CAPITULO XXI - XLIII Historia del Almirante Cristobal colon
CAPITULO XXI
Cómo no sólo vieron los indicios y las señales anteriores, sino otros mejores, que les dieron algún ánimo
Cómo el Almirante encontró la primera tierra, que fue una isla en el archipiélago llamado de los Lucayos.
CAPITULO XXIII
Cómo el Almirante salió a tierra y tomó posesión de aquélla en nombre de los Reyes Católicos
CAPITULO XXIV
De la índole y costumbre de aquella gente, y de lo que el Almirante vio en la isla CAPITULO XXV
Cómo el Almirante salió de aquella isla y fue a ver otras
CAPITULO XXVI
Cómo el Almirante pasó a otras islas que desde allí se veían
CAPITULO XXVII
Cómo el Almirante descubrió la isla de Cuba, y lo que allí encontró
CAPITULO XXVIII
Cómo volvieron los dos cristianos, y lo que contaron haber visto CAPITULO XXIX
Cómo el Almirante dejó de seguir la costa occidental de Cuba y se volvió por Oriente hacia la Española
CAPITULO XXX
Cómo el Almirante volvió a seguir su camino hacia Oriente para ir a la Española, y separóse de su compañía uno de los navíos
CAPITULO XXXI
Cómo el Almirante se dirigió a la Española, y lo que en ella vio CAPITULO XXXII
Cómo fue a las naves el rey principal de aquella isla, y la majestad con que iba CAPITULO XXXIII
Cómo el Almirante perdió su nave en unos bajos, por negligencia de los marineros, y el auxilio que le dio el rey de aquella isla
CAPITULO XXXIV
Cómo el Almirante decidió fundar un pueblo en el paraje donde habitaba el mencionado rey, y le llamó Villa de la Navidad
CAPITULO XXXV
Cómo el Almirante salió para Castilla, y halló la otra carabela con Pinzón
CAPITULO XXXVI
Cómo en el golfo de Samaná, de la isla Española, se originó la primera contienda entre los indios y los cristianos
CAPITULO XXXVII
Cómo el Almirante salió para Castilla, y por una gran tempestad se separó de su compañía la carabela Pinta
CAPITULO XXXVIII
Cómo el Almirante llegó a las islas de los Azores, y los de la isla de Santa María le tomaron la barca con la gente
CAPITULO XXXIX
Cómo el Almirante corrió otra tormenta, y al fin recuperó su gente con la barca CAPITULO XL
Cómo el Almirante salió de las islas Azores y llegó con temporal a Lisboa CAPITULO XLI
Cómo los de Lisboa iban a ver al Almirante, como a una maravilla, y luego fue a visitar al Rey de Portugal
CAPITULO XLII
Cómo el Almirante salió de Lisboa para venir a Castilla por mar
CAPITULO XXI
Cómo no sólo vieron los indicios y las señales anteriores, sino otros mejores, que les
dieron algún ánimo
El lunes, que fue el primero de octubre, salido el sol, vino a la nave un alcatraz; dos horas antes de mediodía llegaron otros dos; la dirección de la hierba era del Este al Oeste; y aquel día, de mañana, el piloto de. la nave del Almirante dijo que estaba, hacia el Poniente, quinientas sesenta y ocho leguas más allá de la isla del Hierro; el Almirante afirmó que pensaba estar algo más distante, a quinientas ochenta y cuatro leguas, aunque en oculto sabía haberse alejado setecientas siete; de modo que su cuenta superaba en 129 leguas a la de dicho piloto. Aún era mucho más diferente el cómputo de las otras dos naves, porque el piloto de la Niña, el miércoles siguiente por la tarde, dijo que, a su juicio, habían caminado quinientas cuarenta leguas; y el de la Pinta, seiscientas treinta y cuatro. Quitando, pues, lo que caminaron aquellos tres días, quedaban todavía muy apartados de la razón y de la verdad, porque siempre tuvieron buen viento en popa y habían caminado más. Pero el Almirante, como se ha dicho, disimulaba y transigía con el error cometido, para que la gente no desmayara viéndose tan lejos.
El día siguiente, que fue 2 de Octubre, vieron muchos peces, y mataron un atún pequeño; se presentó un pájaro blanco, como gaviota, y muchas pardelas, y la hierba que veían era muy añeja, casi hecha polvo.
Al día siguiente, no viendo más aves que algunas pardelas, temieron grandemente haber dejado al lado algunas islas, pasando por medio de ellas sin verlas; creían que los muchos pájaros vistos hasta entonces, eran de paso, y que irían de una isla a otra a descansar. Queriendo ellos ir de uno a otro lado para buscar aquellas tierras, el Almirante se opuso, por no perder el favorable viento que le ayudaba para ir derecho hacia las Indias por el Occidente, cuya via era la que tenía por más cierta; además, porque le parecía perder la autoridad y el crédito de su viaje, andando a tientas, de un lugar a otro, buscando aquello que siempre afirmó saberlo muy ciertamente, y esto fue la causa de amotinarse la gente, perseverando en murmuraciones y conjuras. Pero quiso Dios socorrerle, como arriba se ha dicho, con nuevos indicios. Porque el jueves, 4 de Octubre, después de mediodía, vieron más de cuarenta pardelas juntas, y dos alcatraces, los cuales se acercaron tanto a los navíos, que un grumete mató uno con una piedra. Antes de esto habían visto otro pájaro, como rabo de junco, y otro como gaviota; y volaron a la nave muchos peces golondrinos. El día siguiente, también vino a la nave un rabo de junco, y un alcatraz de la parte de Occidente; y se vieron muchas pardelas.
LA ISLA CIPANGO
El domingo después, 7 de octubre, al salir el sol, se vio hacia el Poniente muestras de tierra, pero como era oscura, ninguno quiso declararse autor, no sólo por quedar con vergüenza afirmando lo que no era, cuanto por no perder la merced de diez mil maravedís anuales, concedidos por toda la vida a quien primeramente viese tierra, la cual habían prometido los Reyes Católicos; porque, como ya hemos dicho, para impedir que a cada momento se diesen vanas alegrías, con decir falsamente: ¡tierra, tierra!, se había puesto pena, al que dijese verla, y esto no se comprobase en término de tres días, quedar privado de dicha merced, aunque después verdaderamente la viese; y porque todos los de la nave del Almirante tenían esta advertencia, ninguno se arriesgaba a gritar: ¡tierra, tierra! Los de la carabela Niña, que, por ser más ligera, iba delante, creyendo ciertamente que fuese tierra, dispararon una pieza de artillería y alzaron las banderas en señal de tierra. Pero, cuando fueron más adelante, les comenzó a faltar a todos la alegría, hasta que totalmente se deshizo aquella apariencia; bien que, no mucho después, quiso Dios tornar a consolarles algo, porque vieron grandísimas bandadas de aves de varios géneros, y algunas otras de pajarillos de tierra, que iban desde la parte de Occidente a buscar su alimento en el Sudoeste. Por lo cual, el Almirante, teniendo por muy cierto, porque se hallaba muy lejano de Castilla, que aves tan pequeñas no irían a reposar muy lejos de tierra, dejó de seguir la vía del Oeste, hacia donde iba, y caminó con rumbo al Sudoeste, diciendo que, si cambiaba la dirección, lo hacía porque no se apartaba mucho de su principal camino, y por seguir el discurso y el ejemplo de la experiencia de los portugueses, quienes habían descubierto la mayor parte de las islas, por el indicio y vuelo de tales aves; y tanto más, porque las que entonces se veían, seguían casi el mismo camino en el que siempre tuvo por cierto encontrar tierra, dado el sitio en que estaban; pues bien sabían que muchas veces les había dicho que no esperaba tierra hasta tanto que no hubiesen caminado setecientas cincuenta leguas al Occidente de Canaria, en cuyo paraje había dicho también que encontraría la Española, llamada entonces Cipango; y no hay duda que la habría encontrado porque sabía que la longitud de aquélla se afirmaba ir de Norte a Mediodía, por lo cual él no había ido más al Sur, a fin de dar en ella, y por esto quedaban aquella y las otras islas de los Caribes, a mano izquierda, hacia Mediodía, adonde enderezaban aquellas aves su camino.
Por estar tan cercanos a tierra se veía tanta abundancia y variedad de pájaros, que, el lunes, a 8 de Octubre, vinieron a la nave doce de los pajaritos de varios colores que suelen cantar por los campos; y después de haber volado un rato alrededor de la nave, siguieron su camino. Viéronse también desde los navíos muchos otros pájaros que iban hacia el Suroeste, y aquella misma noche se mostraron muchas aves grandes, y bandadas de pajarillos que venían de hacia el Norte y volaban a la derecha de los anteriores. Fueron también vistos muchos atunes; a la mañana vieron un gorjao y un alcatraz, ánades, y pajarillos que volaban por el mismo camino que los otros; y sentían que el aire era muy fresco y odorífero, como en Sevilla en el mes de abril.
Pero entonces era tanta el ansia y el deseo de ver tierra, que no daban crédito a indicio alguno, de tal modo que aunque el miércoles, 10 de Octubre, de día y de noche vieron pasar muchos de los mismos pajarillos, no por eso dejaba la gente de lamentarse, ni el Almirante de reprenderles el poco ánimo, haciéndoles saber que, bien o mal, debían salir con la empresa de las Indias, a la que los Reyes Católicos los enviaban.
CAPITULO XXII
Cómo el Almirante encontró la primera tierra, que fue una isla en el archipiélago
llamado de los Lucayos.
(las islas Bahamas estaban habitadas por la Cultura de los Tainos Lucayos, antes de ellos estaba la Cultura Siboney)
Viendo entonces nuestro Señor cuán difícilmente luchaba el Almirante con tantos contradictores, quiso que el jueves, a 11 de Octubre, después de mediodía, cobrasen mucho ánimo y alegría, porque tuvieron manifiestos indicios de estar ya próximos a tierra, pues los de la Capitana vieron pasar cerca de la nave un junco verde, y después un gran pez verde, de los que no se alejan mucho de los escollos; luego, los de la carabela Pinta vieron una cana y un palo, y tomaron otro palo labrado con artificio, y una tablilla, y una mata arrancada de la hierba que nace en la costa. Otros semejantes indicios vieron los de la carabela Niña, y un espino cargado de fruto rojo, que parecía recién cortado, por cuyas señales y por lo que dictaba su razonable discurso, teniendo el Almirante por cosa cierta que estaba próxima a tierra, ya de noche, a la hora en que se acababa de decir la Salve Regina que los marineros acostumbran cantar al atardecer, habló a todos en general, refiriendo las mercedes que Nuestro Señor les había hecho en llevarlos tan seguros y con tanta prosperidad de buenos vientos y navegación, y en consolarlos con señales que cada día se veían mucho mayores; y rogóles que aquella noche velasen con atención, recordando que bien sabían, cómo en el primer CAPITULO de la instrucción dada por él a todos los navíos en Canarias, mandaba a éstos que después que hubiesen navegado setecientas leguas al Poniente, sin haber hallado tierra, no caminasen desde media noche hasta ser de día, a fin de que, si el deseo de tierra no daba resultado, al menos, la buena vigilancia supliese a su buen ánimo. Y porque tenía certísima esperanza de hallar tierra, mandó que aquella noche, cada uno vigilase por su parte, pues a más de la merced que Sus Altezas habían prometido de diez mil maravedís anuales de por vida al primero que viese tierra, él le daría un jubón de terciopelo. Esto dicho, dos horas antes de media noche, estando el Almirante en el castillo de popa, vio una luz en tierra; pero dice que fue una cosa tan dudosa, que no osó afirmar fuese tierra, aunque llamó a Pedro Gutiérrez, repostero del Rey Católico, y le dijo que mirase si veía dicha luz; aquél respondió que la veía, por lo que muy luego llamaron a Rodrigo Sánchez de Segovia, para que mirase hacia la misma parte; mas no pudo verla, porque no subió pronto donde podía verse, ni después la vieron, sino una o dos veces, por lo cual pensaron que podía ser una candela o antorcha de pescadores, o de caminantes, que alzaban y bajaban dicha luz, o, por ventura, pasaban de una casa a otra, y por ello desaparecía y volvía de repente con tanta presteza que pocos por aquella señal creyeron estar cercanos a tierra. Pero, yendo con mucha vigilancia, siguieron su camino hasta que dos horas después de media noche la carabela Pinta, que por ser gran velera, iba muy delante, dio señal de tierra; la cual vio primeramente un marinero llamado Rodrigo de Triana cuando estaban separados de tierra, dos leguas.
