá como "Orinoco" o algo así.

Aquellos bronceados y pequeños hombres, venerados por la edad, por ser Caciques o Behíques, inhalaban unos sahumerios por la nariz, a través de finas cañas huecas, se ponían en contacto con su gran Cemí y contaban su origen con su tradición oral:

Huión, el Sol creó a Hamao, el primer hombre en      toda la Tierra quien casi

moría de tristeza al vivir solo en esta inmensidad.      Para apaciguar su pena,

nuestra bondadosa Maroya, la Luna creó para él a Guanaroca, la primera mujer; juntos se llenaron de felicidad y tuvieron al primer varón, Imao, a quien la madre prodigó cuidados y atenciones de tal forma que provocó celos en su esposo. Hamao se sintió abandonado, traicionado y, por el temor de volver a la soledad, llevó lejos a su propio hijo y lo dejó morir de hambre y sed dentro de un gran güiro en el bosque. Hasta allí llegó el instinto de su madre que por accidente dejó caer el fruto esférico descomponiéndose en peces que fueron ríos; careyes y jicoteas que fueron cayos y penínsulas como Majagua donde hoy vivimos.

Guanaroca lloró tanto la pérdida de su hijo Imao que sus lágrimas llenaron la mayor laguna con su nombre que desemboca en la bahía. Con el tiempo la piadosa Guanaroca perdonó a Hamao, entonces concibieron a Caunao que, como su padre, inicialmente creció triste, sin compañera y a quien la bondadosa Maroya le creó a Jagua, quien siempre concebía hijas hembras a diferencia de Guanaroca que daba varones. De ellos surgimos nosotros - El narrador inhaló largo en su sahumerio, exhaló despacio el humo, envolviendo una pausa de silencio y admiración... Al poco fue interrumpida por la risa de Díaz - Ja Ja... Ja Ja Ja... Ja Ja Ja... - El anciano lo miró sorprendido e incómodo regañó - ¿Eres incrédulo?... ¿Quieres ofendernos? - Ja Ja Ja... No, os juro que no, familia, disculpadme, es que recordaba la cara de estupor que puso uno de los marinos.

El caso es que aquel mozuelo, pícaro y curioso le preguntó a mi hijo mayor - Oye, indito, ¿aquí no hay mujeres? - Yde la manera más ingeniosa el niño le contestó : No, aquí todos somos hijos de Guanaroca...- Ja Ja Ja... ¡Qué cara puso! ¡No entendió nada! Ja Ja Ja... - Todo el diverso auditorio rompió en risas... Esa noche pasó a madrugada entre alegrías, danzas, vinos, grillos, cocuyos; quizás más de una joven pareja como Yarey y Ocarina imitaron en tibios refugios a sus creadores ancestros..


La comunidad progresaba y se incrementaba con miembros de otras comunidades vecinas. En una ocasión entraron a la bahía varias canoas que se distinguían de las locales, pero los nativos que remaban no traían armas ni las caras ni los cuerpos pintados, era obvio que venían en son de paz y buscaban asilo o ayuda para continuar hacia el oeste. Venían de Camagüey, escapaban de los extraños seres que los habían derrotado. Se asustaron al cruzarse con José. Por ellos supieron aquí de los desmanes y abusos ejecutados por los invasores blancos que venían del oriente. Se asombraron mucho de la armonía y de la familia mestiza que rodeaba de amor a este blanco. Algunos de ellos solicitaron quedarse y tuvieron que prometer obediencia al condescendiente Marey.

Una mañana muy temprano sonó el manguaré con tres toques a intervalos y todos salieron como de costumbre; esta vez solo venía un blanco, rubio, de ojos azules y piel muy rosada, sudoroso y fatigado de tanto remar en un bote. Al tocar con la proa el atracadero, le extrañó mucho la presencia tranquila de los nativos y en un acto confuso de temor y desconfianza tomó su arcabuz para apuntarlos. Desde la orilla José le gritó - ¡Bajad el arma, son gente de paz! - El blanco, alegre de escuchar su propia lengua, vio a José como su última esperanza y se desplomó en la embarcación...

Recuperado ya en el caney de Díaz, el forastero se presentó simplemente como Lope, inmediatamente los dos europeos se identificaron por muchas coincidencias en su destino. Lope había sido hombre de armas también, pero sus convicciones religiosas lo hicieron abominar la campaña criminal de sus coterráneos que avanzaba desde el este de la isla. José pudo conocerlo muy bien y ayudarlo a su adaptación. El hombre rosado, como lo llamaron inicialmente en la tribu, desde su llegada vio en José un ejemplo de progreso y ganó con su esfuerzo la confianza para quedarse como "Lope"; si el gallego había mejorado los sistemas de siembra y regadío, Lope había embellecido y enriquecido los espacios abiertos con árboles frutales en aquella península que los aborígenes llamaron Majagua debido a la gran cantidad del árbol de flor púrpura o amarilla, según el tipo. Ahora podía apreciarse también chirimoya, mamey, anón, guayaba, caimito, tamarindo, guanábana y plantas más pequeñas como la calabaza, el sabú y varios tipos de frijoles. Todas aquellas semillas vinieron en su bote, guardadas con mucho celo desde que se propuso desertar para encontrar un destino pacífico. Este español nunca dijo su nombre completo y se supone que era canario porque no pronunciaba la z como José. Lo cierto es que jamás quiso alejarse del gallego, por eso rogó a Marey que le permitiera asentarse en Tureira, frente a la bahía. Era la parte más bonita de Majagua que se bifurca en otras dos pequeñas penínsulas; esta apunta directamente a Cayo Carenas, al sur y la otra hacia el oeste, donde no quería vivir nadie por su terreno cenagoso y abundantes mosquitos. Los españoles y franceses que vinieron muchos años después la dedicaron con su nombre a la Reina, simplemente por cumplir ordenanzas que imponía la corona a sus súbditos.

Lope construyó un bohío rodeado con el jardín arbóreo más notable de Tureira y con el mismo afán conquistó el amor de una hermosa india, fertilizada para cultivar a su bella y única mestiza Marilope...

Aludiendo a un viejo refrán: "La felicidad dura poco en casa del pobre" Todo cambió cuando Diego Velázquez y sus hombres, provenientes de La Española, comenzaron a ocupar tierras de los aborígenes en la parte oriental, donde encontró la resistencia organizada del Cacique Hatuey quien también había venido antes de dicha isla; sabía de aquellos horrores y luchó ejemplarmente contra las injusticias de tal invasión. Su osadía rebelde fue condenada al homicidio en la hoguera, su paradigma convertido en acicate. No tuvo la gracia del dios misericordioso, sino la del todopoderoso.

Por eso, según las crónicas, rechazó arrepentirse de sus actos, no quiso seguir con vida en el cielo que los conquistadores le ofrecían.

No fue agradable la noticia cuando llegaron a Jagua y vieron que no eran los primeros colonizadores españoles en esta isla. Ya Díaz y Lope se consideraban adelantados y les hicieron creer que habían sido encomendados allí por Sebastián de Ocampo. Los indígenas de esta comunidad, bien aleccionados por estos, no ofrecieron la acostumbrada resistencia rebelde. Mucho molestó a los recién llegados la respetuosa relación humanista que existía entre ellos y los legítimos moradores de Jagua. En su afán "civilizador" no veían claro que los primitivos anduvieran como iguales, usando sus amuletos y prendas religiosas, propias de una cultura y etnia considerada salvaje y pecaminosa. Más de una vez Díaz debió explicar a los conquistadores que su esposa Aragueía había sido convertida al catolicismo y tuvo que pedirle a sus mestizos que escondieran sus objetos sagrados ante la intolerante presencia de los invasores vecinos.