Pero, la merced de los 10.000 maravedís no fue concedida por los Reyes Católicos a éste, sino al Almirante, que había visto la luz en medio de las tinieblas, denotando la luz espiritual que por él era introducida en aquellas obscuridades. Estando, pues, entonces, cerca de tierra, todos los navíos se pusieron a la cuerda, o al reparo, pareciéndoles largo el tiempo que quedaba hasta el día, para gozar de una cosa tan deseada.
CAPITULO XXIII
Cómo el Almirante salió a tierra y tomó posesión de aquélla en nombre de los Reyes
Católicos
Llegado el día, vieron que era una isla de quince (45 km.) leguas de larga, llana, sin montes, llena de árboles muy verdes, y de buenísimas aguas, con una gran laguna en medio, poblada de muchos indios, que con mucho afán acudían a la playa, atónitos y maravillados con la vista de los navíos, creyendo que éstos eran algunos animales, y no veían el momento de saber con certeza lo que sería aquello. No menos prisa tenían los cristianos de saber quienes eran ellos; pero, muy luego, fue satisfecho su deseo, porque tan pronto como echaron las áncoras en el agua, el Almirante bajó a tierra con el batel armado y la bandera real desplegada. Lo mismo hicieron los capitanes de los otros navíos, entrando en sus bateles con la bandera de la empresa, que tenía pintada una cruz, verde con una F de un lado, y en el otro unas coronas, en memoria de Fernando y de Isabel.
Habiendo todos dado gracias a Nuestro Señor, arrodillados en tierra, y besándola con lágrimas de alegría por la inmensa gracia que les había hecho, el Almirante se levantó y puso a la isla el nombre de San Salvador. Después, con la solemnidad y palabras que se requerían, tomó posesión en nombre de los Reyes Católicos, estando presente mucha gente de la tierra que se había reunido allí. Acto inmediato, los cristianos le recibieron por su Almirante y Virrey, y le juraron obediencia, como a quien que representaba la persona de Sus Altezas, con tanta alegría y placer como era natural que tuviesen con tal victoria y tan justo motivo, pidiéndole todos perdón de las ofensas que por miedo e inconstancia le habían hecho.
Asistieron a esta fiesta y alegría muchos indios, y viendo el Almirante que eran gente mansa, tranquila y de gran sencillez, les dio algunos bonetes rojos y cuentas de vidrio, las que se ponían al cuello, y otras cosas de poco valor, que fueron más estimadas por ellos que si fueran piedras de mucho precio.
CAPITULO XXIV
De la índole y costumbre de aquella gente, y de lo que el Almirante vio en la isla
Retirado el Almirante a sus barcas, los indios le siguieron hasta ellas y hasta los navíos,los unos nadando, y otros en sus barquillas o canoas, y llevaban papagayos, algodón hilado en ovillos, azagayas y otras cosillas para cambiarlas (estaban acostumbrados al trueques con los tainos que venian de los cacicazgos mas cercanos y pensaron que los españoles tambien eran comerciantes) por cuentas de vidrio, cascabeles y otros objetos de poco valor. Como gente llena de la primitiva simplicidad, iban todos desnudos, como nacieron, y también una mujer que allí estaba no vestía de otra manera; eran todos jóvenes, que no pasaban de treinta años, de buena estatura; los cabellos lacios, recios, muy negros y cortos, cortados a lo alto de las orejas, aunque, algunos pocos, los habían dejado crecer, largos, hasta la espalda y los habían atado con un hilo grueso alrededor de la cabeza, casi como a modo de trenza. Eran de agradable rostro y de bellas facciones, aunque les hacía parecer algún tanto feos la frente, que tenían muy ancha. Eran de estatura mediana, bien formados, de buenas carnes, y de color aceitunado, como los canarios o los campesinos tostados por el sol; algunos iban pintados de negro, otros de blanco, y otros de rojo; algunos en la cara, otros todo el cuerpo, y algunos solamente los ojos o la nariz. No tenían armas como las nuestras, ni las conocían, porque mostrándoles los cristianos una espada desnuda, la tomaban por el filo, estúpidamente, y se cortaban. Menos aún conocían cosa alguna de hierro, porque hacen sus azagayas, que ya hemos mencionado, con varillas de punta aguda y bien tostadas al fuego, armándola en un diente de pez, en lugar de hierro. Como algunos tenían cicatrices de heridas, se les preguntó, por señas, la causa de tales señales, y respondieron, también por señas, que los habitantes de otras islas venían a cautivarlos, y que al defenderse, recibían tales heridas. Parecían personas de buena lengua e ingenio, porque fácilmente repetían las palabras que una vez se les había dicho. No había allí ninguna especie de animales fuera de papagayos, que llevaban a cambiar juntamente con las otras cosas que hemos dicho; y este trato duró hasta la noche.
Después, al día siguiente, que fue 13 de Octubre, de mañana, salieron muchos de ellos a la playa, y en sus barquillas denominadas canoas, venían a los navíos. Estas canoas eran de una sola pieza, hechas del tronco de un árbol excavado como artesas. Las mayores eran tan grandes que cabían cuarenta o cuarenta y cinco personas; las menores eran de distinto tamaño, y algunas tan pequeñas que no llevaban más que una persona. Bogaban con una pala semejante a las palas de los hornos, o aquellas con las que se espada el cáñamo, sólo que los remos no descansaban en el borde de los costados, como hacemos nosotros, sino que las meten en el agua y empujan hacia atrás como los zapadores. Estas canoas son tan ligeras y hechas con tal artificio que, si se vuelcan, los indios, echándose al mar en seguida y nadando, las enderezan y sacan el agua, meciéndolas, como hace el tejedor, cuando voltea la canilla de un lado a otro; y luego que está ya vacía la mitad, sacan el agua que queda con calabazas secas, que para tal efecto llevan divididas por medio en dos partes. Aquel día llevaron para cambiar las mismas cosas que el anterior, cediendo todas por cualquier cosilla que en trueque les fuese dada. No se vieron entre ellos joyas de metal, sino algunas hojillas de oro que llevaban pendiente en la parte exterior de la nariz; y preguntándoles de dónde venía aquel oro, respondieron, por señas, que de hacia el medio día, donde había un rey que tenía muchos tejuelos y vasos, de oro, añadiendo e indicando que hacia el medio día y al sudoeste había muchas otras islas y grandes tierras. Como eran muy afanosos de tener cosas de las nuestras (comerciantes), y por ser pobres, que no tenían que dar en cambio, pronto, los que habían entrado en los navíos, si podían coger algo, aunque fuese un pedacillo roto de un plato de tierra, o de una escudilla de vidrio, se echaban al mar con aquella, y nadando, se iban a tierra; y si llevaban alguna cosa, por cualquier mercancía de las nuestras, o por algún pedacillo de vidrio roto, daban a gusto lo que tenían; de modo que hubo alguno de ellos que dio diez y seis ovillos de algodón, por tres blancas de Portugal que no valen más que un cuatrín de Italia; dichos ovillos pesaban más de veinticinco libras, y el algodón estaba muy bien hilado. En este comercio se pasó el día hasta la tarde, que todos se retiraron a tierra. Es, sin embargo, de advertir, en este caso, que la liberalidad que mostraban en el vender no procedía de que estimasen mucho la materia de las cosas que nosotros les dábamos, sino porque les parecía que por ser nuestras, eran dignas de mucho aprecio, teniendo como hecho cierto que los nuestros eran gente bajada del cielo, y por ello deseaban que les quedase alguna cosa como recuerdo.
CAPITULO XXV
Cómo el Almirante salió de aquella isla y fue a ver otras
1. Exploro la primera isla Guanahaní
El domingo siguiente, que fue 14 de Octubre, el Almirante fue con los bateles por la costa de aquella isla, hacia el noroeste, por ver lo que había alrededor de ella. Y en aquella parte por donde fue halló una gran ensenada o puerto capaz para todos los navíos de los cristianos; los moradores, viendo que iba de lejos, corrían tras de él por la playa, gritando y ofreciéndole dar cosas de comer; llamándose unos a otros, apresurábanse a ver los hombres del cielo, y postrados en tierra, alzaban las manos al cielo, como dándole gracias por la llegada de aquellos.
Muchos también, nadando, o en sus canoas, como podían, llegaban a las barcas, a preguntar, por señas, si bajaban del cielo, rogándoles que saliesen a tierra, para descansar.
Pero el Almirante, dando a todos cuentas de vidrio o alfileres gozaba mucho de ver en ellos tanta sencillez; al fin llegó a una península que con trabajo se podría rodear por agua, en tres días, habitable, y donde se podía hacer una buena fortaleza. Allí vio seis casas de los indios, con muchos jardines alrededor, tan hermosos como los de Castilla en el mes de Mayo.
Pero como la gente estaba ya fatigada de remar tanto, y él conocía claramente, por lo que habla visto, que no era aquella tierra la que él andaba buscando, ni de tanto provecho que debiese permanecer en ella, tomó siete indios de aquellos, para que le sirviesen de intérpretes; y, vuelto a los navíos, salió para otras islas que se veían desde la península, y parecían ser llanas y verdes, muy pobladas, como los mismos indios afirmaban.
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2. Maria de la Concepcion.
A una de las cuales, que distaba siete leguas, llegó el día siguiente, que fue lunes a 15 de Octubre; y le puso nombre de Santa María de la Concepción. La parte de aquella isla, que mira a San Salvador, se extendía de norte a sur por espacio de cinco leguas de costa.
Pero el Almirante fue por la costa del este al oeste, que es más larga de diez leguas, y después que surgió hacia occidente, bajó a tierra para hacer allí lo mismo que en las anteriores. Los habitantes de la isla acudieron prestamente, para ver a los cristianos, con la misma admiración que los otros.
3. FERNANDINA (YUMA)
Habiendo visto el Almirante que todo aquello era lo mismo, al día siguiente, que fue martes, navegó al oeste, ocho leguas, a una isla bastante mayor, y llegó a la costa de aquélla, que tiene de noroeste a sudeste más de veintiocho leguas. También ésta era muy llana, de hermosa playa; y acordó ponerle nombre de la Fernandina.
- Los tainos usan sus canoas para el comercio.
Antes que llegase a esta isla y a la otra de la Concepción, hallaron un hombre en una pequeña canoa, que llevaba un pedazo de su pan, una calabaza de agua, y un poco de tierra semejante al bermellón, con el que se pintan aquellos hombres el cuerpo, como ya hemos dicho, y ciertas hojas secas que estiman mucho, por ser muy olorosas y sanas; en una cestilla llevaba una sarta de cuentas verdes de vidrio, y dos blancas, por cuya muestra se juzgó que venía de San Salvador, había pasado por la Concepción, y luego iba a la Fernandina, llevando nuevas de los cristianos, por estos países. Pero, como la jornada era larga y estaba ya cansado, pronto fue a los navíos, donde le recibieron dentro, con su canoa, y tratado afablemente por el Almirante, quien tenía propósito, tan pronto como llegase a tierra, de mandarlo con su mensaje, como hizo; y le dio prestamente algunas cosillas para que las distribuyese entre los otros indios. La buena relación que hizo éste motivó que muy pronto la gente de la Fernandina viniese a las naves, en sus canoas, para cambiar aquellas mismas cosas que habían trocado los anteriores; porque aquella gente y todo el resto era de igual condición. Y cuando el batel fue a tierra para proveerse de agua, los indios mostraban con grande alegría donde la había, y llevaban a cuestas muy a gusto los barriles, para llenar los toneles dentro del batel. En verdad, parecían hombres de más aviso y juicio que los primeros, y como tales regateaban sobre el trueque y paga de lo que llevaban; en sus casas tenían paños de algodón, es a saber mantas de cama; las mujeres cubrían sus partes vergonzosas con una media faldilla tejida de algodón, y otras, con un paño tejido que parecía de telar.
Entre las cosas notables que vieron en aquella isla fueron algunos árboles que tenían ramas y hojas diferentes entre sí, sin que otros árboles estuviesen allí injertos, sino naturalmente, teniendo los ramos un mismo tronco, y hojas de cuatro y cinco maneras tan diferentes la una de la otra, como lo es la hoja de la caña, de la del lentisco. Igualmente, vieron peces de distintas maneras, y de finos colores, pero no vieron género alguno de animales terrestres fuera de lagartos y alguna sierpe. A fin de reconocer mejor la isla, salidos de allí hacia noroeste, surgieron en la boca de un bellísimo puerto que tenía una islilla a la entrada; más no pudieron penetrar por el poco fondo que tenía, ni tampoco lo procuraron, para no alejarse de un pueblo grande que no muy lejos estaba, aunque, en la mayor isla de las que hasta entonces habían visto, no los hubiera con más de doce o quince casas, hechas a modo de tiendas de campaña. Entrados en ellas, no vieron otro ornamento, ni muebles, más de aquello mismo que llevaban a cambiar a las naves.