No obstante Velázquez tomó las usadas precauciones de conquistador evangelizador; favoreció al pacificador y cristianizador: el renombrado fraile, defensor de indios, Bartolomé de las Casas y le regaló, por servicios a la corona, o por alejarlo de su zona Oriental, una de las encomiendas conquistadas, con "esclavindios" incluidos, enArimao; ubicada en la parte este de labahía, amedia legua de la boca del río del mismo nombre.

El hombre de Dios, había incursionado años antes como conquistador en La Española, pero fue a cambiar la cruz con filo por la sagrada; así recibió el sacerdocio en España y regresó a impartir los santos oficios en aquella isla. Un lustro después le fue negado el derecho de confesión por su coterráneo dominico FrayAntón de Montesinos y, como a él, a los demás propietarios de indios; sin embargo aquí en Arimao compartía la propiedad de la encomienda con Pedro de la Rentería...

José, en una nueva iniciativa, le adaptó una vela tejida de guano de palma a una canoa indígena; en ella navegaba para conocer al Padre Las Casas en Cayo Ocampo, encuentro acordado en un intercambio de mensajes. En el viaje desde Tureira el gallego hacía introspección: buscaba semejanzas y diferencias que pudieran depararle argumentos ante su próximo interlocutor. No enfrentaba un enemigo bélico, pero la filosofía que cultivó su vida natural en esta realidad podría traicionar su elocuencia y, para él, la diplomacia del respeto está por encima de cualquier convicción encontrada. El hombre de Dios, con su acostumbrado hábito blanco, rodeado de algunos indígenas, lo esperaba sonriente en el atraque; había escuchado sobre su positiva voluntad laboriosa y pacifista. Ahora admiraba aquel ingenioso tejido verde de palma sobre una canoa. La atmósfera era entusiasta y llena de curiosidad. Con voz baja y sosegada Las Casas inició el diálogo:

-                      ¡Bienvenido, hijo José, estaba ansioso por conoceros.

-                      ¡Muchas gracias, Padre, yo también deseaba mucho este divino momento - Le besó con devoción y respeto la venerada mano.

-                      Reciente me han dicho que vos y otro cristiano de nombre Lope colonizáis sendas encomiendas como Dios manda, respetados y queridos, en paz y armonía - Tal comentario inicial le hizo revelar ciertas culpas que cargaba.

-                      Lo siento, Padre, no es así. Llevo mucho tiempo mintiendo para sobrevivir. A vos y vuestra santidad no os puedo mentir. Os ruego que tome lo que voy a confesaros como secreto. Sé que vos escribís todo y tenéis correspondencia con el Rey. Sin embargo yo he pecado y he engañado a mucha gente.

-                      ¿Pero no a los vuestros, José, no a los vuestros?...

-                      Padre, depende de qué vuestros vos me apropiáis. En primer lugar nosotros no somos encomenderos, no nos adueñamos de indio alguno y de hecho fuimos adoptados por la benevolencia y la misericordia de estos hijos de dios, somos sus vecinos. Hemos aprendido de ellos y viceversa.

-                      ¡Válgame Dios! ¿Y cómo llegasteis aquí? ¿Cuál es vuestro origen y apellido? - Esta pregunta era espinosa. La fe de José era fiel en convicciones de lo sagrado. Demoró unpoco y el Padre le insistió en susurro - José...?

-                      Soy de Galicia, mis apellidos son Díaz Pacios; de Lope no sé, nunca lo interrogué al respecto, pero yo...- le costaba trabajo expresarlo - yo... soy desertor de la dotación de Sebastián de Ocampo... He tenido que tratar con peligrosos piratas para evitar violencia y salvar vidas...-El hombre de Dios lo escuchaba ensimismado. Lejos de condenarlo en su ánimo sentía afecto y compasión - No estoy casado como Dios manda, pero os juro por mi fe que ha sido la voluntad del señor quien nos ha dado hijos y prosperidad para nuestra felicidad...


-                      Del señor os quiero hablar. Me alegra oír esa devoción. Sin embargo he sabido que en vuestra encomienda, es decir en vuestra comuna, los vecinos usan y adoran ídolos de herejes, que no saben nada de nuestras divinas escrituras...

-                      Es cierto, Padre, usted viene para adoptar a esta humilde y noble gente, Usted representa el poder de nuestra Majestad, yo, por el contrario, fui adoptado aquí, sin poder alguno y vivo gracias a la bondad y la fe de esta gente. Me resulta muy difícil reeducar con mi fe a quienes me brindaron amor y cuidados con un dios desconocido. Es un dios como el nuestro, con otro aspecto...


-                      ¡José!... - Alteró el padre el tono de voz ante tal criterio...- No es posible creer en alguien más que nuestro divino supremo...

-                      Disculpe, Padre, intentaba una parábola de bondad al comparar, disculpe mi atrevimiento. Le prometo que enseñaré más nuestra fe a mis vecinos y familia...

-                      Me alegra escucharlo, José Díaz, conozco mucho ya de vuestro espíritu voluntarioso. Cuento con vuestra ayuda para salvar almas y enfrentar también la injustificada ira de nuestros paisanos...

-                      Ese es otro peligro que me cuesta mucho trabajo encarar, Padre...

-                      Lo vamos a intentar - Lo interrumpió - Lo vamos a lograr...

-                      No son buenas las noticias en todo nuestro alrededor. Sepa que nuestra comuna ha crecido precisamente por la solidaridad que encuentran aquí los que huyen de los atropellos de Narváez y sus hombres. Hemos tenido que esconder y proteger incluso caciques que se rebelaron y lamentan la violación de esposas, hijas y hermanos asesinados; no le hacen honor a nuestro dios, Padre...

-                      ¡Ay, querido hijo, con cuanto pesar os doy la razón! Como vos yo he tenido que lidiar contra tales desmanes, quizás por esa razón el supremo nos ha puesto aquí. Gracias a nuestros esfuerzos llegan algunas noticias a España, sin embargo los metales preciosos y las conquistas son las noticias más interesantes para nuestros monarcas...

Aquellos románticos tiempos de amor, aventuras y leyendas se fueron infectando con la expansión colonialista. El propio Velázquez en 1512 ya había forzado a los indios para extraer oro de los arroyos de Guamuhaya. Los modales y el trato con los nativos se tornaron, por ambición, en imposiciones, violentos abusos: carnales y laborales, así sucedieron rebeliones como las que causó la alerta de Hatuey y la resistencia del valiente cayo Guamá que duró hasta 1533.

Quizás la experiencia con José y Lope influyeron en la actitud del Padre, este aceptaba el modo de encomienda, no para apropiarse, sino como medio de impedir atropellos con "los suyos".

Se adelantó hacia el oeste y para 1514 el buen padre protegía también el batey Yaguaramas, donde lo visitó el cronista Bernal Díaz del Castillo en 1517; allí los indios les sirvieron comida.

Para entonces la fama del buen hombre de dios era reconocida en la Metrópolis como el máximo protector de indios de la Nueva España; con ese propósito entró en el continente por el puerto de Veracruz, prodigó sus buenos oficios en Guatemala y en Chiapas, no solo como sacerdote sino como hombre de ley, campaña que continuó apasionadamente hasta su vejez, debatiendo sus ideas humanistas en la propia corte.


IX.    BATALLA CONTRA PÁNFILO DE NARVÁEZ

Una década después de la partida del Padre las Casas y posterior a la muerte de Diego Velázquez, regresó, derrotado o sobornado por Hernán Cortés en Méjico, el tristemente célebre Pánfilo deNarváez.

Al confirmar la incipiente colonización de la Isla en Baracoa, Bayamo, Santiago de Cuba, Sancti Spíritus y Trinidad; avanzó para instalarse en la inmensa Cumanayagua, encomienda anteriormente repoblada por el difunto Velázquez y su proyecto aurífero de Guamuhaya. Su avance hacia el oeste se hacía cada vez más lento porque tuvo que enfrentar la valiente resistencia de los caciques Ornoya y Caunao en el centro. Creyó el malvado que obtendría apoyo para su campaña invasora, contaba con sus coterráneos Díaz y Lope en el sur y los convocó a reunión en nombre de la Corona. La mayor seguridad para dicho encuentro sería en el área de Jagua, entrando por mar, con una de sus carabelas, en el mismo Cayo Ocampo. Sabía muy bien que los famosos indios cayos no eran habituales enemigos en esta geografía del sur. Allí, en un bohío, escoltado por sus acólitos blancos, se entabló una encarecida discusión regionalista...

Sentados en rústicos muebles de madera con los que ya contaba el lugar y a la sombra de las uvas caletas, después de un frío saludo, inició sus pretensiones Don Pánfilo:

-                      Ya conocéis bien la situación que atravesamos, desdichadamente la Isla se nos hace cada vez más larga y los colonos somos muy pocos. Sabemos que vuestros indios son fieles y nos serían de mucha utilidad para avanzar hacia occidente. Vengo a solicitaros más colaboración, más entrega a nuestra causa.. - Díaz lo interrumpió cortante:

-                      ¿Sabéis por qué son fieles nuestros indios? ¿Realmente vuestra causa es la nuestra?

-                      Bueno sabemos que aquí confundís libertad con libertinaje y los inditos y las inditas se confunden con vosotros - Decididamente no sabía la diferencia entre dueño y vecino establecida en Jagua - Creo que tenéis bien claro que todos nos debemos a la corona...

-                      ¿Realmente la corona sabe todo lo que vosotros hacéis aquí? - Esta vez preguntó Lope, insinuando las bajezas egoístas que quedan fuera de todo informe. El malvado conquistador sacó sus uñas:

-                      Me temía ya estas respuestas.Ahora seré más claro: ¡Estáis obligados a cumplir como soldados de nuestros soberanos! Ellos os han concedido estas ricas mercedes que vos se apropiáis ahora - Su ignorancia de la situación le impedía ver que no eran dueños. No sería conveniente que lo supiera. Díaz lo conminó a desistir de su orden.

-                      Usted, señor Narváez, esgrime la causa de nuestras altezas, en eso estamos de acuerdo. Lo que no compartimos con vos es el método. Como podéis ver, a su alrededor no hay rebeliones ni matanzas. Están en nuestro entorno también las mercedes del querido Padre Las Casas que goza en la Nueva España o Méjico de un alto cargo en la corona y apoya nuestra causa en esa instancia... - El despiadado conquistador apreció que solo conseguiría repetir sus antiguas discrepancias con el renombrado fraile e hizo otro intento:

-                      Si os escudáis en tal posición, estáis en desacato y eso os convertís en nuestro enemigo...

-                      En el vuestro personal, está bien claro - acotó Lope -Avos no os convenís más enemigos de los que tenéis.

-                      Por favor... Si vine aquí no fue a rogar, sino a advertir lo útil de la alianza. El potencial de artillería y nuestra fuerza os aventaja en todo. Sería muy fácil reducirlos y tomar vuestros indios anuestro lado... - Díaz lo interrumpió astutamente:

-                      Estáis cambiando el argumento, señor, vos dijisteis bien claro al principio que los colonos somos pocos. Con esa nueva pretensión nos reducís más.

-                      ¡Basta, señores! No se le puede pedir peras al olmo. Os doy este día para reconsiderar vuestra postura. Mañana al amanecer atacaré con artillería vuestros hogares hasta hacerlos añicos y desde ya debéis consideraros enemigos del Rey.

-                      Enemigo vuestro - Enfatizó Lope y Díaz añadió:

-                      Debéis pensar bien lo que pretendéis. Primero porque necesitáis entrar en nuestras posiciones y por el canal de la boca, por donde vais a salir ahora, podéis quedaros bajo el fuego de nuestras baterías camufladas... - La mente asesina del conquistador mostró su miedo:

-                      ¡Seríais tales traidores? ¿Olvidáis que represento a vuestro Rey?

-                      Pretendemos que vais contra nuestro sagrado Padre - Aclaró Lope y Díaz lo calmó:

-                      No somos tan desalmados. Nosotros tampoco queremos que se reduzca la comunidad española en la Isla, ni la indígena. Quien debe reconsiderar es vuestra excelencia - La cortesía final tenía un tono irónico.

- ¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! - Aprovechando las indulgentes afirmaciones de José Díaz, el despreciable interlocutor tuvo esperanza de seguridad en su partida y se levantó alterado - ¡Vayámonos inmediatamente! - Salió tenso y torpe, deseaba ofender, pero percibía inferioridad moral y numérica alrededor, a pesar de ser mayoría blanca en el portal del bohío.

El despiadado conquistador que había estado en otras campañas fallidas, ordenadas por el difunto Velázquez, siempre sobrevivió, ocupado en la retaguardia, aprovechando los privilegios de ser Jefe para adueñarse de botín y prebendas personales. Ahora temía regresar cruzando el canal de la boca. Ordenó enfilar su nave hacia la desembocadura de la legendaria laguna de Guanaroca, de esta manera remontaría el río hasta la encomienda Arimao. Allí los indígenas, aleccionados por el Padre Las Casas, eran conversos pacíficos y fieles a la Corona. Desde aquel lugar continuaría en embarcaciones más ligeras hasta llegar muy rápido a su campamento. Observaba temeroso a un lado y otro, recordaba con desconfiada maldad el hecho de ser abatido por los aliados de José. Esa advertencia fue otra astucia del gallego. Él no había instalado tales baterías, no quería asustar a sus potenciales clientes, sin embargo, los vecinos del cacicazgo Juraguá los habían recuperado de veleros abandonados y era verdad que los tenían camuflados para proteger ese flanco occidental de posibles y potenciales ataques de cualquier tipo. Los encomendados de este territorio tenían muy buena vecindad con Díaz y Lope. Se beneficiaban del pacífico intercambio mutuo.