- LAS HAMACAS
Eran sus lechos como una red colgada, en forma de honda, en medio de la cual se echaban, y ataban los cabos a dos postes de la casa. También allí vieron algunos perros como mastines o blanchetes, que no ladraban.
CAPITULO XXVI
Cómo el Almirante pasó a otras islas que desde allí se veían
Como en dicha isla Fernandina (Isla Yuma) no hallaron cosa alguna de importancia, el viernes a 19 de Octubre, fueron a otra isla llamada Samoeto, a la que puso el Almirante nombre de la Isabela, para proceder con orden en los nombres; porque la primera, llamada por los indios Guanahaní, a gloria de Dios que se la había manifestado, y salvado de muchos peligros, llamó San Salvador; a la segunda, por la devoción que tenía a la concepción de
Nuestra Señora, y porque su amparo es el principal que tienen los cristianos, llamó Santa María de la Concepción; a la tercera, que llamaban los indios Yuma, en memoria del católico Rey Don Fernando, llamó Fernandina, a la cuarta, Isabela, en honor de la serenísima Reina Doña Isabel;
4. CUBA (COLBA)
y después, a la que primeramente encontró (la que los nativos llamaban Colba), esto es Cuba, llamó Juana, en memoria del príncipe Don Juan, heredero de Castilla, a fin de que con estos nombres quedara satisfecha la memoria de lo espiritual y de lo temporal.
Verdad es que, en punto a la bondad, grandeza y hermosura, dice que esta isla Fernandina aventajaba con mucho a las otras, porque, a más de ser abundante de muchas aguas y de bellísimos prados y árboles, entre los cuales había muchos de lignaloe, se veían también ciertos montes y collados que no había en las otras islas, porque eran muy llanas.
CUBA
Enamorado el Almirante de la belleza de esta isla, para las solemnidades de la toma de posesión, bajó a tierra en unos prados de tanta amenidad y belleza como los de España en el mes de Abril; allí se oía el canto de ruiseñores y otros pajarillos, tan suave que no sabía el Almirante separarse; no solamente volaban en lo alto de los árboles, sino que por el aire pasaban tantas bandadas de pájaros que oscurecían la luz del sol, la mayor parte de los cuales eran muy diferentes de los nuestros. Como aquel país era de muchas aguas y lagos, cerca de uno de estos vieron una sierpe de siete pies de larga, que tenía el vientre de un pie de ancho; la cual, siendo perseguida por los nuestros, se echó en la laguna, pero como ésta no era muy profunda, la mataron con las lanzas, no sin algún miedo y asombro, por su ferocidad y feo aspecto. Andando el tiempo, supieron apreciarla como cosa agradable, pues era el mejor alimento que tenían los indios, ya que, una vez quitada aquella espantosa piel y las escamas de que está cubierta, tiene la carne muy blanca, de suavísimo y grato gusto; la llamaban los indios iguana.
Hecha esta caza, deseando conocer más aquella tierra, por ser ya tarde, dejando esta sierpe para el día siguiente, en el que mataron otra, como antes habían hecho, caminando por aquel país hallaron un pueblo cuyos habitantes se echaron a correr, llevando consigo a la montaña todo lo que pudieron coger de su ajuar. Pero el Almirante no consintió que se les quitase cosa alguna de lo que habían dejado, para que no tuviesen por ladrones a los cristianos; de donde vino que a los indios se les quitase el miedo, y vinieron gustosos a los navíos a cambiar sus cosas, como habían hecho los otros.
CAPITULO XXVII
Cómo el Almirante descubrió la isla de Cuba, y lo que allí encontró, pagina 53
A la sazón, el Almirante, habiendo ya entendido los secretos de la isla Isabela, el tráfico y la condición de aquella gente, no quiso perder más tiempo en ir por aquellas islas, porque eran muchas y semejantes entre sí, como le decían los indios.
12 - 28 de octubre rumbo a Colba
Así que, salido con viento favorable, para ir a una tierra muy extensa, de todos ellos grandemente alabada, que se llamaba Cuba (Colba), la cual estaba hacia mediodía, el domingo, a 28 de octubre, llegó a la costa de aquella, en la región del norte. Vióse muy luego que esta isla era de mayor excelencia y calidad que las otras ya nombradas, tanto por la belleza de los collados y de los montes, como por la variedad de los árboles, por sus campiñas y por la grandeza y longitud de sus costas y playas. A fin de tener información y noticias de sus moradores, fue a echar las áncoras (anclas) a un caudaloso río, donde los árboles eran muy espesos y muy altos, adornados de flores y frutos diversos de los nuestros, en los que había una gran cantidad de pájaros, y por allí amenidad increíble; porque se veía la hierba alta y muy diferente de las nuestras; y aunque allí había verdolagas, bledos y otras semejantes, por su diversidad no las conocían. Yendo a dos casas que se veían no muy lejos, hallaron que la gente había huido de miedo, dejando todas las redes y otros utensilios necesarios en la pesca, y un perro que no ladraba; pero, como dispuso el Almirante, no se tocó a cosa alguna, porque le bastaba por entonces ver la calidad de las cosas que para su manutención y servicio usaban.
Vueltos después a los navíos, continuaron su rumbo al occidente, y llegaron a otro río mayor, que el Almirante llamó de Mares. Este aventajaba mucho al anterior, pues por su boca podía entrar un navío volteado, y estaba muy poblado en las orillas; pero la gente del país, viendo presentarse los navíos, se puso en fuga hacia los montes, que se veían muchos, altos y redondos, llenos de árboles y de plantas amenísimas, donde los indios escondieron todo lo que pudieron llevar.
Estrategia: En Guanahani, aprovechando la generosidad de los tainos de Guananhani se llevaron a 10 Tainos que les servirian para convencer a los de las otras islas dieron la apariencia de que españoles eran buenos y hacian trueques. uno de ellos es BAUTIZADO cristianizado y hecho amigo de Colon su nuevo nombre es DIEGO COLON.
Por esto, no pudiendo el Almirante, a causa del temor de aquella gente, conocer la calidad de la isla, y considerando que si volvía a bajar con mucha gente les aumentaría el miedo, acordó enviar dos cristianos, con un indio de los que llevaba consigo de San Salvador, y otro de aquellas tierras, que se había atrevido a venir en una pequeña canoa a los navíos; a los cuales mandó que caminasen por dentro de aquel país y se informasen, tratando afablemente a los habitantes que encontrasen por el camino. A fin de que, mientras estos iban, no se perdiese tiempo, mandó que se sacase la nave a tierra, para calafatearla, y por suerte vieron que toda la lumbre que habían hecho para esto era de almáziga , de la que se veía gran cantidad por todo el país; es éste un árbol, que, en la hoja y en el fruto, se asemeja al lentisco, sino que es bastante mayor.
CAPITULO XXVIII
Cómo volvieron los dos cristianos, y lo que contaron haber visto
Estando ya la nave aderezada y a punto de navegar, volvieron los cristianos con los dos indios, (anduvieron los dos conquistadores y los dos indios desde el 28 octubre hasta el 5 de noviembre) el 5 de noviembre, diciendo haber caminado doce leguas por tierra, y haber llegado a un pueblo de cincuenta casas muy grandes, todas de madera, cubiertas de paja, hechas a modo de alfaneques, como las otras; habría allí unos mil hogares, porque en una casa habitaban todos los de una familia; que los principales de la tierra fueron a su encuentro a recibirlos, y los llevaron en brazos a la ciudad, donde les dieron por alojamiento una gran casa de aquéllas, y allí les hicieron sentarse en ciertos banquiellos hechos de una pieza, de extraña forma, semejantes a un animal que tuviese los brazos y las piernas cortas y la cola un poco alzada, para apoyarse, la cual era no menos ancha que la silla, para la comodidad del apoyo; tenían delante una cabeza, con los ojos y las orejas de oro. Tales asientos son llamados por los indios duhos; en ellos hicieron sentar a los nuestros; en seguida, todos los indios se sentaron en tierra, alrededor de aquéllos, y uno a uno iban después a besarles los pies y las manos, creyendo que venían del cielo; y les daban a comer algunas raíces cocidas, semejantes en el sabor a las castañas, y les rogaban con instancia que permaneciesen en aquel lugar junto a ellos, o que al menos descansasen allí cinco o seis días, porque los dos indios que habían llevado como intérpretes, hablaban muy bien de los cristianos. De allí a poco, entraron muchas mujeres a verlos, y salieron fuera los hombres; y aquéllas, con no menos asombro y reverencia, les besaban, igualmente, los pies y las manos, como cosa sagrada, ofreciéndoles lo que consigo habían llevado. Cuando después pareció tiempo de volver a los navíos, muchos indios quisieron ir en su compañía, pero ellos no consintieron que fuesen más que el rey, con un hijo suyo, y un criado, a los que el Almirante honró mucho. Y los cristianos le contaron cómo, al ir y al tornar, habían hallado muchos pueblos donde se les había hecho la misma cortesía y grato recibimiento; cuyos pueblos o aldeas no eran mayores de cuatro casas, redondas, juntas unas de otras.
Luego, por el camino, habían hallado mucha gente que llevaba un tizón ardiendo, para encender el fuego y perfumarse con algunas hierbas que consigo traían, y para asar aquellas raíces de que les habían dado, como quiera que éstas eran su principal alimento. Vieron también infinitas especies de árboles y de hierbas que no se habían visto en la costa del mar, y gran variedad de pájaros, muy diferentes de los nuestros, aunque había también perdices y ruiseñores. Animales de cuatro patas no vieron alguno, excepto perros que no ladraban.
Había muchas simienzas de aquellas raíces, como también de habichuelas, de cierta especie de habas, y de otro grano, como panizo, llamado por ellos maíz, que cocido es de buenísimo sabor, o tostado y molido en puchas. Había grandísima cantidad de algodón hilado en ovillos, tanto que en una sola casa vieron más de 12.500 libras de algodón hilado; las plantas del cual no siembran con las manos, sino que nacen por los campos, como las rosas, y por sí mismas se abren cuando están maduras, aunque no todas a un tiempo, porque en una misma planta se veía un capullo pequeño, y otro abierto, y otro que se caía de maduro. De cuyas plantas los indios llevaron después a los navíos gran cantidad, y por una agujeta de cuero daban una cesta llena; aunque, a decir la verdad, ninguno de ellos las aprovechaba en vestirse, sino solamente para hacer sus redes y sus lechos que llamaban hamacas, y en tejer faldillas de las mujeres, que son los paños con que se cubren las partes deshonestas. Preguntados éstos si tenían oro, o perlas, o especias, decían por señas que de todo ello había gran cantidad hacia el Este, en una tierra denominada Bohío, que es la isla Española, llamada por ellos Babeque, sin que sepamos todavía de cierto a cuál aludían.
CAPITULO XXIX
Cómo el Almirante dejó de seguir la costa occidental de Cuba y se volvió por Oriente
hacia La Española
Oída por el Almirante dicha relación, no queriendo permanecer más tiempo en el río de Mares, mandó que tomasen algún habitante de aquella isla, pues tenía propósito de llevar, de cada parte, uno a Castilla, que diese cuenta de las cosas de su país; y así fueron cogidas doce personas, entre mujeres, niños, y hombres, tan mansamente, sin ruido ni tumulto, que cuando se iban a dar a la vela con aquéllos, fue a la nave, en una canoa, el marido de una de las mujeres cautivadas, padre de dos niños que con la madre se habían llevado a la nave, y por señas rogó con instancia ser llevado también a Castilla, para no separarse de su mujer y de sus hijos, de lo que el Almirante se mostró satisfecho y mandó que todos fuesen bien agasajados y tratados.
- Primeros 22 esclavos voluntarios, 10 de la isla Guanahani y 12 de la isla Colba (Cuba) incluye una familia la pareja y dos niños.
Muy luego, en el mismo día, que fue 13 de noviembre, se encaminó hacia Oriente para ir a la isla que llamaban de Babeque, o de Bohío; pero, a causa del viento del Norte, que era muy recio, fue obligado a surgir de nuevo en la misma tierra de Cuba, entre algunas altísimas isletas que estaban cerca de un gran puerto que llamó del Príncipe, y a las islas llamó el Mar de Nuestra Señora. Eran éstas tantas y tan vecinas, que de la una a la otra no había un cuarto de legua, y la mayor parte de ellas distaban, a lo sumo, un tiro de arcabuz. Y eran tan profundos los canales y tan adornados de árboles y de hierba fresca, que daba mucho placer ir por ellos, y entre muchos árboles que eran diversos de los nuestros, se veía mucha almástiga, lignaloe, palmas con el tronco verde y liso, y otras plantas de varios géneros.