Inmediatamente después de la partida de Narváez, Los más experimentados vecinos de Tureira en la península Majagua, tomaron precauciones: Lope fue a explicarles lo sucedido en Cayo Ocampo y pidió que estuvieran alerta, que vieran la posición de Narváez en su carácter individualista, injusto y perjudicial, incluso para la incipiente colonia española y la corona. Después de convencerlos Lope navegó de regreso a Tureira pues dirigiría la retaguardia con los vecinos y los indios más ancianos para proteger a mujeres adultas y niños. Antes de la tarde José pensó muy bien las posibles tácticas del eventual enemigo, sabía que no arriesgaría por nada sus naves e intentaría sorprenderlos por tierra. Entonces, luego de explicar la situación, acordó con el concejo la necesidad de trasladarse lo más rápido posible hacia las inmediaciones de Cumanayagua con todas las lanzas, arcos y flechas que tuvieran a mano. La pintura de guerra solo debía ser verde y marrón para confundirse entre los árboles. Los más certeros arqueros ocuparían posiciones cómodas sobre árboles y a prudente distancia. Los esperarían en las zonas más boscosas de los senderos, por donde pretenderían pasar con los temibles cañones. Jamás pensarían en una sorpresa desde arriba, adonde los pesados cilindros no apuntan y casi no ven los enemigos para disparar sus arcabuces, con el temor de ser alcanzados por flechas o lanzas. Todo se prepararía antes del amanecer. En el único y posible sendero boscoso que los conduciría al suroeste, construyeron en silencio improvisadas plataformas y elevaron todas las piedras y armas que les permitió la noche. José estaba convencido de que el fracasado Narváez solo necesitaba un poco de resistencia para desistir de sus pretensiones, con su maltrecha y vulnerable tropa.

Con los claros del díay las lejanas voces enemigas, José divisabaya en su catalejo el avance de seis cañones, con dotación de ocho hombres cada una, tirados por tres caballos en sendas cureñas y cuatro mulos halaban las carretas con embalajes de las balas y la pólvora. Al final de todo se veía un coche escoltado por jinetes armados donde supuestamente vendría el acomodado Jefe de la operación - "Es tan ingenuo que pretende emplazar su batería en nuestras narices, confiado en la paciencia antibélica de mi gente". - Pensó... Hizo la convenida señal de listos que se fue trasmitiendo de árbol en árbol hasta que estuvieran justamente sorprendidos debajo de su rudimentaria y original artillería.

Los soldados avanzaban muy animados por la agradable brisa mañanera. Conversaban confiados sobre lo fácil que sería llegar a la pacífica y distante costa; planeaban repartirse las indias más jóvenes tal como les había prometido su jefe. Todo sería un paseo.

Siempre andaban con mucha tranquilidad desde Arimao hasta Juraguá.

José dejaba que toda la hilera de artillería pasara en línea por el angosto sendero hasta el momento oportuno. Los copudos árboles a ambos lados descargarían el cronometrado golpe al disparo del gallego. Así lo hizo justo cuando apuntó y derribó a uno de los jinetes de la escolta. De inmediato la lluvia de piedras, lanzas y flechas en la primera andanada provocó un incalculado número de bajas. Las tres primeras cureñas se distanciaron del resto porque los caballos se desbocaron sin control y quedaron fuera del alcance de sus dotaciones. En el suelo yacían hombres heridos o inconcientes, flechados por disímiles partes. Algunos agonizaban atravesados por lanzas en la espalda o el cuello.

Alguno que otro quiso refugiarse en la espesura, pero era presa más fácil de las flechas al enredarse con la infranqueable vegetación. Los que caminaban al final de la hilera y el resto de la escolta reaccionaron moviéndose hacia atrás y fuera del alcance de tales proyectiles, dispararon la primera carga de sus arcabuces a ciegas hacia las copas de los árboles y lograron herir a dos indios en los brazos. José bajó, se hizo seguir por Yarey y tres vecinos, corrieron a parapetarse, pistolete en mano, detrás de las cureñas descarriadas. Uno de los soldados que yacía herido de flecha, lo alcanzó con un disparo en el hombro; el invasor acabó de morir golpeado en la cabeza por una certera roca. José sintió el escozor del balazo cuando desenganchó los caballos y orientó ligeramente la punta del cañón hacia el lado enemigo. Aprovechaba la ventaja de que ellos tendrían que maniobrar mucho, impedidos por la maleza, para girar en redondo sus caballos y los tres cañones restantes. Sin detenerse a mirar la profundidad de su herida se volteó amenazante hacia la menguada tropa de Narváez. Este salió para parapetarse detrás de su carruaje y ante tal lastimosa escena, cobarde e impotente le gritó:

-                      ¡Malnacido, mirad tu obra, vais contra los vuestros, el Rey no perdonará tal alevosía - Al tiempo que decía esto la escolta envalentonada se movía de nuevo hacia las piezas artilleras, pero quedaron paralizados cuando vieron que José había encendido un leño junto al cañón que los apuntaba.

-                      ¡Escuchad!: El Rey sabe todo lo que ocurre aquí. Cada velero que parte hacia la Nueva España lleva correspondencia nuestra al venerado Padre Las Casas. Él se ha encargado de informar bien de nuestra fama y la vuestra. Ahora os doy la oportunidad para que recojáis vuestros heridos y occisos. Si intentáis repetir vuestra osadía, caeréis en tales emboscadas y trampas de la que jamás saldríais - Todos miraron temerosos hacia los árboles. La primera andanada había causado un efecto demoledor. No conocían al José bélico, al que les había propinado una derrota moral, militar y todavía contaba con misteriosa ventaja. Ahora sin chistar cumplían las órdenes del gallego ante la impotencia y el cobarde silencio del fracasado Pánfilo de Narváez. Montaron los cuerpos como pudieron sobre cureñas y embalajes con ruedas y se retiraron lentamente, sin atreverse a reclamar las tres cureñas con caballos y sendos cañones que quedaron del lado de José, Este palideció y casi desmaya por el agotamiento y la sangre perdida. Le dieron agua y cuando se reanimó, curaron su herida y las de los dos indios; los montaron sobre los caballos que tiraban de los cañones cual si fueran en conjunto un trofeo de guerra; así marcharon victoriosos a contar la inusual hazaña a todos los que esperaron ansiosos el desenlace final.

En su campamento, el ridiculizado Pánfilo se lamentaba de la derrota por la falta de tropas. Odiaba que un desconocido le hubiese propinado tal paliza. No atendía los heridos ni las sagradas sepulturas, solo hablaba de vengar la deshonra. Durante el tiempo que permanecieron recuperándose para continuar la campaña por el norte, Pánfilo insistía en planear una venganza. Sus subordinados nunca vieron en él al valiente ejemplo militar. Su indiferente actitud ante la pérdida de compañeros decía de su catadura moral, esto sumado al miedo vivido en la reciente experiencia y la disminuida escasez de colonos, los hacía advertirle en cada convite del malvado la evidente y riesgosa desventaja de intentar sorprender a los vecinos de las costas de Jagua. Nunca más se atrevieron a importunarlos, se conformaban con pretender condenarlos al olvido.

_ ¡Ya verán estos jagüeros cuando regrese de la Florida! _ Decía el adelantado gobernador que nunca cumplió su promesa porque naufragó frente al delta del Mississippi.

En una tarde de sol dorado y cielo malva frente a la bahía, José Díaz observaba lo bien que había cicatrizado la herida en su hombro; elogiaba el extracto macerado de plantas creado por el encanecido behíque Marey. Estaban varias familias en el amplio portal del bohío de Lope; desde allí podían ver felices a los niños jugar en la orilla. El gallego iniciaba con risas el último engaño usado contra Narváez y su gente:

-Aquellos cobardes en la confusión no se dieron cuenta que el cañón que los apuntaba todavía no tenía ni bala ni pólvora, que ningún velero ha llevado correspondencia nuestra. Pero lo peor de todo es que podrían habernos cazado como jutías en las ramas porque ya habíamos agotado todo el arsenal en la primera descarga, Ja, ja, Ja...

X.    AZURINA, MARILOPE Y LOS PIRATAS

La mayoría de los acontecimientos ocurrían en Baracoa, Bayamo, Santiago, Puerto Príncipe, Sancti Spíritus, Trinidad, el norte de la Isla y sobre todo en La Habana, donde derrotaron a Habaguanex, había más presencia española. El comercio, la entrada y salida de flotas, la corta distancia hacia Veracruz y otros puertos de la Nueva España la enriqueció vertiginosamente. En el resto de la Isla la población española vivía algo relegada por la pobre comunicación terrestre y los constantes ataques de corsarios y piratas. Las décadas de 1530, 40 y 50 fueron muy provechosas para los moradores de Jagua porque hubo más complicidad entre vecinos. No era tan famosa por el llamado comercio de rescate como Bayamo o Camagüey, sin embargo el ganado mayor que escapaba de los corrales de Sancti Spíritus y Trinidad se había incrementado en condiciones naturales hacia esta zona...

Como siempre la necesidad, la distancia y... el mar trae más        amigos;  se   relajó el control

colonial y con toda tranquilidad entraron en la bahía bucaneros franceses      que usaron Cayo

Carenas y Playa Alegre para reparar, reabastecerse y conocer a los comerciantes de Tureira Díaz y Lope, hasta el corsario Jacques de Sores estuvo por aquí en 1554, un año antes de contribuir a la desaparición de San Cristóbal de La Habana.

Cuenta la tradición que por los 40, un misterioso pirata quien conocía la bondad del anciano Díaz le pidió de favor que cuidara una hermosa dama, embarazada, privada de la razón y enferma. Con ella desembarcó varios baúles y cofres cargados de finos vestidos, preciosas joyas y perfumes. No quiso decir de quien era la criatura que traía la enmudecida mujer llamada Estrella, quien con el tiempo mejoró, pero solo para traer al mundo a una preciosa niña rubia, de ojos muy azules.

Por desgracia, la madre murió en el parto. Díaz bautizó a la pequeña con el nombre Azurina y llegó a quererla como a sus otros hijos. A los quince años la adolescente era tan hermosa que            llamaba la atención de todos en Tureira y sus alrededores. Una de las

hermosas tardes de Jagua allá por 1556, en un inesperado y sorpresivo encuentro, cruzó sus brillantes ojos azules con los del pirata Guillermo Bruce. Ambos quedaron flechados por Cupido y el filibustero decidió pedirla en compromiso. Díaz les reveló la procedencia de Azurina y la promesa de cuidarla; les hizo saber que, fiel a su palabra y su veteranía, no podía autorizar su relación sin el consentimiento del misterioso pirata; rogó obediencia a ella y respeto a él. Ambos cayeron en la desesperación del tiempo y la duda: al poco el pirata Bruce decidió ahogar su pena en aventuras y mares lejanos.

Ella comenzó a vagar por la orilla, esperaba desconsolada a su amado, hasta que un día, creyendo oírse invocada por él: ¡Azurinaaaa!... - Se engalanó con el mejor vestido y joyas que heredó de su madre, entró en la playa a su encuentro, hasta que desapareció en la profundidad...

Otra versión de los vecinos le da un final feliz con una fuga: dicen que Bruce había fondeado un pequeño bergantín al otro lado de Cayo Carenas y a través de una de las mestizas de Díaz consiguió acordar con su hermanastra Azurina para recogerla al alba en un bote de velas, atracado en la parte este de La Punta. Allí dejaron flotando todo el atuendo que vestía para que su envejecido padre adoptivo pudiera explicar a su misterioso amigo un supuesto suicidio. Dicen que Bruce dejó la piratería y desenterró sus tesoros para vivir como hacendado en el fértil Valle de los Ingenios de Trinidad. Otros piensan que ante la infelicidad de la hijastra, José Díaz fue cómplice con el último de sus ingeniosos ardides para convencer al misterioso pirata.

El otro navegante europeo que se estableció en la punta Tureira desde aquellos memorables tiempos, el anciano Lope, había cautivado a una hermosísima india con quien concibió a la mestiza más notable de aquella península. Era de ojos grandes y pelo brillantes como azabaches; su nobleza, bondad y dulzura conmovía a todos los vecinos quienes la reconocían como la Mari Lope. Amaba la flora y la fauna; siempre se podía ver entre flores, animalitos, aves y mariposas. Aprendió a leer y de religión con su padre. Su principal lectura manuscrita era litúrgica; encaminó su consagración a Dios.

Desgraciadamente, según cuenta la tradición, en 1559 puso sus ojos en ella el malvado pirata Jean el Temerario, despiadado y cruel.

La espió y acosó con sus secuaces hasta tenerla sola y rodeada. Tuvieron un breve diálogo: él le declaró su intención de poseerla por la fuerza; ella con amabilidad le imploró benevolencia y devoción por Dios como meta suprema. Se colocó entre ellos un montón de espinosas tunas. El pirata obstinado y cruel disparó su pistolete directo a la lozana y tierna frente; inmediatamente de ella voló una blanquísima paloma y un rayo surcó el cielo hasta fulminar al asesino... Hoy se puede ver por varias zonas de la Punta y toda la comunidad esa conocidísima flor amarilla que se llama Marilope... Hay otra versión que duda: ¿Por qué desaparecieron los dos cuerpos? Entonces conjeturan: Quizás es una justificación para encubrir un rapto de los tantos que llevaron a cabo los piratas en nuestras costas; hecho que la comunidad católica no podía presentar como final castigo divino para tan noble devota a quien prefirieron perpetuarla envuelta en una desaparición de leyenda. Este aliviador relato nunca fue suficiente para llenar la depresión de su desconsolado padre.

Para entonces nuestros aborígenes habían comenzado a extinguirse. Desde la península de Majagua y toda la costa de Jagua, algunos huyeron en canoas y establecieron pequeños bateyes en la cenagosa e inhóspita península de Zapata donde abundaban los manjuaríes, manatíes y peligrosos cocodrilos. Se supone que los descendientes de Díaz se mudaron a Gavilán o Gaviña en Guamuhaya. El crecimiento de mestizos domésticos no fue superior a las muertes por abusos, hambre, epidemias y suicidios.

Cuando llegó Francis Drake a esta bahía en1586, ya no existían los amigos Lope ni Díaz. El regionalismo, implantado por renovados vecinos egoístas, había minado la unidad y la mutua confianza con piratas; todo reabastecimiento debía conseguirse por las armas. Fueron enemigas todas las banderas que fondearon en Jagua; así el pirata Tomas Basquerville en1602 y el corsario inglés John Morgan en1604 "campearon por su respeto" en estos lares. El corsario francés Alberto o Gilberto Girón que dejó su apellido en la conocida playa del este de Zapata y la vida, tiempo después, a manos del esclavo Salvador Golomón en el golfo de Manzanillo, según se cuenta en Espejo de Paciencia; coincidió aquí en el año con Morgan. quien regresó viejísimo, 64 años después y estuvo al mando de varios veleros ingleses con el fin de preparar incursiones hacia todo el sur; diez años después en 1668 hizo lo mismo su coterráneo Franquisney

Uno de los más despiadados piratas, el holandés Cornelio Foll, desde1628 es recordado por atacar a muchos corraleros de la costa en su aprovisionamiento; también tomó provisiones y reparó sus veleros mucho más tarde el corsario inglés Dolleysen1662.