Aunque estas islas no estaban pobladas, se veían restos de muchos fuegos de pescadores; porque como se ha visto luego por experiencia, los habitantes de la isla de Cuba van en cuadrillas, con sus canoas, a estas islas y a otras innumerables que por allí están deshabitadas; y se alimentan de los peces que cogen, de los pájaros, de los cangrejos y de otras cosas que hallan en la tierra; pues los indios acostumbran comer generalmente muchas inmundicias, como arañas gordas y grandes, gusanos blancos que nacen en maderos podridos y en otros lugares corrompidos, también muchos peces casi crudos, a los que tan pronto como los cogen, antes de asarlos, les sacan los ojos para comérselos; y comen de estas cosas y otras muchas que, a más de dar náuseas, bastarían a matar a cualquiera de nosotros que las comiese. A estas cazas y pescas van, según los tiempos, de una isla en otra, como quien muda de pasto por estar cansado del primero. Pero volviendo a dichas islas del Mar de Nuestra Señora, digo que, en una de ellas, los cristianos mataron con sus espadas un animal que parecía tejón; en el mar hallaron muchas conchas de nácar, y echando las redes, entre otros géneros de peces que cogieron, había uno que tenía la forma de un puerco, todo cubierto de un pellejo muy duro, en el que no había de blando más que la cola.
Notaron igualmente en este mar y en las islas, que subía y bajaba el agua mucho más que en los otros lugares donde hasta entonces habían estado; y por consiguiente, las marcas eran al contrario que las nuestras, porque cuando la luna estaba hacia el suroeste, a la cuarta del mediodía, era la baja mar.
CAPITULO XXX
Cómo el Almirante volvió a seguir su camino hacia Oriente para ir a la Española, y separóse de su compañía uno de los navíos
- el navio separado llevaba 12 esclavos tainos y Colon 10 esclavos, tragados como sirvientes de compañia entre ellos 8 mujeres y dos niños.
El lunes, a 19 de Noviembre, el Almirante salió de Cuba, del Puerto del Príncipe y del mar de Nuestra Señora para ir hacia Levante, a la isla de Babeque y a la Española; mas por ser los vientos contrarios, que no le dejaban navegar como deseaba, fue obligado a barloventear tres o cuatro días entre la isla Isabela, que los indios llamaban Samoeto, y el mencionado Puerto del Príncipe, que está casi al Norte Sur, veinticinco leguas de uno y otro lugar; en cuyos mares aún hallaba hiladas de hierba como antes había encontrado en el océano. Y notó que iban siempre a lo largo de las corrientes sin atravesarlas. En aquel viaje, noticioso Martín Alonso Pinzón por algunos indios que llevaba presos en su carabela, de que en la isla de Bohio, que, como hemos dicho, así llamaban a la Española, había mucho oro, impulsado por su gran codicia, se alejó del Almirante a 21 de Noviembre, sin fuerza de viento, ni otra causa; porque, con viento en popa, podía llegarse a él; mas no quiso, antes bien, procuró adelantar su camino cuanto podía, por ser su navío muy velero, y habiendo navegado todo el jueves siguiente, uno a visto de otro; llegada la noche, desapareció del todo, de manera que el Almirante se quedó con los dos navíos, y no siendo el viento a propósito para ir con su nave a la Española, le fue conveniente volverse a Cuba, no lejos del mencionado Puerto del Príncipe, en otro que llamó de Santa Catalina, para proveerse de agua y de leña.
En aquel puerto vio por casualidad, en un río donde tomaban el agua, ciertas piedras que daban muestras de oro; y en la tierra montes poblaclos de pinos tan altos que podían hacerse de ellos mástiles para navíos y carracas; ni faltaba madera para tablazón y tabricar buenos bájeles, tantos como se quisiera; también había encinas y otros árboles semejantes a los de Castilla. Pero, viendo que todos los indios le encaminaban a la Española, siguió la costa abajo, más a Sudeste, diez o doce leguas, por parajes llenos de puertos muy buenos y de muchos y caudalosos ríos. De la amenidad y hermosura de esta región, es tanto lo que dice el Almirante, que me gusta poner aquí sus palabras acerca de la entrada de un río que desemboca en el puerto que llamó Puerto Santo; dice así: "cuando fui con las barcas frente a la boca del puerto, hacia el mediodía, hallé un río en que podía entrar cómodamente una galera, y era su entrada de tal modo que no se veía sino estando muy cerca; su hermosura me movió a entrar, si bien no más de cuan larga era la barca; hallé de fondo de cinco a ocho brazas; siguiendo mi camino, fui no poco tiempo río arriba, con las barcas, porque era tanta la amenidad y la frescura de este río, la claridad del agua, en donde llegaba la vista hasta las arenas del fondo; multitud de palmas de varias formas, las más altas y hermosas que había hallado, y otros infinitos árboles grandes y verdes; los pajarillos, y la verdura de los campos, que me movían a permanecer allí siempre.
Es este país, Príncipes Serenísimos, en tanta maravilla hermoso, que sobrepuja a los demás en amenidad y belleza, como el día en luz a la noche. Por lo cual, solía yo decir a mi gente muchas veces, que por mucho que me esforzase a dar entera relación de él a Vuestras Altezas, no podría mi lengua decir toda la verdad, ni la pluma escribirla; y en verdad, quedé tan asombrado viendo tanta hermosura, que no sé cómo expresarme. Porque yo he escrito de otras regiones, de sus árboles y frutos, de sus hierbas, de sus puertos y de todas sus calidades, cuanto podía escribir, no lo que debía; de donde todos afirmaban ser imposible que hubiera otra región más hermosa. Ahora callo, deseando que ésta la vean otros que quieran escribir de ella, Para que se vea, dada la excelencia de aquel paraje, cuanto más afortunado que, yo se puede ser en escribir o razonar acerca de esto".
- Canoas tainas para 150 personas, encontró Colon al llegar a Haití.
Navegando el Almirante en sus barcas, vio entre los árboles de este puerto una canoa echada en tierra, bajo una enramada, labrada del tronco de un árbol, y tan grande como una fusta de doce bancos; en algunas casas cerca de allí encontraron un pan de cera y una cabeza de muerto, en dos cestillas colgadas de un poste; en otra casa hallaron después lo mismo, por lo que imaginaron ser del fundador de aquella casa. Mas no había gente alguna de quien los nuestros pudieran informarse de cosa alguna; porque en cuanto veían a los cristianos huían, y se pasaban a la otra parte del puerto. Después hallaron otra canoa larga de noventa y cinco palmos, capaz para ciento cincuenta hombres, hecha igualmente que la mencionada.
+CAPITULO XXXI
Cómo el Almirante se dirigió a la Española, y lo que en ella vio
Habiendo el Almirante navegado ciento siete leguas hacia Levante por la costa de Cuba, llegó al cabo oriental de ésta, y le puso de nombre Alfa; de allí, miércoles, a 5 de Diciembre, salió para ir a la Española, que distaba diez y seis leguas de Alfa, con rumbo al Este; mas por algunas corrientes que allí hay, no pudo llegar hasta el día siguiente, que entró en el puerto de San Nicolás, llamado así en memoria de su fiesta, que cae en aquel día.
7. isla de Bohio (haiti y Republica Dominicana) Conocieron el Cacicazgo Marién del Cacique Guanacanagarix)
Este puerto es grandísimo, muy bueno, rodeado de muchos y grandes árboles, y muy profundo; mas la tierra tiene pocas peñas, y son los árboles menores, semejantes a los de Castilla, entre los que había robles pequeños, madroños y mirtos; corría por un llano, a un lado del puerto, un río muy apacible. Por todo el puerto se veían canoas grandes, como fustas de quince bancos; mas porque el Almirante no podía platicar con aquella gente, siguió la costa hacía el Norte, hasta que llegó a un puerto que llamó la Concepción, que está al mediodía de una isla pequeña, a la que puso nombre de Tortuga, que es tan espaciosa como la Gran Canaria. Viendo que la isla de Bohio era muy grande, que las tierras y los árboles de ella se asemejaban a los de España, y que en un lance que los de las naves echaron con sus redes, cogieron muchos peces como los de España, a saber: caballos, lizas, salmones, sábalos, gallos, salpas, corvinas, sardinas y cangrejos, resolvió dar a la isla un nombre conforme al de España, y así, el domingo, a 9 de Diciembre, la llamó Española.
- atraparon una mujer le dieron regalos y la enviaron de regreso con tres indios tomados en las islas anteriores para que los nativos se dejaran dominar por las buenas.
Como todos tenían mucho deseo de saber la calidad de aquella isla, mientras la gente estaba pescando en la playa, tres cristianos se echaron a caminar por el monte, y dieron con una tropa de indios tan desnudos como los anteriores, los cuales, viendo que los cristianos se les acercaban mucho, con gran espanto echaron a correr por la espesura del bosque, como quienes no podían ser estorbados por las ropas y las faldas. Y los cristianos, por tener lengua de aquellos, fueron corriendo detrás; pero, sólo pudieron alcanzar a una moza, que llevaba colgando de la nariz una lámina de oro. A ésta, luego que fue llevada a los navíos, el Almirante le dio muchas cosillas, a saber, algunas baratijas y cascabeles; después la hizo volver a tierra sin que se le hiciese mal alguno; y mandó que fueran con ella tres indios de los que llevaba de otras islas, y tres cristianos, que la acompañaron hasta su pueblo.
- primer pueblo encontrado fue de 1.000 casas.
El día siguiente mandó nueve hombres a tierra, bien armados, los que, habiendo caminado cuatro leguas, hallaron un pueblo de más de mil casas repartidas en un valle, cuyos moradores, viendo a los cristianos, todos abandonaron el lugar y huyeron a los bosques; pero el guía indio que llevaban los nuestros, de San Salvador, fue en pos de ellos, y tanto los llamó y exhortó, y tanto bien dijo de los cristianos, afirmando que era gente bajada del cielo, que les hizo volver confiados y seguros.
Y luego, llenos de asombro y de admiración, ponían la mano sobre la cabeza de los nuestros, como por honor. Les llevaban de comer, daban cuanto se les pedía, sin demandar por ello cosa alguna, y rogábanles que permaneciesen aquella noche en el pueblo. Pero, los cristianos no quisieron aceptar la invitación antes de ir a los navíos, llevando noticia de que la tierra era muy amena y abundante de las comidas de los indios; y que estos eran gente mucho más blanca y más hermosa que toda la que habían visto hasta entonces por todas las otras islas, afable y de buenísimo trato; decían que la tierra donde se cogía el oro estaba más al Oriente. El Almirante, sabido esto, hizo pronto desplegar las velas, aunque los vientos eran muy contrarios; por lo que el domingo siguiente, a 16 de Diciembre, barloventeando entre la Española y la Tortuga, encontró un indio solo en una pequeña canoa, y se maravillaban de que no se la hubiera tragado el mar, pues tan recios eran el viento y las olas. Recogido en la nave, lo llevó a la Española, y lo mandó a tierra con muchos regalos; el cual refirió a los indios los halagos que se le habían hecho, y tanto bien dijo de los cristianos, que pronto vinieron muchos de aquellos a la nave; pero no llevaban cosa de valor, excepto algunos granillos de oro, colgados de las orejas y en la nariz. Siendo preguntados de dónde habían aquel oro, dijeron, por señas que, más abajo de allí, había gran cantidad.
- el 16 de diciembre de 1492 colon pudo ver a un Cacique de la isla acompañado de 40 hombres
Al día siguiente vino una gran canoa de la isla de Tortuga, vecina al sitio donde el Almirante era fondeado, con cuarenta hombres, a tiempo que el cacique o señor (Cacique Guanacanagarix) de aquel puerto de la Española estaba en la playa con su gente trocando una lámina de oro que había llevado. Y cuando él y los suyos vieron la canoa, se sentaron todos en tierra, en señal de que no querían pelear; entonces, casi todos los indios de la canoa, salieron con ánimo a tierra, contra los cuales el cacique de la Española se levantó solo, y con palabras amenazadoras les hizo volver a su canoa. Después, les echaba agua, y tomando cantos de la playa los arrojaba al mar, contra la canoa.
Luego que todos, con aspecto de obediencia, volvieron a su canoa, tomó una piedra y la puso en la mano de un criado del Almirante, para que la tirase a la canoa, en demostración de que tenía al Almirante a su favor, contra los indios; pero el criado no llegó a tirarla, viendo que en breve se marcharon con la canoa. Después de esto, hablando el cacique (Cacique Guanacanagarix) sobre las cosas de aquella isla, a la que el Almirante había puesto nombre de Tortuga, afirmaba que en ella había mucho más oro que en la Española, e igualmente en Babeque había mucho más que en ninguna otra; la cual distaría unas catorce jornadas del paraje donde estaban.
CAPITULO XXXII
Cómo fue a las naves el rey principal de aquella isla, y la majestad con que iba
Después, el martes, a 18 de Diciembre, aquel rey que el día antes había venido adonde estaba la canoa de la Tortuga, y habitaba cinco leguas de aquel paraje donde estaban los navíos, a la hora de tercia llegó una población que estaba próxima al mar, donde también se hallaban algunos de la nave, a quienes el Almirante había mandado para ver si llevaban alguna mayor muestra de oro. Estos, viendo que iba el rey (Cacique Guanacanagarix su Cacicazgo Marién), se lo fueron a decir al Almirante, diciendo que llevaba consigo más de doscientos hombres, y que no venía a pie sino en unas andas, llevado por cuatro hombres con gran veneración, aunque era muy joven.
Llegado este rey no lejos de las naves, después que hubo descansado un poco, se acercó a la nave con todos los suyos; acerca de lo cual, escribe el Almirante en su Diario: "Sin duda pareciera bien a Vuestras Altezas su estado y acatamiento que todos le tienen, puesto que todos andan desnudos. El, así como entró en la nao, halló que estaba comiendo a la mesa, debaxo del castillo de popa, y a buen andar, se vino a sentar a par de mí, y no quiso dar lugar que yo me saliese a él, ni me levantase de la mesa; salvo que yo comiese; y cuando entró debajo del castillo, hizo señas, con la mano, que todos los suyos quedasen fuera, y así lo hizieron con la mayor prisa y acatamiento del mundo, y se assentaron todos en la cubierta, salvo dos hombres de una edad madura, que yo estimé por sus consejeros y ayos, que se assentaron a sus pies. Yo pensé quel ternia a bien de comer de nuestras viandas; mandé luego traerle cosas que comiese; de las viandas que le pusieron delante, tomaba de cada una tanto como se toma para hacer la salva, y lo demás enviávalo a los suyos, y todos comían della, y así hizo en el beber, que solamente llegaba a la boca, y después lo daba a los otros; todo con un estado maravilloso y muy pocas palabras; y aquellas quél dezia, según yo podía entender, eran muy assentadas, y de seso; y aquellos dos le miravan, y hablavan por él y con él, y con mucho acatamiento. Después de aver comido, un escudero suyo traía un cinto, que es propio como los de Castilla en la hechura, salvo que es de otra obra, y me lo dió, y dos pedazos de oro labrados, que eran muy delgados, que creo que aquí alcanzan poco dél, puesto que tengo que están muy vezinos de donde nasce, y ay muncho. Yo vide que le agradava un arambel que yo tenía sobre mi cama, y se le di, e unas cuentas muy buenas de ámbar que yo traya al pescueco; y unos 9apatos colorados, y una almarraxa de agua de azahar, de que quedó tan contento que fue maravilla. Y él y su ayo y consejeros llevan gran pena porque no me entendían, ni yo a ellos; con todo, le cognosci que me dixo que si me complia algo de aquí, que toda la isla eslava a mi mandar. Yo envié por unas cuentas mías, adonde, por señal tengo un excelente de oro, en que están esculpidos Vuestras Altezas, y se lo amostré, y le dixe otra vez, como ayer, que Vuestras Altezas mandavan y señoreavan todo lo mejor del mundo, y que no avía tan grandes Príncipes; y le mostré las banderas Reales y las otras de la cruz, que él tuvo en mucho; y qué grandes señores serían Vuestras Altezas, decía el con sus consejeros, pues de tan lejos y del cielo me avian enviado hasta aquí sin miedo; y otras cosas munchas se pasaron que yo no entendía, salvo que bien via que todo tenía a grande maravilla".
"Siendo ya tarde y queriéndose ir, lo envié a tierra, en la barca, muy honradamente, e hice disparar muchas lombardas. Puesto en tierra, subió a sus andas, y se fue con más de doscientos hombres. Un hijo suyo era llevado en hombros por un nombre muy principal; mandó dar de comer a todos los marineros y demás gente de los navíos que halló en tierra, y ordenó que se les hiciera mucho agasajo. Después, un marinero que lo halló en el camino, me dijo que todas las cosas que yo le había dado, las llevaba delante de aquél un hombre muy principal, y que el hijo no iba con aquél, sino que le seguía un poco detrás, con otros tantos hombres; y con una compañía casi igual, caminaba a pie un hermano, apoyado en los brazos de dos hombres principales; también a éste le había dado yo algunas cosillas cuando fue a las naves después que su hermano".
CAPITULO XXXIII
Cómo el Almirante perdió su nave en unos bajos, por negligencia de los marineros, y el
auxilio que le dio el rey de aquella isla
Continuando el Almirante lo que sucedió, dice que el lunes, 24 de Diciembre, hubo mucha calma, sin el menor viento, excepto un poco que le llevó desde el Mar de Santo Tomás, a la Punta Santa, junto a la cual estuvo cerca de una legua, hasta que, pasado el primer cuarto, que sería una hora antes de media noche, se fue a descansar, porque hacía ya dos días y una noche que no había dormido; y, por haber calma, el marinero que tenía el timón, lo entregó a un grumete del navío; "lo cual, dice el Almirante, yo había prohibido en todo el viaje, mandándoles que, con viento, o sin viento, no confiasen nunca el timón a mozos". A decir la verdad, yo me creía seguro de bajos y de escollos, porque el domingo que yo envié las barcas al rey, habían pasado al Este de la Punta Santa, unas tres leguas y media, y los marineros habían visto toda la costa, y las peñas que hay desde la Punta Santa al Este Sudoeste, por tres leguas, y habían también visto por dónde se podía pasar. Lo cual en todo el viaje yo no hice; y quiso Nuestro Señor que, a media noche, hallándome echado en el lecho, estando en calma muerta, y el mar tranquilo como el agua de una escudilla, todos fueron a descansar, dejando el timón al arbitrio de un mozo. De donde vino que, corriendo las aguas, llevaron la nave muy despacio encima de una de dichas peñas, las cuales, aunque era de noche sonaban de tal manera que a distancia de un legua larga se podían ver y sentir.
Entonces, el mozo que sintió arañar el timón, y oyó el ruido comenzó a gritar alto; y oyéndole yo, me levanté pronto, porque antes que nadie sentí que habíamos encallado en aquel paraje. Muy luego, el patrón de la nave a quien tocaba la guardia, salió, y le dije a él y a los otros marineros, que, entrando en el batel que llevaban fuera de la nave, y tomada un áncora, la echasen por la popa. Por esto, él con otros muchos, entraron en el batel, y pensando yo que harían lo que les había dicho, bogaron adelante, huyendo con el batel a la carabela, que estaba a distancia de media legua. Viendo yo que huían con el batel, que bajaban las aguas y que la nave estaba en peligro, hice cortar pronto el mástil, y aligerarla lo más que se pudo, para ver si podíamos sacarla fuera. Pero bajando más las aguas, la carabela no pudo moverse, por lo que se ladeó algún tanto y se abrieron nuevas grietas y se llenó toda por abajo de agua. En tanto llegó la barca de la carabela para darme socorro, porque viendo los marineros de aquélla que huía el batel, no quisieron recogerlo, por cuyo motivo fue obligado a volver a la nave.
No viendo yo remedio alguno para poder salvar ésta, me fui a la carabela, para salvar la gente. Como venía el viento de tierra, había pasado ya gran parte de la noche, y no sabíamos por donde salir de aquellas peñas, temporicé con la carabela hasta que fue de día, y muy luego fui a la nao por dentro de la restinga, habiendo antes mandado el batel a tierra con Diego de Arana, de Córdoba, alguacil mayor de justicia de la armada, y Pedro Gutiérrez, repostero de estrados de Vuestras Altezas, para que hiciesen saber al rey ((Cacique Guanacanagarix, Cacicazgo Marién) lo que pasaba, diciéndole que por ir a visitarle a su puerto, como el sábado anterior me rogó, había perdido la nave frente a su pueblo, a legua y media, en una restinga que allí había. Sabido esto por el rey, mostró con lágrimas grandísimo dolor de nuestro daño, y luego mandó a la nave toda la gente del pueblo, con muchas y grandes canoas. Y con esto, ellos y nosotros comenzamos a descargar y, en breve tiempo, descargamos toda la cubierta.
Tan grande fue el auxilio que con ello dió este rey (Cacique Guanacanagarix). Después, él en persona, con sus hermanos y parientes, ponía toda diligencia, así en la nave como en tierra, para que todo fuese bien dispuesto; y de cuando en cuando mandaba a alguno de sus parientes, llorando, a rogarme que no sintiese pena, que él me daría cuanto tenía. "Certifico a Vuestras Altezas que, en ninguna parte de Castilla, tan buen recaudo en todas las cosas se pudiera poner, sin faltar una agujeta", porque todas nuestras cosas las hizo poner juntas cerca de su palacio, donde las tuvo hasta que desocuparon las casas que él daba para conservarlas. Puso cerca, para custodiarlas, hombres armados, a los cuales hizo estar toda la noche, y él con todos los de la tierra lloraba como si nuestro daño les importase mucho. "Tanto son gente de amor y sin codicia, y convenibles para toda cosa, que certifico a Vuestras Altezas, que en el mundo creo que no hay mejor gente, ni mejor tierra; ellos aman a sus próximos como a sí mismos, y tienen una habla la más dulce del mundo, y mansa, y siempre con risa; ellos andan desnudos, hombres y mujeres, como sus madres los parió; mas crean Vuestras Altezas que entre sí tiene costumbres muy buenas, y el rey (Cacique Guanacanagarix, Cacicazgo Marién) muy maravilloso estado, de una cierta manera tan continente, que es placer de verlo todo; y la memoria que tienen, y todo lo que quieren ver, y preguntan qué es y para qué".
CAPITULO XXXIV
Cómo el Almirante decidió fundar un pueblo en el paraje donde habitaba el mencionado rey (Cacique Guanacanagarix, Cacicazgo Marién), y le llamó Villa de la Navidad
Miércoles, a 26 de Diciembre, llegó el rey (Cacique Guanacanagarix) principal de aquella isla a la carabela del Almirante, y mostrando gran tristeza y dolor, le consolaba ofreciéndole generosamente todo aquello de lo suyo que le gustase recibir, diciendo que ya había dado tres casas a los cristianos, donde pusieran todo lo que habían sacado de la nave; y que daría muchas más si hacían falta. En tanto llegó una canoa, con ciertos indios de otra isla, que llevaban algunas hojas de oro, para cambiarlas por cascabeles, estimados por ellos más que otra cosa. También de tierra vinieron los marineros, diciendo que de otros lugares concurrían muchos indios al pueblo, llevaban muchos objetos de oro, y los daban por agujetas y cosas análogas de poco valor, ofreciendo llevar mucho más oro si querían los cristianos. Viendo el gran cacique que esto gustaba al Almirante, le dijo que él hubiese hecho llevar gran cantidad del Cibao (Cacique Guarionex, Cacizazgo Magua, caso su hermana con un conquistador y Roldan violo a su esposa) , la región donde más oro había.
- el Cacique Guanacanagarix, Cacicazgo Marién quiere que los españoles sean su aliado para invadir a los caribes. Tainos hacen pacto con el diablo.
Luego, ido a tierra, invitó al Almirante a comer ajes y cazabe, que es el principal alimento de los indios, y le dió algunas carátulas con los ojos y las orejas grandes de oro, y otras cosas bellas que se colgaban al cuello. Después, lamentándose de los caribes, que hacían esclavos a los suyos y se los llevaban para comérselos, se alentó mucho cuando el Almirante, para consolarlo, le mostró nuestras armas, diciendo que con aquellas lo defendería. Se asombró mucho viendo nuestra artillería, la que les daba tanto miedo que caían a tierra como muertos, cuando oían el estruendo.
Habiendo el Almirante hallado en aquella gente tanto amor y tan grandes muestras de oro casi olvidó el dolor de la perdida nave, pareciéndole que Dios lo había permitido para que hiciese allí un pueblo y dejase cristianos que traficaran y se informasen del país y de sus moradores, aprendiendo la lengua y teniendo conversación con aquel pueblo, para que, cuando volviese allí de Castilla con refuerzo, tuviese quien le guiase en todo aquello que hiciera falta para la población y el dominio de la tierra. A lo que se inclinó tanto más, porque entonces se le ofrecían muchos, diciendo que se quedarían allí gustosos y harían su morada en aquella tierra. Por lo cual, resolvió el Almirante fabricar un fuerte con la madera de la nave perdida, de la que ninguna cosa dejó que no sacase fuera, y no llevara todo lo útil.