Veintiún años después el terrible holandés Lorenzo Graff en1683 dejó su brutal huella adueñándose por la fuerza de todo lo que necesitaban sus naves y sus hombres... Por último Charles Grant, corsario inglés, abordó con vandalismo varios buques, se apropió de sus cargamentos, hizo depredaciones en casi toda la costa sur de la isla y se refugió en esta bahía de Jagua en 1702.

Los conquistadores, acostumbrados a la holganza, habían iniciado otra página de crueldad: para realizar las más duras faenas, aumentaron el número de africanos, arrancados de sus tierras y familias; vendidos, humillados por cadenas, enfermos y lanzados muertos en elAtlántico.Así se marchitaron también muchas otras flores en Tureiray en Jagua...

XI.     EL CASTILLO DE JAGUAY SU LEYENDA

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Muy suave la proa corta en dos pliegues el agua y toca el pequeño muelle de atraque. Antes del desembarco se rompe el silencio; el rumor del remo en el mar cambia por un traqueteo de bultos, voces, metales, rudo calzado y saltos en tropel. La mañana es nublada y fresca porque corre febrero. Varios soldados suben, cargados de cajas y sacos, el estrecho sendero que conduce a la fortaleza de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua, también llamada La Fernandina, en honor del Rey Fernando V de España. En la escalera de altos peldaños cruzan saludos con otro grupo que sale armado de espadas y arcabuces; son tres: se distribuyen alrededor de una hilera de ocho fornidos esclavos vinculados por una cadena con argolla al cuello; estos africanos pertenecen al grupo de los más resistentes. Varios años atrás los trajeron por mar desde Trinidad; picaron en la costa y cargaron los pesados bloques en la construcción de la fortaleza.

Hoy llevan en sus hombros sendas abrumadoras bolas de cañón; rodean la pétrea muralla, bajan a la orilla. Ahora los soldados van, uno delante de la hilera y dos detrás, todos separados por seguridad. Caminan al extremo del canal, a la boca de la bahía; allí hay una batería que refuerza la defensa. Recuerdan, tiempo atrás, cuánto latigazo y sudor costó halar aquellos pesados cilindros metálicos, sobre ruedas, cortando ramas y sangrando rasguños a través del espeso bosque tropical.

Las rocas dispuestas a modo de rústicos escalones permiten amortiguar la bajada entre el refrescante follaje húmedo y alguna que otra picada de jején. Ya abajo, en la cañada, los pies chapoletean la mezcla de agua y lodo del escaso riachuelo; cientos de cangrejitos abren paso a los invasores, se refugian rápido en el agujereado entorno. Se ha terminado el tramo más fácil del viaje.

En la subida el sol asoma a intervalos entre las nubes, se cuelan sus rayos por las ramas; surge como dicha la combinación de coloridas mariposas y aves, los trinos son música, alegran la tristeza, aligeran la pesada carga en el empinado túnel verde y fresco. Los músculos se tensan y brillan sudorosos. Los endurecidos pies se afincan en los mejores asientos rocosos, evitan el resbalón inútil que lacera la piel y puede terminar en tragedia colectiva. Los tres soldados ahora van delante, el primero corta alguna que otra rama incómoda. Al final de la hilera encadenada no hay nada que hacer; si ocurriera una caída, podrían morir en la avalancha de los grandes proyectiles, cuerpos y cadenas.

Después de agotadores minutos al fin descansan arriba, en el borde de la escarpada ladera de la cañada. El tramo final hacia el objetivo es llano, la tierra amarilla y blanda; una hora después llegan, los españoles intercambian contraseñas con los apostados alrededor de la batería, se saludan, ordenan amontonar las bolas junto a un cañón, sientan a los esclavos bajo un frondoso árbol de uva caleta; todos calman la sed y el hambre, les deleita el rojo zumo de las abundantes frutillas que han ingerido de su alrededor.

Antes de caer la tarde los musculosos africanos en hilera están pasando entre los guardias de la entrada del Castillo; su regreso se vuelve atronador con el sonido de los pies en el tablado del puente, pareciera que disfrutaran aquello como percusión de sus ancestros, como música de un triunfo más en sus faenas cotidianas. Todos los uniformados de amarillo y rojo que están próximos al arco de entrada y en las almenas superiores se animan por el ruido; pero dan la bienvenida a los tres soldados que fueron relevados por los que salieron esta mañana. Los esclavos vuelven a su estrecha celda.

Los que llegan libres, prisioneros también de la distancia, descansan esta noche. Antes de pasar a los dormitorios se detienen y desde los muros contemplan el inmenso horizonte azul, miran más allá de la boca con la esperanza de cruzar otra vez ese mar Caribe y aquel OcéanoAtlántico, rumbo al Este.

Los últimos dedos malvas del Sol se desvanecen en el horizonte, el único puentecillo levadizo que hay en toda la Isla se alza y ahora es portón que cierra la Fortaleza; un foso la separa del exterior. Todos los moradores del lugar están advertidos que cuando se pierda elAstro Rey no deben aproximarse ni a cien metros y el propio que no llegare a tiempo, deberá pernoctar fuera. Son órdenes del Comandante: seguridad y disciplina puntual.

Es una noche de febrero, nublada, fría y oscura. Después de comer, las corazas se han sustituido por mantas hasta la cabeza, algunos peninsulares se reúnen alrededor de una lámpara de aceite para compartir acontecimientos reales y algo más. Uno de los que llegaron esta mañana, bien conocido charlatán y jaranero, cuenta sobre la exploración y rescate de útiles que hicieron los días anteriores al otro lado del canal. Comenzaba con la misma negación de siempre: -"No me lo vais a creer", los fuereños están convirtiendo el canal en un pasacaballos; el otro día cuando remábamos al otro lado, nos cruzamos con dos de ellos en botes, traían atados sendos animales nadando detrás todo el tramo...

palabra continuó.

- Es noticia vieja- comentó burlón otro- Ya lo hemos visto desde los muros de la batería... - Antes que le quitaran la

- ¡Rediez! No me lo vais a creer, apenas atracamos allá enfrente, nos adentramos en el monte y encontramos... ¿Qué? ¿Adivináis?... El viejo sendero de los indígenas - Así llamaban entonces a los aborígenes - Fuimos cortando algunas malezas hasta Las Auras, Todavía están por allá los restos de la encomienda del Fraile Bartolomé de las Casas, como lo oís, el mismísimo Padre Las Casas, dicen los lugareños que cuando se fue a cristianizar a la tierra de los aztecas, llevó consigo solo sus sirvientes domésticos, indios convertidos y fieles, pero allá los mexicas no eran tarea fácil. Ya los años lo habían convertido a él; dicen los peninsulares que aquel que tanto abogó por los indios aquí, allá lo tildaban de viejo gruñón porque más de una vez envió cartas al mismísimo Rey pidiendo la Santa Inquisición para los abusadores de indios...