A esto ayudó mucho que, al día siguiente, que fue jueves, a 27 de Diciembre, vino nueva de que la carabela Pinta estaba en el río, hacia el cabo de Levante, en la isla. Para saber esto de cierto, mandó el cacique Guacanagari una canoa con algunos indios, que llevaron a dicho lugar un cristiano. Este, habiendo caminado veinte leguas por la costa, volvió sin traer alguna nueva de la Pinta. De donde resultó no darse fe a otro indio que dijo haberla visto algunos días antes. Pero, no obstante, el Almirante no dejó de ordenar la estancia de los cristianos en aquel lugar, pues todos conocían bien la bondad y riqueza de la tierra; los indios llevaban a presentar a los nuestros muchas carátulas y cosas de oro, y daban noticia de muchas provincias de aquella isla donde tal oro nacía.
- Tainos hacen pacto con el diablo.
Estando ya para partir el Almirante, trató con el rey acerca de los caribes, de quienes se lamentan y tienen gran miedo. Y tanto para dejarlo contento con la compañía de los cristianos, como también para que tuviese miedo de nuestras armas, hizo disparar una lombarda al costado de la nave, que atravesó a ésta de una banda a otra, y la pelota cayó al agua, de lo que recibió el cacique mucho espanto. Hizo también mostrarle todas nuestras armas, y cómo herían, y cómo con otras se defendían; y le dijo que quedando tales armas en su defensa, no tuviese miedo ya de caribes, porque los cristianos matarían a todos; que los quería dejar para guardarle, y que los tendría en su defensa mientras volvía a Castilla para tomar joyas y otras cosas que llevarle de regalo.
- Diego de Arana, Pedro Gutiérrez y a Rodrigo de Escovedo,
Luego le recomendó mucho a Diego de Arana, hijo de Rodrigo de Arana, de Córdoba, de quien se ha hecho mención. A éste, a Pedro Gutiérrez y a Rodrigo de Escovedo, dejaba el gobierno de la fortaleza y de treinta y nueve hombres, con muchas mercancías y mantenimientos, armas y artillería, con la barca de la nave, y carpinteros, calafates y con todo lo demás necesario para cómodamente poblar, esto es, médico, sastre, lombardero, y otras tales personas.
Después, con mucha diligencia, se preparó para venir derecho a Castilla, sin más descubrir, temiendo que, pues ya no le quedaba más que un sólo navío, le sucediera cualquier desgracia que diese motivo para que los Reyes Católicos no tuviesen conocimiento de los reinos que recientemente les había adquirido.
CAPITULO XXXV
Cómo el Almirante salió para Castilla, y halló la otra carabela con Pinzón
Viernes, al salir el sol, 4 de Enero, el Almirante desplegó las velas, con las barcas por la proa, hacia el Noroeste, para salir de aquellas peñas y bajos que había en la parte donde dejó el pueblo de cristianos, llamado, por él, Puerto de la Navidad, en memoria de que tal día había bajado a tierra, salvándose del peligro del mar, y dado principio a dicha población.
Las mencionadas rocas y peñas duran desde el Cabo Santo al Cabo de la Sierpe, que hay seis leguas, y salen al mar más de tres leguas. Toda la costa hacia el Noroeste y Sureste es playa y tierra llana hasta cuatro leguas del interior, donde luego hay altos montes e infinitos pueblos, grandes, comparados a los de otras islas. Después navegó hacia un alto monte, al que puso nombre de Monte Cristo, que está diez y ocho leguas al Este del Cabo Santo; de tal modo que, quien quiera ir a la villa de la Navidad, después que descubra Monte Cristo, que es redondo como un pabellón, y casi como un peñasco, debe entrarse en el mar dos leguas lejos de aquél, y navegar al Oeste hasta que halle el mencionado Cabo Santo; entonces quedará distante la villa de la Navidad, cinco leguas, y entrará por ciertos canales que hay entre los bajos que están delante. El Almirante juzgó conveniente mencionar estas señales para que se supiese dónde estuvo el primer pueblo y tierra de cristianos que se fundó en aquel mundo occidental.
Después que con vientos contrarios navegó más al Este de Monte Cristo, el domingo por la mañana, a 6 de Enero, desde la gavia del mástil vio un calatate la carabela Pinta, que con viento en popa venía caminando hacia el Oeste. Llegada que fue donde estaba el Almirante, Martín Alonso Pinzón, capitán de aquélla, subido presto a la carabela del Almirante, comenzó a fingir ciertos motivos y aducir algunas excusas de su alejamiento, diciendo que le había acontecido contra su voluntad y porque no pudo hacer otra cosa. El Almirante, aunque sabía bien lo contrario y la mala intención de aquel hombre, y se acordaba de la mucha insolencia que contra él se había tomado en muchas cosas de aquel viaje, sin embargo, disimuló con él, y todo lo soportó, por no deshacer el proyecto de su empresa, lo que fácilmente acontecería, porque la mayor parte de la gente que llevaba consigo, era de la patria de Martín Alonso, y aún muchos parientes de éste.
La verdad es que, cuando se apartó del Almirante, que fue en la isla de Cuba, salió con propósito de ir a las islas de Babeque, porque los indios de su carabela le decían que allí había mucho oro. Llegado allí, y hallando lo contrario de lo que le habían dicho, se volvía a la Española, donde le habían afirmado otros indios que había mucho oro. En este viaje, que duró veinte días, no había caminado más de quince leguas al Este de la Navidad, hasta un riachuelo que el Almirante había llamado Río de Gracia; allí había estado Martín Alonso diez y seis días, y hallado mucho oro, lo que no pudo haber el Almirante en la Navidad, dando por ello cosas de poco valor; de cuyo oro, repartía la mitad entre la gente de su carabela para ganársela y tenerla conforme y contenta de que él, con título de capitán, se quedase con el resto, queriendo luego convencer al Almirante, de que nada sabía de ello.
Después, continuando el Almirante su camino, para surgir cerca de Monte Cristo, como el viento no le dejaba ir adelante, entró con la barca en un río que está al Suroeste del monte, y lleva en su arena gran muestra del oro menudo; por esto, lo llamó el Río del Oro. Hallase a diez y siete leguas de la Navidad, a la parte del Este, y es poco menor que el río Guadalquivir que pasa por Córdoba.
CAPITULO XXXVI
Cómo en el golfo de Samaná, de la isla Española, se originó la primera contienda entre
los indios y los cristianos
8. conocieron a los caribes
Domingo, a 13 de Enero, estando sobre el Cabo Enamorado, en el golfo de Samaná, de la isla Española, el Almirante mandó la barca a tierra, donde los nuestros hallaron en la playa algunos hombres de fiero aspecto, que, con arcos y con saetas, mostraban estar aparejados para guerra, y tener el ánimo alterado y lleno de asombro. Sin embargo, trabada con ellos conversación, les compraron dos arcos y algunas saetas; con gran dificultad se logró que uno de ellos fuese a la carabela, para hablar con el Almirante; de hecho, su habla estaba conforme con su fiereza, la cual parecía mayor que de toda la otra gente que hasta entonces habían visto, porque tenían la cara embadurnada de carbón; como quiera que todos aquellos pueblos tienen la costumbre de pintarse, unos de negro, otros de rojo, otros de blanco, unos de un modo, y otros de otro; llevaban los cabellos muy largos y recogidos atrás en un redecilla de plumas de papagayos.
Uno de ellos, estando delante del Almirante, desnudo según lo había parido su madre, como van todos los que aquellas tierras hasta ahora descubiertas, dijo, con hablar altivo, que así iban todos en aquella región. Creyendo el Almirante que sería de los caribes, y que a éstos los separaba de la Española el golfo, le preguntó dónde habitaban tales indios, y él mostró con un dedo que más al Oriente, en otras islas, en las que había pedazos de guanin tan grandes como la mitad de la popa de la carabela, y que la isla de Matinino estaba toda poblada de mujeres, con las cuales, en cierto tiempo del año, iban a echarse los caribes; y si luego parían varones, se los daban a sus padres para que los criasen. Habiendo éste respondido por señas y por lo poco que podían entenderle los indios de San Salvador a cuanto le preguntaban, el Almirante mandó darle de comer y algunas bagatelas, como cuentas de vidrio y paño verde y rojo. Luego lo envió a tierra, para que llevase muestra del oro que, según él, tenían los otros indios.
Cerca, ya la barca, de tierra, encontró en la playa, escondidos entre los árboles, cincuenta y cinco indios, todos desnudos, con largos cabellos, como acostumbran las mujeres en Castilla, y detrás de la cabeza penachos de papagayos y de otras aves; todos armados de arco y saetas. A éstos, cuando los nuestros salieron a tierra, hizo aquel indio dejar los arcos, las flechas, y un recio palo que llevaban en lugar de espada, porque, como hemos dicho, no tienen género alguno de hierro. Cuando estuvieron cerca de la barca, los cristianos salieron a tierra, y habiendo comenzado a comprar arcos, flechas y otras armas, por encargo del Almirante, aquéllos, después de vender dos arcos, no sólo no quisieron vender más, sino que con desprecio y con muestras de querer aprisionar a los cristianos, fueron muy prestos a coger sus arcos y saetas, donde las habían dejado, y también cuerdas para atar a los nuestros las manos. Pero éstos, estando sobreaviso y viéndoles venir tan airados, aunque no eran más que siete, animosamente les resistieron, e hirieron a uno con una espada en las nalgas y a otro en el pecho con una saeta; por lo cual, los indios, asustados del valor de los nuestros y de las heridas que hacían nuestras armas, echaron a correr, dejando la mayor parte de sus arcos y las flechas. Y ciertamente habrían quedado muchos muertos, si no lo hubiese prohibido el piloto de la carabela, a quien mandó el Almirante al cargo de la barca, y por cabeza de los que estaban en ella.
Esta escaramuza no desagradó al Almirante, quien se convenció de que esta gente era de los mismos caribes, de quienes todos los otros indios tienen tanto miedo; o que al menos confinaban con ellos. Es gente arriscada y animosa, según lo demostraban su aspecto, su ánimo, y lo que habían hecho. Esperaba el Almirante que oyendo los isleños lo que siete cristianos habían hecho contra cincuenta y cinco indios de aquel país, tan feroces, serían más estimados y respetados los nuestros que dejaba en la Villa de la Navidad, y que nadie tendría atrevimiento de hacerles daño. Aquellos indios, después, por la tarde, hicieron hogueras en tierra, para mostrar más valor, por lo que la barca tornó a ver qué querían; pero de ningún modo se pudo lograr que se fiasen, y por ello se volvió. Eran los mencionados arcos de tejo, casi tan grandes como los de Francia e Inglaterra; las flechas son de tallos que producen las cañas en la punta donde echan la semilla, los cuales son macizos y muy derechos, por largura de un brazo y medio; y arman la extremidad con un palillo de una cuarta y media de largo, agudo y tostado al fuego, en cuya punta hincan un diente o una espina de pez, con veneno. Por cuyo motivo, el Almirante llamó a dicho golfo, que los indios nombraban de Samaná, Golfo de las Flechas; dentro del cual se veía mucho algodón fino, y ají, que es la pimienta usada por ellos, que abrasa mucho la boca, y es en parte alargado y en parte redondo; cerca de tierra, a poco fondo, brotaba mucha de aquella hierba que hallaron los nuestros, en hiladas, por el mar Océano, de lo que conjeturaron que nacía toda cerca de tierra, y que después de madura se separaba y era llevada por las corrientes del mar a mucha distancia.