Bueno, de aquellas ruinas salvamos algunos útiles de cocina, herramientas de construcción y aperos de labranza; dicen que todavía merodean por allí algunos indígenas cimarrones, descendientes de aquella encomienda; otros lugareños no la ocupan porque creen que son fantasmas - Esta palabra hacía vibrar los corazones a esta hora, pero continuó - De allí partimos rumbeando al sur, el nuevo Alférez nos dijo que regresaríamos por el camino de la costa, por la propiedad de los Luna, detrás de una loma divisamos el mar otra vez... ¿Qué? ¿Adivináis?... Allí abajo está majestuosa la playa; había buen sol y nadamos un rato, después en toda la ruta comimos almendras, marañones y uvas caleta; pescamos cangrejos, jaibas y tomamos vino...

-                      ¡Santa hazaña! - Comentó sarcástico el de mote "Don Protesta", llevaba aquí quince años y no perdía oportunidad para repetir su queja - Levantamos este siniestro montón de rocas porque a esta condenada bahía de Jagua hay que protegerla de tales famosos corsarios y piratas y ahora... ¿Dónde están?... Nadie..., ni cojos, ni tuertos con parches negros han aparecido por aquí, a no ser sus fantasmas - La repetición de la última palabra causaba algunos escalofríos - Yo no pierdo las esperanzas de que me manden para el norte de Batabanó en La Habana, que es el puerto más importante de todo este mundo; allí dicen que se ven ingleses, franceses y hay intercambios con la Florida,

Aquí... aquí nadie osa atreverse ni al comercio de rescate que tanto ayuda en Bayamo.

Allá, en cambio, dicen que prosperan las posadas con hermosas mulatas y negras acompañantes...

-                      Eso es cierto - Prosiguió un joven rubicón - Yo estuve allí antes: hay muchas casas y luces por la noche, mujeres guapas; las lugareñas de por aquí ya tienen dueños...

-                      No me lo vais a creer... Anoche me pareció ver a la "Doña" - La interrupción causó sobresaltos; era casi hora de dormir y nadie quería recordar el macabro relato.

Contaban según la tradición los más viejos que por motivos de infidelidad y sus consecuentes celos, el primer Comandante de la fortaleza, quizás el apellidado Cabeza de Vaca, dueño del primer ingenio de azúcar en esta comarca, había confinado a su bella esposa en una pequeña celda del fondo de la Capilla, que allí había quedado lapidada, destinada a morir de hambre, de sed y que todas las noches al dar las doce, sale elegante, con sus joyas, vestida de azul.

La Capilla se ubica en el lugar más protegido, están también el almacén de víveres, la cocina, el comedor y, por supuesto, el arsenal con su necesario polvorín; bien cerrados, durmiendo en el piso, un número de esclavos. Desde la plaza de la batería aquello se ve como un patio interior, con un pozo en el centro, por debajo del nivel del fuerte; hay una escalera para bajar allí. Es el lugar de la posta más famosa; nadie desea cuidarla. El almacén atrae roedores, estos lechuzas y los ruidos nocturnos provocan especulaciones. Está prohibido el uso de lámparas o candiles porque lo fundamental es la puerta del polvorín...

Un africano se baña, nada en frescas aguas de su tierra de sueño..., despierta en el suelo húmedo de la celda y sus nostalgias son hilos de lágrimas, rompe en sollozos, llegan los gemidos como quejas extrañas hasta el auditorio de narradores...

- ¿Oísteis? ¿Qué fue eso? - Indaga uno sobresaltado y un minuto después:

-¡Nada! - Responde Don Protesta - Dice el posta de "La Doña" que debe ser un esclavo llorón. - La respuesta con tal alusión no tranquiliza; entre realidad y leyenda son más de las once, el frío arrecia, en el cielo no hay ni estrellas ni Luna, el grupo se ha reducido, solo hay pobres luces en las almenas, las voces son susurros. El jovenAlférez se ha acercado al grupo.

-                      Venga, hombre, no digáis que teméis a las habladurías. Hoy estoy de buenas. Escuchad bien vosotros los postas, os doy permiso para irse a dormir, voy a demostrar que aquí no ronda ninguna Dama Azul - Aquel ejemplo de hombría y amable voluntad fue tomado con gusto por los centinelas y como alardoso gesto por los más viejos; en definitiva todos aprovecharon la oportunidad del descanso asegurado. En minutos el recién llegado estaba solo, envuelto en frías penumbras, con el tedioso concierto de grillos y aves nocturnas.

Aquel mozalbete había arribado una semana antes, el propio Comandante lo recibió en el atracadero, se decía que sus antepasados eran de ganado abolengo. Su abuelo paterno ganó algunos combates navales en el Mediterráneo. Ya había escuchado el joven, entre risas y dudas, la versión más contada de la leyenda: Rayando las doce un ave blanca después del graznido seposabaenel ancho muro de la plaza. A su encuentro salía majestuosa una elegante dama, vestida de azul y brillantes joyas, a saber, el fantasma de la infiel esposa que vagaba por el Castillo.

El Alférez sintió la brisa de frío cortante en lo alto del fuerte y se refugió en la almena izquierda de la plaza, una de las que miran hacia el canal. A su espalda y sobre el soporte de la campana lo hizo girar un furioso aleteo y graznidos. Era la lechuza más grande que había visto, no podía distinguir si atacaba frenéticamente un ratón o intentaba soltarse de algo que la asía por las patas. Sin temor alguno se acercó, quería tener más visibilidad del acontecimiento, con un poco de sobresalto y curiosidad, divisó en lo alto una figura humana borrosa, entonces dirigió sus pasos hacia la escalera de caracol, iba a su encuentro, pero antes de llegar al umbral todo aquel cuerpo se le vino encima... Alguien con insomnio escuchó un fuerte golpetazo y una queja de dolor...

Ala mañana siguiente despiertan alarmados al Comandante, por el camino le explican:

-                     Tirado en la plaza está el Alférez. - Se abre el círculo de curiosos; aparece junto al oficial caído un esqueleto medio cubierto en tela azul, un fragmento de espada y de oxidada cadena. El Comandante lo sienta, le pregunta insistente. Con los ojos bien abiertos y perdidos el Alférez solo balbucea palabras incoherentes. Hasta el día siguiente no habla, no come, es una espinosa responsabilidad; el Comandante decide:

-                     Llevadlo al manicomio.

En los días siguientes el Comandante realiza pesquisas entre la tropa. Recuerda que vio un grandísimo chichón en la cabeza del atolondrado Alférez. Hay una versión del acontecimiento que lo tiene muy preocupado, resulta una disyuntiva para el informe que debe redactar a la Capitanía General en La Habana: Si usa los argumentos relacionados con la misteriosa leyenda, lo pueden tildar de loco. Si declara al insano victima de una broma macabra, lo van a declarar incompetente para ejercer la disciplina del puesto. Ha descubierto en concreto que algunos soldados jocosos veían al Alférez como un fanfarrón y habiendo encontrado en la orilla un esqueleto argollado con una cadena al cuello y un pedazo de espada, llevaron adentro todo, de manera sigilosa, envuelto en un fardo azul. En complicidad con el centinela de la almena más alta lo depositaronjunto almuro de la campana lanoche del incidente...