CAPITULO XXXVII
Cómo el Almirante salió para Castilla, y por una gran tempestad se separó de su
compañía la carabela Pinta
Miércoles, que fue 16 de Enero del año 1493, con buen tiempo, el Almirante salió del mencionado Golfo de las Flechas, que ahora llamamos de Samaná (Republica dominicana), con rumbo a Castilla; porque ya las dos carabelas hacían mucha agua y era muy grande el trabajo que se padecía en remediarlas; fue la última tierra que se perdió de vista el Cabo, de San Telmo; veinte leguas hacia Nordeste, vieron mucha hierba de aquella otra, y veinte leguas más adelante, hallaron el mar casi cubierto de atunes pequeños, de los que vieron también un gran número los dos días siguientes, que fueron el 19 y el 20 de Enero, y muchas aves de mar; todavía, la hierba seguía en hiladas del Este a Oeste, juntamente con las corrientes, porque ya sabían que éstas toman la hierba de muy lejos, como quiera que no siguen constantemente un camino, pues unas veces van hacia una parte y otras hacia otra; y esto sucedía casi todos los días, hasta pasada casi la mitad del mar. Siguiendo luego su camino con buenos vientos, corrieron tanto que, al parecer de los pilotos, el 9 de Febrero, estaban hacia el Sur de las islas de los Azores, Pero el Almirante decía que estaba más a la derecha, cuarenta leguas, y esta es la verdad, porque aún encontraban hiladas de mucha hierba, la cual, yendo a las Indias no habían visto hasta estar 263 leguas al Occidente de la isla del Hierro. Navegando así con buen tiempo, de día en día comenzó a crecer el viento, y el mar a ensoberbecerse, de modo que con gran fatiga lo podían soportar. Por lo cual, el jueves, a 14 de Febrero, corrían, de noche, donde la fuerza del viento los llevaba, y como la carabela Pinta, en la que iba Pinzón, no se podía sostener tanto en el mar, se fue derechamente al Norte, con viento Sur, y el Almirante siguió a Nordeste para acercarse más a España; lo cual, por la obscuridad, no pudieron hacer los de la carabela Pinta, aunque el Almirante llevaba siempre su farol encendido. Así, cuando fue de día, se encontraron del todo perdidos de vista el uno del otro. Y tenía por cierto cada uno, que los otros habían naufragado; por cuyos motivos, encomendándose a las oraciones y a la religión, los del Almirante echaron a suerte el voto de que uno de ellos fuese en peregrinación por todos a Nuestra Señora de Guadalupe; y tocó la suerte al Almirante.
Después sortearon otro peregrino para Nuestra Señora del Loreto, y cayó la suerte a un marinero del puerto de Santa María de Santoña, llamado Pedro de la Villa. Luego, echaron suertes sobre un tercer peregrino que fuese a velar una noche en Santa Clara de Moguer, y tocó también al Almirante. Pero creciendo todavía la tormenta, todos los de la carabela hicieron voto de ir descalzos y en camisa a hacer oración, en la primera tierra que encontrasen, a una iglesia de la advocación de la Virgen. Aparte de estos votos generales, se hicieron otros muchos de personas particulares; porque la tormenta era ya muy grande y el navío del Almirante la soportaba difícilmente, por falta de lastre, que se había disminuido con los bastimentos gastados. Como remedio de lastre, pensaron que sería bien llenar de agua del mar, todos los toneles que tenían vacíos, lo cual que de alguna ayuda e hizo que se pudiese sustentar mejor el navío, sin peligro tan grande de voltear. De tan áspera tempestad, escribe el Almirante estas palabras: "yo habría soportado esta tormenta con menor pena, si solamente hubiese estado en peligro mi persona, tanto porque yo sé que soy deudor de la vida al Sumo Creador, como también porque otras veces me he hallado tan próximo a la muerte, que el menor paso era lo que quedaba para sufrirla.
Pero, lo que me ocasionaba infinito dolor y congoja, era el considerar que, después que a Nuestro Señor le había placido iluminarme con la fe y con la certeza de esta empresa, de la que me había dado ya la victoria, cuando mis contradictores quedarían desmentidos, y Vuestras Altezas servidas por mí, con gloria y acrecentamiento de su alto estado, quisiera Su Divina Majestad impedir esto, con mi muerte; la que todavía sería más tolerable si no sobreviniese también a la gente que llevé conmigo, con promesa de un éxito muy próspero. Los cuales, viéndose en tanta aflicción, no sólo renegaban de su venida, sino también del miedo y del freno que por mis persuasiones tuvieron, para no volver atrás del camino, según que muchas veces estuvieron resueltos de hacer. A más de todo esto, se me redoblaba el dolor al ponérseme delante de los ojos el recuerdo de dos hijos que había dejado al estudio en Córdoba, abandonados de socorro y en país extraño, y sin haber yo hecho, o al menos sin que fue manifiesto, mi servicio, por el que se pudiese esperar que Vuestras Altezas tendrían memoria de aquéllos. Y aunque de otro lado me confortase la fe que yo tenía de que Nuestro Señor no permitiría que una cosa de tanta exaltación de su Iglesia, que yo había llevado a cabo con tanta contrariedad y trabajos, quedase imperfecta y yo quedara deshecho; de otra parte, pensaba que por mis deméritos, o porque yo no gozase de tanta gloria en este mundo, le agradaba humillarme, y así, confuso en mí mismo, pensaba en la suerte de Vuestras Altezas, que, aun muriendo yo, o hundiéndose el navío, podrían hallar manera de no perder la conseguida victoria, y que sería posible que por cualquier camino llegara a vuestra noticia el éxito de mi viaje; por lo cual, escribí en un pergamino, con la brevedad que el tiempo demandaba, cómo yo dejaba descubiertas aquellas tierras que les había prometido; en cuántos días, y por qué camino lo había logrado; la bondad del país y la condición de sus habitantes, y cómo quedaban los vasallos de Vuestras Altezas en posesión de todo lo que por mí se había descubierto, Cuya escritura, cerrada y sellada, enderecé a Vuestras Altezas con el porte, es a saber: promesa de mil ducados a aquel que la presentara sin abrir; a fin de que si hombres extranjeros la encontrasen, no se valiesen del aviso que dentro había, con la verdad del porte. Muy luego, hice llevar un gran barril, y habiendo envuelto la escritura en una tela encerada, y metido ésta dentro de una torta u hogaza de cera, la puse en el barril, bien sujeto con sus cercos, y lo eché al mar, creyendo todos que sería alguna devoción; y porque pensé que podría suceder que no llegase a salvamento, y los navíos aún caminaban para acercarse a Castilla, hice otro atado semejante al primero, y lo puso en lo alto de la popa, para que sumergiéndose el navío, quedase el barril sobre las olas al arbitrio de la tormenta."
CAPITULO XXXVIII
Cómo el Almirante llegó a las islas de los Azores, y los de la isla de Santa María le
tomaron la barca con la gente
Navegando con extremo peligro y con tanta tormenta, viernes a 15 de Febrero, al amanecer, cierto Rui García, del puerto de Santoña, desde lo alto vio tierra a Nordeste; los pilotos y los marineros creían que era la roca de Cintra en Portugal; pero, el Almirante, afirmaba que eran las islas de los Azores, y aquella tierra una de éstas, y aunque no estaban muy lejos, aquel día no pudieron llegar a ella, por la tempestad; antes bien, barloventeando, porque soplaba el viento del Este, perdieron de vista aquella isla, y descubrieron otra, alrededor de la cual corrieron temporizando con gran dificultad y mal tiempo, sin poder llegar a tierra, con trabajo continuo, sin reposo alguno. Por lo que, el Almirante, en su Diario, dice: "Sábado, a 16 de Febrero, de noche, llegué a una de estas islas, y por la tormenta, no pude conocer cuál de ellas era; a la noche descansé algo, porque desde el miércoles, hasta entonces, no había dormido, ni podido conciliar el sueño; y quedé después tullido de las piernas por haber estado siempre a la intemperie del aire y del agua; no menos sufría, también de hambre. El lunes después, de mañana, luego que surgí, supe por los de la tierra que aquella isla era la de Santa María, una de las islas de los Azores. Todos se maravillaban de que yo hubiese podido escapar, considerando la grandísima tempestad que había durado quince días continuos en aquella parte." Aquéllos, sabiendo lo que el Almirante había descubierto, mostraron sentir alegría, dando gracias por ello a Nuestro Señor; y vinieron tres al navío, con algunos refrescos y con muchos saludos en nombre del capitán de la isla, que estaba lejos de la población; y porque cerca de allí no se veía más que una ermita que, según dijeron, era de la advocación de la Virgen, recordando el Almirante y todos los del navío que el jueves antes habían hecho voto de ir descalzos y en camisa, en la primera tierra que hallasen, a una iglesia de la Virgen, pareció a todos que se debía cumplirlo, especialmente tratándose de tierra donde la gente y el capitán de ella les mostraban tanto amor y compasión; y siendo, como era, de un rey muy amigo de los Reyes Católicos de Castilla. Por lo cual, el Almirante demandó que aquellos tres hombres fuesen a la población e hiciesen venir al capellán que tenía la llave de la ermita, para que dijese allí una misa; y ellos, conformes con esto, entraron en la barca del navío, con la mitad de la gente de éste, para que comenzase a cumplir el voto, y cuando volvieran, bajasen los demás a cumplirlo también. Ido, pues, a tierra, en camisa y descalzos, como habían hecho voto de hacerlo, el capitán, con mucha gente de la población, escondida en una emboscada, salió de improviso contra ellos y los hizo prisioneros, quitándoles la barca, sin la que, le parecía, que el Almirante no podía huir de sus manos.
CAPITULO XXXIX
Cómo el Almirante corrió otra tormenta, y al fin recuperó su gente con la barca
Pareciendo al Almirante que tardaban mucho los que habían ido en la barca a tierra, porque era ya casi mediodía y habían salido al alba, sospechó que algún mal o percance les habría sucedido en mar o en tierra, y porque desde el lugar en que había surgido no se podía ver la ermita donde habían ido, resolvió salir con el navío e ir detrás de una punta, desde la cual se descubría la iglesia. Llegado más cerca, vio en tierra mucha gente a caballo, la que, apeándose, entraba en la barca para ir y asaltar con las armas la carabela. Por lo cual, temiendo el Almirante lo que podría suceder, mandó a los suyos que se pusiesen en orden y se armasen, pero que no hiciesen muestra de quererse defender, a fin de que los portugueses se acercaran más confiadamente. Pero éstos, yendo al encuentro del Almirante, cuando lo tuvieron ya cerca, el capitán se levantó, pidiendo muestra de seguridad, la que fue dada por el Almirante, creyendo que subiría a la nave, y que así como éste, a pesar del salvoconducto que dio había tomado la barca juntamente con la gente, así él podía retenerle, bajo la fe, hasta que le restituyese lo mal apresado. Pero, el portugués, no se atrevió a acercarse más de lo que bastaba para ser oído; entonces el Almirante le dijo que se maravillaba de tal innovación, y de que no viniese alguno de los suyos a la barca, pues eran bajados a tierra con salvoconducto y con ofertas de regalos y socorro, mayormente habiendo el capitán mandado saludarle. A más de esto, le rogaba considerar que, lo hecho por él no se usa ni aun entre enemigos, no es conforme a las leyes de caballería, y ofendería mucho al rey de Portugal, cuyos súbditos, en tierras de los Reyes Católicos, sus señores, son bien tratados y reciben mucha cortesía, arribando y estando, sin algún salvoconducto, con mucha seguridad, no de otro modo que si estuvieran en Lisboa; añadiendo que Sus Altezas le habían dado cartas de recomendación para todos los príncipes y señores y hombres del mundo, las cuales mostrara si se hubiese acercado; porque si en todas partes eran respetadas estas letras, y él era bien acogido, y todos sus vasallos, mucha más razón había para que fuesen recibidos y agasajados en Portugal, por la vecindad y el parentesco de sus príncipes; especialmente, siendo él, como era, su Almirante mayor del Océano, y virrey de las Indias, por él recientemente descubiertas; de todo lo que le mostraría las cartas, firmadas de sus Reales nombres y selladas con su sello. Y así, de lejos, se las enseñó, y le dijo que podía acercarse sin miedo, pues por la paz y la amistad que había entre los Reyes Católicos y el Rey de Portugal, le habían mandado que hiciese toda honra y cortesía que pudiese a los navíos de portugueses que encontrara. Añadiendo que, aunque el quisiera obtinadamente y con descortesía retener su gente, no por esto quedaría impedido de ir a Castilla, porque le quedaban bastantes hombres en el navío para navegar hasta Sevilla, y aún para hacerle daño, si era necesario, del cual él mismo habría dado ocasión, y tal castigo se atribuiría justamente a su culpa; a más, que, por ventura, su Rey lo castigaría como a hombre que daba causa para que se rompiese la guerra entre él y los Reyes Católicos. Entonces el capitán con los suyos respondió: "No cognoscemos acá al Rey e Reina de Castilla, ni sus cartas, ni le habían miedo, antes les darían a entender que cosa era Portugal". De cuya respuesta conoció el Almirante y temió que después de su partida habría sucedido alguna rotura o discordia entre un reino y el otro; sin embargo, se inclinó a responderle como a su locura convenía. últimamente, al marcharse, el capitán se levantó, y desde lejos le dijo que debía ir al puerto con la carabela, porque todo lo que hacía y había hecho, se lo había encargado el Rey su señor por cartas. Habiendo oído esto el Almirante, puso por testigos a los que estaban en la carabela; y llamados el capitán y los portugueses, juró no bajar de la carabela hasta que no hubiese hecho prisioneros un centenar de portugueses para llevarlos a Castilla y despoblar toda aquella isla. Dicho esto, volvió a surgir en el puerto donde antes estaba, porque el viento no permitía hacer otra cosa.