El Comandante no puede castigar ni poner en duda su reputación ante los superiores. A La Habana solo llegan en el informe buenos oficios e intenciones del Alférez además de su repentina locura después de aquella noche. Los perjudiciales detalles quedan borrosos en los documentos como en muchos otros de la historia donde la leyenda y la realidad comprometen.

XII.     EPÍLOGO

Al aborigen e histórico nombre de Jagua se le antepuso el de Fernandina, en honor al Rey Fernando VII; así personajes herederos de la colonización se adueñaron de grandes extensiones de tierras y, con trabajo esclavo, crearon varias plantaciones de caña y tabaco, fundaron tenerías, gracias al abundante ganado mayor que no pudieron llevarse los piratas. El Castillo de Jagua entró en la historia otra vez en 1762 cuando La Habana fue tomada por los ingleses. La lisonja era habitual, se usaba como soborno. El Escorial y la Armada española habían adquirido buenas y preciosas maderas de esta zona después que los nobles de la corte recibieron presentes de propietarios que vivían más en La Habana que aquí. Aunque la trata estaba prohibida, el acaudalado Sarría importaba el contrabando de esclavos por Playa Girón y los hacían caminar días hasta su plantación en la margen del río Arimao; desde un embarcadero allí salía el azúcar de su ingenio con destino a Europa. Otro acaudalado importante fue Santacruz que llegó a poseer la mayor parte de la Fernandina: desde Caunao hasta la península de Majagua. Cuando D'Clouet, el fundador de la Villa, creó el proyecto para " blanquear " esta comunidad; trajo inicialmente más de cuarenta familias blancas de Burdeos,

Francia. Su amigo Santacruz le donó gran parte de dicha península, donde comenzó la ciudad, en 1819. Como gobernaba la isla José Cienfuegos y actuó muy rápido para aprobar ese proyecto - ensayo blanqueador, le perpetuaron el apellido a modo de agradecimiento. Así nació la ciudad después de tres siglos de olvido.

D'Clouet nombró al primer sacerdote y al médico, sin embargo hizo mucha resistencia contra los letrados y artistas. A pesar de todo, la educación y el arte se impusieron para dejar huellas en la cultura y la historia de esta región central de la Isla que se apresta a su bicentenario.

Un colgante, como el que perdió Yarey, apareció en Cayo Carenas en 1979. Hoy se exhibe en el Museo de la ciudad, situado en el parque Martí. Esta breve narración de historia y leyendas se inspira en la obra científica del arqueólogo cienfueguero Marcos E. Rodríguez Matamoros, "Jagua Indígena", publicada en Mecenas 2013.

Este trabajo se hizo posible gracias a la compilación de imágenes y amable colaboración del señor Lilo Otero. Con este detalle el autor les rinde homenaje



...................................................................................... Barco  a  velas (Galeón) (Página 1

....................................... Nativos americanos preparandose para la guerra (Página 1

........................... Sección. de  colgante encontrado    en  cayo  Carenas en 1979 (Página 2

................................................................................................................ Canoa      (Página 2

............................................... Behique   (Sacerdote) invocando a los espíritus (Página 2

........................................................................... Casabe  (Pan    ácimo de yuca) (Página 3

...................................................................................................... Cemi (Ídolo) (Página 3

...................................................................................................... Aldea Taina (Página 4

ym T................................................................................. Aborigen.. pescando  (Escultura) (Página 4

g ................................................................................................... Flor de majagua (Página 5

 ................................................................. Representación de   mujer aborigen (Página 6

.................................................................................................................. Jutia      (Página 6

............................................................................... Representación.... de piratas (Página 7

............................................................................... Representación.... de piratas (Página 7

............................................................ Desembarco   de   europeos  en América (Página 8

...................................................................................... Bohío  (Casa) aborigen (Página 8

 ................................................................. Representación de   mujer aborigen (Página 9

............................................................................... Representación.. de piratas (Página 10

~................................................................................... Aborigen de   la etnia Caribe (Página 10

TB ................................................ Imagen    del Macizo Guamuaya (Escambray) (Página 11

................................................................................................ Piara de cerdos (Página 12

........................................................................................ Aperos   de labranza (Página 12

................................................................................... Cacique   con sahumerio (Página 13

...................................................... Huión  (Sol), Hamao     (El primer hombre)  (Página 13

........................................................................................... Travesía.... en canoa (Página 14

.............................................................................................. Diego Velázquez (Página 14

........................................................................................... Suplicio. de Hatuey (Página 14

...................................... Fray Bartolomé      de las Casas   (Padre de   las Casas) (Página 15

 ................................................................................................................... ídolos (Página  16



 

.......................................................................... Pánfilo de Narváez (Página 16

............................................................................... Cacique   Guama  (Página 16

 .................................................................. Bernal... Díaz del Castillo (Página 16

 ............................................... Representación... del cacique Ornoya (Página 17

.......................................................................... Cureña con cañón ( Pagina 18

................................................................. Ganado    Mayor (Vacuno) (Página 19

.................................................. Corsario  francés   Jacques   de Sores (Página 20

 ........................................................................................... Ojo azul (Página 20

......................................... Vale   de los ingenios (Villa de Trinidad) (Pagina 20

.......................................................................... Flor de la Marilope (Página 20

.......................................................... Corsario Sir Francis Drake (Página 21

Castillo (Fortaleza) de Nuestra Señora de los Angeles del Jagua (Página 21

...................................................................... Comercio de esclavos (Página 22

...................................................................................... Pasacaballos  (Página 22

.................................. Comandante    Juan Castilla Cabeza de Vaca (Página 23

.......................................................... Representación Dama Azul (Página 23

............................................................................................. Lechuza  (Página 23

 ......................................................................... Esqueleto Humano (Página 24

.......................................................................... Rey Fernando VII (Página 24

 ......................................................... Don Luis de Clouet y Favrot (Página 24


Pastor Omar Alfonso Pacios. Cienfuegos, Cuba, 26 de Julio, 1948. Ha enseñado en los tres niveles de educación en Cuba. Es Licenciado en Educación (Santa Clara 1984) Español y Literatura y Máster en Filología española (Oviedo 1996) Se ha dedicado a la enseñanza del español como segunda lengua en la Universidad de Cienfuegos, donde es Profesor Auxiliar. Ha impartido numerosos cursos de postgrado y pregrado a estudiantes de Europa, América, Asia y África. Tiene varias publicaciones e investigaciones de intención didáctica, dirigidos a la enseñanza del español con aplicación de enfoque comunicativo. Acumula experiencia nacional e internacional.

Su primera misión fue en Guyana (Hasta 1991). Ha dirigido la Carrera de Comunicación Social de la facultad de humanidades y La Preparatoria de español para extranjeros; ha enseñado varias disciplinas de Lengua, Literatura y Lingüística. Cumplió misión en Jagüey (2009) con venezolanos del frente Francisco de Miranda y La Habana (2010) con jóvenes chinos; también en el Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad de Ghana. (Hasta agosto 2012) Enseñó estudiantes de la Preparatoria en su Universidad y atendió la Cátedra Honorífica de intercambio cultural. Actualmente retirado presta servicios como profesor de Lingüística en el Departamento de Español en la Universidad de Cienfuegos.


 

La Comunidad Olvidada

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