Pero al siguiente día, arreciando mucho más el viento, y siendo desventajoso aquel lugar donde había surgido, perdió las áncoras y no tuvo más remedio que desplegar las velas hacia la isla de San Miguel, donde, si por la gran tormenta y temporal que todavía duraba, no pudiese echar las anclas, había resuelto ponerse a la cuerda, no sin infinito peligro, tanto por causa del mar que estaba muy alborotado, como porque no le quedaban más que tres marineros y algunos grumetes; toda la otra gente era de tierra, y los indios no tenían práctica alguna de manejar velas y jarcias. Pero supliendo con su persona la falta de los ausentes, con bastante fatiga y no leve peligro pasó aquella noche hasta que, venido el día, viendo que había perdido de vista la isla de San Miguel, y que el tiempo había abonanzado algo, decidió volver a la isla de Santa María, para intentar, si podía, recuperar su gente y las áncoras y la barca, donde arribó el jueves, a la tarde, el 21 de Febrero.
No mucho después que llegó fue la barca con cinco marineros, y todos ellos con un notario, confiados con la seguridad que les dio, entraron en la carabela, en la que, por ser ya tarde, durmieron aquella noche. Al día siguiente, dijeron que venían de parte del capitán a saber con certeza de dónde y cómo venía aquel navío, y si navegaba por comisión del Rey de Castilla; porque, constando la verdad de esto, estaban prontos a darle toda honra. Cuya mudanza y oferta se debió a que veían claro que no podían tomar el navío y la persona del Almirante, y que les podría resultar daño de lo que habían hecho. Pero el Almirante, disimulando lo que sentía, respondió que les daba gracias por su ofrecimiento y cortesía; y pues lo que pedían era según uso y costumbre de la mar, él estaba dispuesto a satisfacer su demanda; y así les mostró la carta general de recomendación de los Reyes Católicos, dirigida a todos sus súbditos, y a los otros príncipes; y también la comisión y mandato que aquéllos le habían hecho para que emprendiese tal viaje. Lo cual, visto por los portugueses, se fueron a tierra satisfechos, y devolvieron pronto la barca y los marineros; de los cuales supo el Almirante decirse en la isla, que el Rey de Portugal había dado aviso a todos sus vasallos, para que hiciesen prisionero al Almirante, por cualquier medio que pudieran.
CAPITULO XL
Cómo el Almirante salió de las islas de los Azores y llegó con temporal a Lisboa
El domingo, a 24 de Febrero, el Almirante salió de la isla de Santa María para Castilla,con gran necesidad de lastre y leña, de cuyas cosas, por el mal tiempo, no se había podido proveer, y estando a distancia de cien leguas de la tierra más vecina, vino una golondrina al navío, la que, como se pensó, los malos tiempos habían empujado al mar, lo que se conoció luego con más claridad, porque, al día siguiente, que fue el 28 de febrero, llegaron otras muchas golondrinas y aves de tierra, y también vieron una ballena. A 3 de Marzo tuvieron tan gran tempestad que, pasada la media noche, les desgarró las velas, de modo que teniendo la vida en gran peligro, hicieron voto de enviar un peregrino a la Virgen de la Cinta, cuya venerada casa está en Huelva, adonde aquél debía ir descalzo y en camisa. Tocó también la suerte al Almirante, como si con tantos votos como le tocaban, Dios glorioso quisiera demostrar serle más gratas las promesas de él que las de los otros. A más de este voto, hubo también otros de muchos particulares. Corriendo sin un palmo de vela, con el mástil desnudo, con terrible mar, gran viento, y con espantosos truenos y relámpagos por todo el cielo, que cualquiera de estas cosas parecía que se iba a llevar la carabela por el aire, quiso Nuestro Señor mostrarles tierra, casi a media noche, de lo que no menor peligro les resultaba, de modo que, para no estrellarse, o dar en paraje donde no pudieran poder salvarse, que necesario que diesen un poco de vela, para sostenerse contra el temporal, hasta que quiso Dios que llegase el día, y amanecido, vieron que estaban cerca de la roca de Cintra, en los confines del reino de Portugal. Allí fue precisado a entrar, con miedo y asombro grande de la gente del país, y de los marineros de la tierra, los cuales corrían de todas partes a ver como cosa maravillosa un navío que escapaba de tan cruel tormenta, especialmente, habiendo recibido nuevas de muchos navíos que, hacia Flandes y en otros mares, habían perecido aquel día.
Después, entrando en la ría de Lisboa, lunes, a 4 de Marzo, surgió junto al Rastello, y muy presto mandó un correo a los Reyes Católicos, con la nueva de su venida. También escribió al Rey de Portugal, pidiendo licencia de arribar junto a la ciudad, por no ser lugar seguro aquel donde se hallaba, contra quien le quisiera ofender con falso y cauteloso pretexto de que el mismo Rey lo ordenaba, creyendo que con hacerle daño podía impedir la victoria del Rey de Castilla.
CAPITULO XLI
Cómo los de Lisboa iban a ver al Almirante, como a una maravilla, y luego fue a visitar
al Rey de Portugal
Martes, a 5 de Marzo, el patrón de la nave grande que el Rey de Portugal tenía en el Rastello para guarda del puerto, fue con su batel armado a la carabela del Almirante, y le intimó que fuera consigo a dar cuenta de su venida a los ministros de Rey, según la obligación y uso de todas las naves que allí arribaban. Respondió el Almirante que los Almirantes del Rey de Castilla, como lo era él, no estaban obligados a ir donde por alguno fuesen llamados, ni debían separarse de sus navíos, pena de vida, para dar tales relaciones, y que así habían resuelto hacerlo. Entonces, el patrón le dijo que al menos mandase a su maestre. Pero el Almirante le respondió que, en su opinión, todo esto era lo mismo, a no ser que enviase un grumete, y que en vano le mandaba que fuese otra persona de su navío.
Viendo el patrón que el Almirante hablaba con tanta razón y atrevimiento, replicó que, cuando menos, para que le constase que venía en nombre y como vasallo del Rey de Castilla, le mostrase las cartas de éste, con las que pudiera satisfacer a su capitán. A cuya demanda, porque parecía justa, consintió el Almirante, y le enseñó la cartas de los Reyes Católicos; con lo que aquél quedó satisfecho y se volvió a su nave para dar cuenta de esto a don álvaro de Acuña, que era su capitán. El cual, muy luego, con muchas trompetas, con pífanos, tambores, y con gran pompa, fue a la carabela del Almirante, donde le hizo gran festejo y muchas ofertas.
Al día siguiente, que se supo en Lisboa la venida del Almirante de las Indias, era tanta la gente que iba a la carabela para ver los indios que traía y por saber novedades, que no cabían dentro; y el mar estaba casi lleno de barcas y bateles de los portugueses. Algunos de los cuales daban gracias a Dios por tanta victoria, otros se desesperaban y les disgustaba mucho ver que se les había ido de las manos aquella empresa, por la incredulidad y la poca cuenta que había mostrado su Rey; de modo que paso aquel día con gran concurso y visitas del gentío.
Al día siguiente escribió el Rey a sus factores para que presentasen al Almirante todo el bastimento y lo demás de que tuviese necesidad para su persona y para su gente; y que no le pidiesen por ello cosa alguna, También escribió al Almirante alegrándose de su próspera venida, y que hallándose en su reino, se alegraría que fuese a visitarlo. El Almirante estuvo un tanto dudoso; pero considerada la amistad que había entre aquél y los Reyes Católicos, la cortesía que había mandado hacerle, y también para quitar la sospecha de que venía de las conquistas de Portugal, agradóle ir a Valparaíso, donde el Rey estaba, a nueve leguas del puerto de Lisboa, y llegó el sábado de noche, a 9 de Marzo.
Entonces, el Rey mandó que fuesen a su encuentro todos los nobles de la Corte, y cuando estuvo en su presencia le hizo mucha honra y grande acogimiento, mandándole que se cubriese, y haciéndole sentar en una silla. Luego que el Rey oyó, con semblante alegre, las particularidades de su victoria, le ofreció todo aquello que necesitase para el servicio de los Reyes Católicos, aunque le parecía que, por lo capitulado con éstos, le pertenecía aquella conquista. A lo que el Almirante respondió que él nada sabía de tal capitulación, y se le había mandado que no fuese a la Mina de Portugal, en Guinea, lo que había fielmente cumplido, a lo que replicó el Rey que todo estaba bien, y tenía certeza de que todo se arreglaría como la razón demandase. Habiendo pasado largo tiempo en estos razonamientos, el Rey mandó al prior de Crato, que era el hombre más principal y de mayor autoridad, de cuantos había con él, que hospedase al Almirante, haciéndole todo agasajo y buena compañía; y aquél así lo hizo.
Después de estar allí el domingo y el lunes, después de comer en aquel lugar, el Almirante se despidió del Rey, quien le demostró mucho amor, le hizo largos ofrecimientos, y mandó a don Martín de Noroña que fuese con él; no dejaron muchos otros caballeros de acompañarle, por honrarle y saber los notables hechos de su viaje. Y así, yendo por su camino a Lisboa, pasó por un monasterio donde se hallaba la Reina de Portugal; la que con gran instancia le había enviado pedir que no pasara sin visitarla. Presentado a la Reina, ésta se alegró mucho y le hizo todo el agasajo y cortesía que correspondía a tan gran señor. Aquella noche fue un gentilhombre del Rey al Almirante, diciéndole, en su nombre, que si quería ir por tierra a Castilla, la acompañaría y le hospedaría en todas partes, dándole cuanto fuese menester hasta los confines de Portugal.
CAPITULO XLII
Cómo el Almirante salió de Lisboa para venir a Castilla por mar
Después, el miércoles, 13 de Marzo, a dos horas del día, el Almirante dio velas para ir a Sevilla; el viernes siguiente, a mediodía, entró en Saltes, y surgió dentro del puerto de Palos, de donde había salido el 3 de Agosto del año pasado de 1492, siete meses y once días antes. Allí fue recibido por todo el pueblo en procesión, dando gracias a Nuestro Señor por tan excelsa gracia y victoria, de la que tanto acrecentamiento se esperaba para la religión cristiana y para el estado de los Reyes Católicos, teniendo aquellos vecinos en mucho que el Almirante, cuando salió, hubiese desplegado velas en aquel lugar, y que la mayor parte y más noble de la gente que había llevado, saliese de aquella tierra; aunque muchos de éstos, por culpa de Pinzón, hubieran tenido alguna perfidia y desobediencia. Al mismo tiempo que el Almirante llegó a Palos, Pinzón arribó a Galicia, y quería ir él solo a Barcelona para dar cuenta del suceso a los Reyes Católicos; pero éstos le intimaron que no fuera sino con el Almirante, con el cual había ido al descubrimiento; de lo que recibió tanto dolor y enojo que se fue a su patria, doliente, y en pocos días murió de pena. Antes que éste volviese a Palos, el Almirante fue por tierra a Sevilla, con ánimo de ir de allí a Barcelona, donde estaban los Reyes Católicos. Y en el viaje tuvo que detenerse algo, aunque poco, por la mucha admiración de los pueblos por donde pasaba, pues de todos ellos y de sus proximidades, corría la gente a los caminos para verle, y a los indios y las otras cosas y novedades que llevaba. Así continuando su camino, llegó a mitad de Abril a Barcelona, habiendo hecho antes saber a Sus Altezas el próspero suceso de su viaje. De lo que mostraron infinita alegría y contento; y como a hombre que tan gran servicio les había prestado, mandaron que fuese solemnemente recibido. Salieron a su encuentro todos los que estaban en la ciudad y en la Corte; y los Reyes Católicos le esperaron sentados públicamente, con toda majestad y grandeza, en un riquísimo trono, bajo un dosel de brocado de oro, y cuando fue a besarles las manos se levantaron, como a gran señor, le pusieron dificultad en darle la mano, y le hicieron sentarse a su lado. Después, dichas brevemente algunas cosas acerca del proceso y resultado de su viaje, le dieron licencia para que se fuese a su posada, hasta donde fue acompañado por toda la Corte. Estuvo allí con tan gran favor y con tanta honra de Sus Altezas que, cuando el Rey cabalgaba por Barcelona, el Almirante iba a un lado, y el Infante Fortuna a otro, no habiendo antes costumbre de ir más que dicho Infante que era pariente muy allegado al Rey.

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